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¿Qué tal, cómo están? Bienvenidos a una nueva mañana de Radio. Jueves 12 de marzo. Es más de uno, es Onda Cero, es la radio. Y les cuento una historia que es muy corta. Al inventor. Al inventor le habían encargado que diseñara una herramienta capaz de medir los sentimientos que inspiran los mítines en aquellas personas que asisten a los mítines. Entonces se presentó el inventor orgulloso con un artefacto que consistía en un micrófono gordo conectado a un cerebro electrónico al que le había acoplado una aguja medidora y lo he llamado el cordialómetro. Usted hace su discurso ante este micrófono y la aguja mide los momentos en los que el público se siente más impelido a entenderse con quienes ven el mundo de una manera diferente a ellos. ¿Quiere que lo probemos? Entonces el orador reprodujo el último mitin que había pronunciado en una capital castellana y en los 40 minutos que le duró la perorata, con sus inflexiones, con sus pausas para encajar ahí los aplausos que en teoría tenía que dar el público, pues en 40 minutos la aguja no se movió ni un milímetro. El cordialómetro, dijo el inventor. Poni ¿Se ha inmutado? Preguntó el orador. ¿Usted solo tiene este chisme? No, tengo este otro que lo llamo el inquinómetro, y este mide el grado de inquina al adversario que genera un discurso en aquel que lo escucha. Dijo el orador. Formidable, probémoslo. Entonces agarró otra vez el mismo mitin, empezó a declamarlo ante el micrófono exagerando el tono, y apenas dos minutos después de haber empezado, la aguja ya reventó y dijo el bingo. Este sí que ha funcionado. En general inquina. Hemos matido todas las marcas conocidas. Y el orador pues espléndido, porque esto es lo que mi público demanda, es lo que siempre me gritan. Dales caña. ¿Dales caña a quién? A los de enfrente. El inventor se animó entonces y le tengo aquí un polarizómetro, ¿Quiere usted que lo probemos? No, no. A polarizar no. Polarizar es una cosa terrible que sólo hace mi adversario político. Admitamos que con la polarización ocurre como con la desinformación y con las mentiras, que siempre son cosa del otro, del de enfrente. Nunca nadie las admite como herramientas propias. Ahora que el gobierno se nos ha adentrado en el estimulante mundo de monitorizar la generación de odio en las redes sociales. Esta herramienta que el presidente presentó ayer como H Odio, pero que ha sido rebautizada ya como el odiómetro, podía animarse a monitorizar también los tuits y los discursos y los mítines que hacen y pronuncian los ministros, por ejemplo, para medir cuánta concordia generan hacia los adversarios políticos y con cuánto ahínco huyen de la polarización y de la inquina. Porque seguro que si el gobierno da el primer paso la oposición irá detrás, se monitorizarán todos a sí mismos y desterrarán el desdén y el desprecio y la imputación gratuita y la falsificación del adversario, la deshumanización, como se llama ahora. La desterrarán de sus discursos, de sus consignas y de sus soflamas. Midámonos todos, y yo el primero, por la senda constitucional. Bueno, no hay por qué dudar de la buena voluntad del Gobierno, Por supuesto que no. Nunca hay que dudar de la buena voluntad del gobierno cuando predica la tolerancia, la concordia y el entendimiento y mucho menos cuando apela a la negociación y a la diplomacia para resolver los grandes conflictos internacionales. Ahora resultaría todo más creíble si desplegara sus mejores artes diplomáticas para resolver nuestros pequeños conflictos nacionales, para negociar, por ejemplo, con la oposición soluciones duraderas, duraderas a los problemas que tiene el país en lugar de alimentar con esmero la diferencia todo el tiempo. La diferencia, el enfrentamiento, o sea que la ONU está muy bien pero que no hace falta la ONU para debatir civilizadamente aquí la posición que España tiene que tener, por ejemplo, ante la guerra de Irán para acordar aquí, por ejemplo, con el primer partido del país lo sustancial de esa posición que tiene España como tal, anteponiendo aquello en lo que hay coincidencia a aquello en lo que siempre va a haber alguna diferencia. Digamos que la diplomacia empieza por casa. Y tampoco parece que esté siendo el ministro Álvarez, por decir un nombre así, quien más diplomático se conduce cada vez que menciona al PP y lo retrata como un partido desleal y belicoso. Apelar a la negociación internacional es estupendo, pero cuando quienes apelan son los mismos que luego se verán incapaces de negociar nada en casa, el discurso queda un poco hueco. ¿El PP? Pues fíjate, el PP ve en cada mano tendida del gobierno. Ahora, por ejemplo, mano tendida para pactar las medidas paliativas por la crisis del petróleo. Pues el PP en cada mano tendida al gobierno ve una emboscada y reacciona con anuncios tan diplomáticos como este de ayer de decirle a Félix Bolaños que abandone cualquier esperanza de una reunión presencial porque no están para llenarle de fotos su Instagram. De Vox ni hablamos, que no le coge el teléfono al Gobierno. Ormuz sembrado de barcos naufragaos, Irán estrangulando el comercio, Trump emborrachado de autoelogios y aquí los dos grandes partidos toreando de salón. Rejón va, rejón viene, a mí no me te acerques, el tóxico eres tú. Y Vox bajando la cabecita ante cualquier cosa que haga Odigado en Altrán. Faltaría más. Da igual sean los aranceles, sea la guerra en Irán, sean los ataques a España, España loser. Todo eso le dice. Y el presidente del Gobierno nuestro, erigido en valedor del derecho internacional mientras incumple sin inmutarse el derecho español hurtando a las Cortes el debate obligado sobre el uso de los recursos públicos, sea el presupuesto del Estado. Tampoco hace falta una resolución de la ONU para instar al Gobierno a cumplir con la ley. Sólo hace falta que la presidenta del Congreso, la señora Armengol, repare alguna vez en cuál es el cargo que ella desempeña y sea ella, como presidenta del Congreso quien le afee a su jefe de partido y superhéroe el desprecio a la legalidad vigente aquí, En el decimotercer día ya de guerra en Irán, con Ormuz como primer escenario, el tráfico marítimo estrangulado, los gobiernos recurriendo al petróleo almacenado, los barriles en reserva para mantener abierto el mercado, la sombra de la crisis económica extendiéndose, Macron reculando en la operación militar que había anunciado para proteger los barcos en Ormuz y Úrsula von der Leyen reculando también en su extrema unción a la legalidad internacional que ahora la presidenta de la Comisión reivindica. La legalidad internacional. Es verdad que sin llegar a criticar o a condenar la violación de la legalidad internacional que supuso el ataque a Irán que realizaron Estados Unidos e Israel en el décimo tercer día ya de guerra con el FBI, lo hemos contado también advirtiendo de que Irán podría aliarse con cárteles mexicanos para usar drones con los que bombardear territorio de California, con Donald Trump alardeando de que ya ha destruido tantas cosas en Irán que no sabe ya que más bombardear. La frivolidad como santo y seña de un gobierno en el décimo tercer día de guerra. Digo, el sonido con el que empieza la jornada en Beirut es el sonido de la destrucción. Es el sonido de las alertas de los aviones militares que surcan constantemente del cielo. Le he pedido a Marta Maroto, que es nuestra corresponsal en el Líbano, que cada día nos informa de lo que está sucediendo allí, que sea nuestros oídos esta mañana y nos ponga en la piel de quienes escuchan allí el día a día de la guerra.
