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Santiago Albarrico
Visita tu Lowe's más cercano.
Javier
Adiós, Eva. Igualmente. Derrotero, camino, dirección, Medio tomado para llegar al fin propuesto.
Narrator/Definition Voice
Conjunto de datos que indican el camino para llegar a un lugar.
Javier
Bueno, qué nos vamos.
Narrator/Definition Voice
Dirección que se da por escrito para Libro que contiene un derrotero.
Javier
Línea marcada en el mapa de mareas para guiar a los pilotos por rumbo.
Narrator/Definition Voice
Derroteros, derroteros, derroterOS 2.
Javier
Pensar paseando con Santiago Albarrico y Derrotero a derrotero. Hemos hecho toda una temporada juntos. Una más. Santi, ¿Cómo estás?
Santiago Albarrico
¿Javier? Alegre y triste. Alegre de escucharte de nuevo y triste porque sea nuestra última conversación de este. De esta temporada.
Javier
Bueno, pero habrá más la siguiente, así que simplemente un pequeño descanso para refrescar ideas. ¿Cómo nos vamos a ir hoy?
Santiago Albarrico
Bueno, pues mira, yo había pensado varios temas que he ido descartando a medida que me daba cuenta de que de alguna manera estaban demasiado en sintonía con tiempos sombríos, como son estos que hemos vivido en los últimos meses y que nos han acompañado mientras conversábamos. Y al final he decidido que no, que la última conversación, nuestro último derrotero, se iba a versar sobre el optimismo. Empezaré triste, pero espero acabar animoso y hasta luminoso.
Javier
Vale, ¿Y por qué quieres hablar del optimismo? Y sobre todo, ¿Hay algún motivo para ser optimistas?
Santiago Albarrico
Motivos pocos, si repasas nuestras conversaciones emp Empezamos en septiembre, octubre, cuando todavía seguían cayendo bombas sobre Gaza. Nos despedimos con este verano, que ya no es una estación, sino un síntopa. Motivos hay pocos. La pregunta es si somos optimistas alguna vez por algún motivo. Y quizás cuando abordamos la cuestión del optimismo, hay que alejarse del contenido del mundo para justificarlo o defenderlo. ¿Y por qué he elegido este tema, Javier? Porque yo creo que en un momento en el que estar deprimido o ser pesimista es lo más mainstream que se nos ocurre, tenemos que rebelarnos contra el pesimismo. Forma parte de alguna manera de nuestra intervención en el mundo, el resistirnos frente a esta tentación derrotista.
Javier
Totalmente de acuerdo. Así que yo me voy a sumar a esta sonrisa que le vamos a poner a este derrotero. A ver, ¿Por dónde empezamos?
Santiago Albarrico
Pues mira, empezamos en efecto diciendo ¿Qué ha pasado con el futuro? ¿Por qué somos tan pesimistas antes de preguntarnos si podemos ser optimistas? Es verdad que es que es la idea de futuro misma la que ha desaparecido de nuestro horizonte vital. El futuro de algún modo es ya cosa del pasado, como el minuet y el vals, o la máquina de escribir y los coches de caballos. El futuro como idea se integra en la humanidad muy tarde y solo en la parte occidental. En Europa es una idea del siglo XIX, y solo hemos tenido futuro entre el siglo XIX y el siglo XXI. Y creo que ahora, después de haber tenido futuro durante un siglo y medio, dos siglos, asociado este concepto al de progreso, al de progreso prometeico, que hará cedido aparatosamente ante nuestros ojos, pues creo que cada vez que ahora nos dejamos llevar por la nostalgia, que tiene, como sabemos, a veces connotaciones muy reaccionarias, en realidad lo que sentimos no es nostalgia del pasado, no sentimos nostalgia de esos sombríos años 80 que de pronto a todo el mundo le ha parecido que era necesario rescatar, rescatar el terrorismo, la violencia, la heroína, el sida. No. Lo que ocurre es que cada vez que sentimos nostalgia, esto es una ley general, pero creo que políticamente es así, cada vez que sentimos nostalgia del pasado, lo que estamos haciendo es sentir nostalgia de un pasado en el que todavía existía el futuro, en el que pensábamos hacia adelante. Y ahora eso ha dejado de ocurrir. Hemos salido de. De la juventud del mundo, si quieres, y hemos llegado a una especie de senectud en la que solo tenemos pasado.
Javier
Pero una cosa, Santi, el futuro. ¿Ha existido siempre la idea de futuro?
Santiago Albarrico
No, yo creo que no. Fíjate, esto creo que en principio es una idea muy occidental, muy moderna, y además se ha concebido solo tal y como la concebimos nosotros, de un modo lineal desde hace muy poco tiempo, a través de la reelaboración del mito Prometeo, de un progreso continuo hacia un lugar mejor. Cuando los que han denunciado la idea de progreso han señalado, como el propio Walter Benjamin que más bien el tiempo es una espiral con retrocesos y progresos y que los progresos son muy precarios. Como siempre medimos el progreso en términos tecnológicos, hemos acabado pensando que la humanidad iba al mismo paso que sus gadgets y sus aparatos y máquinas. Y no es así. Lo que ocurre es que es verdad que la pérdida de la idea de futuro implica introducir en la propia vida cotidiana mucha sombra de pronto. Esto es decir, cuando pensamos que en España la primera causa de mortalidad entre los jóvenes de edad comprendida entre los 12 y los 19 años es el suicidio, tenemos que pensar qué está ocurriendo, qué mundo están recibiendo nuestros jóvenes para que no vean la menor esperanza de futuro. Te decía que íbamos a empezar muy triste. Hemos empezado muy triste. Ahora reculemos un poco y recordemos que en efecto, en otros tiempos esta misma discusión sobre el optimismo se ha dado ya muchas.
Javier
A ver cuándo
Santiago Albarrico
pensando en una cercana y que además me es familiar, pues piensa por ejemplo en la famosa polémica que mantuvieron Rousseau y Voltaire en torno a 1756, poco tiempo después del famoso terremoto de Lisboa que devastó la ciudad, mató a cientos de miles de personas, produjo incendios durante muchos días y generó un malestar agudísimo en toda Europa. Después de ese terremoto de 1700, en 1955 Voltaire escribió un famoso poema sobre el terremoto de Lisboa en el que se pronunciaba contra el optimismo leibniziano según el cual en nombre del principio de razón suficiente, pues en el mundo todo iría siempre para mejor y la pequeña cantidad de mal que habría y se repetiría estaría siempre al servicio de un bien superior. Escribe ese poema y entonces Oruso le responde en una famosa carta que le dirige, no asumiendo la posición de Leibniz y este optimismo naif que luego va a criticar Voltaire en el famoso libro llamado Cándido. No, a Rousseau le apetece mucho polemizar con Voltaire, que es el gran pope de la intelectualidad europea de la época y con su carácter atraviliario y peleón, pues le apetece mucho batir sus armas con las de Voltaire. Pero no, a Rousseau también le interesa señalar que concebir el mundo como malo o la providencia como adversa porque ha habido un terremoto en Lisboa es ignorar el papel que han cumplido los seres humanos en esa desgracia. ¿Podríamos hoy trasladarla a tsunami? Claro, ha habido un tsunami y hubieran muerto quizá muchas personas, pero que mueran más o menos también depende de la gestión humana, y en este caso política. Y esto es lo que le plantea Rousseau a Voltaire. Le dice no, si no hubiese una ciudad de cientos de miles de habitantes, si en esa ciudad hubiera habido unos buenos servicios de bomberos, si no se hubieran construido casas muy precarias, probablemente la envergadura siniestro de la catástrofe habría sido mucho más pequeña. Y entonces a Rousseau le interesa señalar que el pesimismo volteriano tampoco se sostiene, que condenar a la Providencia, condenar al mismísimo Dios, es de alguna manera eximir de responsabilidad a los seres humanos. Voltaire, como te digo, no va a responder a esta carta. Responde con un mensaje brevísimo, entre afectuoso e irónico, pero sin entrar en el meollo de la cuestión, sin responder a los argumentos de Rousseau. Y años Más tarde, en 1659, publica su famoso Cándido. ¿Recuerdas la figura del Dr. Pangloss, que es el tutor de Cándido, que se deja guiar por esta versión caricaturizada de Leibniz, según la cual todo sería para bien? No hay mal que por bien no venga, y los muchos avatares, adversidades y accidentes, desgracias y catástrofes que acompañan la vida de Cándido sólo anticipan un bien superior. De alguna manera siempre ha estado este Cándido entre nosotros, un Cándido que por miedo o interés se convierte en negacionismo. Si pensamos ahora en estos veranos que ya son síntomas y no estaciones, y la negación a aceptar que hay un calentamiento global, que hay un cambio climático por parte de mucha gente que tiene miedo, de buenas personas que tienen miedo, pues vemos de nuevo ahí reaparecer la figura de este Cándido, de este optimismo, que es un optimismo a la defensiva, un optimismo reactivo del que conviene alejarse como de un peligro, no solo nos protege, sino que nos hace más vulnerables. En todo caso, es verdad también que hay un elemento en el optimismo que es de clase. Rousseau insiste al mismo tiempo en que Voltaire es un intelectual, y los intelectuales siempre se dejan llevar por la tentación del pesimismo, mientras que, dice él, los campesinos que tienen una vida mucho más dura, una vida muy repetitiva, muy reiterativa, sin embargo, estarían dispuestos a apostar por vivir una nueva vida, no se dejan llevar ideas de suicidio, no abandonan jamás, no se muestran derrotistas, que es una idea que, fíjate, luego va a recoger Chesterton en su maravillosa biografía de Charles Dickens. Cuando dice esto, dice unas frases maravillosas. Dice que los pobres jamás se harán pesimistas. Es verdad que existen seres rotos y desventurados que estarían en su derecho de ser pesimistas, pero lo cierto, dice, es que no lo son.
Javier
No tienen tiempo.
Santiago Albarrico
No tienen tiempo, pero no solamente no tienen tiempo, dice, los pesimistas, dice, son aristócratas, como Byron, los blasfemos son aristócratas, como Swinburg, como Voltaire, habría dicho Rousseau. Pero aquellos a los que les consume el hambre y el frío y que sufren, dice Chesterton, dejadles hablar un instante y veréis que no sólo son optimistas, sino que profesan un optimismo violento, son demasiado pobres para adquirir otro más acicalado, No serán capaces de entrar a defender con detalle o simplemente con lógica la vida, les retrasaría el gozar de ella. Estos grandes optimistas, dice, acaba, si, Chesterton, este pasaje, entre los que Dickens figura, no aprueban el universo, ni siquiera admiran el universo, se contentan con amarlo violentamente. Y algo de esto es verdad y yo es lo que quiero. Ahora iremos en este proceso de ascensión para hablar de ingenuidad. De lo que está hablando Chesterton es de la ingenuidad como opuesta al optimismo,
Javier
¿No? Que un exceso de lucidez lleva siempre a la oscuridad. Es decir, cuando se ilumina con una luz tan, tan potente la realidad que acaba cegándonos, lo que sucede inicial y finalmente es esa oscuridad total, la negrura, el pesimismo, la decadencia.
Santiago Albarrico
Eso es, y creo que lo has dicho muy bien. Si, la luz ciega. La luz no nos hace más lúcidos, sino que finalmente nos abandona en la oscuridad y además inactivos, inmóviles e impotentes. Por lo tanto, no es verdadera luz aquella que nos ciega. Y frente a esta luz que ciega, tenemos la sombra que ilumina, que es la de las clases desfavorecidas que a pesar de todo, se han empeñado en vivir, en repetir una y otra vez un mismo. Un mismo gesto. La pregunta, Javier, es ¿Qué ocurre cuando de pronto las clases medias desean el apocalipsis y se mueven entre ese negacionismo que sería el de Pangloss y Cándido, y un derrotismo en el que asumen no solamente el pesimismo de Voltaire, sino una especie de rendición, de enmienda a la totalidad que les conduce a la impotencia más absoluta? ¿Qué pasa cuando las clases medias deseamos el Apocalipsis? Creo que estamos en ese momento.
Javier
Eso fue el fascismo, yo creo en gran parte.
Santiago Albarrico
Pues en efecto, yo creo que tienes mucha razón, porque en el fascismo está. Esta. Está. Esta revuelta en favor de la destrucción del mundo. Puesto que no podemos vivir como creemos, puesto que en definitiva no controlamos nada, puesto que en definitiva ni siquiera conocemos ya nada, pues el nihilismo nos lleva a des el apocalipsis como la verdadera, última y definitiva experiencia de nuestras vidas. Pero claro, esto nos sitúa de alguna manera fuera de la moralidad humana. ¿Pero es que la especie humana es una especie moral?
Javier
Buena pregunta.
Santiago Albarrico
Pues yo creo que no, fíjate. Yo creo que no somos una especie moral, somos una especie sociable.
Javier
Esto lo hemos hablado una vez.
Santiago Albarrico
Sí, y lo hemos hablado. Y en la sociabilidad está todo, está el optimismo, un optimismo a veces malentendido como corrupción de la sociabilidad. Y está en momentos de desmaterialización de la vida y en tiempos de inteligencia artificial está también la posibilidad de una transformación. Pero no somos morales. La moralidad implica el pensamiento. El pensamiento, es verdad, es algo que sólo los seres humanos podemos acometer. Ya lo hemos hablado otras veces, solo la especie humana es capaz de pensamiento. Pero los humanos pensamos muy, muy, muy raramente. Muy raramente. La pregunta es esta.
Javier
¿Y eso somos morales cuando pensamos, cuando conocemos o cuando nos bebemos una caña con los amigos?
Santiago Albarrico
Eso es verdad, muy bien planteado. Cuando nos bebemos una caña con los amigos no somos morales. Es probable que somos sociales. Y de ahí puede salir algo muy bueno, de ahí puede salir primero una defensa frente a todas las desconexiones neoliberales que tratan de aislarnos y de convertirnos en insectos que se frotan las patas en un alvéolo cerrado. Pero cuando nos vemos una caña con los amigos no estamos introduciendo moralidad en el mundo. Solo somos morales cuando hacemos eso que raramente hacemos, que es pensar y que no necesariamente lo hacen, como hemos hablado otras veces. Voltaire. Voltaire no tiene por qué ser más moral. Sin duda que conoce más una cosa el conocimiento y otra cosa es el pensamiento. El conocimiento no garantiza el pensamiento. Y por lo tanto no garantiza la moralidad que encrucijadas históricas como esta, en momentos de peligro a lo mejor aparece en gente muy ignorante, en gente insospechada, en esos campesinos o en esas clases desfavorecidas que repiten siempre el mismo gesto más por ingenuidad que por optimismo y por lo tanto digamos que la sociabilidad es de doble uso en estos momentos hay que defenderla y protegerla frente a la licuadora neoliberal, pero al mismo tiempo hay que recordar que la sociabilidad puede también fascistizarse, de hecho la utiliza la ultraderecha y constantemente está interpelando al ser social, incluso al ser tribal que todos los seres humanos llevamos dentro. Por lo tanto pensar y conocer son cosas distintas. La moralidad tiene que ver con el pensar y el optimismo tiene que ver con la sociabilidad que admite varios usos
Javier
diferentes o sea que cuando nos juntamos esa sociabilidad nos vuelve optimistas, ¿Eso es lo que quieres decir? Nos puede volver optimistas incluso a veces ese optimismo, igual que decíamos en la lucidez, llevado a un extremo ha provocado los fascismos, que eso es el doble filo del que hablabas.
Santiago Albarrico
Exactamente. Pero sí que creo que la sociabilidad nos vuelve optimistas y por lo tanto nos vuelve potencialmente emancipadores, pero potencialmente también ciegos o cegadores. Pero no me cabe la menor duda de que el optimismo tiene que ver con la socialidad y en la medida en que no dejamos en esta conversaciones y fuera de estas conversaciones defender esa sociabilidad como una defensa, como una tríaca frente al neoliberalismo, no me cabe la menor duda de que hay que defender el optimismo y luego controlarlo o frenarlo para que la sociabilidad no nos lleve a un sitio donde no queremos. Por ejemplo, ¿Hay una sociabilidad masculina y otra femenina? Pues yo diría que sí. ¿Y no te parece? Lo escribía en un reciente artículo,
Narrator/Definition Voice
que
Santiago Albarrico
esto que llamamos corrupción económica, ¿No es muchas veces una corrupción de la sociabilidad, una variante corrupta de la sociabilidad? Primero, ¿No es casi siempre una cosa muy masculina? Es verdad, también tenemos a Rita Barberá, que fue la nodriza de la corrupción, la valencia del PP, Pero digamos que se repite una y otra vez el hecho de que las personas implicadas en casos de corrupción son hombres y no son mujeres aún más. Y esto es uno de los aspectos más feos y más turbios de esta corrupción de la sociabilidad masculina. En ella las mujeres, cuando juegan un papel de mensaje intramasculino, comemos juntos, bebemos juntos, follamos juntos. Y por lo tanto las mujeres solo sirven para confirmar la solidaridad interna de la fratría masculina. Esto nos alejaría mucho del tema de hoy, pero creo que hay corrupciones de la sociabilidad. Unas llevan al fascismo, otras pueden llevar a la corrupción económica, como estamos viendo estos días.
Javier
Pues déjame preguntarte, volviendo a la línea que estabas abriendo en esa diferencia entre conocer y pensar. Decías que Voltaire puede conocer mejor que ese hombre humilde del que hablaba Chesterton, la diferencia entre el bien y el mal. Puede conocer mejor la moral, pero no por ello ser una persona más moral. Y eso tiene que ver con el pensar. Entonces quiero que hagamos esa diferenciación. ¿En qué consiste pensar y qué lo diferencia de conocer? ¿A qué te estás refiriendo?
Santiago Albarrico
Algo que explica muy bien Hannah Arendt. Hannah Arendt explica muy bien. Conocer tiene que ver con la razón instrumental, con aquello que nos sirve para alcanzar una determinada finalidad. La mayor parte de los conocimientos sirven para obtener alguna finalidad. Son conocimientos funcionales. El conocimiento siempre es funcional. El pensamiento no. El pensamiento se satisface en sí mismo y solo sirve para una cosa. Sirve precisamente para interrumpir protocolos, para interrumpir automatismos, para interrumpir los coágulos del conocimiento. El conocimiento puede señalar, pero al final el conocimiento acaba sedimentando en rutinas, acaba sedimentando en frases hechas, acaba sedimentando en cosas ya sabidas. Y las cosas ya sabidas son muy peligrosas. Y dice Hannah Arendt que por lo tanto el pensamiento, y por eso es moral, solo sirve para interrumpir protocolos, para interrumpir las conductas que se acometen sin saberlas o para descongelar palabras. Ella un pensamiento es algo que descongela una palabra. Cuando pronunciamos una palabra, creemos saber siempre lo que significa. El otro también sabe o cree saber lo que significa. Por eso nos entendemos. Pero ese entendimiento puede haber una cristalización de una conducta no propiamente moral. Puede haber la reproducción de una rutina no moral a través del uso de unas palabras que creemos ya conocer. Y entonces el pensamiento sirve para eso, para interrumpir estos protocolos, automatismos, quieres decir estos automatismos. En efecto, las sociedades no funcionarían si no estuvieran regidas por automatismos, pero hay ciertos automatismos que te pueden llevar a conceder como algo enteramente normal, que se persiga y luego se extermine a los judíos o que se bombardee Gaza sin parar. Frente a esas rutinas o automatismos, el pensamiento descongela lo ya sabido y es ahí donde surge la moral o la moralidad como aquello que interrumpe un automatismo destructivo.
Javier
Entonces, vamos a ver si lo estoy entendiendo, porque esto es complejo e imagino que también lo estará siendo para quien nos escucha. La moral no es obra del conocimiento, sino del pensamiento.
Santiago Albarrico
Exactamente, eso es lo que dice Hannah Arendt.
Javier
Entonces, se puede conocer bien las cosas y lo que está bien y mal, pero se puede pensar mal y actuar de manera inmoral.
Santiago Albarrico
Claro. Por ejemplo, Heidegger, bajo el nazismo, una persona que conocía muy bien, tenía mucho conocimiento y empezó a pensar muy mal, por eso se aleja del Hannah Arendt, porque Hannah Arendt consideraba que en ese momento de lo que se trataba era de pensar y no de conocer.
Javier
Bueno, de hecho se dijo mucho sobre la cultura alemana y sobre Alemania como país, probablemente el más ilustrado del momento, con las clases mejor formadas, más alfabetizadas, con el mayor conocimiento y además, probablemente con el arte y la filosofía más poderosas de ese instante, de ese momento histórico. Y sin embargo, conociendo mucho, pensó muy mal y se echó en brazos del nazismo. Es decir, la cultura, el conocer mucho, no te salva de ser un villano.
Santiago Albarrico
Eso es lo que quiere señalar Hannah Arendt con esa distinción entre pensamiento y conocimiento. Es importantísimo. Y recordar que había muchos campesinos o trabajadores en la resistencia que en ese momento conocían mucho menos que Heidegger, pero pensaban mejor que Heidegger. Y ese pensar además se traducía, como dice Hannah Arendt, en acción, porque son las acciones y los discursos, que no son sino formas de acción, los que nos definen como seres humanos, los que establecen esa diferencia entre pensar y conocer.
Javier
Oye, y una pregunta que me parece interesante a este ¿En qué momento o por qué el conocimiento puede llevar al mal pensamiento? ¿En qué momento Heidegger, que piensa que conoce mucho, acaba pensando?
Santiago Albarrico
Bueno, es difícil. Yo en todo caso recomendaría un libro, que no es fácil tampoco, de José Luis Villacañas, que se llama Tierra y ser, en el que de alguna manera intenta dar respuesta a esta cuestión contra Heidegger, naturalmente, pero creo que aquí hay cuestiones que tienen propiamente que ver con las dinámicas internas del conocimiento, con tradiciones de pensamiento, pero esas tradiciones de pensamiento no generarían esos efectos calamitosos sino se inscribiesen en determinados contextos sociales y contextos psicológicos concretos. Yo creo que, en fin, está muy estudiado, lo que quiero decir que el vínculo que existe entre el pensamiento filosófico propiamente alemán y las ideas de ser y de sangre no habrían producido esos efectos si no los hubiese reunido de nuevo esos conceptos, pues no sé, el Tratado de Versalles, el paro, el creciente malestar de una clase media que se sentía también desprovista de futuro, la necesidad de un caudillo, en fin, toda una serie de factores histórico sociales que de pronto convertían esa tradición que permitía incluso pensar y no sólo conocer, la convertían en un conocimiento perverso o desviación o peligroso.
Javier
Sí, estaba pensando al hilo también de todo esto que dices, así como puramente intuitivo, este pensamiento que voy a soltar, que cuando ese conocimiento se desboca, porque es no dir excesivo, pero cuando hay muchísimo conocimiento, eso puede llevar a un sentimiento de superioridad, ese sentimiento de superioridad que puede querer eliminar al otro, al inferior, y que una vacuna contra eso para seguir pensando bien, es la humildad, y la humildad en todos los sentidos de la palabra, que tiene que ver un poco con lo que hablábamos antes, con lo que hablaba Chesterton de la ingenuidad, Es decir, hay algún momento en el que hay que ser humilde y volver a la máxima socrática de que cuanto más sé, más me doy cuenta de que no sé nada.
Santiago Albarrico
Me parece enormemente perspicaz eso que has dicho, Javier, porque es cierto, es verdad que el conocimiento te lleva a la arrogancia, a la convicción de tu superioridad sobre el resto de los seres humanos, y eso naturalmente tiene que ver con el supremacismo, entre los nazis fue muy claro, pero tiene que ver hoy también con este conocimiento cristalizado en inteligencia artificial, por ejemplo, que ya nos hemos ocupado en otros derroteros y que lleva también al posthumanismo, al transhumanismo, a este supremacismo de una minoría que quiere abandonar los cuerpos en la Tierra mientras se marcha a Marte. Creo que sí. Y esto en efecto, y me alegra que hayas hecho esta transición magnífica a la cuestión de la ingenuidad, porque tenemos el pensamiento y tenemos el conocimiento, la acción que está vinculada también a la sociabilidad, en realidad es repetición. Y hay una forma de repetición que es muy salvífica, y tiene que ver con esto que Chesterton él identifica con optimismo, y que yo llamaba ingenuidad en un viejo artículo del que también nos ocupamos, en un viejo Perroteros, esta oposición entre optimismo e ingenuidad. La ingenuidad tiene que ver con la repetición libremente elegida, con eso que volvemos a hacer todos los días, con independencia de si el mundo nos parece bonito o no. ¿Y cuáles serían las fuentes de ingenuidad? Yo entonces me acuerdo que hablaba de ese gesto repetido del niño en la playa, al que se encuentra Agustín, que quiere vaciar el mar con una concha, o con un cubito, cubo a cubo, llevar todo el mar hasta la playa. Ahí hay algo de un ingenuidad tremenda. Naturalmente, el que repite un gesto todos los días, no lo hace pensando que de esa manera ni siquiera está salvando el mundo, porque el mundo es muy bello. Lo hace por varias razones, algunas que tienen que ver con el deber moral, con un imperativo moral, pero otras que tienen que ver sencillamente con el reclamo del propio mundo. ¿Entonces yo me preguntaría cuáles son las fuentes de la ingenuidad? Y yo me fijaría en tres, Javier, y ya nos vamos acercando a la luz no cegadora con la que me gustaría acabar esta última conversación.
Javier
A ver, ¿Cuáles son esas tres fuentes?
Santiago Albarrico
Yo creo que son los niños a los que no podemos desatender. Una madre, entre las ruinas, mientras caen las bombas, tiene que dar de comer a su niño, tiene que consolarlo, si llora, tiene que cambiar los pañales y tiene que contarle un cuento. Todo eso una madre lo puede hacer en medio de un bombardeo, y por lo tanto cagándose en los muertos de los hombres y del Dios mismo, por lo tanto teniendo la peor opinión del mundo, y sin embargo, a sabiendas de que no puede hacer otra cosa, porque el niño se lo reclama, ya no es ni siquiera su deber moral. Hay un niño ahí vivo, con ojos, con boca, que reclama sus cuidados. El segundo te va a parecer dudoso, pero me voy a atrever a sugerirlo también, que es el trabajo. El trabajo que nos exige también siempre una repetición. Claro que hay trabajos y trabajos, hay empleo y hay trabajos, tu trabajo y el mío, que exigen una repetición. Pues no tiene nada que ver con la repetición de un soldador, la repetición de un reponedor de supermercado, etc. Pero ahí también hay un enganche en el mundo, algo que tiene que ver con la propia corporalidad que se engancha en el mundo cuando repite un gesto. Y el tercero diría yo, que es la belleza, Javier. A nosotros nos engancha la belleza. Somos todos los seres humanos potencialmente yonkis de la belleza. Y creo que eso nos engancha. Nos engancha incluso cuando escribimos un poema triste. Un poema triste es un motivo para seguir viviendo. No sé, pienso en ese que han leído todos los niños italianos de Salvatore Quasimodo, el gran poeta del siglo pasado. Sé que Oñuno está solo. Sulcur de la terra tracito da un rayo, Disole ed súbito será. No puede ser más demoledor. Dice, cada uno está solo en el corazón de la tierra, traspasado por un rayo de sol, y enseguida es de noche. Eso es la vida humana. Estamos atravesados un momentito en nuestra soledad, por un rayo de sol, y de pronto anochece. Pero cuando tú lees ese poema, te entran ganas de estar otra vez solo ahí, atravesado por un rayo de sol un rato más. Es algo que te vincula la vida, no te aleja de ella. Y esta cuestión. Mira, yo te voy a permitir una cosa que no suelo hacer y la hago con mucha vergüenza. Hace años escribí un mal poema que recogía de alguna manera esta idea. Me doy cuenta ahora cuando lo leo. Es un poema que dice solamente esto. Dice que 20 años, dice el tango, no es nada. Seamos realistas, 40 años no es nada. 100 años no es nada.$1.000 no es nada. 40.000 AÑOS NO ES NADA. ¿Un millón de años, que digo? No es nada. Pero una naranja es algo. Y seis naranjos son un huerto. Esos seis naranjos que forman un huerto. Ese huerto que necesita cuidados también, por tanto, un gesto de repetición. Ese huerto es dos cosas al mismo tiempo. Es ya una valorización del mundo en sí mismo. Vale la pena seguir luchando por ese huerto. Y ese huerto que requiere cuidados te obliga a la ingenuidad de repetir la azada, de repetir la poda, de repetir el gesto de mirarlos. ¿Hay alguien que esté tan cegado por su trabajo, tan cegado por la inmanencia dolorosa de la vida que no reconozca la verdad, no ya de un huerto, de una naranja encima de una mesa? ¿No tenemos todos potencialmente la facultad para sentirnos vinculados al mundo a través de esa naranja depositada encima de la mesa?
Javier
Sí, pero cuando caen sobre los huertos de naranjas, sobre los naranjos, las bombas, cuando la oscuridad se cierne sobre los niños, ¿Qué hacer, Santi?
Santiago Albarrico
Pues hacer lo mismo. Esto. Yo creo que insisto mucho cada vez que hablo en público, en esta idea contra mí mismo, contra mi carácter sombrío, derrotista, de burgués atribulado, pues insisto siempre en esta idea que nos la da una vez más Chesterton. Cuando Chesterton defiende frente a lo políticamente correcto, los cuentos de hadas, los cuentos populares, con su crueldad, su canibalismo, etcétera, siempre lo hace recordando esto. Dice un cuento de estos de hadas que querían ya hace 100 años revisar o prohibir los políticamente correctos. Un cuento de hadas, un cuento popular, comunica este doble el primero es que los monstruos existen, el segundo es que podemos vencerlos. Y creo que vivimos cada vez más en una época en la que, como volviendo al principio, nos movemos entre el negacionismo, no existen los monstruos, o el derrotismo, no podemos derrotarlos. Y hay que moverse entre ambas alternativas. Existen los monstruos, no podemos ser en ese sentido optimistas, tenemos que nombrarlos, tenemos que enumerarlos y tenemos que examinarlos y explicarlos. Y por otro lado, tenemos que considerar que podemos derrotarlos porque podemos derrotarlos. Y en este sentido me gustaría acabar poniendo un ejemplo, un ejemplo pequeño de un movimiento que se mueve entre el negacionismo y el derrotismo, que se llama el Solar Punk.
Javier
Hemos hablado esta semana justo, pues lo
Santiago Albarrico
tenéis ahí reciente, y por lo tanto no hay nada más que hablar, porque ya lo saben los oyentes de Carne Cruda, es precisamente imaginar futuros deseables a partir de un lujo y de una abundancia compatible con los límites del planeta, es decir, con las naranjas y con los niños.
Javier
Pues ha sido un enorme placer, desde este huerto de naranjos, imaginar futuros posibles a pesar de los rincones en sombra y de lo sombrío a veces de nuestras almas. Voy a coger esa máxima de que no hay que engañarse y no hay que rendir. Ha sido un placer compartir esta Soledad solidaria contigo y con los oyentes que nos acompañan en estos derroteros atravesados por un rayo de sol.
Santiago Albarrico
Pasad todos un buen verano y hasta muy pronto.
Restaurant Staff
Prender el fuego, checar que todo esté en su lugar. Recibir el atom, regrésalo. ¿Eso es salmón o atún? Probar la salsa.
Lowe's Announcer
Ya no hay aguacate.
Restaurant Staff
Ordenar más hielo. Mover la mesa 8 con uno especial. Un horno no jala. Ponerle Miracle Grow Plant Food a mi jardín de hierbas de olor. La mesa 12 cambió su orden. Salió el mismo plato dos veces. Se nos acabó el cilantro. Está claro. Que el jardín de Pablo esté creciendo más verde y frondoso que nunca es un milagro. Es Miracle Growth.
Carne Cruda Extra · June 26, 2026
Host: Javier (La República Independiente)
Guest: Santiago Alba Rico
En este episodio especial que cierra la temporada de "Derroteros," Javier conversa con el filósofo y ensayista Santiago Alba Rico sobre el optimismo, su sentido en tiempos oscuros, y la diferencia entre conocer y pensar. El diálogo se entrelaza con citas literarias, referencias históricas y reflexiones profundas sobre la sociabilidad, la ingenuidad, la moralidad, y las posibilidades de futuro cuando reinan el pesimismo y la sensación de crisis perpetua.
“En un momento en el que estar deprimido o ser pesimista es lo más mainstream que se nos ocurre, tenemos que rebelarnos contra el pesimismo… resistirnos frente a esta tentación derrotista.”
— Santiago Alba Rico (02:22)
“…sentimos nostalgia de un pasado en el que todavía existía el futuro, en el que pensábamos hacia adelante. Y ahora eso ha dejado de ocurrir.”
— Santiago Alba Rico (04:22)
Repaso al debate tras el terremoto de Lisboa (1755):
Actualización al presente:
Reflexión sociológica:
“Rousseau insiste… los campesinos… dispuestos a apostar por vivir una nueva vida, no se dejan llevar ideas de suicidio, no abandonan jamás…”
— Santiago Alba Rico (11:48)
“Un exceso de lucidez lleva siempre a la oscuridad… cuando se ilumina con una luz tan potente la realidad que acaba cegándonos, lo que surge es… oscuridad total.”
— Javier (13:44)
“Los pobres jamás se harán pesimistas… no solo son optimistas, sino que profesan un optimismo violento…”
— Santiago Alba Rico (citando a Chesterton, 12:31)
“¿Qué pasa cuando las clases medias deseamos el Apocalipsis? Creo que estamos en ese momento.”
— Santiago Alba Rico (14:04)
“Yo creo que no somos una especie moral, somos una especie sociable.”
— Santiago Alba Rico (15:59)
“El pensamiento… solo sirve para interrumpir protocolos, para interrumpir automatismos, para interrumpir los coágulos del conocimiento… El conocimiento puede señalar, pero… acaba sedimentando en rutinas, acaba sedimentando en frases hechas.”
— Santiago Alba Rico (21:39)
Exceso de conocimiento lleva a la arrogancia y al supremacismo.
La humildad, “máxima socrática”, como remedio.
“…cuando hay muchísimo conocimiento, eso puede llevar a un sentimiento de superioridad… una vacuna contra eso… es la humildad, y la humildad en todos los sentidos…”
— Javier (28:05)
Ingenuidad vs. Optimismo:
“Cada uno está solo en el corazón de la tierra, traspasado por un rayo de sol, y enseguida es de noche.”
— Santiago Alba Rico (cita a Salvatore Quasimodo, 33:55 aprox.)
“Un cuento de hadas… comunica este doble: el primero es que los monstruos existen, el segundo es que podemos vencerlos.”
— Santiago Alba Rico (35:25)
“Cada vez que sentimos nostalgia… es nostalgia de un pasado en el que todavía existía el futuro.”
— Santiago Alba Rico (04:22)
“Los pobres… profesan un optimismo violento, son demasiado pobres para adquirir otro más acicalado… No serán capaces de entrar a defender con detalle o simplemente con lógica la vida; les retrasaría el gozar de ella.”
— Chesterton citado por Santiago Alba Rico (12:31)
“No es verdadera luz aquella que nos ciega. Y frente a esta luz que ciega, tenemos la sombra que ilumina, que es la de las clases desfavorecidas que a pesar de todo, se han empeñado en vivir…”
— Santiago Alba Rico (14:04)
“Conocer siempre es funcional… el pensamiento, y por eso es moral, solo sirve para interrumpir protocolos, para interrumpir las conductas que se acometen sin saberlas…”
— Santiago Alba Rico (21:39)
“…un cuento popular comunica este doble el primero es que los monstruos existen, el segundo es que podemos vencerlos.”
— Santiago Alba Rico (35:25)
El episodio despliega una profunda defensa del optimismo vitalista, no como ingenuidad ciega, sino como acto rebelde y social. Invita a distinguir entre conocimiento y pensamiento (clave para la ética), a reivindicar los gestos simples y repetidos de la vida como fuentes de sentido —desde criar a un hijo hasta cuidar un huerto—, y a no sucumbir ni al negacionismo ni al derrotismo, sino a sostener la esperanza activa y creativa incluso en la oscuridad.