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Podcast Host (0:02)
Ser podcast. Un día que vino a verme don Fulgencio el Practicante, por culpa de una tos pertinaz detectó un soplo en el pulmón y así se lo comunicó a mis padres y al médico. Este recetó reposo, buena alimentación, aire limpio, solecillo de mediodía y la máxima ventilación. Nosotros vivíamos en una casa a medio acabar, extramuros de la villa, a un kilómetro de la plaza, y me asignaron una habitación que era un verdadero sanatorio, porque desde mi cama, a través de un balcón orientado al mediodía, tenía vistas al convento caído y a la huerta del señor Ciro.
Interviewer / Grandson of Fulgencio Ares (0:54)
Acabamos de escuchar un fragmento de la novela El tesoro del Convento caído, el último trabajo de José María Peridis, que hace referencia a una historia que a mí me toca muy de cerca, el tal Fulgencio el practicante, que yo le había escuchado en otras ocasiones a José María Peridis decir que gracias a ese practicante le había salvado la vida y había podido seguir hacia adelante porque detectó algo que quizás los médicos no habían visto. Ese practicante se llamaba Fulgencio Ares, que era mi abuelo. Y es una historia, comentábamos ahora, micrófono cerrado, como si se cerrara el círculo. José María Peridis, bienvenido a ser historia.
José María Peridis (1:49)
Me dejas asombrado. Estoy inédito contigo.
Interviewer / Grandson of Fulgencio Ares (1:55)
Es una historia muy bonita.
José María Peridis (1:56)
Es muy bonita. Don Fulgencio Ares era muy querido en el Calero, al lado del convento caído. Era. Hacía de médico de cabecera, porque los médicos iban más deprisa, pero él venía a poner la inyección y bueno, lo de la inyección era una maravilla. Aquellas cajitas, parecía un mago. Sacaba la cajita metálica de acero inoxidable, ponían a hervir aquello, hervía y luego te ponían la inyección. Parece que te dolía menos si la ponía don Fulgencio. Y era una extraordinaria persona que tenía el cariño y la amistad de mis padres.
Interviewer / Grandson of Fulgencio Ares (2:37)
Yo no tuve la fortuna de conocerlo porque mi padre murió hace ya tres años. Él siempre comentaba que murió incluso él siendo joven, con apenas 15 años, pero siempre en casa tengo muchas fotografías de él, siempre el nombre de Fulgencio, mira que es un nombre extraño, raro, pero yo lo tengo ya tan normalizado, tan interiorizado, que a mí me suena maravillosamente bien. Pero la historia de don Fulgencio es una más de las muchas que cuentas en esta novela publicada por Espasa El tesoro del convento caído, que se desarrolla en esa montaña palentina. Tú siempre has estado vinculado a la historia del románico, a la historia de la arquitectura, pero quería preguntarte quizás uno de los éxitos que tiene precisamente todo ese románico que se concentra ahí es gracias al paisaje que tiene la montaña palentina. Es totalmente diferente poner una iglesia, una ermita, una catedral con nieve, con hielo, con otro paisaje. En este caso a la montaña palentina le da un sabor, un significado muy especial.
