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Alsina, ¿Qué hora tienes? Son las 8 de la mañana, 7 de la mañana en Canarias. Buenos días desde Onda Cero. ¿Qué tal? ¿Cómo están? Bienvenidos a una nueva mañana de radio. Estamos a viernes, es 15 de mayo, es fiesta en algunos sitios. Esto es más de uno, esto es la radio. Déjenme que les cuente una historia que es muy corta. El señor obispo sólo miraba inclinado ligeramente hacia adelante, las manos entrelazadas, atento a la pared, como si la estudiar. A su lado, el arzobispo de Santiago de Chile también miraba, pero tampoco movía un dedo. Carecían de experiencia los dos en el manejo de herramientas, porque lo suyo siempre había sido tallar las almas. La piqueta de albañil se la habían entregado al señor alcalde, que ya entonces tenía nombre de calle, se llamaba Alberto Alcocer. No había nacido en Madrid, como acostumbra a ocurrir con los madrileños, pero sí era muy de Franco, muy de Franco. Tanto que recién estrenado su cargo de alcalde, al caer Madrid en manos del bando sublevado, marzo del año 1939, convocó el nuevo alcalde a los madrileños a redoblar esfuerzos para extirpar cuanto antes de la ciudad la mugre que habían dejado los rojos. Alberto Alcocer, experiencia, digo, en el trabajo manual El alcalde tampoco tenía, pero agarró la piqueta que había prestado un albañil, la agarró como pudo aquel 13 de mayo del año 39 y la emprendió a golpes con el tabique en su santa misión de liberar a San Isidro en presencia del obispo de Madrid Alcalá, que se llamaba Eijo Garay y de este arzobispo chileno que por algún motivo supo que de afinidad, pues andaba por Madrid aquellos días. Los restos de San Isidro, los supuestos restos de San Isidro, ya sabe usted lo que pasa con las reliquias, habían sido escondidos al comenzar la Guerra Civil, emparedando la caja de plata que los contenía entre el altar del Sagrado Corazón y la puerta de acceso a la sacristía de la Colegiata. En el secreto de que los restos habían sido escondidos allí sólo estaban unos pocos. Unos pocos además, muy temerosos de que el incendio que había sufrido el templo y el hundimiento de la cúpula que había sufrido también el templo durante la guerra, fruto de los bombardeos, hubieran acabado con el refugio del santo, o en rigor no del santo, sino de los supuestos huesos del Santo. Pero aquel 13 de mayo de 1939, en presencia de las autoridades y de unos cuantos prebostes del bando de los vencedores, la piqueta derribó el tabique, se procedió a la apertura de la caja y, alabado sea Dios, allí estaba lo que queda de San Isidro en comunión con lo que queda de su esposa Santa María de la Cabeza. Y dijo el obispo salvados de la furia roja. Y dijeron algunos Milagro, milagro. Siempre prestos a atribuir al labrador todo tipo de intercesiones y de prodigios. Es que la fama milagrera de San Isidro se remonta a la batalla de las Navas de Tolosa. Incluso antes, y consecuencia de esa fama, porque todo tiene un peaje, a San Isidro le fue arrancado un dedo del pie a mordiscos. Bueno, no a San Isidro, a su reliquia. Esto no ocurrió en el año 39. Esto ocurrió en tiempos de los Reyes Católicos, cuando se cuenta que una dama de la corte, urgida a buscar remedio a la enfermedad de un ser querido, fingió besarle los pies al cuerpo incorrupto del santo y aprovechó para morderle el pulgar del pie derecho con fe más que suficiente para llevárselo puesto en la boca. ¿El dedo sí, parece asqueroso, pero qué gran ciudadano conserva en su historia la memoria de algún episodio repugnante? Pues Madrid también, Carlos II, también tenía una gran devoción por San Isidro, y sabedor de ello, un cerrajero quiso hacerle la pelota al rey, extirpándole al santo, o a lo que queda del santo, un diente, y se lo regaló al monarca para que lo guardara siempre debajo de la almohada mientras dormía. Y el rey lo hizo, y el cerrajero hizo carrera en la corte. El rey, la verdad es que mantuvo una salud penosa y San Isidro permaneció para siempre desdentado. Del diente no volvió a saberse y del dedo se contó que una duquesa se hizo con el dedo que le había sido arrebatado o amputado al santo y lo trituró para preparar un ungüento con el que sanar a su hijo enfermo. Madrid, la salud siempre ha sido lo primero. Hoy que la capital del reino o del Estado se levanta más tarde porque celebra a su patrón remoloneando, que es como San Isidro habría querido que se le recordara siempre, porque él era muy de remolonear, hoy es un buen día para recordar que los milagros existen en la cabeza de quien cree en ellos y ruega para que se produzca. Vamos a ganar las elecciones. Hay partido. Estamos decididos a ganar las próximas elecciones autonómicas y el partido se juega hasta el minuto, me parece que 90. Hasta el 90 vamos a ganar el partido porque las vamos a ganar. Esperando el milagro, no sé si con reliquias de santos, con dedos triturados o con dientes bajo la almohada, esperando el milagro, o más bien fingiendo que aún es posible un milagro, llega el Gobierno de España al último día de la campaña electoral que es antesala del examen que este domingo realizarán los andaluces en las urnas. A estas alturas es un poco broma pesada que la candidata y y la persona que se encarna en la candidata, o sea María So Montero y Pedro Sánchez sigan con esta liturgia bastante absurda de proclamar en los mítines que van a ganar el domingo unas elecciones que los dos saben que tienen perdidas. A estas alturas nadie, ni en la Moncloa ni en Ferraz, contempla la más mínima posibilidad de que Sánchez y Montero ganen al PP andaluz en las urnas este domingo. Si acaso lo que hacen hoy es ponerle velas a la Virgen de los Desamparados para empatarle las elecciones a Juan Espadas, es decir, para conservar los 30 escasos escaños, 30 de 109, que obtuvo el exalcalde de Sevilla, Espadas, hace cuatro años exalcalde apartado de la dirección regional del partido por decisión de Pedro Sánchez y ahora arrumbado en el Senado con el resto de líderes políticos amortizados por sus partidos Qué buen club de veteranos caídos podrían formar Javier Arenas con Juan Espadas y con Susana Díaz. Opto por unir mi fuerza a una candidatura ganadora sin duda en ganarle al PP de Moreno Bonilla las próximas elecciones. Estoy convencido de que el Partido Socialista va a volver a gobernar Andalucía, absolutamente convencido. Bueno, al menos Juan Espadas no dijo cuándo está convencido de que el PSOE regresará al poder en Andalucía, pero no ha dicho en qué año o en qué década o en qué siglo. Pero convencido está. Convencido está. Es el gobierno andaluz, naturalmente, el que se examina en las urnas este domingo porque es lo que le ocurre a cada gobierno cuando llegue el final de la legislatura. Pero es también el Gobierno central quien se examina. No porque María Jesús Montero fuera escogida personalísimamente por el presidente para librar esta batalla, o no sólo por eso lo es sobre todo porque ha sido el Gobierno central quien ha asumido en este último año el papel de oposición al Gobierno de Andalucía y al de Aragón y al de Madrid y al de la Comunidad Valenciana también. Cuando desdoblas a tus ministros para que sean a la vez gobernantes para todo el país y líderes de oposición en sus regiones de residencia, estás convirtiendo al Gobierno en un actor electoral. Cuando utilizas las ruedas de prensa del Consejo de Ministros para cargar contra Ayuso o contra Moreno o contra Jorge Azcón, estás no sólo incurriendo en un abuso de poder bastante grosero, sino exponiéndote tú mismo a que las urnas autonómicas te juzguen a ti. María Jesús Montero no ha dejado de ser percibida. Qué remedio. Como vicepresidenta del Gobierno de Pedro Sánchez, aunque ya no lo sea. Casi 8 años gobernando España hacen inevitable que acabes haciendo una campaña electoral en la que tienes que defender la financiación singular pactada con Oriol Junqueras o la ausencia de nuevos Presupuestos Generales del Estado, porque después de todo, ambas cosas son criaturas tuyas. Y aún más inevitable es que las urnas de este domingo sean vistas como un duelo entre gobiernos cuando han elegido en el PSOE como principal y casi único argumento la apuesta por los servicios públicos y lo bien que el PSOE lo gestiona todo frente al desmantelamiento que imputa el Partido Popular. El desmantelamiento de los servicios públicos y lo mal que lo gestiona toda la derecha. Si eres tú quien ha fijado ese marco y eso es lo que hizo Pedro Sánchez cuando ungió a María Jesús Montero, si eres tú quien ha diseñado y elegido el marco, hombre, lo que no puedes hacer es salir huyendo el día que se conozca el veredicto del pueblo. Si Pedro Sánchez fuera coherente, y perdón por la broma de plantearlo siquiera como hipótesis, pero si Pedro Sánchez fuera coherente seguiría el domingo por la noche el escrutinio electoral en la sede del Partido Socialista Andaluz. Y como lo que en verdad Sánchez es el autor de la estrategia de confrontación entre la Moncloa y San Telmo, la experiencia reciente demuestra que el patrón de conducta del presente es justo el contrario. Ya lo sé. Se implica en la campaña. Se harta de dar mítines. Esta noche dará el último vamos a ganar, vamos a gobernar, si somos los mejores. Bueno, ¿Y qué? Pero cuando llegan los resultados, se evapora, desaparece. No encuentra un minuto para comentar el veredicto de las urnas con sus gobernados. Digo, por una vez, y ya que envió a Montero a predicar lo bien que gobierna él y lo mal que gobierna Juanma Moreno, por una vez podría tener la generosidad y el coraje de asumir en primera persona un resultado que es suyo hasta la noche del domingo. Ciertamente, nada está escrito. Perder una mayoría absoluta es un síntoma de desgaste y es un retroceso. Pero no es un fracaso político y no es una derrota. El fracaso es no tener 8 años después de pasar a la oposición en Andalucía, no tener opción alguna de regresar al gobierno. Ese es el fracaso, o quedarte estancado en el 14 del voto, que es lo que le puede pasar a Vox este domingo con tu adversario, que es el PP, sacándote 30 puntos de ventaja y 40 escaños, o que Adelante Andalucía, la marca modesta te arrolle por la izquierda y se te ponga por delante, que es lo que le puede pasar el domingo a sumar Podemos e Izquierda Unida. Dice pa una vez que se presentan juntos. Llegó al poder en Andalucía seis meses después de que Pedro Sánchez empezara a gobernar España. Sus presidencias coinciden en el tiempo. Moreno pasó examen en las urnas a los cuatro años de empezar a gobernar, 2022, y sus gobernados le premiaron con una mayoría absoluta. El domingo podría revalidarla o quedarse cerca. Sánchez pasó examen cuando llevaba cinco años gobernando, 2023, y fue derrotado en las elecciones y hubo de recurrir a Puigdemont, amnistía mediante, para seguir gobernando. Digo, la mayoría absoluta solo puede perderla quien la ha tenido y Sánchez no conoce esa experiencia. Escuchas a Alsina en Onda Cero. Dirección de sonido Fran Montes.
Podcast: Monólogo de Alsina – Onda Cero
Fecha: 15 de mayo, 2026
Host: Carlos Alsina
En este monólogo matinal, Carlos Alsina utiliza la figura de San Isidro, patrón de Madrid, y las historias ligadas a sus milagros y reliquias para reflexionar irónicamente sobre la situación política actual de España, en especial de cara a las elecciones autonómicas andaluzas inminentes. Alterna el repaso histórico y la anécdota costumbrista con la crítica política, señalando la actitud de los principales actores del PSOE, la obsesión por los milagros en víspera electoral, y la dificultad de asumir derrotas o fracasos reales.
"Hoy es un buen día para recordar que los milagros existen en la cabeza de quien cree en ellos y ruega para que se produzca."
– Carlos Alsina
"A estas alturas es un poco broma pesada que la candidata y [...] sigan con esta liturgia bastante absurda de proclamar en los mítines que van a ganar el domingo unas elecciones que los dos saben que tienen perdidas."
– Carlos Alsina
"Por una vez podría tener la generosidad y el coraje de asumir en primera persona un resultado que es suyo hasta la noche del domingo."
– Carlos Alsina
Alsina construye su monólogo a partir del día de San Isidro, mezclando historias costumbristas y referencias religiosas con la actualidad política para remarcar la tendencia a la autocomplacencia y la falta de autoexamen en las élites políticas. Combina ironía, anécdota y análisis incisivo para advertir sobre la desconexión entre la retórica de campaña y la realidad, invitando a la responsabilidad directa y a la honestidad política, en un contexto en el que los “milagros” sólo existen para quienes necesitan creer en ellos.