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Ser podcast. En la ventana Acontece que no es poco, un relato personal de la historia con Nieves con costrina. Cadena SER.
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Hoy, segundo capítulo de una de las páginas más racombolescas y más nefastas también de nuestra historia, las conocidas como abdicaciones de Bayona. Bueno, habría que ponerles, yo creo, algún calificativo. Nieves, buenas tardes. Buenas tardes extravagantes, vergonzosas. Porque claro, la cosa es ¿Cómo se puede entregar la titularidad, el mando de un país así por la cara? Que es lo que hizo Fernando VII, al que en el capítulo anterior, recuerdo, dejamos camino de Bayona ante el estupor del propio Napoleón, que ya no daba crédito ni él sí.
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Mira, prometí lo primero leer la inquietud respuesta de Fernando VII a Napoleón, esa que lo dejó estupefacto porque Napoleón le había puesto a parir. Lo llamó casi mentiroso, traidor. Pero el más tuerzo escribió desde Vitoria el 18 de abril lo señor, mi hermano, he recibido con la mayor satisfacción la carta de vuestra Majestad Imperial. La confianza que vuestra Majestad me inspira y mi deseo de hacerle ver que la abdicación del rey, mi padre, a mi favor, fue efecto de un puro movimiento suyo, me ha decidido a pas inmediatamente a Bayona. Pienso, pues, salir mañana por la mañana para Irún y trasladarme a la casa de campo en la que se halla Vuestra Majestad Imperial. Napoleón leyó esto y exclamó ¿Cómo? ¿Que viene aquí? Era absolutamente increíble, no sólo que el mastuerzo se metiera él solito en la boca del lobo, sino que siguiera insistiendo en que la abdicación de Carlos IV había sido voluntaria. Empezando porque Napoleón se estaba carteando también con Carlos IV y. Y estaba perfectamente al tanto de la insurrección de Aranjuez, del golpe de Estado, la detención de Godoy, el destronamiento de su padre, la abdicación forzosa y el tonto de Fernando VII insistiendo en que todo había sido voluntario. Pues claro, como cuando Juan Carlos abdicó en Felipe. Todo totalmente voluntario. Vamos hombre. No suelta voluntariamente un Borbón. El negocio del trono ni harto vino. Pretender,
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pretender. I doing well My need is such
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I pretend too much I'm lonely but
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no one can tell Oh yes, I'm the great pretender. Está chula la canción, pero bueno, sigamos. Pero cómo es posible. Primero. Primero, que Fernando VII no sospechara que Napoleón tenía todos los detalles de la abdicación forzada que ya sabía conocía la película. Y segundo, cómo pensaba convencerle de que había sido voluntaria de verdad.
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Es que es inconcebible, no se entiende. Pues a este rey es al que aclamó y reclamó el pueblo español, siempre lo digo. Para conocer con más detalle a este impresentable y a su familia, recurran al libro del historiador Emilio Laparra que se titula Fernando VII, un rey deseado y detestado. El plan de este mastuerzo para convencer a Napoleón era igualmente estúpido. Pretendía que su padre le entregara una carta, Carlos IV, a Fernando VII, aceptando que había abdicado en su hijo Fernando voluntariamente. Y a la vez le decía Fernando a su Padre, a Carlos IV, que se preparara para viajar porque eso mismo tendría que decírselo a Napoleón en su cara. Y además había que ir a recibir con buen talante al emperador cuando entrara en España. Claro, esto se lo pide Fernando a su padre cuando todavía creía que Napoleón iba a pasar a España y se iban a encontrar en Burgos, ¿Te acuerdas? Para compartir una morceís. Efectivamente, Carlos IV y la reina María Luisa se dispusieron a viajar en los carruajes que les puso Fernando VII. Pero puesto que el encuentro no se produjo en Burgos ni en Vitoria y que Fernando VII entró él solito y contra todo pronóstico en Francia camino de Bayona, también Carlos IV continuó camino de Bayona porque el objetivo de los dos reyes que tenía España en esos momentos era llegar hasta los mismísimos pies de Napoleón y rogarle que confirmara a uno de los dos en el trono de España. Claro, Fernando creía que iba a ser él porque Carlos IV así lo aceptaría y Carlos IV creía que sería él porque ya le habían dicho que Napoleón a Fernando no lo iba a reconocer.
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Y el único que sabía lo que de verdad iba a ocurrir era Napoleón, que tenía todas las cartas en la mano y podía repartir como le diera la gana.
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Es que esto es un chiste de verdad. Napoleón fue un genio militar, estratégico, político. Le perdió la ambición y la vanidad, pero era listo como el hambre y nunca pudo imaginar, pese a toda su experiencia, que aquellos estúpidos Borbones le dieran todas las facilidades sin mover un dedo. Le entregaron España y se entregaron ellos. El caso es que, tal y como anunció, Fernando VII salió de Vitoria camino de Irún, sorteando encima una manifestación de vitorianos que cuando se enteraron de que iba camino de Francia, salieron a intentar detenerlo.
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Lo querían parar, claro.
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¿Pero dónde vas? Pero si está ya todo más claro que el agua. Y el mastuerzo insistía, abro comillas. El encuentro con su aliado, el emperador tendría las más felices consecuencias. Esto decía. Bueno, el 20 de abril atravesó Fernando VII la frontera con Francia y oye, qué raro, allí no había nadie relevante para recibirle. Sólo había tropas que rodearon el carruaje. A ver, eso era un séquito o eso era la escolta para un prisionero. Y cuando llegó al primer pueblo ya pudo decir eso de Uyuy, ¿Qué está pasando aquí? Porque habían puesto un arco del triunfo para recibir a Fernando VII con esta leyenda que decí quien hace y deshace reyes es más que rey. Napoleón ya le estaba dando un soy el Emperador y aquí mando yo. Cuando Fernando VII llegó a Bayona ya iba con el culillo apretado. Y encima le metieron en un alojamiento. Era una cosa absolutamente normalita, eso no era para un rey. Pero ahí se iban a alojar él y su hermano Carlos María Isidro, que había llegado a Bayona el día anterior. El mismo día de la llegada de Fernando VII a Bayona, Napoleón le comunicó, después de unos cuantos abrazos y saludos formales, que su decisión irrevocable era destronar a la dinastía Borbón e instalar la suya.
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Ni el uno ni el otro.
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Ahora el estupefacto era el más tuerzo.
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Bienvenido a la jungla. Efectivamente. Oye, y A todo esto, ¿Carlos IV por donde iba? ¿Y Godoy, ¿Que fue de él?
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Iban llegando, iban llegando todos como borreguitos. Carlos IV estaba de camino a Bayona por su lado, con los carruajes que le había puesto Fernando VII. Y a Godoy lo llevaban los franceses por otro. Ya contamos que Napoleón lo necesitaba a Godoy también en Bayona, porque controlaría. Porque controlaba a Carlos IV, porque lo comía de su mano y además porque le servía para poner de los nervios a Fernando VII. Porque lo odiaba y además porque Godoy era el más espabilado de todos. Precisamente Carlos IV le hizo llegar una carta a Godoy dicié incomparable. Amigo Manuel, mañana emprenderemos el viaje al encuentro del emperador y allí concertaremos todo cuanto podamos para ti con tal de que nos deje vivir juntos hasta la muerte. Pues nosotros siempre seremos tus invariables amigos y nos sacrificaremos por ti como tú te has sacrificado por nosotros. Esto parece que escribía un niño de 14 años. Por favor. ¿Alguien cree que Fernando VII intentó avisar a su padre de alguna manera porque podía hacerlo para que no cruzara la frontera, para que no llegara a Bayona, porque era una trampa? Pues no le escribió, pero le contaba que había visto al emperador, que Bayona era muy bonito, que los mejillones al pimentón allí están muy ricos. Pero no le no vengas, que quiere eliminar a la dinastía. Por eso llegan Godoy por un lado y los reyes por otro a Bayona a ciegas, sin imaginar lo que les espera.
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Oye, una cosa, A ver, que yo me sitúe del capítulo anterior. De todo esto que estaba ocurriendo, ¿Estaba enterada aquella Junta de gobierno que Fernando VII dejó en Madrid? ¿Porque a todo eso, Madrid? ¿Qué ocurría mientras ellos iban de viaje? Hay que tenerlo todo ahí.
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Es que todo esto es propio del teatro del absurdo. Todavía estando en Vitoria, Fernando VII recibió desde Madrid un informe de su Junta de Gobierno que le avisaba. No, claro, le decían, a ver, señor, majestad Mastuerza, que nos estamos debilitando por momentos, que los franceses están ocupando todos los puntos estratégicos del territorio, que les estamos dando toda nuestra pólvora y nuestro plomo según las órdenes que habían dado los Borbones. Están agotando las rentas del erario, se están acabando hasta los croasanes. Por favor. Y se comportan como conquistadores, no como aliados. Esto lo lee Fernando VII en Vitoria. Y pese a eso, seguía lamiéndole las botas a Napoleón. Y responde a la Junta de Gobierno que no se preocupen, que sigan el plan previsto, que él va a encontrarse con Napoleón en Francia para, abro comillas, estrechar los vínculos que unen ambas monarquías. Y que esa junta de Gobierno le diga a los vasallos que desechen todos los temores y recelos infundados con que la ignorancia y la malevolencia intentan inquietarles. Le dicen que aguarden tranquilos y que esperen su pronta vuelta. Fernando VII era especialista en desconcertar a todo el mundo. Desconcertaba a su gobierno a su familia, a Napoleón, a los enemigos. Cuando estando ya cautivo en Bayona hizo llegar otra carta a la Junta de Gobierno, el tono ya era otro, claro, ahí ya admitía que lo que pretendía Napoleón era peor de lo imaginado porque no quería que reinara ningún Borbón. Pero, y esto vuelve a ser increíble, cómo, abro comillas, el Rey se halla en poder del Emperador y no es posible tomar resolución alguna sin comprometer su propia seguridad. Que no se altere lo más mínimo la tranquilidad pública, pues al menos al menor asomo de insurrección peligraba mucho la seguridad del rey.
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Blanco y en botella. 7º Lo de la invasión napoleónica le podía inquietar más o menos, pero lo que le preocupaba de verdad, en fin, casi hasta puedo entenderlo, su propia seguridad, cuando vio que estaba ahí pringao.
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Se entiende ahora por qué todo el hipócrita ejército español, salvo cuatro pringados, permaneció acuartelado y sin mover un dedo contra los franceses ni salió a defender el 2 de mayo. Claro, esa payasada que vuelto a celebrarse hace poco, porque esto no tiene otra explicación que el payaso, porque es que la orden era no mover un dedo. Por eso acabaron fusilados 400 madrileños pringaos mientras el gobierno, el ejército, los políticos y el rey se rascaban la barriga. Y ahora esos militares traidores se plantan el uniforme y se van a celebrar la payasada que monta la Comunidad de Madrid aprovechando que los madrileños no tienen ni respajolera idea de lo que están celebrando. Godoy llegó a Francia el 26 de abril y Carlos IV entró en Bayona el día 30, diez días después que el mastuerzo. Y Napoleón, para darle otro guantazo con la mano abierta a Fernando, le dedicó a Carlos IV un recibimiento de rey con repique de campanas, con escolta, homenajes, atenciones, besamanos y alojaron a los reyes en el palacio del Gobierno, mientras el más tuerzo ni tuvo recibimiento y permanecía alojado en una casa cutre. Napoleón le estaba dando el trato que merecía ese rey traicionero, golpista y misera y que nunca supieron darle los españoles. Y en cambio, dado el recibimiento que Napoleón le dio, Carlos IV pensó anda, ya está. Me va a devolver la corona que me quitó mi hijo, porque a mí me está tratando como al rey de España y al mastorzo de Fernando como lo que es, un traidor al país, a su propia dinastía y a sus propios padres.
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Yo la que estamos terminando, Nieves, de verdad. Te decía antes, vamos a poner algún calificativo. Yo no sé si esto hay que calificarlo de vodevil, de opereta, de tragicomedia, de esperpento o de todo a la vez un poco.
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Porque es que es sonrojante cuando lo
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pones todo en común.
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Claro, es que es sonrojante. En zarzuela deberían meterse debajo de la cabeza como los avestruces bajo la tierra. Era todo esto y un sainete en donde Napoleón era el espectador boquiabierto que no daba crédito a lo que estaba viendo. Y queda por contar la parte más grotesca, porque lo de Fernando VII devolviéndole la corona a su padre, su padre dándosela a Napoleón, Napoleón abroncándolos a los dos, tanto Carlos IV como Fernando VII humillando sin replicar aquello fue indescriptible. Era lógico que Napoleón no entendiera qué demonios veían los españoles en esta infame dinastía Borbón, en esos dos traidores a quienes les importaba un mojón España y los españoles. Yo de verdad que estoy con Napoleón. Sigo sin entender qué ven algunos españoles en la infame dinastía de los Borbones. La única disculpa es que la ignorancia es la madre del atrevimiento.
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Bueno, Nieves, pues hasta mañana. Mañana te dejo en manos de Marta del Vado, que yo a esa hora, a esta hora estaré con el equipo de La Ventana volando hacia Mallorca para abrir La Ventana al día siguiente en el Auditorium de Palma. Toma.
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Pues qué viendo pasarás en Mallorca. Pero te vas a perder la parte grotesca.
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Ya, pero la buscaré, la buscaré como muchos oyentes en el podcast en diferido. Que no pasa nada. Venga, un beso.
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Fecha: May 6, 2026
Host: Nieves Concostrina (SER Podcast)
Duración Resumida: hasta el inicio de la despedida (aprox. 15:12)
En este episodio, Nieves Concostrina aborda con su característico tono irónico y crítico una de las escenas más “rocambolescas y nefastas” de la historia de España: las abdicaciones de Bayona, en las que la familia Borbón, en medio de intrigas y humillaciones, entrega la corona española a Napoleón. El relato desentraña la absurda sucesión de errores, traiciones y equívocos protagonizados por Fernando VII y Carlos IV, frente a la astucia y superioridad táctica de Napoleón, y expone la bochornosa pasividad de la élite dirigente española ante la invasión francesa.
Nieves arranca leyendo la carta que Fernando VII envió a Napoleón desde Vitoria, en la que expresa su “mayor satisfacción” por la carta de su “hermano” el emperador y le insiste en que la abdicación de Carlos IV fue completamente voluntaria:
“La confianza que vuestra Majestad me inspira y mi deseo de hacerle ver que la abdicación del rey, mi padre, a mi favor, fue efecto de un puro movimiento suyo, me ha decidido a pasar inmediatamente a Bayona.”
— Nieves Concostrina lee a Fernando VII (01:10)
Napoleón, al recibir la carta, no puede creer la ingenuidad de Fernando VII:
“¿Cómo? ¿Que viene aquí? Era absolutamente increíble, no solo que el mastuerzo se metiera él solito en la boca del lobo, sino que siguiera insistiendo en que la abdicación de Carlos IV había sido voluntaria.”
— Nieves Concostrina (01:35)
Nieves ironiza: “No suelta voluntariamente un Borbón el negocio del trono ni harto vino.” (02:29)
“Napoleón fue un genio militar, estratégico, político. Le perdió la ambición y la vanidad, pero era listo como el hambre y nunca pudo imaginar […] que aquellos estúpidos Borbones le dieran todas las facilidades sin mover un dedo. Le entregaron España y se entregaron ellos.” (05:26)
“Mañana emprenderemos el viaje al encuentro del emperador y allí concertaremos todo cuanto podamos para ti […]” (08:37)
“Que nos estamos debilitando por momentos, que los franceses están ocupando todos los puntos estratégicos del territorio, que les estamos dando toda nuestra pólvora y nuestro plomo […] se están acabando hasta los croasanes.” (10:00)
“Por eso acabaron fusilados 400 madrileños pringaos mientras el gobierno, el ejército, los políticos y el rey se rascaban la barriga.” (12:13)
“Napoleón le estaba dando el trato que merecía ese rey traicionero, golpista y miserable y que nunca supieron darle los españoles.” (13:09)
“Yo no sé si esto hay que calificarlo de vodevil, de opereta, de tragicomedia, de esperpento o de todo a la vez un poco.” – B (13:31) “Era todo esto y un sainete en donde Napoleón era el espectador boquiabierto que no daba crédito a lo que estaba viendo.” (13:47)
“Sigo sin entender qué ven algunos españoles en la infame dinastía de los Borbones. La única disculpa es que la ignorancia es la madre del atrevimiento.” (14:36)
Fiel al espíritu de Nieves Concostrina: irónico, sardónico y profundamente crítico con los Borbones y con la glorificación de episodios históricos que, vistos en detalle, resultan tragicómicos y bochornosos para la historia española.
Este episodio desmitifica las llamadas “abdicaciones de Bayona”, desnudando la sumisión real y la ceguera política ante Napoleón, a la vez que denuncia el relato oficial y la perpetuación del esperpento borbónico en la memoria nacional.