
En Houston lo conocían como El Dulcero. Un hombre amable, siempre con caramelos en los bolsillos… pero detrás de esa sonrisa escondía una de las cámaras de tortura más macabras en la historia de Estados Unidos. Dean Corll manipuló a adolescentes, creó su propia red de reclutamiento y convirtió un barrio entero en su cacería personal. Más de 20 víctimas. Un asesino invisible. Un final inesperado.
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