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Para poder darle algo bueno al otro, necesito priorizarme a mí primero. Si me obligo a sostener algo que no quiero, ¿Qué desaludable le puedo ofrecer yo al otro? Desde ahí no tenemos que forzarnos a encajar con el otro, cueste lo que cueste. Porque el amor no se sostiene por sacrificio, sino por honestidad. Quedarme donde no quiero termina dañando el vínculo. Estás escuchando Psicología al desnudo, un podcast de Psyomoliti. ¿Qué pensarías? Y te digo que muchas relaciones no se vuelven tormentosas por falta de amor, sino porque se sostienen desde un lugar infantil que no tiene que ver con cuánto amor hay, sino con el lugar desde donde se está amando. Nadie nace sabiendo amar sano. Eso se construye o no a lo largo de la vida. Y cuando no se construye, los vínculos empiezan a doler. Amar sanamente no es amar más o sacrificarse más. Es muy diferente a eso. En este episodio vamos a ver qué es el amor adulto, cómo se diferencia de las formas infantiles de amar y qué pasos concretos podemos empezar a dar para construir una estructura adulta que nos permita tener vínculos mucho más sanos. Para poder amar hoy sanamente necesitamos desarrollar una estructura adulta. Adulta emocionalmente hablando. ¿Y qué significa eso? Construir una estructura psíquica que pueda aceptar la diferencia entre el otro y yo, con todo lo que eso implica. En primer lugar, una estructura adulta puede admitir la diferencia. Esto es, aceptar al otro tal cual es, sin buscar cambiarlo. Y en función de eso, decidir si quiero o no quedarme en ese vínculo. El amor adulto no se sostiene en la fantasía de que el otro se va a transformar en lo que yo necesito que sea. El amor adulto tiene como base el respeto. Respeto por mis necesidades y por las del otro. Respeto por el hecho de que la otra persona tiene derecho a ser quien es, me guste o no. Respetar a la otra persona y también respetarme a mí. No sentir que yo valgo más que el otro, pero tampoco sentir que el otro vale más que yo. Y acá aparece una noción fundamental que suele generar mucha resistencia en el amor adulto. Respeto al otro, pero me priorizo. Yo me priorizo a mí no porque yo sea más importante que la otra persona, sino porque es desde ahí que puedo entonces respetarnos a los dos. Priorizarme no es elegir al otro por encima de mí, ni a mí por encima del otro. Amar adulto es elegir sostener el vínculo solamente si eso puede alojarnos a los dos. Quizás Ay, priorizarse a uno. Qué egoísta esa idea del amor. Pero seguime en esa idea porque te quiero mostrar por qué esto no es para nada así. Para poder darle algo bueno al otro, hacerle bien, necesito primero no traicionarme a mí. Es decir, priorizarme a mí primero. ¿Por qué? Porque si yo me quedo en una situación que no es buena para mí, si me obligo a sostener algo que no quiero, ¿Qué de saludable le puedo ofrecer yo al otro desde ahí? Y esto no es un juego de palabras, quedarme donde no quiero termina dañando el vínculo. Quizás quede más claro en unos minutos que llega la parte práctica de este podcast, porque ahí vamos a ver paso a paso qué significa esto de priorizarse y cómo podés empezar a hacerlo ahora. Aunque parezca contradictorio, priorizarme a mí es uno de los actos menos egoístas en términos del amor. Porque cuando me priorizo, también cuido al otro. ¿De qué lo cuido? Lo cuido de lo que yo voy a empezar a sentir, hacer o a mostrar. Cuando me quedo forzadamente en un lugar que me lastima, lo estoy salvando a ese otro de lo que yo quizás hago. Cuando me quedo en una situación en la que no quiero estar, me priorizo porque busco mi bienestar, pero también porque estoy evitando que el vínculo se intoxique. Amar desde la adultez muchas veces implica aceptar que sí el otro quiere A y yo quiero B, ninguno es más maduro, ninguno ama mejor que el otro. Simplemente queremos cosas distintas. Puede pasar que el otro quiera irse a vivir a otro país, empezar de cero en otro lugar, cambiar radicalmente su proyecto de vida, y que yo en cambio quiera quedarme donde estoy, cerca de mi gente, de mis afectos, de lo conocido. En esa diferencia nadie está equivocado. Pero si yo siento con total honestidad que irme a vivir a otro país no es saludable para mí, voy a ser yo la responsable de sacarme de esa situación. Y no porque el otro esté mal, sino porque solamente yo puedo saber qué es lo que a mí me hace bien. Lo mismo pasa en la forma de vincularnos. Puede pasar que el otro necesite hablar de todo ya, resolver todo en el momento, no dejar nada en pausa, y que yo en cambio. No necesito eso. Necesito silencio, espacio, tiempo para ordenar lo que siento antes de hablar. No quiero resolver todo ya. Y otra vez. No hay un modo correcto y uno incorrecto. Hay necesidades distintas. Y esta distancia entre mi deseo y el deseo del otro, entre mis tiempos y los tiempos del otro, solo puede soportarla una estructura adulta. Cuando no tenemos esta estructura, aparece la versión infantil del vínculo. El niño o la niña no pueden soportar eso. Resignan incluso partes propias con tal de no perder la cercanía del otro. Necesitan del otro para sentirse a salvo, validados. Y cuando aparece el riesgo de perder al otro, hacen lo que sea, se adaptan, se acomodan, se achican. Hay dependencia emocional porque hay una necesidad real de la aceptación constante de ese otro. El niño necesita del adulto. En la infancia esto es esperable, es parte del desarrollo. Pero cuando crecemos, es importante que podamos hacer el pasaje hacia una estructura adulta. Es decir, no quedarnos con el modo infantil de vincularnos. Y ojo, que infantil y adulto ni siquiera tiene que ver con la edad. En la estructura adulta somos nosotros los que decidimos si nos quedamos o nos vamos. Porque el respeto hacia mí misma y el respeto hacia el otro van siempre de la mano. Cuando yo me traiciono para sostener un vínculo, cuando me obligo todos los días a hacer cosas que no quiero, algo empieza a pudrirse por dentro. Y quizás no se nota al principio, pero se siente. Y con el tiempo va intoxicando la relación hasta volverla inhabitable. Obligarme de manera crónica, posponer lo que necesito, ignorar lo que quiero, todo eso va destruyendo el vínculo. Y ojo, esto no quiere decir que no podamos negociar. Por supuesto que podemos, pero hasta un punto. Pensemos en un ejemplo. Yo estoy con alguien que vive fluyendo, que no planifica, que cambia de idea todo el tiempo. Y está bien con eso. Y yo, en cambio, soy alguien que para sentirme bien necesito estabilidad, proyectos, cierta previsibilidad. Pero me adapto. Me adapto. Me adapto porque quiero que el otro se quede, porque creo que nuestro amor es más fuerte. Ahora, esto que parece amor, en realidad es una bomba de tiempo. Porque ahí no me estoy respetando a mí y por eso tampoco estoy respetando al otro. Es decir, estoy armando un vínculo donde yo desaparezco para que el otro esté cómodo y eso tarde o temprano se paga, y lo pagamos los dos, no solo yo. Entonces, para que esto no pase, hay dos movimientos fundamentales que tenemos que hacer, que los vamos a ver ahora en un ratito. En la parte práctica, si yo me obligo a hacer lo que yo no quiero y no puedo soportar esta diferencia, voy a tener dos o me someto al otro, o soy yo quien intento someter al otro. Como verán, ninguna de las dos opciones a las que me arroja esta estructura infantil es saludable. Para amar sano necesitamos de la estructura adulta que pueda soportar la diferencia y que al mismo tiempo pueda priorizarse. Hasta acá la teoría. Ahora pasemos a cómo se hace en la vida real. Para amar desde una estructura adulta, ¿Qué pasos concretos podemos dar? Vamos a la parte práctica. Hay dos pasos que juntos funcionan como la herramienta para empezar a construir un amor adulto. El primer paso que voy a tener que dar es aceptar la diferencia. Entender que el otro y yo somos distintos, que no hay una versión que sea mejor y otra peor. Somos dos versiones diferentes y válidas. Aceptar la diferencia es dejar de forzar, es dejar de entrar en lucha, no negociar la identidad, no achicarse. Dejar de intentar cambiar al otro y dejar de intentar cambiarme yo para que el vínculo funcione. Es poder decir con vos necesitás una cosa, yo necesito otra. Vos necesitás, por ejemplo, vivir con más libertad, espontaneidad, cero estructura, y yo necesito previsibilidad, acuerdos claros, estabilidad y ninguna está mal. Los dos tenemos derecho a querer lo que queremos y hacer como somos. Algunas preguntas que podés hacerte para saber si estás pudiendo efectivamente aceptar la diferencia ¿Estoy intentando cambiar al otro? ¿Estoy intentando caminiarme yo para que el vínculo funcione? ¿Estoy negando algo que es evidente porque tengo miedo a perder a esa persona? Si alguna de estas respuestas es que sí, todavía no estamos aceptando la diferencia, en realidad estamos perdiendo, peleando contra ella. Una vez que acepto la diferencia, entonces ahí sí viene un segundo movimiento, que suele ser el más difícil y priorizarme. Ojo que priorizarme no es primero yo, después yo, siempre yo. No. Priorizarme es poner adelante mis necesidades para poder respetarme. Y desde ahí respetar al otro significa algo muy concreto, poder decidir si puedo quedarme en este vínculo a pesar de las diferencias o si lo mejor es retirarme. Yo sé que esto es súper complejo, porque irse de una relación es muy difícil, pero es lo que me permite separarme del otro para evitar situaciones que no son saludables para mí, si ese fuera el caso, aunque el otro incluso quiera que yo me quede, me lo pida y aunque haya amor. Ahora, ¿Cómo logramos esto? En acciones concretas, haciéndonos algunas preguntas incómodas pero necesarias ¿Qué necesito yo para estar bien en un vínculo? ¿Qué necesito para sentirme segura, vista, valorada? Y tomando decisiones en base a esas respuestas. Muchas veces la conclusión va a ser sí, podemos seguir, podemos negociar y encontrarnos en un punto medio. Pero otras veces va a no puedo quedarme acá sin lastimarme a mí, así que me priorizo y aunque me cueste, me voy. Ambas decisiones pueden ser adultas, desde una estructura adulta. Quedarme o irme. Lo importante no es cuál elegís, sino desde dónde elegís. Cuando yo puedo aceptar la diferencia y priorizarme, entonces estoy eligiendo desde el respeto y no desde la carencia. Y ahí es cuando estamos amando desde la adultez emocional. Ahora bien, estas preguntas pueden orientarnos, pero no siempre alcanzan porque aceptar la diferencia y priorizarnos. Estos dos pasos no fallan porque nos falta información, sino porque en realidad hay algo más profundo en juego, algo que no se resuelve solamente entendiendo qué habría que hacer sino descubriendo desde dónde estamos amando. Y ahí aparece la necesidad de tirar del ovillo, desenredarlo, entender por qué priorizar no se siente raro, por qué repetimos vínculos donde nos achicamos, nos adaptamos de más o terminamos lastimados. Y ese trabajo no se hace mirando solamente la conducta actual o la relación que tenemos hoy, sino yendo hacia atrás, preguntándonos qué experiencias, qué heridas, qué modos aprendidos de vincularnos fueron armando nuestra forma de amar. Y ese recorrido de ir desde lo que hacemos hoy en los vínculos hacia atrás, a cómo se fue organizando nuestro mundo emocional, es el movimiento terapéutico. En terapia no nos quedamos en el qué hice ni en el qué tendría que hacer distinto. Vamos más hondo, revisamos la historia, las escenas que se repiten, los lugares donde algo quedó trabado, para empezar desde ahí a construir de verdad una estructura adulta para amar. Por eso, si sentís que estos temas te tocan de cerca y quisieras trabajarlo, te super recomiendo hacer terapia a mi criterio es la herramienta más eficaz para trabajar todo esto. Así que buscá un psicólogo que te acompañe. Y acá voy a aprovechar para decirte que si querés empezar terapia en psimamolitis, somos un equipo de psicólogos y psicólogas grande. Psicólogos matriculados con años de experiencia acompañando a personas a entender sus vínculos y a construir formas de amar mucho más sanas. Así que si querés saber más de nosotros, encontrás el link a nuestra web en la descripción de este episodio. No tenemos que forzarnos a encajar con el otro, cueste lo que cueste. El amor adulto empieza cuando nos animamos a asumir lo que necesitamos, incluso cuando eso duele. Incluso cuando implica aceptar que esa relación, así como está, no puede seguir. Porque el amor no se sostiene por sacrificio, sino por honestidad. La honestidad que tengo conmigo cuando admito mis límites y cuando dejo de prometerle al otro lo que no puedo dar y no quiero dar. Cuando puedo mirar al otro tal como es y hacer exactamente lo mismo conmigo. Ese es el punto de partida para un amor maduro. Quizás de eso se trate al final, de construir vínculos. Donde cuidarnos no implique perdernos y donde amar al otro no signifique dejarnos a nosotros afuera. Donde elegirnos no sea un acto de egoísmo, sino el gesto más profundo respeto hacia el otro y también hacia mí. Hasta acá el episodio de hoy. Nos vemos la semana que viene.
Podcast: Psicología Al Desnudo | @psi.mammoliti
Host: Psi Mammoliti (Marina Mammoliti)
Fecha: 2 de julio, 2026
En este episodio, la psicóloga clínica Marina Mammoliti explora por qué elegimos, repetidamente, relaciones que nos lastiman. Analiza la diferencia entre el amor infantil y el amor adulto, señalando cómo nuestras historias personales y estructuras emocionales influyen en nuestros vínculos. La propuesta es aprender a construir relaciones más sanas a partir de la honestidad, el respeto y el desarrollo de una estructura adulta emocional.
Diferencias Fundamentales
"Muchas relaciones no se vuelven tormentosas por falta de amor, sino porque se sostienen desde un lugar infantil que no tiene que ver con cuánto amor hay, sino con el lugar desde donde se está amando."
— Psi Mammoliti (00:37)
Construcción del Amor Sano
La base del amor adulto no es elegirme por encima del otro o viceversa, sino poder decidir si quedarse en un vínculo tiene sentido y es saludable para ambos.
Priorizarse es evitar forzar una relación donde uno tiene que negarse a sí mismo para sostenerla.
"Para poder darle algo bueno al otro, hacerle bien, necesito primero no traicionarme a mí. Es decir, priorizarme a mí primero."
— Psi Mammoliti (02:48)
Aceptar la diferencia
Priorizarse
"Lo importante no es cuál elegís, sino desde dónde elegís. Cuando yo puedo aceptar la diferencia y priorizarme, entonces estoy eligiendo desde el respeto y no desde la carencia."
— Psi Mammoliti (20:49)
Repetir patrones dolorosos en las relaciones suele tener raíces más profundas en la historia personal.
La terapia ayuda a "tirar del ovillo", comprender el origen de nuestra forma de amar y generar una estructura adulta real, no solo conceptual.
"Ese recorrido de ir desde lo que hacemos hoy en los vínculos hacia atrás... es el movimiento terapéutico."
— Psi Mammoliti (22:21)
El episodio termina destacando que la honestidad es la base del amor maduro, incluso cuando implica dolor o separación. Se trata de construir vínculos donde cuidarse no signifique perderse, y elegirnos a nosotros mismos no sea egoísmo, sino respeto hacia todos los involucrados. La profundidad del análisis reside tanto en la teoría como en herramientas concretas para empezar a vivir relaciones más sanas y adultas.
Para quienes quieran profundizar y trabajar sus vínculos, Marina recuerda la importancia de la terapia como herramienta acompañante del proceso personal.