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¿Qué tal? ¿Cómo están? Bienvenidos a una nueva mañana de radio. Es martes 9 de junio del año 2026. Esto es la Radio. Les cuento una historia que es muy corta, si me dejan. Es muy corta, ya verán. Es apócrifa la de hoy, porque nunca la confirmó el palacio de Buckingham, por más que la publicara la BBC. Se cuenta que llegó un regalo para el príncipe Felipe, marido de la reina, procedente el regalo de la isla de Tana, en el Pacífico. Pasó el control de seguridad, le fue entregado al consorte, que abrió intrigado aquel paquete. Dentro venía una especie de escoba, pero sin mango, un escobajo atado a un cinturón que el príncipe, pasada la sorpresa, identificó rápidamente como lo que un taparrabos. Se probó el cinturón sin quitarse el pantalón y comprobó que el escobajo tenía la longitud exacta para cubrirle, con perdón, su colgajo. Y se imaginó a sí mismo, libre de atuendos oficiales y pudiendo correr por los jardines de palacio como un miembro más de la tribu de los Nakulamene, que era quien le había enviado este obsequio. Lejos de ser un regalo provocador o un regalo descarao, era el reconocimiento a la condición divina de Felipe de Edimburgo. Porque para este pueblo del Pacífico, un pueblo insular y aislado, Felipe era el hijo blanco de un espíritu de las montañas que se aventuró a cruzar los mares en busca de una mujer rica y poderosa y al que rezaban cada día para que bendijera sus cultivos de plátanos, con perdón, de nuevo. Ritos, cultos y creencias. Tan orgulloso estuvo siempre el príncipe Felipe de Edimburgo de su escobajo y de ser agasajado por la tribu de los Nakulamenen. Es tradición ancestral lo de los regalos entre países, entre gobiernos, entre anfitriones y visitantes, entre políticos y papas. De Madrid Se lleva León XIV hoy, rumbo ya a Barcelona, no en AVE, sino en avión, se lleva unos cuantos regalos. ¿Ayer la presidenta del Congreso le obsequió con una réplica del Libro de Horas, como les conté ya ayer a esta hora, que pudo haber elegido Armengol? El diario de sesiones, por ejemplo, de algún pleno en el que hubieran debatido sus señorías sobre el bien común y sobre la dignidad de la persona humana. Como dice el Papa, la persona humana. Pero prefirió Armengold no arriesgar. Bueno, ayer Francina Armengol lo escuchamos aquí en directo, como es costumbre suya. Pues hizo un discurso malo que aún pareció peor, en el contraste con el discurso de León XIV, que cuando se pone, hace discursos como el de ayer, laboriosamente trabados, en los que empieza reconociendo la separación de la Iglesia y el Estado, la no injerencia, para dedicar después cinco páginas a exponer por qué por encima del poder político y por encima de los legisladores está la moral y la dignidad humana. Entendiendo por moral lo que la Iglesia Católica considera moral, claro, por dignidad humana lo que la Iglesia Católica considera que es digno y propio del ser humano. Y por vida humana, lo que empieza no el día que uno nace, sino el día que uno ha sido concebido.
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Tal dignidad precede a toda concesión del Estado, pertenece a todo ser humano por el hecho mismo de existir y no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables o al vaivén de las mayorías de cada momento.
A
Al vaivén de las mayorías de cada momento. No es original del Papa León XIV. Esta frase la pronunció Benedicto XVI en su discurso ante el Parlamento de Alemania hace ahora 15 años. Acotó León XIV. El alcance de su discurso lo dijo él mismo. Era el pastor de la Iglesia Católica quien se dirigía al Parlamento, no el jefe del Estado de la Ciudad de Vaticano, el pastor de la Iglesia Católica. Examinando la labor que han hecho los legisladores españoles y viniéndoles a reprochar todo lo que a ojos de la Iglesia Católica han hecho mal nuestros legisladores, socavando así la grandeza moral de la nación española. Empezando por la desprotección de la vida más vulnerable, que para la Iglesia católica es la vida del niño, así lo dice el Papa, el niño que todavía no ha nacido.
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Los más vulnerables son las primeras víctimas. Por eso la grandeza moral de una nación se manifiesta sobre todo en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad.
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La grandeza moral mermada por las leyes que desprotegen, según el Papa, la dignidad de la vida. Aborto y eutanasia. Después reprochó los límites a la enseñanza religiosa. Después reprochó la relegación de la fe en la vida pública. Después las políticas sobre la familia. De nuevo la familia tal como la concibe la Iglesia Católica. Y rechazó la polarización política en el Parlamento. Y rechazó el lenguaje hiriente al que se recurre en el Parlamento para denigrar al adversario y la falta de acuerdos para gestionar la política migratoria y también el rearme. Porque el Papa no cree que ninguna guerra pueda llamarse justa. Tampoco, por cierto, la guerra que libra el pueblo de Ucrania contra el invasor ruso, que también está en contra de ese rearme, como seguramente sabe el presidente Sánchez. En resumen, León XIV vino a decirle al Parlamento español que casi todo lo ha hecho mal. El Parlamento español le obsequió con siete minutos de encendidos aplausos. Puede que ayer asistiéramos al ejercicio de puerilidad política más embarazoso de los últimos años. No en León XIV. Desde el primer momento, desde el primer minuto de su Pontificado, a León XIV se le ha reconocido el coraje de exponer lo que piensa sin rehuir el choque con el poder político. Si lo hace con Trump por su política migratoria y su populismo en nombre de la fe, pues no va a dejar de hacerlo con el Parlamento español sin rehuir la legislación que escuece al Vaticano. La puerilidad no fue del Papa. Fue de quienes escucharon al Papa y o no atendieron a lo que les dijo, o no entendieron nada, o se empeñaron en trocear al pontífice para quedarse con cuarto y mitad de papa. Es que León XIV les reclamó una renovación moral.
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Les invito a alzar la mirada. Junto a las respuestas técnicas y las reformas legales, hace falta también una renovación moral.
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Entendida la moral de nuevo, conforme a lo que la Iglesia católica considera que es recto, que es justo y que es atemporal, por encima de consensos sociales mudables y del vaivén de las mayorías. Siete minutos. Le aplaudieron. Podían haber reflexionado en silencio. Siete minutos y habrían parecido receptivos y no necesariamente conformes con todo lo que se les había dicho. Podrían haber reflexionado en silencio. ¿Podría alguien haber pedido un turno de palabras por alusiones, invocando el derecho de réplica? Ya sé que no cabe semejante petición cuando uno solo ejerce de público cautivo en el hemiciclo, pero oye, derecho de réplica. Presidente Armengol, queríamos decir alguna cosa, pero acabó ocurriendo que el Papa censuró al Parlamento español por aprobar leyes que la Iglesia no bendice. Y no se escuchó una sola voz, ni dentro ni fuera que saliera en defensa de la actividad legislativa de la Cámara Baja y de la Alta y de su derecho a discrepar de la moral católica porque se ocuparon sus señorías. Después ante la prensa, en declaraciones que hicieron algunos diputados se encargaron de manifestar paradójicamente lo identificados que se habían sentido con el discurso papal en lugar de que saliera, ¿Que te digo yo? Un diputado, al menos uno de los de los que apoyó la ley de Eutanasia a el Parlamento español sólo tiene por encima no la ley de Dios, sino la ley a secas, o sea, la Constitución. Y la ley de Eutanasia es profundamente moral, podía haber dicho alguno de los diputados que la apoyaron. Pero no. Pero no. Se trataba de ver lo identificados que estaban con lo que el Papa había dicho, reconociéndole así al pontífice de facto la virtud de conocer siempre cuál es el lado correcto de la historia. Buscaron su manto protector y tiró cada uno de una punta del manto para sentirse a cubierto acogiéndose a sagrado todos ellos. El Gobierno por la acogida al inmigrante, el PP porque todo eso no a música celestial, incluida la acogida al inmigrante. Vox porque una cosa es discursear y otra la política práctica. No hubo defensa o autodefensa del papel del Parlamento para reconocer nuevos derechos sociales y obligar a las instituciones a respetarlos. Eso ayer no tuvo ni paladín ni profeta que lo defendiera, como si el poder legislativo se hubiera relegado a la condición de aplaudidor de las posiciones del Papa, aun discrepando mayoritariamente de ellas. Digo, el coraje que muestra León XIV para hablar claro se echó de menos entre sus oyentes de ayer. La ley de plazos, no está de mal recordarlo, la ley del aborto, La ley de plazos fue impulsada por el gobierno de Rodríguez Zapatero, pero fue asumida por el gobierno de Mariano Rajoy, que por eso no la derogó teniendo mayoría absoluta, como ocurrió con la ley del matrimonio igualitario, como ocurrirá con la ley de Eutanasia, porque Feijóo, si alguna vez gobierna, tampoco la va a derogar. Esto lo sabe su electorado y lo sabe el Papa. Si Sánchez hubiera tenido coraje le habría regalado al Papa no el bonsái de un olivo, sino su discurso de investidura y habría abierto un debate constructivo con León XIV sobre las bondades de la polarización y de los muros. Si Feijó le hubiera echado coraje, le habría regalado al Papa no una camiseta firmada por Nadal, sino los acuerdos firmados con Vox para gobernar tres comunidades autónomas y habría abierto un debate constructivo con León XIV sobre cómo puede comulgar el líder del PP de la A a la Z con lo que dijo el Papa y suscribir a la vez el ni un mena más en esta comunidad autónoma. Arriba las fronteras y que al menor me lo acojan otros. Si Abascal, en fin, hubiera tenido coraje, le habría regalado al Papa una figurita de Don Pelayo y una colección de expresiones denigratorias a sus adversarios políticos, los de Abascal y a los inmigrantes africanos y habría abierto un debate constructivo con León XIV sobre lo elevado y enriquecedor para la dignidad humana que es llamar a Juanma Moreno, Juanma Moruno de Miriam Nogueras, apropiándose de Gaudí y de León XIV en una misma maniobra. Pues mejor no decir nada, como Gaudí. Soy catalana, le dijo en inglés al padre. Sí, claro, como Gaudí y como García Albiol, que también lo es. Lo que pasa es que ella, además de catalana es independentista y cuando escucha al Papa advertir de los riesgos que encarnan los movimientos identitarios debe de pensar que se refiere solo a la extrema derecha y no a los movimientos nacionalistas como el suyo. Rufián está seguro que lo sabe. Aunque ayer Rufián se había llevado al Congreso esta frase preparada en casa. Imagino una frase hoy en día vivimos tiempos tan locos que le preocupa más la llegada del fascismo al Papa que a Felipe González. En realidad era una frase que respondía poco al discurso que había hecho el Papa porque la palabra fascismo no llegó a pronunciarla y que permitía a Rufián no darse por aludido con la crítica a los movimientos identitarios que discriminan no solo por el origen o la etnia, sino también por la lengua que cada uno habla.
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Allí donde una persona es discriminada por su origen nacional, étnico, religioso o lingüístico o por su condición económica y social, se vulnera gravemente el principio universal de la igual dignidad de todos los seres humanos.
A
La discriminación por motivos lingüísticos. ¿A quién creerán Nogueras y Rufián que estaba aludiendo el Papa? ¿Y ella advirtiéndole en inglés de que en Barcelona tiene que hablar en catalán? Y si es posible oficiar en catalán toda la misa en la Sagrada Familia. Te acaba de decir el Papa que blindar el aborto es una inmoralidad, que la eutanasia es una inmoralidad y dice Rufi, es un humanista. A veces es sensato taparse un poco o pedir a la tribu de los Nakulamene que envíe de urgencia a la carrera de San Jerónimo un cargamento de taparrabos.
Podcast: Monólogo de Alsina (OndaCero)
Fecha: 9 de junio de 2026
Host: Carlos Alsina
En este monólogo, Carlos Alsina reflexiona con tono crítico sobre la visita del Papa León XIV al Parlamento español y el significado político y simbólico de su discurso. A partir de una anécdota sobre el príncipe Felipe y regalos protocolarios, Alsina recorre el contenido y la recepción del mensaje papal, en particular su referencia a la moral, la dignidad humana y el papel de la ley frente a los valores religiosos, poniendo en cuestión la reacción —o falta de ella— de la clase política española frente a las demandas de moralidad de la Iglesia Católica.
Alsina construye una pieza irónica y crítica sobre la relación entre poder político y moral religiosa, evidenciando las contradicciones, hipocresías y falta de coraje cívico de la clase política española ante la interpelación papal. El monólogo termina con un guiño al taparrabos de Tana, símbolo de la necesidad de menos pudor y más sinceridad en la vida pública española.