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¿Qué tal, ¿Cómo están? Bienvenidos a una nueva mañana de radio. Ya es lunes 15 de diciembre del año 2025. Escucha más de uno. Esto es la Radio, esto es Onda Cero. Déjenme que les cuente una historia que además es muy corta. Érase una vez un señor que tenía la mala costumbre de decir él qué es lo que opinaba su mujer. En cada cena con amigos se producía la misma escena. En cada cena, la misma escena. Él que era dado a colgarse medallas, se comparaba con los demás hombres y se ponía una nota excelente. Era mejor en todo que cualquiera. Por eso su mujer tenía que estar encantada de tenerle de marido. Lo decía con ella allí a su lado y callada. Él era más feminista que nadie, más honrado que nadie, más cumplidor que nadie, más mejor que cualquier otro hombre. Soy lo mejor que le ha pasado, decía él a ella. Soy lo mejor que le ha pasado a ella conmigo. Ha mejorado, ha progresado económicamente, tiene más derechos que nunca. Una noche en que quiso hacerse el moderno porque le había dado por grabarse vídeos para TikTok, les dijo a los amigos en la cena con la esposa a su lado, le a mi mujer le renta que yo sea su marido. Se sorprendió cuando ella carraspeó un poco, bebió agua, levantó el dedo para advertir de que iba a decir una cosa sonriente y calmada. Dijo la eso, cariño mío, deberías dejar que fuera yo quien lo dijera. Y luego, mirándole a los ojos añadió ¿No te parece? Él se quedó un poco descolocado. Claro. Bueno, dijo él, si lo digo es porque es un honor ser tu marido, aunque sea en estas circunstancias. Sé que estamos pasando una temporada difícil, pero incluso en estas circunstancias a ti te renta que yo esté contigo. ¿Y ella dijo Y entonces por qué no dejas que sea yo quien lo diga? Que a mí nunca me preguntas. Los amigos asistían a la cena ligeramente incómodos, pero francamente entretenidos. Dijo el A ver, que elegiste casarte conmigo. Soy tu marido legítimo. Nunca he dicho que no lo seas, dijo ella. Solo te he preguntado por qué hablas en mi nombre en lugar de dejar que sea yo quien opine. Y dijo él pues Por si acaso. ¿Por si acaso qué? Pues por si acaso tu respuesta no me gusta. Ya nos vamos entendiendo, dijo ella. Hablas por mí y te cuelgas mil medallas. A ver si al que le renta, cariño mío, es a ti. El próximo domingo hay elecciones en Extremadura. El presidente Sánchez estuvo mitineando ayer en Cáceres. Se preguntó a sí mismo si merece la pena gobernar España.
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A los españoles y a las españolas les renta este gobierno.
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El presidente del Gobierno ya se preguntó una vez, en abril del año 24, cuando la espantada Fake. Ya se preguntó entonces si le merecía la pena gobernarnos en aquellas circunstancias. Ayer hizo este juego de manos que consiste en preguntar si a España le merece la pena que gobierne él y responder él como si fuera España. A los españoles les renta este gobierno, fue su desinteresado y exquisitamente neutral veredicto. La pregunta siguiente, pregunta obligada, pero esta ya no se la hizo. ¿Por qué rehuye entonces cualquier posibilidad de que los españoles opinen ellos directamente, sin ventrílocuos que les hagan decir lo que no han dicho? Cuando en 2023 este mismo presidente adelantó las elecciones generales lo hizo invocando la necesidad que sentía de saber si los españoles querían seguir teniendo un gobierno de izquierdas. Se habían pegado tal tortazo sus gobiernos filiales en las elecciones autonómicas que el presidente, esa fue la versión oficial, entendió que era obligado dar voz a los españoles. Perdió las elecciones generales y solo pudo mantener el poder dejándose apadrinar por la derecha independentista catalana al precio de una amnistía de la que antes renegaba. Dos años y medio después, sin mayoría parlamentaria, habiendo incumplido repetidamente el mandato de presentar presupuestos a las Cortes, habiendo tenido que sacudirse a dos secretarios de organización cazados por la UCO como presuntos corruptos, con tres ministerios objeto de indagación judicial ya y registradas varias empresas públicas, con un ministro al que llamaban el putero y con una revuelta interna creciente en su partido por haber sido tibio en la denuncia de los acosos sexuales sufridos por mujeres a manos de hombres que han desempeñado cargos públicos, cargos orgánicos y cargos de confianza, estos últimos cargos de confianza del presidente en la Moncloa. Dos años y medio después, el presidente no ve necesidad alguna de dar voz a los españoles porque su voz vale por la de todos.
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A los españoles y a las españolas les renta este Gobierno.
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No es solo que no quiera darles voz convocándoles a las urnas para que ellos abiertamente se pronuncien. Es que tampoco quiere darles voz a través de sus representantes permitiendo que el Congreso debata y vote una cuestión de confianza. La semana pasada recordé, recordamos aquí como en el año 94, cuando a Felipe le llovían los escándalos, incluso la prensa afín le reclamaba asumir la gravedad de la crisis y preguntarle al Congreso, que fue quien lo invistió, si seguía confiando en él como presidente. Este fin de semana, comentaristas de periódicos, que casi siempre justifican cualquier acción y cualquier cambio de opinión del presidente reversible, le han reclamado que deje de ignorar la gravedad del momento, que deje de escudarse en lo que hace o deja de hacer el resto y que dé la palabra ya, que no a los votantes, sí al menos al Parlamento. Que sea la sociedad y no él quien diga si su permanencia le renta a la sociedad, que no a él. A las elecciones del domingo en Extremadura, tierra que gobernó el PSOE con holgura durante 36 años, concurre este partido, el Partido Socialista, resignado. Resignado no sólo a perderlas, sino a no tener opciones para recuperar el Gobierno de Extremadura. El único premio de consolación al que aspira es que la señora Guardiola, alérgica a debates y entrevistas, necesite negociar con Vox otra vez para ganar otra vez la investidura. ¿Pero es ella la investida o no lo es nadie según las encuestas? Y este es el drama que, salvo gran sorpresa, vivirá el señor Gallardo y vivirá el Partido Socialista en una noche electoral en extremo dura. Hoy ofrece otro mitin el presidente, esta vez en la Moncloa y camuflado de balance del año, va a aceptar preguntas de la prensa. Alabado sea el presidente. El balance del año solía hacerlo por Nochebuena o por los santos inocentes. Este año, con campaña electoral cuesta arriba, pues madruga, digamos, presidente, y hace el balance electoral antes de las elecciones de Extremadura para que en el balance no se incluya lo que va a pasar en Extremadura este domingo. Ojalá fuera sólo un obispo, ¿Verdad, presidente? Quien instara a elegir entre disolución de las Cortes, cuestión de confianza o moción de censura, esta última en manos de la oposición, que no del Gobierno, por cierto. Ojalá fuera sólo un obispo, por muy presidente de los obispos españoles que sea, señor Argüello, y por mucho que el sermón lo soltara ayer en La Vanguardia esté tranquilo el presidente, porque en eso tiene razón. Hoy los obispos no influyen nada en la opinión pública española. Bueno, su influencia está a la altura de la de los líderes sindicales o de la de Yolanda Díaz, vicepresidenta 2, que llama a la población a manifestarse contra el Supremo y aquí no se mueve ni un alma. Y llama a Pedro Sánchez a hacer una remodelación de su gobierno.
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Se acabaron las reflexiones, los cambios y las reformas cosméticas. Toca un cambio profundo en el equipo.
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De gobierno y tampoco pasa nada. Como si oyera llover el presidente. Bueno, el obispo jefe. El presidente de la Conferencia Episcopal, monseñor Argüello, ayer recordó en La Vanguardia que fueron los grupos parlamentarios los que le dijeron a él hace ya meses que la situación política estaba bloqueada y que él entiende que para desbloquearla hay varias disolución de las Cortes, moción de censura, cuestión de confianza. Sánchez, agarrando al vuelo la oportunidad de hacerse el antiobispos, acusó a monseñor ahí pecador de no aceptar la democracia. La opción es respetar el resultado electoral aunque no te guste. La impostura marca de la casa. Pues es máxima. No sólo porque este Gobierno ha mimado hasta el empalago su relación con los obispos y con su papa. No sólo porque todo lo que afecta a la jerarquía eclesial lo ha pasteleado el Gobierno con la propia jerarquía eclesial, desde las inmatriculaciones hasta el Valle de los Caídos, pasando por los colegios confesionales. Sobre todo es una impostura porque emitir una opinión sobre la situación política del país no significa que uno no acepte el resultado de las elecciones. Este truco, que es de quinta regional, lo viene usando el presidente desde hace siete años. Pero claro, ya no cuela. Si acaso, lo que no parece muy democrático es imputar a todo el que te cuestiona no aceptar que los españoles han votado y lo que han votado. Los obispos también tienen derecho a opinar sobre política como los ministros la tienen a opinar sobre la Iglesia o sobre el Tribunal Supremo. ¿No era ese el argumento del Gobierno? No, es que tiene que respetar la neutralidad. Pero ¿Y por qué habría de ser la jerarquía de la iglesia neutral? ¿No lo fue cuando bendijo, por ejemplo, la negociación de Zapatero con ETA en 2006? ¿No lo fue cuando condenó la participación de España en la guerra de Irak gobernando Aznar no lo es cuando condena el capitalismo o el comunismo y la ley del divorcio y la ley del matrimonio igualitario y cuando condena la ley de plazos del aborto y cuando condena la ley de eutanasia? Todas esas leyes las condena el jefe supremo de la Iglesia Católica, o sea el Papa. Lo hacía Francisco antes y lo hace ahora león 14 y no por eso ha dejado de hacerle la pelota tradicionalmente nuestro gobierno progresista a la jerarquía de la Iglesia Católica. Por supuesto que los obispos no son neutrales, no lo han sido nunca y sobre ningún asunto que al gobierno les cueza tanto ahora es otra broma pesada. Pero a opinar, chico, a opinar. En una democracia tiene derecho hasta Dios.
Podcast: Monólogo de Alsina
Host: Carlos Alsina (OndaCero)
Date: December 15, 2025
Carlos Alsina abre la semana con una reflexión sobre la apropiación de la voz pública en la política española, centrándose en el presidente Pedro Sánchez y su tendencia a hablar en nombre de todos los españoles sin permitir un debate real. El monólogo utiliza una anécdota doméstica como hilo conductor para criticar cómo el presidente justifica su permanencia en el cargo, evitando dar la palabra a la ciudadanía o al Parlamento en momentos críticos. El episodio también aborda el ambiente político previo a las elecciones en Extremadura y la reacción del Gobierno ante las críticas de la Iglesia y otros actores políticos.
“Deberías dejar que fuera yo quien lo dijera. Y luego, mirándole a los ojos añadió: ¿No te parece?”
(Mujer en la anécdota inventada, le dice a su marido)
“A los españoles y a las españolas les renta este gobierno.”
(Pedro Sánchez, citado por Alsina)
“No es solo que no quiera darles voz convocándoles a las urnas... es que tampoco quiere darles voz a través de sus representantes permitiendo que el Congreso debata y vote una cuestión de confianza.”
Menciona el reciente sermón del presidente de la Conferencia Episcopal, monseñor Argüello, instando a desbloquear la situación política ya sea por disolución, cuestión de confianza o moción de censura.
Sánchez responde desacreditando la legitimidad de la Iglesia para opinar sobre política, aunque, como Alsina recuerda, el Gobierno ha mantenido tradicionalmente relaciones cercanas y negociado con la jerarquía eclesial.
“Este truco, que es de quinta regional, lo viene usando el presidente desde hace siete años. Pero claro, ya no cuela.”
“En una democracia tiene derecho hasta Dios a opinar.”
El monólogo de Alsina articula una crítica aguda y humorística al modo en que Pedro Sánchez concentra la voz pública, eludiendo la consulta democrática real y asumiendo un discurso que representa a todos por igual. Al poner en paralelo la vida doméstica y la vida política, Alsina subraya la importancia de que cada ciudadano, cada actor, pueda expresarse sin intermediarios, y remata su intervención defendiendo el derecho de todos —incluida la Iglesia— a intervenir en el debate democrático.