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O estás del lado de las víctimas o estás del lado del cancelado. Cuando el castigo se vuelve show, la cultura de la cancelación deja de ser una herramienta de cambio y pasa a ser otra forma de violencia. Estás escuchando Una psicología al desnudo, un podcast de Psymamoliti. Imagina que algo que dijiste hace 5 o 10 años, que hoy no te identifica y hasta te parece horrible, aparece en Twitter. Alguien lo hace resurgir, lo comparte y en cuestión de horas miles de personas opinan sobre vos. Te llenan de notificaciones, insultos, memes crueles. Personas que nunca viste en tu vida hablan de vos como si fueras un monstruo. Una frase dicha hace años ahora es todo lo que sos para el mundo. Tu jefe te manda un mensaje, tenemos que hablar. Tus amigos no te contestan. Tu familia no sabe bien qué decirte. Sentís un reflector gigante iluminándote. Vergüenza y la sensación de no tener rincón donde esconderte. ¿Quién sos vos después de eso? ¿Y qué dice de nosotros que necesitemos hacer de cada error un espectáculo público? La cultura de la cancelación es un fenómeno social que consiste en señalar o excluir públicamente a alguien por algo que dijo o hizo y que es percibido como inaceptable. No es algo nuevo, aunque hoy tenga un nuevo nombre y una potencia distinta. Porque algo que sí cambió es el escenario las redes sociales. Ahí la condena ya no queda en un círculo cercano, sino que se registra, se amplifica y muchas veces se vuelve global y permanente. Situaciones muy distintas empiezan a tratarse como si fueran lo mismo. Conductas gravísimas que deberían tener consecuencias legales se mezclan con opiniones desafortunadas o escenas privadas expuestas públicamente. Todo entra en una misma bolsa. El contexto se pierde. No importa tampoco si hubo arrepentimiento, aprendizaje o posibilidad de reparación. Una vez que alguien queda en el ojo de la tormenta, salir es muy difícil. Un ejemplo claro de esto fue el video que se viralizó en un concierto de Coldplay, donde una cámara captó a dos personas siendo infieles a sus parejas. En cuestión de horas, todo Internet estaba plagado de memes muy crueles o comentarios muy violentos sobre ellos y lo que estaban haciendo. 76 millones de visualizaciones en redes sociales en pocas horas. De repente ya sabíamos quién era él, quién era ella, dónde trabajaban. Después del video, los dos terminan renunciando. ¿Quiénes eran sus respectivas parejas y muchísima más información de la que te puedas imaginar? Y aunque fallara, la confianza de una pareja es tema para otro podcast porque da mucho que hablar. El nivel de castigo social que se desplegó contra esas dos personas fue de una violencia y una crueldad desproporcionada. Ahora, ¿Por qué este contenido se hace tan viral? ¿Por qué no se engancha tanto? ¿Por qué nos genera tanto placer hablar de quienes fueron cancelados y opinar? Existen varios mecanismos sociales que refuerzan la cancelación masiva. En primer lugar, el efecto de falsa superioridad moral. Cancelar a otro tiene algo tentador porque sin darnos cuenta, nos pone a nosotros en un lugar de superioridad moral. Cuando señalamos el error de otro, nos paramos desde un lugar cómodo. Es a yo no soy ese, el otro es el malo, yo estoy del lado correcto, yo soy el bueno, fui del lado del bien. Es como si decir mirá lo que hizo funcionara como un escudo moral que nos deja a nosotros a salvo. Y las redes potencian esto al máximo, porque no es solamente indignarte en tu casa, lo escribís, lo publicás, comentás, entrás a un hilo donde todos piensan igual que vos. Y de repente aparece esa lógica peligrosa, hiperpolarizada de nosotros somos los buenos, ellos son los malos. El segundo tiene que ver con algo mucho más profundo, que es la necesidad de ser parte. El sentido de identidad colectiva. Cuando nos sumamos a una cancelación, cuando compartimos, apoyamos, comentamos o participamos activamente en ese señalamiento social, implícitamente estamos diciendo yo pertenezco a este grupo que piensa así, que actúa así, que defiende esto. La cancelación, entonces, no es solo castigo, es bandera. Es una manera de decir yo soy parte de los que denuncian, no de los denunciados. Yo comparto estos valores, defiendo esto, estoy del lado correcto de la historia. Y en un mundo donde cada vez estamos más fragmentados, más solos, más sobrepasados por información, cualquier oportunidad de sentirte parte de algo se vuelve seductora. Y esto se vuelve todavía más fuerte cuando la cancelación aparece como una especie de justicia paralela. Cuando sentimos que las instituciones no responden, que tardan o que no reparan, las redes nos dan la ilusión de que ahora sí podemos hacer algo, de que estamos equilibrando la balanza. Nos ofrecen justicia directa. Pero cuando buscamos encajar en una identidad grupal, muchas veces dejamos de ver cosas importantes, como por si el castigo es proporcional a lo que hizo la persona o no, cuál es el contexto en el que se hizo, si la persona está verdaderamente arrepentida o no lo está, si hubo aprendizaje o no lo hubo. Todo se vuelve blanco o negro y se pierden los grises que tan necesarios son en cuestiones humanas. Ahí es cuando la identidad colectiva, que en teoría debería proteger, empieza a devorar. Y eso nos lleva al punto 3, que es el efecto espectáculo. La cancelación nos entretiene, nos encanta. Seguimos un hilo como si fuera una serie qué dijo, quién lo respondió. Las cancelaciones funcionan como una especie de reality show improvisado. Aparece el video, después la reacción y después los hilos comentando el descargo y el descargo del descargo de la otra persona y la respuesta de la ex y de la tía y de la prima y el análisis del streamer sobre lo que pasó. Y así semanas enteras, mezclando morbo con indignación. Y sin darnos cuenta convertimos la vida real de alguien en entretenimiento. Una especie de Gran Hermano, pero sin consentimiento. La sanción deja de tener entonces un sentido reparador y se convierte en un show punitivo. ¿Viste lo que le pasó a tal? ¿Viste lo que hizo ella? Todo el mundo está hablando de eso. Es pura diversión pochoclera. Y ahí aparece una paradoja incómoda. Es que decimos buscar justicia, pero terminamos aplicando castigos que no reparan y que no transforman, que solo producen expulsión, miedo y silencio. Y mientras miramos desde la tribuna, aprendemos como espectadores que equivocarse en público tiene un costo tan alto, tan desproporcionado, que más vale no decir nada. Mejor me escondo, me quedo callado, mejor oculto lo que pienso y no me expongo. Porque la cosa es que el espectáculo de la cancelación no solo castiga a quien está en escena, también castiga muy lenta y silenciosamente a todos los que están mirando desde la tribuna. Instala miedo, autocensura, silencio. La propuesta no es resignarnos a que esto pase. Hay herramientas que si aprendemos a usar, nos pueden ayudar. Si querés saber cuáles son, quédate porque en minutitos nomás nos vamos a conocer ¿Qué pasa del otro lado del asunto? ¿Qué le pasa a la persona que efectivamente es cancelada? Bueno, las consecuencias pueden ser muchas y algunas devastadoras. Dependen del nivel de exposición, de la intensidad del ataque y también de los recursos que tenga esa persona para sostenerse. Pero suelen pegar en lugares profundos. A veces lo que pasa es que la persona se aísla, siente que su propio círculo se corre, que la deja sola, que se alejan por miedo a quedar pegados. Y en casos un poco más complejos, puede venir un cambio completo de vida. Dejar de ir a los lugares que se frecuentaba, abandonar actividades, empezar a evitar todo lo que te exponga mínimamente. Otra cosa que pasa es la sensación de que cualquier cosa que la persona haga va a ser leída como una estrategia para limpiar su propia imagen. Porque disculparse es ser falso, explicar es justificarse. Desaparecer es hacerse la víctima o no dar la cara. Seguir viviendo la propia vida es no hacerse cargo. Es como estar bajo un reflector gigante sintiendo una vergüenza sin salida. No hay posibilidad de movimiento correcto. Todo se interpreta como la prueba final de que sos culpable y de que hagas lo que hagas, todo eso va a ser usado en tu contra. Pueden aparecer consecuencias psicológicas muy concretas. Ansiedad y paranoia constante. ¿Qué dirán? ¿Me van a seguir atacando? ¿Cómo me van a mirar en la calle? Hipervigilancia, miedo hablar, a salir a la calle, a existir con naturalidad. Hay personas que después de una cancelación nunca vuelven a mostrarse igual. Cambian su forma de hablar, dejan de crear, de exponerse, se achican. Lo más complejo acá es la pérdida de identidad. Cuando tu nombre se empieza a asociar solo a ese error, cuesta muchísimo reconectar con quién sos más allá de eso que pasó. Como si te vieras reducido a esa sola escena y la repitieras en loop una y otra vez. Tanto que quizás la persona termina creyendo que solo es eso. Ahora, quiero ser muy clara con algo porque es muy importante. Hay situaciones como abusos, violencia, maltrato, humillaciones, bullying, donde la exposición pública puede cumplir una función de protección social frente a la lentitud, a la ineficiencia o a la falta de acceso a la justicia. Visibilizar puede prevenir daños y acompañar mucho a las víctimas. En esos casos, la cancelación no solo tiene sentido, a veces es muy necesaria. El verdadero dilema no es si la persona cancelada hizo algo grave o no. En muchos casos, el daño sí existió, y eso no se discute. El tema está en cómo respondemos como sociedad a ese daño. Porque hay una trampa muy instalada hoy, que es la de pensar o estás del lado de las víctimas, o estás del lado del cancelado. ¿Como? Como si fueran cosas incompatibles, y no lo son. ¿Podemos creerle a quienes denuncian, reconocer que el daño fue real y al mismo tiempo cuestionar la forma en la que castigamos públicamente a otros? Este episodio no busca minimizar esas realidades ni victimizar a quien sí causó daño. Lo que intenta es mostrar que no todos los casos son iguales, y que cuando dejamos de lado la individualidad para meternos en la lógica del blanco negro, del todo desigual, dejamos de proteger y empezamos a destruir. Por eso es tan importante cambiar la mirada. No para negar el daño ni poner en duda a las víctimas, eso es muy importante que sigamos haciéndolo, sino para volver la linterna hacia nosotros y preguntarnos qué hacemos con la cancelación. Si lo usamos como mecanismo para generar justicia, o si lo usamos en realidad para sentirnos moralmente superiores y mirar desde arriba, desde afuera, cómo alguien cae. Hay algo de la cultura de la cancelación que casi no se discute, y me parece interesante debatir. ¿Que es la redención? Hace unos años pasó algo muy ilustrativo con Kevin Hart, que es un actor, un comediante estadounidense. Resulta que él estaba por conducir los Oscars y de repente resurgieron un par de tweets viejos con chistes que él había hecho homofóbicos hacía más de diez años. Y esos tweets eran reales y eran ofensivos. Y él no salió a negarlo, no dijo ay, me sacaron de contexto, yo no fui. Más allá de que nos caiga bien o mal, solo importa ahora. Lo que me interesa pensar es que él salió a decir públicamente que esos chistes estaban mal, que hoy no piensa así, que le dio mucha vergüenza ahora haberlos leído en una entrevista. Eso que dije fue muy dañino. Yo ya no soy esa persona. Y esa frase a mí me abrió una pregunta muy grande. Y acá vale la pena que frenemos un segundo para entender de qué estamos hablando cuando hablamos de redención. Redención significa rescatar, recuperar algo que se había perdido. Es decir, no tiene que ver con borrar el error ni configir a no pasó nada. Tiene que ver con hacerse cargo, atravesar las consecuencias y aun así no quedar reducido para siempre a ese error. Es poder hice esto, entiendo el daño, pido perdón, me hago responsable de las consecuencias y de reparar lo que dañé, y elijo no volver a ser esa persona. Cuando cancelamos a alguien, la pregunta que casi nunca nos hacemos ¿Cuándo es suficiente? ¿Cuánto tiempo tiene que durar la condena? ¿Un mes? ¿Un año? ¿Toda la vida? Hoy pasa algo muy concreto. Alguien se equivoca, pide disculpas, intenta reparar y nunca alcanza. El error queda pegado como una etiqueta imposible de despegar. Ya no sos alguien que hizo algo mal. Sos eso que hiciste. Nada más. El tema es que cuando no hay posibilidad de redención, no hay aprendizaje. Y en un mundo donde Internet guarda todo, juzgar a las personas solo por lo que fueron, sin mirar el contexto ni la transformación, es una trampa. Una cultura sin redención no es más justa. Es solo una cultura que decidió que nadie merece una segunda oportunidad. Muy bien, hablemos de qué hacemos cuando vemos que alguien está siendo cancelado. Quiero dejarte un ejercicio práctico, cortito y útil para esos momentos en los que te encontrás a un clic de distancia de sumarte a una cancelación. Este ejercicio no busca que vos no des tu opinión, ni que no tomes postura de los temas que son importantes para vos. Eso es súper importante que siga estando. Busca que puedas responsabilizarte sin destruir. Consiste, antes de cancelar a alguien o de compartir, responderte cuatro preguntas centrales concretas. Entonces, la próxima vez que te den ganas de sumarte a una cancelación, frená dos segundos y hacete estas cuatro preguntas Número ¿Esto me duele de verdad o me estoy subiendo a una Hola, ¿Lo habría compartido o señalado si no fuera viral? La viralidad intensifica emociones que a veces no son propias. Número 2 ¿Qué es exactamente lo que quiero lograr si me sumo? ¿Quiero justific? ¿Quiero visibilizar algo importante, quiero expresar un límite social o estoy reaccionando desde la bronca, desde la manada, desde el impulso o desde el entretenimiento? Número 3 ¿Lo que estoy por hacer, compartir, comentar, exponer, ayuda a reparar algo o solo agrega más violencia? Porque no es lo mismo decir esto que pasó está mal y tiene consecuencias, por eso yo le voy a dar visibilidad, que subir un video para burlarse. No es lo mismo discutir una idea que atacar a una persona para humillarla. Muchas veces creemos que estamos marcando un límite cuando en realidad estamos sumando daño sin buscar reparación. Pensemos en nuestra intención detrás de cancelar. Frenar en esta pregunta es fundamental porque ahí se juega la diferencia entre una respuesta que puede generar aprendizaje y otra que solamente deja heridos y nada más. La pregunta número 4 ¿Tengo la información completa o estoy actuando a partir de un fragmento y nada más? Muchas cancelaciones masivas son fotos borrosas de historias muchísimo más complejas. Nunca se trata de justificar, sino de contextualizar antes de ir y compartir. Si después de hacerte estas cuatro preguntas te das cuenta que en realidad simplemente estabas siguiendo a la masa sin un filtro crítico, hay una opción que suele ser la más equilibrada y que es la menos usada. No amplificar, no compartir, no encender más fuego, no ponerle más energía. A veces la manera más responsable de participar es no hacerlo. Hacer que pierda energía y por ende que pierda fuerza. En muchos casos la cancelación se sostiene y crece por repetición, por eco. Miles haciendo lo mismo, creyendo que están tomando postura. Retirarte de esa cadena no necesariamente es ser tibio. No decir nada puede ser una posición mucho más activa al responsable que replicar opiniones repetidas simplemente llevados por la masa sin saber bien por qué. Y esta no es una propuesta para apagar la indignación. Eso sería callar lo que sentís y eso definitivamente no es sano. Lo que te propongo es no actuar dejándote arrastrar por la manada. No reaccionar en automático. Elegir una respuesta que no esté dictada por la masa, sino por una mirada tú llamas amplia. Que compartas lo que realmente creas que merece amplificación. Creerle a las víctimas no debería impedirnos de pensar críticamente y buscar justicia no debería convertirse en un espectáculo. Cuando el castigo se vuelve show, la cultura de la cancelación deja de ser una herramienta de cambio y pasa a ser otra forma de violencia. La cultura de la cancelación nos pone frente a un espejo incómodo. No el del otro, el nuestro, el de cómo nosotros reaccionamos, cómo nosotros señalamos, cómo juzgamos. Y no para culparnos, sino para hacernos cargo de algo muy concreto. En un mundo donde todo se amplifica en segundos. Lo que decimos tiene peso real. Un comentario, un retweet, una burla, un ay, yo solo opino puede no parecer gran cosa desde nuestro lado de la pantalla, pero del otro lado hay una persona, hay una historia. Cancelar puede visibilizar y en algunos casos proteger, sí, pero también puede convertirse en un mecanismo de humillación. No todo vale, no todo comentario es gratis, no todo silencio es complicidad y no todo ataque es justicia. Cuidar lo que decimos no es censurarnos, es responsabilizarnos del efecto que nuestras palabras pueden tener en la vida psíquica de otra persona. Antes de despedirme y de terminar este episodio, aprovecho a contarte que si estás buscando un espacio de terapia, en Siba Melitis somos un equipo grande de psicólogos y psicólogas matriculados con muchos años de experiencia y podemos acompañarte de manera 100% virtual. Así que podés contactarnos y saber más de nosotros en el link que vas a encontrar en la descripción de este episodio. Ahora sí, nos encontramos la semana que viene.
Psicología al Desnudo | T5 E17
Host: Psi (Marina) Mammoliti
Date: July 9, 2026
En este episodio, Marina Mammoliti profundiza en el fenómeno de la cultura de la cancelación, analizando sus orígenes, mecanismos sociales y psicológicos, consecuencias, y ofreciendo herramientas prácticas para responder de forma consciente ante situaciones de cancelación. El episodio busca aportar mirada crítica y reflexiva, sin restar importancia a la protección de víctimas reales, pero cuestionando el reemplazo de la justicia por la exposición pública.
(00:10 – 03:00)
“El nivel de castigo social que se desplegó contra esas dos personas fue de una violencia y una crueldad desproporcionada.” (02:50)
(03:10 – 08:20)
“Decimos buscar justicia, pero terminamos aplicando castigos que no reparan y que no transforman, que solo producen expulsión, miedo y silencio.” (07:55)
(08:25 – 13:10)
“No hay posibilidad de movimiento correcto. Todo se interpreta como la prueba final de que sos culpable y de que hagas lo que hagas, va a ser usado en tu contra.” (09:50)
(13:12 – 15:14)
“Dejamos de lado la individualidad para meternos en la lógica del blanco negro... dejamos de proteger y empezamos a destruir.” (15:10)
(15:20 – 18:50)
“Cuando no hay posibilidad de redención, no hay aprendizaje. Y en un mundo donde Internet guarda todo, juzgar a las personas solo por lo que fueron, sin mirar el contexto ni la transformación, es una trampa.” (18:05)
“Una cultura sin redención no es más justa. Es solo una cultura que decidió que nadie merece una segunda oportunidad.” (18:25)
(18:53 – 21:48)
Marina propone frenar antes de sumarse a una cancelación y responder cuatro preguntas:
Recomienda la opción de “no amplificar” como una postura responsable.
Remarca que no todo silencio es complicidad ni toda intervención es justicia.
“Retirarte de esa cadena no necesariamente es ser tibio. No decir nada puede ser una posición mucho más activa y responsable que replicar opiniones repetidas simplemente llevados por la masa.” (20:55)
(21:50 – 24:15)
“No todo vale, no todo comentario es gratis, no todo silencio es complicidad y no todo ataque es justicia.” (22:45)
“Cuidar lo que decimos no es censurarnos, es responsabilizarnos del efecto que nuestras palabras pueden tener en la vida psíquica de otra persona.” (23:03)
Ejercicio de autocontrol antes de cancelar:
Marina Mammoliti concluye el episodio invitando a sostener la empatía, la responsabilidad y la autocrítica frente a la cultura de la cancelación y sus consecuencias psíquicas. Reivindica el valor del matiz, la redención y la responsabilidad colectiva sobre los juicios en la era digital.
Resumen elaborado por un experto en Psicología y comunicación.