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Si odiar tu cuerpo fuera una decisión individual, no pasaría. Al mismo tiempo, en millones de personas, el algoritmo se metió adentro nuestro y hoy tiene influencia directa en nuestra percepción de nosotros mismos. Este tipo de contenido coloniza nuestro deseo, porque ya no queremos lo que genuinamente nos hace bien, sino lo que se ve bien. Estás escuchando Psicología al Desnudo, un podcast de psyoma moliti. ¿Hace cuánto no te miras al espejo sin pensar que hay algo que deberías cambiar? Achicar la panza, marcar más los músculos, tapar las ojeras, borrar el grano, levantar un poco la cola, alargarnos las piernas, suavizar la piel. Un filtro más, un retoque chiquitito, pensamos. Es solo para la foto. Hoy, mostrarse sin editar parece ser un acto de valentía. Hace rato que aprendimos a identificar a los cuerpos jóvenes, delgados, tonificados, sin marcas, sin arrugas y sin imperfecciones como sinónimo de éxito, deseo, valor. Y eso es peligroso. La ciencia lo viene diciendo hace años. El 32 de las adolescentes dice que Instagram las hace sentir peor. El 80 de las niñas ya usa apps de retoque digital desde los 13 años. Y el 70% de los jóvenes entre 18 y 24 años desea operarse después de pasar mucho tiempo en redes sociales. Las consecuencias son claras y están ahí, frente a nuestros ojos. En este episodio, vamos a hablar de cómo se construye el ideal de belleza que tanto nos daña y, sobre todo, de qué podemos hacer con él. Hoy vivimos en dos mundos a la el mundo físico, que es ese donde caminamos, nos miramos, hablamos cara a cara y el mundo virtual, que es igual de real, aunque no podamos tocarlo. Y estos dos mundos no son paralelos y aislados, se alimentan mutuamente. Lo que pasa en uno, impacta en el otro. Si alguien me clava el visto, eso me duele en el cuerpo. Si alguien me sigue y me manda un mensaje lindo, eso me alegra el día. Y así, la lógica de las redes se metió en nuestra vida cotidiana y en el mundo físico. Y en esa lógica, nuestro valor parece medirse en números, en likes, seguidores, en vistas, en reacciones, juntos. Justo ahí aparece el algoritmo, ese sistema invisible que decide qué vemos, a quiénes vemos, en qué orden y con qué frecuencia. ¿Y cómo lo decide? ¿Mirando lo que hacemos a qué le damos like? ¿Cuánto tiempo nos quedamos mirando un post? ¿Qué comentamos, qué compartimos, a quién seguimos? Mide cada micro interacción a de nuestro comportamiento y nos muestra más de eso para que nos quedemos. Y adivina qué tipo de contenido suele generar ese efecto de quedarse más mirando. Cuerpos jóvenes, delgados, tonificados, pieles perfectas, vidas estéticamente agradables. Entonces, el algoritmo no es solo algo que pasa detrás de las aplicaciones que vemos en nuestros teléfonos y separado de nosotros. No. El algoritmo se metió adentro nuestro y hoy tiene influencia directa en nuestra percepción de nosotros mismos. Por ende, si estás pensando que todo esto es solamente cosa de influencers o de chicas adolescentes, déjame decirte que esto no es así. Esto nos pasa a todos. A vos, a mí, a tu compañera de trabajo que no sube una foto sobre sin editarla, al chico que sube sus abdominales retocados, a la señora que no se anima a mostrarse sin maquillaje. No estamos afuera de esto. Es más, estamos metidos hasta el cuello. Pensalo por un momento. Si odiar tu cuerpo fuera una decisión individual, ¿No pasaría al mismo tiempo en millones de personas? No es un problema individual, es estructural. La mayoría de las personas suben selfies con filtros. Nos comparamos, editamos cada detalle todo el tiempo. Estamos atrás de la delgadez, de los músculos marcados, de la piel sin una sola marca, ni un grano, ni una arruga. Estos mandatos se cuelan en lo que comemos, en lo que nos decimos frente al espejo, en lo que subimos o elegimos no subir a redes. Usamos miles de aplicaciones que nos sacan las ojeras, nos mejoran la panza, todo para que al menos un poco, encajemos ahora en la vida real. La piloteamos, Después vemos. Vivir en este mundo virtual con el algoritmo digitando la forma en que nos vemos, tiene sus costos. Lo primero que genera es un fenómeno que la psicología social llamada comparación social ascendente, qué es cuando nos comparamos con personas que percibimos mejores que nosotros en algún aspecto. En pequeñas dosis, sabemos que esto puede motivarnos a mejorar. Pero cuando la exposición es diaria, es constante y sin filtro, esa comparación no nos inspira, nos aplasta, nos hace sentir insuficientes. Nunca somos tan lindos, tan productivos, tan amados, tan jóvenes como lo que vemos en la pantalla. Y lo peor es que esa comparación no es justa. Porque lo que vemos en redes no es la verdad absoluta. Es una versión curada, editada, pensada para gustar. Entonces, compararte con un cuerpo editado es competir contra una mentira. Todo ese contenido que consumís todos los días entra en tu mente. Y si no está el filtro de la mirada crítica que te permita dudar de eso que consumís, tu mente lo toma como una verdad a alcanzar. Ese cuerpo delgado, bronceado y musculoso parece ser el norte a seguir. Tanto contenido sin cuestionamiento genera una disonancia interna constante entre lo que yo soy y lo que debería ser. Esa brecha que el filósofo Byung Chul Han llama la violencia de la positividad, nos empuja a sentir que siempre nos falta algo, que siempre tenemos que mejorar. Nadie te obliga, te pone una pistola en la cabeza para que te muestres perfecta. Ahora sos vos, tu propio explotador. Y algo aún más sutil es que este tipo de contenido coloniza nuestro deseo. Porque ya no queremos lo que genuinamente nos hace bien, sino lo que se ve bien, lo que recibe los aplausos. Nuestro deseo deja de ser propio y empieza a ser deseo. Algoritmo dependiente. Por eso es tan importante desarrollar la mirada crítica de lo que consumimos. No para dejar de usar las redes, sino para que no sean ellas las que nos usan a nosotros. Bien, frenemos un segundo acá. ¿Por qué caemos en esto? ¿Por qué cada vez más personas nos metemos en esta rueda? Lo hacemos porque con saber no alcanza. Saber que esos cuerpos hipereditados son falsos o que son la minoría y están editados no nos protege de quererlo, buscarlo, desearlo. Ojalá fuera así, pero no pasa porque llevamos tatuado en la piel todo esto desde que somos pequeños, mucho más profundo de lo que imaginamos. Nuestro modo de ver la belleza está íntimamente teñido de este ideal. Y además, el deseo no es racional. Es afectivo, es emocional, es histórico, es cultural. Nadie desea ser hegemónico por amor al músculo o a la piel lisa. Lo deseamos porque aprendimos muy de que ciertos cuerpos reciben algo que otros no reciben. Miradas, likes, oportunidades, aprobación, deseo. No buscamos abdominales, buscamos pertenecer. No buscamos juventud eterna, buscamos gustar o no ser descartados. Por eso es que el algoritmo no es inocente cuando se mete en tu intimidad entra justo donde somos más frecuentes, donde necesitamos sentir que valemos, que somos vistos, que alguien nos elige. ¿Qué tiene que ver esto con los ideales de belleza entonces? Bueno, todo. Porque los mandatos estéticos no son solo sobre el cuerpo, sino que nos dicen que si encajamos en ese ideal vamos a tener más chances de ser deseados, de ser amados. Aunque sepamos que ese ideal de belleza es falso, que nadie nunca llega ahí, que lo único que quieren es vendernos tratamientos carísimos, dietas milagrosas. No importa, seguimos cayendo. Incluso personas que tienen miles de herramientas porque queremos ser amados. Y eso es más fuerte que todo lo demás. Voy a contarte algo personal, algo que me da pudor porque siento que puede ser malinterpretado. Sobre todo porque hace mucho que vengo trabajando activamente para cuestionar los mandatos de belleza. Ahora, yo sé que hay toda una estructura económica montada para sostener ese ideal. Sé que hay un mercado que vive de vendernos dietas, pastillas para adelgazar, tratamientos estéticos con máquinas que nos prometen rejuvenecernos, estirar la piel, eliminar la grasa. Sé que todo eso además está sostenido por una maquinaria televisiva, publicitaria y de redes sociales que instala un modelo hegemónico de belleza que deja por fuera a otros cuerpos posibles. Lo sé, lo sé muy bien, te juro que lo sé. Pero a mí en lo personal, me sigue generando miedo ese ideal porque todavía funciona dentro mío. Digo, lo cuestiono, me peleo con esa idea, lo deconstruyo, lo desarmo, lo entiendo, incluso racionalmente lo entiendo, pero no puedo dejar de desearlo. Lo que sí puedo decir con orgullo es que hoy ya no lo busco, al menos de manera desesperada. Ya no adapto mis rutinas y mis deseos para perseguir ese ideal. Pero muy en el fondo sigo viendo como lo bello a esos cuerpos hegemónicos mientras scrolleo en Instagram. Y me da mucha bronca que sea así. Me da tristeza de mí misma. Pero a la vez me entiendo. Entiendo por qué me pasa. Entiendo que lo más terrible no es solo que ese ideal exista, sino que nos habite, que se nos haya metido tan adentro que incluso sabiendo que es una mentira, nos siga influyendo. Por eso digo que eso es lo que hay que deshacer. La idea de que la plenitud está atada a un cuerpo perfecto. La idea de que solo si nos parecemos a ese molde vamos a ser amados, deseados, aceptados. Porque eso, aunque nos lo repitan mil veces, es mentira. Si vos también lo sentís así, quédate, porque en la parte práctica te quiero contar herramientas concretas para saber qué hacer con esto. Hablemos ahora de las consecuencias reales que tiene seguir este ideal sin cuestionarlo. A ver, no te quiero asustar, pero sí quiero que tomes conciencia de cosas que quizás ni sabías que te estaban pasando. Primerísima y gran consecuencia es que no te gusta tu cuerpo. A esto lo llamamos insatisfacción corporal crónica. Es decir, te levantas bien, te sentís bien, pero después de scrollear 10 minutos en instagram sentís tendrías que tener la piel más estirada, tendrías que bajar unos kilitos. Te miras en el espejo antes de salir y te sentís menos. Quizás hasta empezás a posponer actividades que te gustan, como ir a la playa, o usar cierto tipo de ropa, o sacarte una foto por cómo te ves. La segunda consecuencia de no cuestionar el ideal de belleza es la desconexión con tu cuerpo. Es decir, ves a tu cuerpo como un objeto estético a corregir. No conectás con él de verdad. Comés pensando en si eso te engorda o no, no en si tenés hambre. Te maquillás no porque tengas ganas, sino porque sin maquillaje te ves mal. Hacés ejercicio no para sentirte fuerte, porque sabés que eso es saludable para liberar endorfina, sino como castigo por lo que comiste. Usás filtros hasta en las videollamadas. Ya no te preguntás cómo te sentís con tu cuerpo, sino si se ve bien para los demás. La tercera consecuencia es la fragilización de la autoestima. No nacemos con una autoestima fija, la construimos. Y al principio no se construye desde adentro, sino que es desde afuera, con lo que los demás nos dicen, con cómo nos miran, con cómo nos hacen sentir. El autoestima primero es heteroestima, es decir, necesitamos que alguien nos vea y nos valore, para después empezar a valorarnos nosotros. Todos los mensajes de los otros van armando una especie de casita interna, una voz que primero es de los otros, pero después pasa a ser propia. Esa casita se construye sobre todo en la infancia, pero no termina ahí. La autoestima se sigue construyendo toda la vida. Y entonces, aunque yo haya sido siempre una persona segura de mi apariencia, si empiezo a recibir todo el tiempo mensajes que me dicen que tengo que cambiar, que no soy suficiente, que no me parezco a ese modelo que me tengo que parecer, la casita interna que parecía muy sólida empieza a tambalear. Imaginate. Además, si esa base nunca estuvo muy bien construida, el impacto es mucho más fuerte. Por eso, para cuestionar el ideal de belleza y dejar de medirnos con una vara imposible, muchas veces no alcanza con quererte más. Muchas veces necesitamos ayuda. Y acá vengo a traerte que la terapia suele ser por excelencia el espacio donde este trabajo se puede hacer de manera profunda y acompañada. Y aprovecho a contarte que si querés empezar terapia con nuestro equipo de psicólogas y psicólogos, podés ver todos nuestros servicios en la página de Epsima Moliti. Te voy a dejar el link a nuestra web en la descripción de este episodio. Ahora sí, volvamos al episodio para ir a la parte práctica. Hoy te quiero regalar una de las herramientas más validadas que tenemos para proteger nuestra salud mental y que además es de las más valiosas que podés desarrollar en tu vida, que es la capacidad de cuestionar lo que ves, de poner en duda y no tragarnos todo lo que vemos sin filtro crítico. Porque la exposición pasiva a ideales de belleza tiene muchos efectos medibles. La exposición repetida a ideales corporales irreales aumenta mucho la insatisfacción con nuestro cuerpo, la vergüenza corporal, incluso el riesgo de tener un TCA y la baja autoestima. No cuestionarlo facilita que internalicemos el ideal, en cambio, cuestionarlo le quita poder. Así que si sentís que algo de lo que hablamos hoy tocó alguna fibra, vamos a hacer un ejercicio rápido. Vamos a ir paso a paso. Paso número uno. Vas a abrir tu Instagram, ¿OK? Agarra tu teléfono y abrí tu Instagram. ¿Listo? Bien. Ahora vas a apretar la lupita que aparece abajo. Bien, Perfecto. Quédate mirando eso un ratito. No scrolles rápido. Simplemente observa qué ves. Todo eso que ves no es azar. Esa lupita es tu algoritmo, el recorte de realidad que se fue armando con cada like, con cada segundo de atención, cada vez que te quedaste mirando un cuerpo, una cara. En psicología sabemos que el cerebro normaliza lo que ve. Muchas veces lo toma como referencia como de esto es lo que hay que hacer. Así que esa lupita no solo muestra contenido, moldea tu percepción. El paso número 2. Quédate ahí observando qué tipos de cara y cuerpos ves. Los cuerpos que se muestran ahí son medio parecidos, son hegemónicos, qué te hacen pensar de tu propia imagen. ¿Cómo te sentís vos cuando los ves? ¿Te gustás más o menos? Sabemos también que la comparación constante con estos ideales irreales impactan en la autoestima, aunque sepamos que son falsos. Porque como te decía antes, la comparación no es racional, es emocional, y no controlamos cómo nos sentimos. Ahora esperá, que el ejercicio no termina acá. Hay un paso 3 que es educar a tu algoritmo. Así que dejá de seguir, silenciá. Empezá a seguir cuentas que alimenten otras partes tuyas que no te quieran cambiar, sino que te nutran. Modificar el entorno reduce el daño. No todo cambio siempre empieza desde adentro. Muchas veces los cambios poderosos empiezan cambiando qué dejamos entrar podemos moldear nuestro entorno. Y nunca está de más decir que si pudieras limitar el uso de pantallas, mejor. Porque no es lo mismo estar consumiendo contenido durante una hora que hacerlo por 5 o 6 horas. Nos pasamos la vida entera tratando de encajar, de ser lindos, lindas, flacas, musculosos, exitosas, bronceadas, con el cutis perfecto, sin arrugas. Como si eso garantizara que la gente fuera a guau, qué exitoso. Yo no sé vos, pero yo ya estoy cansada de pelear con mi cuerpo, o de no gustarme en las fotos, o de castigarme por lo que como. De vivir con la sensación de que siempre falta algo más. Basta de batallar contra nosotros mismos. Dejemos de hacerle la guerra a nuestros cuerpos. Basta de maltratarnos, de compararnos. No nacimos para perseguir ese ideal. Nacimos para evitar este cuerpo que tenemos, con sus marcas, su historia, su belleza única. Tu cuerpo es tu casa, tu templo. Siempre estamos a tiempo de bajarnos de esta carrera absurda. Y si alguna vez te olvidás, te dejo este recordatorio. No tenés que ser más linda, más lindo. En realidad, tenés que ser más libre. Hasta acá el episodio de hoy. Nos encontramos la próxima semana.
Fecha: 4 de junio de 2026
Host: Marina Mammoliti (@psi.mammoliti)
Este episodio profundiza en el origen, la influencia y las consecuencias del ideal de belleza contemporáneo, especialmente marcado por las redes sociales y el algoritmo. Marina Mammoliti explica por qué tanta gente siente insatisfacción con su cuerpo y ofrece herramientas psicológicas prácticas para desafiar este mandato social, transformar la relación con nuestro propio cuerpo y fomentar una autoaceptación auténtica.
1. Abrir Instagram:
Marina Mammoliti explora cómo el ideal de belleza se ha internalizado colectivamente a través de la omnipresencia del algoritmo y cómo nos influyen constantemente las imágenes irreales de cuerpos perfectos. Señala que, para sanar nuestra relación con el cuerpo, no basta la consciencia racional ni el amor propio aislado: es necesario cuestionar activamente el contenido que consumimos, cambiar lo que dejamos ingresar, y buscar apoyo cuando sea difícil. El acto más liberador no es alcanzar un estándar imposible, sino buscar una relación más libre, amable y auténtica con nuestro cuerpo.