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Ahora en más de uno. La beta cultureta de Carlos Zoomer es posiblemente el mejor día en la vida de este chaval de 13 años porque su padre le ha comprado su primer violonchelo. Y por si fuera poco, pasa algo más cuando entra en una tienda de música de Barcelona, cerca del puerto. Estaba ojeando partituras cuando me encontré un montón de páginas arrugadas y descoloridas. Eran las 6 suites para violonchelo de Johann Sebastian Bach, muy olvidadas hasta entonces, hasta que el niño Pau Casals se encuentra con ellas, la versión arreglada por el chelista alemán Grutmeier. El mérito es suyo. El relato de Casals de su gran descubrimiento es sospechosamente redondo y providencial. Un hito perfecto en su autobiografía publicada. Pero pasara como pasara, sí está bien documentado que fue él quien haría luego tan populares las suites tocándolas muchas veces, casi como un embajador incluido en la Casa Blanca ante JFK. Si te cuento esta historia es porque es un milagro que tengamos estas seis piezas que hoy son puro canon. Un milagro por triplicado. El primer milagro es el de Casals exhumándolas. El segundo milagro es el del compositor Félix Mendelssohn, el de la Marcha Nupcial, que recupera la propia figura de Johann Sebastian Bach, poco famoso en vida y bastante ignorado después, por increíble que parezca. Así que sin Mendelssohn no hay Bach y sin Bach, obviamente, no hay suites. Y en ellas está el tercer milagro, el milagro del violonchelo, instrumento sin ningún protagonismo solista, condenado a la discreción del sustento grave hasta que Bach saca el cello del fondo de la orquesta y compone seis piezas solo para él, con todo el sentido. El divulgador David Bruce lo llama el instrumento más triste del mundo por la similitud de su registro con nuestra propia voz. Que se lo diga en archelista canadiense Jean Guillain querras al que pude disfrutar en el Auditorio Nacional él solo con su stradivarius subiendo el 8000 de las seis suites durante casi tres horas. A la dificultad técnica se une la dificultad interpretativa porque no se conserva en los originales del propio Bach. Solo copia sin sus acotaciones. Así que cada músico invoca al compositor barroco en los términos y matices que mejor considera. Y ese es el misterio de la Switch, que son reacias al recinto cerrado del disco. Por eso Rostropovich se arrepintió alguna vez de grabarlas y por eso el primero de todos en hacerlo, Pau Casals, se resistió durante décadas. Entre el niño que las encuentra en Barcelona y el señor que finalmente las inmortaliza en Abbey Road pasan 50 años.
