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Hubo un tiempo en que navegamos juntos, sin mapas ni promesas, confiando en la calma de la marea y en la fuerza silenciosa de lo compartido. Aunque el rumbo cambió y el viento nos llevó a orillas distintas, ese viaje sigue vivo en la memoria, como un horizonte que nunca deja de llamar.

Todo este tiempo pensé que algunas respuestas llegarían solas, sin buscarlas. Hoy entiendo que no era el tiempo quien debía hablar, sino yo, atreviéndome por fin a escuchar lo que siempre estuvo ahí, esperando ser nombrado.

Te di lealtad; tú, rutina. Yo elegí quedarme. Tú solo estabas. Mi lealtad fue un acto; la tuya, una costumbre.

Del vientre del caos no nace el miedo, nace la posibilidad.

Pregunté al cielo al despertar, y el silencio fue la respuesta. Entonces entendí: no todo se dice con palabras, algunas verdades se sienten.

El motor despierta, late como un corazón, vibra la noche, se enciende la tensión. Luces al rojo, rugiendo la razón, empieza el viaje… sube la canción.

Desde abajo, donde no llega la luz, cadenas rotas, renací en el humo y el blues. Latía lento, perdido en lo profundo, hoy salgo en llamas… fuera del inframundo.

Late, late, late fuerte en mí, suena el pulso, rompe el beat, luces rojas, noche en shock, mi corazón marca el clock. Late, late, no lo puedo parar, cuando empieza ya no hay marcha atrás.

Es un latido tan humano, tan frágil y valiente a la vez, que se reconoce en la cercanía. Late cuando ama, cuando duda, cuando encuentra refugio en otro pecho. Es pequeño, pero sincero, y en su ritmo suave aprende a decir: aquí estoy, contigo.

Que tus días se llenen de suspiros suaves, de sonrisas que llegan sin aviso y de silencios que se sienten acompañados. Que cada latido encuentre calma, y que sepas —sin decirlo— que eres ternura, abrigo y una luz bonita en el mundo.