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Ser podcast. Un día que vino a verme don Fulgencio el Practicante, por culpa de una tos pertinaz detectó un soplo en el pulmón y así se lo comunicó a mis padres y al médico. Este recetó reposo, buena alimentación, aire limpio, solecillo de mediodía y la máxima ventilación. Nosotros vivíamos en una casa a medio acabar, extramuros de la villa, a un kilómetro de la plaza, y me asignaron una habitación que era un verdadero sanatorio, porque desde mi cama, a través de un balcón orientado al mediodía, tenía vistas al convento caído y a la huerta del señor Ciro.
Interviewer / Grandson of Fulgencio Ares
Acabamos de escuchar un fragmento de la novela El tesoro del Convento caído, el último trabajo de José María Peridis, que hace referencia a una historia que a mí me toca muy de cerca, el tal Fulgencio el practicante, que yo le había escuchado en otras ocasiones a José María Peridis decir que gracias a ese practicante le había salvado la vida y había podido seguir hacia adelante porque detectó algo que quizás los médicos no habían visto. Ese practicante se llamaba Fulgencio Ares, que era mi abuelo. Y es una historia, comentábamos ahora, micrófono cerrado, como si se cerrara el círculo. José María Peridis, bienvenido a ser historia.
José María Peridis
Me dejas asombrado. Estoy inédito contigo.
Interviewer / Grandson of Fulgencio Ares
Es una historia muy bonita.
José María Peridis
Es muy bonita. Don Fulgencio Ares era muy querido en el Calero, al lado del convento caído. Era. Hacía de médico de cabecera, porque los médicos iban más deprisa, pero él venía a poner la inyección y bueno, lo de la inyección era una maravilla. Aquellas cajitas, parecía un mago. Sacaba la cajita metálica de acero inoxidable, ponían a hervir aquello, hervía y luego te ponían la inyección. Parece que te dolía menos si la ponía don Fulgencio. Y era una extraordinaria persona que tenía el cariño y la amistad de mis padres.
Interviewer / Grandson of Fulgencio Ares
Yo no tuve la fortuna de conocerlo porque mi padre murió hace ya tres años. Él siempre comentaba que murió incluso él siendo joven, con apenas 15 años, pero siempre en casa tengo muchas fotografías de él, siempre el nombre de Fulgencio, mira que es un nombre extraño, raro, pero yo lo tengo ya tan normalizado, tan interiorizado, que a mí me suena maravillosamente bien. Pero la historia de don Fulgencio es una más de las muchas que cuentas en esta novela publicada por Espasa El tesoro del convento caído, que se desarrolla en esa montaña palentina. Tú siempre has estado vinculado a la historia del románico, a la historia de la arquitectura, pero quería preguntarte quizás uno de los éxitos que tiene precisamente todo ese románico que se concentra ahí es gracias al paisaje que tiene la montaña palentina. Es totalmente diferente poner una iglesia, una ermita, una catedral con nieve, con hielo, con otro paisaje. En este caso a la montaña palentina le da un sabor, un significado muy especial.
José María Peridis
Es un arte rural medieval hecho por los paisanos con no muchos medios, salvo los dos o tres o cuatro monasterios mayores, pero totalmente pegado al paisaje. Entonces tiene la virtud superior de que produce la máxima emoción con el mínimo gasto. Es la sobriedad convertida en emoción ese arte rural. ¿Y en el paisaje para ti qué es el románico? Para mí el románico es la infancia al lado de aquella casa donde me pinchó tu abuelo. Había. Me pinchó en el buen sentido de la palabra. Había, había ya. Hay un monasterio que estaba en ruinas donde yo jugaba de niño y bueno, pues ¿Qué era el monasterio? ¿Qué era el románico? Pues un arroyo con truchas y con cangrejo, sobre todo con unos niños que vivían en la huerta del convento Gelín, que era muy pequeño y era un aventurero, un trasto y cogían los cangrejos a mano, pero a puñaos. Y una huerta monástica donde te vendían en muy buen precio en la posguerra, patatas estupendas, unas peras de agua maravillosas, cebollas, de todo. Entonces el monasterio, como vivíamos extra radio, era la plaza de aquellas casas dispersas y de los propios habitantes del monasterio y era nuestro ámbito de citas y de juegos infantiles. Y tuvo, tuvo una huerta mucho tiempo y una pequeñita, un año o dos, donde mi madre plantaba habichuelas. Y ahí comienza la historia de esta.
Interviewer / Grandson of Fulgencio Ares
Historia increíble, que es un poco biográfica. Te va a preguntar qué es El tesoro del convento caído.
José María Peridis
Te lo digo al principio, te lo digo al final. Vamos a ver, la novela es un viaje y es un viaje del héroe y el héroe en este caso no le quedaba más remedio que ser al autor, pero hay muchos más héroes y acompañantes en este viaje. Es un viaje desde la historia ruinosa que la denuncia Unamuno cuando va visitando en sus visiones y andanzas españolas España y Portugal, para hacer una metáfora de las ruinas. Coge el monasterio de Santa María la Real, el convento caído. Pero el convento caído para mí era sin castillos, a escala, 1-1, prohibido el paso, ponía. Y debajo llamad al guarda, llamad fuerte, si no está, id a buscarle. Y alvar el faro. Entonces el guarda que dejaba el monasterio abandonado, ese abandono lo llenábamos los niños, porque de vez en cuando venía un turista catalán, un historiador, y nosotros, Helín y yo, hacíamos de cicerones y sacábamos el bar El Faro. Estaba al lado del cineamor, y nosotros sacábamos billetes.
Interviewer / Grandson of Fulgencio Ares
El cineamor. Es que anda que no me ha contado a veces mi padre esa película, cuando lo vimos en la tele. Yo la vi en el cine Amor, que al final se convirtió casi en una broma en casa diciendo eso lo habrás visto en el cine Amor, con ese título, con ese nombre.
José María Peridis
Esta es mi novela. También había el cine Campo, el cine Amor ahora es teatro. Y el cine Amor sigue dando películas. Bueno, las películas que veíamos eran las de los niños, pero el guarda iba a un bar, el bar El Faro, que estaba al lado del cine Amor. Entonces nosotros, con los recursos que él extraviaba por no estar allí, pues íbamos al cine. Bueno, era una aventura visitar el monasterio y era una aventura enseñarlo. Y allí encontré yo a García Guinea, que fue el que hizo el libro del románico palentino y lo estaba haciendo en la tesis doctoral y es el que nos dio las primeras lecciones de arquitectura.
Interviewer / Grandson of Fulgencio Ares
Es lo que te iba a preguntar, porque claro, estás hablando de experiencias infantiles siendo niños, Claro, en aquella época no había bibliotecas donde consultar información y este tipo de cosas. ¿Quién nos contaba la historia de Santa María la Real, de ese convento caído?
José María Peridis
Nosotros no sabíamos la historia, nosotros sabíamos lo que oíamos al historiador. Aquí está el refectorio, aquí está la sala de los monjes, aquí está el locutorio, aquí la sala capitular, aquí la iglesia. Y en ese ámbito nos movemos, el arroyo, la huerta y demás. Y los establos, las casonas estaban por allí. Pero ya sabíamos que al este estaba la sala capitular, junto al locutorio. Y luego nos enseñó lo de basa, fusta y capitel, y luego lo del cimacio, y luego lo de la imposta. Y luego íbamos cogiendo léxico, escuchándole a él decírselo a los turistas. Pero era una ruina absolutamente romántica, llena de vegetación. Estaba en los techos caídos, bóvedas, en parte dejado de la mano de Dios. Es un monasterio de la desamortización, pero a nosotros con saber esas cosas y guiar a los turistas nos bastaba, porque ellos sabían mucho más que nosotros.
Interviewer / Grandson of Fulgencio Ares
¿Conservabais alguna propina también?
José María Peridis
Siempre la propina. Deja de cine. Hombre, nuestro servicio de cicerones era gratuito, pero interesado, pero lo desarrollábamos. Lo fundamental era encontrar la llave, porque la pregunta es ¿Dónde está la llave de esta? Como el guarda no estaba, la tenía la Militina, que era la tía de Helín, que era mi acompañante. Y ahí empezaron los juegos infantiles, cuando no había visitantes al escondite. Y este Celín se metía en las tumbas, y en las tumbas estaban los esqueletos de los nobles castellanos. Y entonces había lagartos, culebras, había zarzamoras, unas moras, frambuesas. Entonces eso más la huerta con las ciruelas claudias. Gelén, es que la huerta era suya, porque era de su abuelo. Entonces, bueno, el otro día me contaba, porque vive y acaba de ir su hija al instituto de bachillerato, que luego pusimos allí su nieta y han ido sus hijos, me decía que cuando íbamos a la huerta, él cogía la piedra del suelo y yo cogía la piedra del árbol. Y que es su abuelo, cuando ve a alguien, dale peras del suelo, que están más maduras que las del árbol. Pues todavía las vendemos. Bueno, ese fue mi compañero de correrías en el monasterio. Y de eso va un poco la primera parte de la novela. La primera parte de la novela, porque digo novela porque dentro de X años se leerá y ahora también. No es un ensayo de una restauración o de una recuperación. Ahí está mi Ítaca. Yo salgo de ítaca a los 18 años en un camión de galletas, que era mi nave, para ganarme la vida y a ser posible hacer una carrera. Y decido hacer la carrera de arquitecto, que eso es una cumbre, eso es el Comelovis en la Vuelta a Francia, la primera cima que tenía. ¿La primera o la última? La única. Y tengo la suerte de trabajar en una editorial en Madrid, en el barrio de las Letras, en frente de la casa de Lope de Vega, en la calle de Cervantes, esquina Quevedo. Y mi ventana daba a los balcones de Lope de Vega, y en la puerta ponía paraba propia Magna, que es lo primero que me dice Lope de Magna, Aliena Parva. Lo pequeño, si es de uno, es grande. Lo grande, si es de los demás, es pequeño. Y yo cogí aquel como lema de mi vida. Tú haz tus cosas poco a poco y puedes llegar a ser arquitecto. Y ahí me animó Lope, que se asomaba al balcón por las mañanas, cuando yo abría la ventana del departamento Contabilidad, y me decí peridis, estudia, estás perdiendo el tiempo. Pero ¿Cómo, Lope? Si tengo una jornada laboral de 8 o 10 horas, estudia, no lo dejes. Y tuve Lope en preuniversitario y teníamos que aprendernos por Lope de Vega entero. Y yo, que iba estudiando por la calle, me aprendía las partes más importantes de sus comedias o de sus poesías. Entonces, cuando abría la ventana, yo me dirigía a Lope y repasaba. Decía Lope que de noche le mataron al caballo, la gala de Medina, la flor de Olmeda. Y él me respondía y le avisaron de que no se fuera, o hay fortuna, cógeme esa aceituna. Más quiero yo a Peribáñez, le decía otro día Lope, más quiero yo a Peribáñez con su capa a la pardilla que al comendador de Oca. Y nos hicimos muy amigos. Y cuando yo sufría mal de amores, como sabía que él también los había sufrido, consultaba con Lope. Y él me da unos consejos muy interesantes.
Interviewer / Grandson of Fulgencio Ares
Fíjate en tu novela El tesoro del convento caído, al final, con el paso de las décadas, la historia ha acabado bien, con la restauración de Santa María la Real. ¿Cómo lo veíais en aquella época? Estamos hablando de la década de los años 40. ¿Cómo veíais la conservación del patrimonio? Hoy, por ejemplo, cuando vemos un sitio, está abandonado, está aquí toda la gente entrando, saliendo, que era lo que hacíamos nosotros de críos. Yo nací en el 70, pues tú en el 30 y algo, 41. Pues fíjate, la historia ha cambiado mucho.
José María Peridis
No veíamos algo.
Interviewer / Grandson of Fulgencio Ares
¿Como había conciencia de conservación?
José María Peridis
Cero.
Interviewer / Grandson of Fulgencio Ares
Vamos a ver, si tus colegas entraban.
José María Peridis
En la tumba y con los huesos de los nobles, no había ni conciencia ni respeto. Si nosotros éramos los mejores, porque antes, primero, los sabios del patrimonio habían arrancado los capiteles para traerlos al arqueológico y así salvaban el arte, porque una vez desamortizado, media España se estaba cayendo. ¿Pero es que luego la caída, que era lo que le preocupa? Cuando hasta una ruina puede ser una esperanza, hace una metáfora de España en ruinas. España en ruinas va a conquistar Marruecos y va a fundar un imperio sin hombres en el desierto. Y entonces hace una soflama que está clarísima en el libro, y termina es que pasa allí un arroyo, hay agua en la reseca roca, es como la sandía del secano, hasta una ruina puede ser una esperanza. Y ese fue el lema que cuando yo vuelvo a Ítaca, acabada la carrera, me encuentro con el monasterio y voy a verlo, claro, más arruinado todavía, porque iban a ir los monjes de Poblet y no fueron. Y entonces se paró la obra y dejaron las bóvedas del claustro desmontadas. Y me encontré con que se estaba cayendo más y que estaba peor que cuando yo me lo encontré, o jugaba de niño. Y el monasterio me interpeló, me reconoció un monasterio, conoce, había pasado muchas veces con diecisiete, dieciocho, veinte, veintidós, no había dejado visitar cuando iba Aguilar. Y me josé María, que has acabado la carrera, que estás en Madrid, que tienes compañeros de estudios en Bellas Artes y en otros sitios, que mis capiteles están en el arqueológico, vete, haz algo, haz algo, que me estoy muriendo, me ahogan los escombros, no respiro, soy monumento nacional, tengo mil años de historia, ¿Cómo me podéis tener así? Bueno, cuando te habla un amigo de la infancia, le tienes que socorrer. Y entonces, pues yo empecé a recorrer despachos y monté una asociación cultural para recuperar el monasterio. Y ese reto se apuntaron 500 en un pueblo que tenía 5.000 habitantes. Cuando estaba otro pueblo tenía 3.000. En un pueblo así era un clamor el que se recuperara el monasterio. Iban ahí los monjes de Poblet, un Hubo un procés en los monjes que Una especie de escisión. Y no fueron. Y aquello estaba.
Interviewer / Grandson of Fulgencio Ares
Parado.
José María Peridis
Parado y arruinado. Y arruinado. Y sí va arruinado. ¿Y cada vez que venía alguien y se lo enseñaba, decía qué vergüenza, cómo tienen así este monasterio? Tenía usted que ver Poblet o Santes Creus, dije yo, por lo que me faltaba Poblet, vamos a comparar. Entonces allí empieza el retorno a Ática. Y yo no veo solo las ruinas, yo ya soy arquitecto, llevo ya siete años de profesión y veo un instituto de bachillerato. Aguilar no tiene instituto. En arquitectura lo primero que hacemos es satisfacer las necesidades. Aquí cabe ¿Para qué van a hacer un instituto aquí? Cierto que había colegiado Y entonces empecé, planté ya en el plan de choque, lo más importante era convertirlo en centro educativo cultural. Y entonces adelante con los faroles, a moverte por los despachos para conseguir. Me lo encargaron y mira, te vamos a dar una miseria, te vamos a dar. Estaba yo movilizando y decían te vamos a dar 15 millones de pesetas, a gastar 5 millones cada año y procura que se vea algo por si alguien quiere ir a inaugurar algo de aquello, como lo veía Antonio Vallejo, que era director general de Arquitectura, la antigua Regiones Devastadas. Y bueno, pues ahí empezamos a los 8 años, instituto, bachillerato, convertir las ruinas en escuelas, nuestro lema. Y en el ínterin echamos una mirada a todo el románico de la comarca, porque el románico era la seña de identidad de toda la comarca. Los pueblos se despoblaban y las iglesias iban a terminar como.
Interviewer / Grandson of Fulgencio Ares
Es una historia increíble que podemos descubrir en este libro, en esta novela, El tesoro del convento caído, publicado por Espasa, de nuestro invitado. Una forma de descubrir, tiene su trasfondo histórico de todo lo relacionado con el mundo del románico, cómo interactúa con los seres humanos, tanto cuando está en pleno apogeo, sobre todo cuando ya está en pleno, en ruinas, y luego cuando vuelve a reverdecer y a volver a la vida. Es el último trabajo de nuestro invitado, José María Peridis. Josemaría, un honor que mi abuelo te hubiera echado una mano para poder seguir adelante. Y como decimos siempre, muchísimas gracias por habernos ayudado a hacer un poquito más de historia.
José María Peridis
Bueno, te diré que la historia la hemos hecho también con la recopilación documental de todo el románico de la Península Ibérica. Empezamos sacando escombros y hemos terminado, ahora mismo están en la imprenta los últimos tomos, 77 tomos, 40.000 páginas con todos los testimonios románicos de la península ibérica, incluyendo Andorra y Portugal. Evidentemente no hay nada en el mundo parecido y se ha hecho con desempleados en paro, arquitectos, historiadores, etc. Entonces, aquella aventura que empezamos volviendo a Ítaca, la estamos terminando, llevando al monasterio una copia de los capiteles que hay en el arqueológico y sembrando en todas las bibliotecas del mundo, desde la Nacional de Pekín hasta el Congreso de Estados Unidos, el románico de la Península Ibérica para que se conozca.
Interviewer / Grandson of Fulgencio Ares
Eso no lo haría Odiseo, solamente lo puede hacer Peridis volviendo a la Ítaca.
José María Peridis
De Aguilar de Cambio. Sí, sí.
Interviewer / Grandson of Fulgencio Ares
Y volver con Penélope. Josemaría, como digo, muchísimas gracias.
José María Peridis
Gracias a ti. Y recuerdos de tu abuelo y de toda la familia. Ares Cantarín, vaya segundo apellido bonito.
Interviewer / Grandson of Fulgencio Ares
Desde luego, muchas gracias.
Podcast Host
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Podcast: SER Historia
Episode Date: January 12, 2026
Host: SER Podcast
Guest: José María Peridis (author, cartoonist, architect)
Special Interviewer: Grandson of Fulgencio Ares
This episode dives into the personal and historical layers of José María Peridis’ latest novel, El tesoro del Convento caído. The conversation intricately weaves Peridis' childhood memories in the Montaña Palentina, the cultural and architectural value of Spanish Romanesque heritage, and the challenges and triumphs of restoring the Monastery of Santa María la Real. Through the warmth of personal anecdotes and reflective humor, Peridis brings history alive, showing how one’s biography and a nation’s cultural memory can intertwine.
This episode offers a rich tapestry of memory, history, humor, and passion, blending the personal journey of José María Peridis with larger questions about heritage and community. His stories animate Spain’s cultural landscape and demonstrate how individual action, collective solidarity, and a sense of place can revitalize even the most forgotten ruins. As Peridis says, even a "convento caído" can become a beacon—a hope for the future, as well as a testimony to the past.