
El director de Más de uno ha contado como un médico amigo de la familia del multimillonario amañó un diagnóstico para que el ahora presidente de Estados Unidos no fuera llamado a filas para la Guerra de Vietnam.
Loading summary
A
¿Qué tal, ¿Cómo están? Bienvenidos a una nueva mañana de radio. Ya es miércoles, Estamos en el 18 de marzo del 26. La radio es más de uno, es Onda Cero. Y les cuento una historia que hoy no es tan corta como otros días. Un joven de 28 años recibe una orden. Ha de reunirse con mandos militares para estudiar el despliegue de Estados Unidos en una región del mundo donde apenas tiene presencia armada. Esa región se llama Oriente Medio. El Golfo Pérsico. El año es 1979, acaba de caer. El Shah Jomeini lidera la revolución iraní, y la Unión Soviética, que apadrina esa revolución y a ese régimen, ve en Irán la puerta de entrada para dominar esta zona estratégica. En Estados Unidos, año 79, gobierna Ronald Reagan y su primera preocupación es la Guerra Fría. Bueno, este joven, 28 años, que trabaja de asesor o analista en el Departamento de Estado, da por hecho que la reunión que le han encomendado con mandos militares se va a producir en el Pentágono. Pero se equivoca. Le comunican que su destino es Tampa, en Florida, una pista de aviones de combate al final de la cual adivina un grupo de autocaravanas en torno a las cuales hay levantada una alambrada. Aún queda una sorpresa más, y es que el general que le está esperando allí, como el resto de sus hombres, viste uniforme de camuflaje en Florida. Nuestro joven se atreve a preguntar el motivo, y el general le nuestra unidad se llama Grupo de Despliegue Rápido. ¿Y? Pues qué quiero que parezca que podemos plantarnos en el Golfo Pérsico en un periquete. Le pregunta el joven. ¿Pero de verdad pueden? Y no, en absoluto. ¿Que vamos a poder? Eso es lo que les corresponde hacer a ustedes. Tienen que conseguir que los países que hay allí y que no son Irán, nos permitan tener bases militares. El joven se volvió para Washington habiendo aprendido dos El apodo que en el ejército tenía aquel general, le llamaban Bob el de las alambradas. Y el peso que en adelante tendría el Golfo Pérsico. Las alianzas con gobiernos locales de todo pelaje en la disputa por la hegemonía mundial entre estadounidenses y rusos o soviéticos. Entonces Richard se llamaba aquel veinteañero. Ese fue su debut en la administración estadounidense. Luego fue ascendiendo, fue asumiendo cada vez más responsabilidades. Sirvió bajo la presidencia de Reagan, de Bush padre y de Bill Clinton. En 1998, Clinton le nombró coordinador nacional de la lucha contra el terrorismo. Los medios acortaron el cargo y le llamaron el zar antiterrorista. Y en ese cargo continuaba cuando en 2001 Bin Laden derribó las Torres Gemelas y Bush hijo armó una coalición internacional para combatir Al Qaeda en Afganistán. En marzo de 2003, dos semanas antes de que Estados Unidos invadiera Irak, este Richard, Richard Alan Clark dimitió como zar antiterrorista. No explicó el motivo, aunque dentro del gobierno aquello era cualquier cosa menos un secreto. Un año después lo contó él mismo todo en un libro que fue lo más parecido a un terremoto en Washington. El libro se titula Contra todos los enemigos. La enmienda a la totalidad del primer mando de la lucha antiterrorista al presidente de los Estados Unidos por desatender los peligros reales y embarcar a su país en una guerra sin sentido. Cuando Richard Clark presentó este libro en Madrid, año 2004, con Saddam Hussein ya capturao, le preguntó un ¿Ha funcionado entonces la invasión de Irak? Y él respondió en absoluto. Irak no suponía una amenaza para nuestro país. El presidente quiso hacérselo creer a los ciudadanos, pero el motivo nunca fue ese. El motivo era colocar en Bagdad un gobierno tutelado por la Casa Blanca en la idea de que cambiaría por completo el paisaje de Oriente Medio, generando un efecto dominó. Y remató su respuesta el señor Clark habría estado bien si hubiera funcionado. Pero ni está funcionando ni va a funcionar. 23 años después de que el zar antiterrorista renunciara en desacuerdo con la campaña iniciada por su presidente en Irak, el director de la lucha antiterrorista de los Estados Unidos ha renunciado en desacuerdo con la campaña militar iniciada por su presidente en Irán. Dicen que la historia a veces rima. Este director de ahora director de la lucha antiterrorista, se llama Jo Ken y es trumpista de primera hora. Y en su carta de dimisión le dice al presidente Trump, Irán no suponía una amenaza para nuestro país. Te han hecho creer que lograrías una victoria rápida. Pero no va a ser así. No podemos cometer este error otra vez. No puedes enviar a nuestros jóvenes a morir en una guerra que no está justificada. Donald Trump, presidente infalible por la gracia de Dios, ha despachado la dimisión de su zar antiterrorista llamándolo flojo y desnortado. El coro de congresistas que secunda todo lo que haga y diga. El presidente Trump se ha lanzado a despedazar al dimisionario usando la misma coartada que Benjamín Netanyahu usa para despachar las críticas a sus decisiones militares. Si Joe Kent alega que Trump se ha dejado arrastrar a la guerra por el gobierno de Israel, entonces es que Joe Kent es antisemita. No hay más preguntas, señoría. No hay más preguntas. No hay más matices, No hay más debate. La guerra en Irán se alarga, como acostumbra suceder con las guerras. Díselo a Putin, que lleva cuatro años invadiendo Ucrania. Díselo a Zelensky, que lleva cuatro años sufriendo la invasión de su país y que hoy visita, por cierto, España. La guerra en Irán se alarga cada día sin poder acreditar la victoria. Alimenta la sospecha de que Donald Trump podría acabar dando el paso final. Y el paso final es enviar tropas a Irán para tomar el país palmo a palmo. Taking Irán, que diría con su adicción al eslogan el hombre del pelo naranja. Takin Iran. El régimen iraní que reparte su tiempo entre lanzar misiles, ocultar a su nuevo líder supremo, desmentir que le hayan asesinado más altos cargos para acabar confirmándolo y reprimir a su población. Reprimir a su población. No vaya a venirse el pueblo arriba exigiendo una vida digna o una vida en libertad, o sea, estas intoxicaciones occidentales que sufre la población. El régimen iraní ha desafiado a Donald Trump a enviar soldados. Ven e invádenos, le han dicho. El presidente Trump ha respondido con su frivolidad habitual. Han ¿Pero no le da usted miedo que esto pueda acabar siendo otro Vietnam? Y ha dicho no me da miedo nada. ¿No le da miedo otro Vietnam? Claro, a él no. A las familias de los militares tampoco les va a preguntar. Donald Trump tenía 18 años cuando el incidente del golfo de Tonkín. Disfrutó de cinco prórrogas de estudios para ir aplazando su incorporación a filas. Cuando por fin se graduó, fue declarado no apto por un espolón calcáreo que le impedía apoyar correctamente el talón, o sea, por sus espolones. Donald Trump nunca conoció Vietnam. El New York Times investigó 50 años después su dolorosa afección en el talón y dio con la hija del podólogo que había firmado el informe médico que contó que su padre tenía la consulta en un local que era propiedad de la familia Trump. Y que su padre, el podólogo, Ayudó a Donaldito a escaquearse del reclutamiento. Para hacerle un favor al padre, que era su arrendador. En una rueda de prensa, le preguntaron a Trump. En cuál de los dos talones sufría el espolón. Y dijo que no lo podía recordar. Luego salió su equipo y en los dos. Trump alegó que aquella en realidad fue una lesión temporal. Y que el motivo final de que nunca fuera reclutado para Vietnam. Es que le tocó un número muy alto en el sorteo de los quintos. Pero los registros oficiales confirmaron que no era verdad. Más de 50.000 soldados estadounidenses murieron en Vietnam. Más de un millón de vietnamitas murieron en Vietnam. Cuando empezó aquella guerra, por cierto, tenía más apoyo popular que la que hoy tiene. La guerra en Irán, cuando empezó, cuando se eternizó la guerra de Vietnam generó un desgarro social. Lo bastante hondo y lo bastante amargo. Como para que nadie en los Estados Unidos. Se tome a la ligera lo que ocurrió. Y mucho menos frivolice con la idea de que pueda volver a ocurrir. Nadie, salvó el presidente de la nación, el de los espolones, que son voceras. Donald Trump, tiene dicho que le habría gustado servir en el ejército. Naturalmente que sí. Y que en espíritu, él siempre ha estado con los soldados que combatían en Vietnam. Porque para algo él estudió en la academia militar de Nueva York. Que no es West Point. Es un internado privado. Cuyos estudiantes van de uniforme, no de camuflaje. No, porque de camuflaje el que iba era Bob, el de las alambradas. En su camping de Autoc caravanas. De Tampa, Florida. El código de conducta de la academia en la que se formó Little Donald. Establece que un buen cadete nunca hace trampas. Y, por supuesto, nunca miente.
Host: Carlos Alsina
Date: March 18, 2026
Podcast: Onda Cero
In this episode, Carlos Alsina delivers a compelling, humor-tinged monologue reflecting on patterns in U.S. foreign military interventions—from the Cold War era to the contemporary war in Iran under Donald Trump. Alsina weaves personal anecdotes, historical parallels, and trenchant commentary to interrogate the motives, rhetoric, and consequences of American presidents’ decisions leading their nation (and the world) into war. The episode’s central theme revolves around the cyclical nature of history, particularly America’s involvement in foreign conflicts and the personal histories of those in power—culminating in a sharp, satirical look at Donald Trump’s avoidance of Vietnam and his hawkish stance on Iran.
Opening Anecdote (00:01–03:30):
Alsina narrates the story of a 28-year-old analyst, Richard Clarke, tasked in 1979 with studying U.S. military deployment in the Persian Gulf after the Iranian Revolution. This anecdote sets the stage for examining how U.S. strategy in the Middle East has evolved—and often repeated itself.
"El apodo que en el ejército tenía aquel general, le llamaban Bob el de las alambradas. Y el peso que en adelante tendría el Golfo Pérsico." (03:09)
Clarke ascends to "zar antiterrorista" under presidents Reagan, Bush Sr., and Clinton.
After 9/11, Clarke becomes central to anti-terror strategy under Bush Jr., but resigns in 2003, disillusioned by the preparations for the Iraq War.
Clarke's 2004 book, Against All Enemies, is a scathing critique of the Iraq invasion, asserting it was based on false motivations.
Drawing a direct line from Clarke to today, Alsina highlights the resignation of Joe Kent (current "zar antiterrorista" and Trump loyalist), again in protest over a war—this time in Iran—mirroring Clarke’s earlier break with the Iraq War.
Trump dismisses Kent, labeling him "flojo y desnortado," and, supported by his loyal congressional "coro," accuses critics of being antisemitic, echoing Israeli PM Netanyahu’s strategies for silencing dissent.
The war drags on with no clear victory, fueling fears that Trump may escalate by sending ground troops—“Taking Iran,” as Alsina quips, mimicking Trump’s sloganizing style.
Iranian regime is depicted as both bellicose and repressive, while Trump maintains his trademark bravado.
Alsina underscores Trump’s personal history of draft avoidance during the Vietnam War due to bone spurs—“los espolones”—and satirically contrasts this with Trump’s present-day hawkishness.
The New York Times investigation of Trump's deferment (“espolones”) is recounted, highlighting the absurdity and moral implications.
The Vietnam War’s legacy—its immense human cost and divisiveness—is evoked as a cautionary tale, one ignored by the current administration.
Alsina’s critique zeroes in on Trump’s lack of seriousness: "Nadie, salvo el presidente de la nación, el de los espolones, que son voceras."
Alsina derides Trump's claims of having a military spirit due to his private military school background, contrasting it with the real risks and discipline required in genuine military service.
Ends with a callback to "Bob el de las alambradas" and the values purportedly taught at Trump’s academy—never cheat, never lie—highlighting the gap between ideal and reality.
With wit and historical insight, Alsina’s monologue exposes the repeated follies of U.S. interventionism and lampoons the gap between the personal narratives of leaders and the realities of war. By drawing sharp lines between past and present, and through memorable anecdotes and biting irony, he leaves listeners reflecting on the true costs of war—and on who truly bears them.