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¿Qué tal, ¿Cómo están? Bienvenidos a una nueva mañana de radio. Estamos a lunes 2 de marzo del año 26. Esto es la radio sonda cero es más de uno. Le cuento una historia, si me deja, que es muy corta. Es la historia de una prótesis que chirría. Un hombre al que tuvieron que ponerle una pierna ortopédica, que hace ruido cada vez que él da un paso. Esa historia de cómo escuchar ese chirrido hace que otro hombre reviva los días más amargos de su vida. La historia empieza con un matrimonio que conduce por una carretera a oscuras y atropella a un perro. Un rato después se les abría el coche, con tan mala suerte de que el taller más próximo está a dos kilómetros, pero con tan buena suerte de que se quedan tirados justo al lado de un garaje, en el que un hombre se ofrece a echarle un vistazo a ese coche averiado. Y cuando el buen samaritano ya ha levantado el capó, le pide al dueño del coche que le traiga una caja de herramientas, que le diga a su compañero de trabajo, que se llamaba, que le traiga la caja de herramientas. Y este Baid, que en ese momento está en el palomar, hablando por teléfono con su madre, escucha entonces el chirrido de la prótesis del automovilista y se sobresalta. Luego le oye decir su nombre, Bahid. Y entonces se estremece, porque al escucharle, reconoce al torturador, al que llamaban Pata de Palo, que lo interrogó en la prisión. Su rostro no puede reconocerlo porque al torturado le vendaban los ojos. Y en esa duda, la de Sibaid, ¿Se ha encontrado con su torturador por accidente, por un simple accidente, o va a intentar vengarse de la persona equivocada solo por cómo suena su prótesis? ¿En esa duda permanecerá el espectador el resto de la película? Porque así es como comienza una película. Una película que compite este año por dos Oscar y que no es Sirat, porque hay más películas aparte de Sirat. En concreto, esta es la película iraní que podría dejar a Oliver la sin Oscar dentro de 14 días. La película Un simple accidente, que es iraní porque la produce su director, que también lo es. Un director iraní que buscó financiación en Francia, donde vive su hija, naturalmente. Se llama este director, Jafar Panahi. Tiene 65 años, tiene prohibido hacer cine en su país y a pesar de ello encuentra siempre la forma de seguir filmando. Ha estado dos veces en prisión, encarcelado las dos por el régimen iraní y acusado de conspiración, que es de lo que acusan allí a cualquiera que se opone a las decisiones de quién manda. La segunda vez que estuvo en prisión fue hace solo 3 años y como la primera se declaró en huelga de hambre y denunció desde prisión el maltrato al que estaban sometidos los presos presos políticos. La primera vez que lo encarcelaron fue en 2009, y como en Irán todo ha sucedido ya alguna vez, su detención se produjo por asistir al entierro de una joven estudiante de filosofía que había sido asesinada por los paramilitares que dependen de la Guardia Republicana durante las protestas por el fraude electoral. Porque hace 17 años ya había protestas contra el despotismo del régimen iraní y ya las sofocaba ese régimen con la violencia que ha sido su santo y seña los 47 años que ya dura, con la esperanza de que cuanto antes lleguemos a la libertad, que seamos libres, Que lleguemos a ver ese lugar en el que ya nadie nos diga qué vestir y que no, qué podemos hacer o dejar de hacer. Pasado mes de mayo Panagi ganó su primer premio principal, el primer premio del Festival de Cannes, la Palma de Oro, y pronunció este discurso en el que deseaba, como tantas otras veces, que alguna vez llegara la libertad a su país. En diciembre pasado, cuando miles de personas se echaron a la calle en Irán para protestar por la precariedad económica y por la falta de libertad, Panagi condenó la represión que de nuevo ejerció entonces el régimen contra los manifestantes y que en enero se supo que alcanzaba entre 15 y 30 mil asesinados. Pero cuando Donald Trump anunció acciones militares contra Irán ofreciéndose a ayudar a los manifestantes, Jafar Panagi rechazó esa intervención. No es ningún presidente extranjero, dijo, quien ha de decidir qué debe ser Irán y qué ha de suceder con los déspotas que hoy lo dirigen. El cambio debe protagonizarlo el pueblo iraní, terminando de hacer caer un régimen agotado, fracasado y que sólo se sostiene por el uso inmisericorde que hace de la fuerza, es decir, de la violencia. La dictadura iraní anunció ayer la noticia que tantas veces, tantos años, fue rumor, luego desmentido, y que tantas veces y tantos años quisieron creer millones de iraníes la noticia de que el dictador, bueno, uno de ellos, porque allí la dictadura es colectiva, el dictador que parecía inmortal se había muerto. Esta vez sí, esta vez sí, Alí Khamenei dejó de existir. Muerto por un misil que tiene dos padres, Estados Unidos e Israel, o sea, Donald Trump y Benjamín Netaneo. Como vimos en Venezuela hace dos meses ya, la caída del autócrata ha sido llorada por sus fieles y por la parte de la sociedad que lo respaldaba. Y ha sido celebrada por las víctimas de su represión y por la parte de la sociedad iraní que anhela ser libre. Los gritos de celebración en las calles de Teherán de jóvenes que festejan que Ali Khamenei ya no pueda asesinar a nadie más, reflejan la euforia de quienes han vivido para ver el día que llegó a parecerles imposible un Irán sin Khamenei al frente. Pero como pasó también en Venezuela, la desaparición del que estaba arriba del todo no garantiza que su régimen despótico vaya a desaparecer con él. Al iraní no se lo llevó Trump a Brooklyn para ser juzgado. Al iraní lo mató. Lo mató y a otra cosa. Justificó el bombardeo con el mismo argumento o argumentario que ya defendió el presidente de los Estados Unidos, que es este, de que él defiende a los estadounidenses de una amenaza. Blinda la seguridad del pueblo estadounidense. Venezuela por el narcotráfico, con Irán por las amenazas y los ataques iraníes a intereses americanos. Pero a diferencia de lo que sucedió en Venezuela, esto de Irán trae consigo la incertidumbre total en la región más explosiva del mundo. Ahora todo son reflexiones mil veces hechas, pero que hoy vuelven a tener vigencia. Irán, por debilitado, que tiene un programa nuclear sospechoso de haber culminado una bomba atómica. Una bomba atómica tiene Israel, aunque tampoco lo haya confirmado nunca. La desestabilización que genera un Irán golpeado y rabioso ha empezado a verse ya este fin de semana. Bombas contra la otra orilla del Golfo, Dubái, Qatar, Bahréin. Espacios aéreos cerrados, el de Jordania, el de Irak. Miles de nacionales de otros países, turistas, trabajadores extranjeros atrapados y viendo volar misiles. Las navieras suspendiendo el tráfico marítimo en Ormuz, el petróleo disparado. Dos enormes potencias que son aliadas de Irán, que son Rusia y China. China y Rusia, que de momento se han limitado, y ojalá se queden ahí, a condenar el ataque contra Irán y a exigir que termine ya el bombardeo. Y tres naciones europeas, novedad y anoche, Alemania, Francia, Reino Unido, que han creído oportuno advertir de que las tres podrían sumarse a los ataques contra Irán en alianza con Estados Unidos, aunque sea con el argumento defensivo. Estar defendiéndose de los ataques de Irán contra sus intereses o los intereses de sus aliados. Si todo esto revive para muchos el fantasma de una tercera guerra mundial es porque hay dos bloques que en realidad ya están enfrentados. No es que el fin no justifique los medios. Es que el propio fin y esos medios corren el riesgo de abocarnos a un desastre aún mayor. Invocar la palabra talismán, la palabra desescalada, reclamar el cese de hostilidades o el retorno a la diplomacia está bien como posición de gobierno, y es la posición del nuestro. Pero corre el riesgo de quedar arrollada por los acontecimientos si la guerra se extiende y en el propio corazón de Europa se emplaza a elegir bando. Los gobiernos occidentales no han derramado una lágrima por Alí Khamenei, Es natural. Pero tienen razones para recelar de quien ha ordenado eliminarle la primera oscuridad a Trump. La primera que su motivación tiene poco que ver con el deseo de hacer el mundo mejor cargándose a un tirano presidente estadounidense que va por ahí eliminando dictadores a conveniencia. No es precisamente un ejemplo de convicciones democráticas y de compromiso con la diferencia de opiniones. Quien va por ahí poniendo y quitando gobernantes es un frívolo desahogado que le llama diplomacia a dictar órdenes. Que responde con bombas a los regímenes que no atienden a sus instrucciones. Que no se inmuta cuando víctimas de esas bombas caen civiles que ninguna responsabilidad tienen. Hay 150 muertos en una escuela de primaria en Irán este mismo sábado. Y cuya idea de la democracia, la de Trump, ya estamos viendo cuál es en Estados Unidos. Desprecio al Congreso, desprecio a los jueces, desprecio a los medios críticos, desprecio a la oposición. Odio al disidente, al inmigrante y a cualquiera que pueda ser tachado hoy o mañana de enemigo. El sábado, cuando empezó a temblar Oriente Medio, Pedro Sánchez, atento, pendiente, tremendamente preocupado, escribió un tuit y se fue a los Goya. No era para menos. Porque vista la gala y las reivindicaciones de los presentadores, España es un país ayuno de problemas que merezcan ser denunciados. Lo merece, desde luego, Gaza, aunque ahí pareció que la gala se hubiera grabado en septiembre, con la flotilla aún navegando, si no estuviera actualizada la gala. Irán acababa de ser bombardeada y no hubo reflejos para cambiar el paso y acordarse, que te digo yo, de los civiles iraníes víctimas de las bombas. Merece el recuerdo, naturalmente, Ucrania y lo merecen las redadas contra inmigrantes en Estados Unidos. Son todas causas muy nobles cuyos protagonistas sufren a miles de kilómetros de Barcelona. España, sin embargo, es un paraíso. No hay un solo problema, una sola causa aquí que mereciera una alusión crítica. El sábado ojalá Susan Sarandon como relevo de Yolanda Bueno. Sigo una referencia a España, a la España de 1998, a las manos blancas de José Luis Borau, de la gala de aquel año, que encarnaron la repugnancia, como dice, dijo Luis Tosar, de toda la industria del cine contra la violencia. Bien es verdad que los espectadores, o jóvenes u olvidadizos, se quedaron sin saber contra qué violencia se hizo aquel gesto de las manos blancas. Cristo Sar habló de la violencia de la guerra de Irak, de la guerra de Ucrania, de la violencia del genocidio en Gaza, pero no mencionó que las manos blancas fueron contra la violencia de ETA por su nombre, ETA, Quizá porque mencionar esa palabra iba a resultar anticlimático o impropio de nuestra selectiva memoria democrática.
