Transcript
A (0:02)
¿Qué tal?
B (0:03)
¿Cómo están? Bienvenidos a una nueva mañana de radio. Estamos a viernes. Viernes, viernes. Es 10 de abril del 26. Les cuento una historia que es muy corta. Antes de ser un reusense universal, o sea, de Reus, de Reus, pero con magisterio en todo el planeta, Antonio Gaudí ya era miembro, con 30 años, de la Asociación de Excursiones Catalanas, cuya mayor rival era la Asociación Catalana de Excursiones. Tiene ahí un pique entre ellas dos. Pese a la rivalidad, invitaron a Gaudí a hacer una excursión conjunta a Santa María de Apaulet y él no pudo negarse. Entonces se fueron de Tarragona hasta la Espluga en tren. Allí se subieron a los carros y a los burros para llegar hasta el monasterio. Y una vez arriba, lanzaron bengalas de colores para evocar el incendio de 50 años antes de y entonaron allí todos juntos una salve. En palabras de su biógrafo Van Hensbergen, del libro que acaba de reeditarse, nada podía haber transmitido a Gaudí un sabor más auténtico del mundo en el que estaba a punto de entrar. Un cóctel de fraternidad, catolicismo y catalanismo, mezclado con el amor romántico hacia las ruinas y las causas perdidas. Ese mismo año, el librero Bocabella, que odiaba a todo lo francés, puso la primera piedra de un templo dedicado a la Sagrada Familia de Nazaret. El arquitecto de ese templo que se iba a construir aún no era Gaudí, era Villar. Para sacar adelante su empeño, el librero había hecho antes dos librero y editor. Había fundado la Asociación de Devotos de San José para recaudar fondos, que era el crowdfunding de la época, pasar el cepillo entre los devotos, entre los fieles. Y había comprado un solar en el Poblet, donde antes estuvo previsto hacer un hipódromo, lo que luego sería ya Barcelona. Gaudí asumió la dirección de la obra. El año siguiente, Gaudí empezó a cambiar ahí la historia de Barcelona, de la arquitectura en Barcelona. Él no era muy de viajar. Excursiones se hacía, pero viajes largos no. Y cuando le preguntaban, respondía que él pensaba que eran los extranjeros los que debían venir a su tierra, y no al revés. Y a fe que lo consiguió, porque 150 años después hay tanto turista en Barcelona que el Ayuntamiento ya no sabe dónde meterlos. Es probable que para cuando esté terminada la Sagrada Familia de Barcelona, allá por el 2036, las distintas tribus políticas ubicadas en el extremo izquierdo del tablero político de España, también llamado espacio o Izquierda, a la izquierda de la izquierda por la izquierda, sigan sin haberse aclarado sobre qué son, a qué aspiran y cuál es su fe verdadera. Su esforzado camino hacia la confluencia final está sembrado de hundimientos y de demoliciones, como si en lugar de avanzar la obra, la Torre de Jesús se hiciera y se deshiciera el mismo día todo el tiempo. Quién sabe si llevada la legión de arquitectos mal avenidos que lleva años y años y años diseñando el futuro de la izquierda en España, llevada quizá por el amor romántico hacia las ruinas y hacia las causas perdidas. Una ex ministra del Gobierno Sánchez, de apellido Montero, y que no es María Jesús, o sea Irene, compartió escenario ayer y vocación escénica con un antiguo independentista, hoy de fe bastante rebajada, que se pasó años y años y años predicando lo imposible que era hacer política en la España represora que aún apestaba a franquismo y que hoy, sin embargo, disfruta de lo bien que se hace política en España sin necesidad de independizar territorio alguno ni de pedir perdón a nadie por la insurrección de la que él fue impulsor y propagandista, o sea Gabriel Rufián, diputado influencer, ahora con la urgencia de salvar a los votantes españoles de sí mismos. Tan cómoda se vio a Irene Montero en este acto ayer en compañía de Gabriel Rufián, que no cabe descartar que en lugar de acabar Rufián fuera de Esquerra Republicana, sea Irene Montero la que acabe dentro. Ya dijo Rufián ayer que Esquerra debería inspirar, como hizo en otras ocasiones, a la izquierda española. En rigor, Esquerra Republicana, como él Sabrá, nació en 1931 para distinguirse precisamente de la candidatura conjunta que presentaron las izquierdas y los republicanos en el resto del país. En España en el 31 era todos los de izquierda juntos por la República, menos en Cataluña, donde la izquierda jugaba a otra cosa, en concreto a la República Catalana, también efímera, que acabaría proclamando Masià. Grandes cosas. Es verdad que no dijeron ayer ni Montero ni Rufián, al menos ninguna nueva, pero el asunto no era decir, sino hacerse ver en pareja con Jone Belarra de testigo muda. Oriol Junquera es ausente porque su reino no es de este mundo y Yolanda Díaz quedándose a vivir en la evocación nostálgica de 2023, aquella vez en que ella fue decisiva para que gobernara la izquierda en España, cuando el decisivo en realidad fue Puigdemont. El crowdfunding, pasar el cepillo, se usa ahora para poner en pie no catedrales, sino tabernas como la taberna Garibaldi de Madrid, porque exprimir a los devotos nunca pasó de moda. Y en el amor por las charlas ante públicos reducidos y entregados o en el poliamor porque Gabriel estuvo con Emilio antes de emparejarse con Irene, los arquitectos de edificios políticos como estos corren el riesgo de acabar siendo vistos charla a charla como consumados charlistas. Duele comprobar hoy en la prensa el escaso eco que ha tenido el charleo de Gabriel Rufián y de Irene Montero. Y como duele. Y por si pudiera reconfortar a los insignes excursionistas, dejo constancia de que aquellos dos grupos rivales de hace siglo y medio, la Asociación Catalana de Excursiones y la Asociación de Excursiones Catalanas, acabaron fundiéndose amorosamente en una única entidad recreativa mientras Gaudí se dejaba de paseos y él sí se ponía a hacer historia. Es que no es fácil. No es fácil. No es fácil competir en el mercado de la atención efímera en el que hoy vivimos cuando hay tanta competencia y. Y tan fira. Muy impactante tiene que ser lo que digas en un acto político en la Pompeu Fabra, como les pasó ayer a Rufián y a Irene Montero, para que el personal te haga más caso que a los cuatro astronautas que vienen de regreso de la Luna, a un alto el fuego en Irán que tiene Benjamín Netanyahu, a su primer dinamitero, a unas elecciones en Hungría en las que este domingo puede caer el discípulo más amado de Donald Trump en Europa que es Viktor Orban, y a una madre y una hija que le cuentan al Tribunal Supremo cómo el ministro Putero quería una casa en Cádiz y había que conseguírsela, o como si vas a Ferrat de parte de Víctor de Aldama, te dejan subir en el ascensor y hay un señor arriba esperando a que se abra la puerta para agarrarte la bolsa de cartón llena de fajos de billetes.
