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A
Ser podcast.
B
Soy Nieves con Costrina y estás escuchando Acontece, que no es poco, un podcast donde no te contamos nada nuevo, pero te lo contamos de otra manera. Aquí te va otro episodio.
A
Hola, Nieves, buenas tardes.
B
Buenas tardes, ¿Qué tal?
A
¿Cómo estás? Fíjate hoy que hemos abierto la ventana a eso de las cuatro con lo de la oveja Dolly, 27 años después, por la muerte del principal artífice de ese descubrimiento. Eso ha sido a las cuatro. Pero ahora quiero subrayar que en este Acontece, que no es poco, creo que tenemos el enésimo ejemplo, la enésima demostración de que la ciencia y los descubrimientos son grandes palancas para el progreso de la humanidad. Sin duda, sin duda. Pero ya estamos con el. Pero cuando se cruzan en el camino los intereses. Bueno, cuando se cruzan no. Cuando se ponen por delante los intereses económicos, ahí estamos jodidos. Pero del todo, del todo, hay que decirlo así. Es que tenemos un ejemplo, el del caucho. El caucho fue un descubrimiento fantástico por todas sus aplicaciones, pero que generó indirectamente tal cantidad de muertos que al hombre que descubrió hace poco más de un siglo el caucho artificial, a ese yo creo que hay que ponerle un monumento directamente.
B
Yo creo. Habría que ponerle hasta dos. Hasta dos monumentos y ya lo lamento. Traer otra historia que tampoco es que sea muy alegre. Sí, no tiene pinta esta semana de que vaya a ser la de las buenas noticias en Acontecidos. La historia de hoy fue muy buena noticia en su momento para un monumento, como tú dices, hace 114 años. Pero es que también se trata de hablar de la masacre previa a esa buena noticia. El 12 de septiembre de 1909, el alemán Fritz Hoffman patentó lo que él llamó procedimiento para la fabricación de caucho artificial. Y bendito invento. Bendito invento. Hace unos meses hablábamos del exterminio de 10 millones, millones de congoleños y otros tantos, miles y miles torturados y mutilados por no cumplir con las cuotas de extracción o de recolección de caucho y otros materiales que engordaron la buchaca del rey de los belgas, Leopoldo II. Pero es que el Congo no fue el único lugar ensangrentado por la extracción del caucho natural. En Brasil y en Perú, en la zona amazónica, en toda la selva que rodea las ciudades de Iquitos y Manaos, se desató una fiebre por el caucho, por por el oro blanco que llamaban en Europa, por la leche maldita para enriquecimiento de un puñado de familias que fue absolutamente alucinante. Julio César Arana fue el principal magnate y mangante del caucho. Un empresario y político peruano que hizo su fortuna tonelada a tonelada de caucho natural. Pero detrás de cada tonelada extraída se contaban 10 nativos muertos. Se calcula que que los capataces, los negreros de látigo a las órdenes de arana, asesinaron a 40.000 indígenas. El descubrimiento del caucho sintético por parte del químico Hoffman vino a salvar la producción en plenas ansias de una industria que reclamaba caucho para todo. Pero sobre todo, y esta es la buena noticia, vino a salvar la vida de miles de nativos de la Amazonía.
A
Oye, Nieve, si te parece, vamos a los orígenes, al comienzo, de dónde se extrae el caucho, desde cuándo se conoce y cuándo empezó la demanda. Esta loca.
B
Sí, se nos fue la pinza. Bueno, se conoce desde hace mucho. El caucho natural, el látex. Sí. No es otra cosa que la savia de determinados árboles que crecían solo en la Amazonia. Los nativos lo llamaban el árbol de las lágrimas blancas porque destila una leche muy blanca. Cuando lo hieres, cuando haces una incisión en la corteza, se hacía un corte. Aún se hace. Se hace un corte, se pone un recipiente debajo y se recoge la savia. Luego esa savia se solidificaba y se convertía en un material elástico, en un material flexible. Claro. Cuando llegan los españoles allí a América, se fijan en que los nativos de aquella zona jugaban a una cosa que los europeos creen que han inventado el fútbol. Pues no. Bueno, pues los nativos de aquella jugaban a una cosa que consistía en lanzar una pelotita para meterla por el hueco entre dos piedras. La pelotita daba unos saltos absolutamente endemoniados cada vez que rebotaba la piedra. Si no la metías por el agujero, pues rebotaba solo. Eran bolas de caucho que botaban muchísimo. Pero a los españoles les pareció que eran artilugios poseídos por espíritus malignos. ¿Esto cómo se puede mover tanto? Hasta que se lo explicaron los nativos. Los nativos americanos llevaban usando el caucho para sellar vasijas, para hacerse pelotas para jugar o como pegamento para el calzado. Mucho antes de que aparecieran por allí los civilizados europeos, que al principio la verdad es que no mostraron mucho interés por esa cosa pringosa, por el caucho pringoso. Pero cuatro siglos después la cosa cambió. A mediados del siglo XIX llegó el señor Carlitos Gugier, que descubrió cómo sacar partido al látex natural haciéndolo indeformable y muy resistente. Y ahí la pifió.
A
Claro, ahí se entiende que una de las más famosas marcas de neumáticos acabara llevando el nombre de Goodyear. No es una casualidad ni mucho menos.
B
Que se sepa que antes de ser una rueda fue un señor.
A
¿Y por qué dices que la pifió?
B
Pues, porque. A ver, este hombre murió arruinado y cabreado defendiendo su patente. El nombre es lo único que se llevó por delante. Porque si al descubrimiento de Gudjer, que encima fue de chiripa, fue una serendipia, una de las serendipias más famosas, añades que otro señor llamado Dunlop inventó el neumático y otro llamado Ford se puso a fabricar coches en cadena. Ahí tenemos la tormenta perfecta. Por eso digo que la pifió. Maldito sea el tal Gudjer, pensaron los nativos. De entrada, el árbol del caucho era un tesoro. Al principio estaba prohibido sacar semillas de América. Era tal valor lo que tenía aquello que estaba prohibidísimo sacar semillas de América para que la Amazonas tuviera la exclusiva de la producción. Los británicos, como no, qué raro, Consiguieron robar semillas y plantaron árboles por Ceilán, por el sudeste asiático y por el África subsahariana. Con esos árboles pasó. Bueno, mucha gente puede que se lo recuerde, como con las plantaciones de palma para sacar el aceite, el maldito aceite de palma, por el que se han deforestado zonas medioambientalmente muy ricas para crear extensísimas plantaciones que ahora muchos productos especifican en las etiquetas. No, no, us. Nosotros no usamos aceite de palma. Sí, claro, ahora. Pero habéis estado usándolo cuando se ha acabado ya con ecosistemas que han puesto en peligro casi a 200 especies. Bueno, pues eso ocurrió con el árbol del caucho, que se crearon extensísimas plantaciones. Y en este caso, las especies en peligro de extinción fueron los nativos de la Amazonia y los congoleños por la fiebre del caucho del hombre blanco, que reclamaba cantidades ingentes, tremendas para la industria sin reparar los millones de muertos que la recolección iba dejando detrás.
A
Me estoy acordando de lo que contaste hace un tiempo de las consecuencias que tuvo en el Congo la recolección del caucho. Imagino que las condiciones de trabajo de los otros, de los nativos de la Amazonia, tampoco serían mucho mejores.
B
Madre mía. Pues lo del Congo fue tremendo. Yo no sé ni cómo se puede calificar esto. Mejor voy a leer unas líneas de un artículo que se escribió entonces, un artículo titulado El paraíso del diablo, que escribió un ingeniero estadounidense, se llamaba Walter Hardenburg, que fue testigo de lo que hacían los capataces de las plantaciones de caucho del tal julio César Arana. Y de verdad que la descripción no es para oídos sensibles. Escribió este los agentes de la compañía fuerzan a los pacíficos indígenas del Putumayo a trabajar día y noche sin la más mínima remuneración, exceptuando los alimentos necesarios para mantenerlos con vida. Les roban sus cultivos, sus mujeres y sus hijos, los azotan inhumanamente hasta dejarles los huesos al aire. Dejan que se mueran comidos por los gusanos cuando no sirven como comida para perros, toman a sus hijos por los pies y estampan sus cabezas contra árboles y paredes hasta que sus cerebros salen volando. Fin de la primera cita. Tú fíjate que sin conocerse, los hombres a sueldo del rey de los belgas Leopoldo II y los del empresario peruano, unos en el Congo y otros en la Amazonia, utilizaban los mismos mé torturar, mutilar y matar a los hijos de los recolectores de caucho si estos recolectores se negaban a trabajar o si no cumplían con las cuotas que se les exigían, si no recolectaban lo necesario. Y escribía también este estadounidense en su artí hombres, mujeres y niños son usados como dianas de tiro por diversión y a veces les queman con para fina para que los empleados disfruten con su desesperada agonía.
A
Hay que ser animal.
B
De verdad que yo no sé de qué está hecho el ser humano. No lo sé. Los fabuladores por ahí dicen que Dios los hizo a imagen y semejanza suya. Pues así lo llevan claro. De todo esto tuvieron noticias en el Parlamento de Londres y fue el Ministerio de Exteriores, el Foreign Office, el que abrió una investigación.
A
¿Por qué llega el caso Reino Unido? ¿Qué tenían que ver estos en el asunto?
B
Pues porque la empresa del canalla este de la Arana, la Peruvian Amazon Rubber Company, estaba constituida en Londres, estaba constituida allí. Por eso abren allí la investigación. Rubber, escritor Ruber es como llaman los british al caucho. Es que rubber significa goma. Que es la goma de borrar. La goma de esta que borra lo del lápiz. Por algo lo inventaron allí. Bueno, pues un británico lo descubrió. Se comprobó que todo era cierto, todas esas denuncias. Que en la Amazonia se estaba llevando a cabo un exterminio de nativos. Y el que lo comprobó le sonará a mucha gente que haya leído el libro de Vargas Llosa, El sueño del ceño.
A
Yo lo he leído.
B
Pues te sonará todo esto. Era Roger Casmen, el embajador británico en Brasil. Que es el mismo tipo que hizo el detallado y crudo informe sobre la matanza de congoleños. Es el mismo. Fue el que consiguió que finalmente la comunidad internacional se revolviera contra el rey Leopoldo II. Y leo a renunciar al Congo como propiedad privada. Ayer, recuerdo, hablábamos del cachondeo que es la justicia en general. Porque por cada desfavorecido que consigue reparación, nueve poderosos se van de rositas casi siempre. El Tribunal Supremo británico, tras todas estas denuncias de las que estamos hablando, en 1913, se han cumplido 100 años, cerró la empresa de Arana, la Peruvian Company, ésta. Pero eso no le hizo ni cosquillas. No lo juzgó por sus crímenes, no lo condenó. Y gracias a su inmensa fortuna llegó a ser senador en Perú. Ahí lo tienes. Es alucinante. Con 40.000 nativos muertos a sus espaldas. Porque el caucho se volvió imprescindible para el progreso industrial del hombre blanco.
A
Oye, y una ¿Había más empresarios dedicados a la extracción de caucho en la Amazonia o Arana tenía la exclusiva?
B
No hubo más. Pero este era famoso. Otro asquerosamente famoso también fue Carlos Fermín Fitzcarral, Que quizás también a alguien le suene la película Fitzcarraldo. Estaba protagonizada por Klaus Kinski. Ahí se cuenta parte de esta masacre indígena y cómo se les fue la cabeza a las familias que se enriquecieron.
A
Totalmente con el caucho.
B
Es que no sabían ni cómo gastar el dinero. Era decir ¿Qué hacemos con esto? A Manaos la llamaban el París de los trópicos. Iquitos, que era la otra ciudad que concentraba el comercio. Caucheros. Aquello era un despiporre de lujos casi indescriptible. Teatros y mansiones. Allí los teatros se hacían y las casas se hacían con mármol de Carrara, aparte de todo lo que costaba llevar esto hasta allí. Cristal de Murano. Hay un teatro en Iquitos que es alucinante, de terciopelo, con lámparas impresionantes. Allí se gastaban los vinos más caros. Lo más selecto y costoso del primer mundo. Lo disfrut. Disfrutaban unos pocos en plena selva del Amazonas que el hombre blanco dejó ensangrentada. Y allí además, fue la primera ciudad de América la que llegó la luz eléctrica de América del Sur, quiero decir. El químico Fritz Hoffman salvó la insaciable demanda de la industria con el descubrimiento del caucho sintético. Menos mal. Pero es que mira, por ahí hay pelotas de golf, de tenis, la suela de todas las deportivas, los pañales, los preservativos, los guantes, los chubasqueros, las carcasas de los móviles. Es que mires donde mires, hay cauchos sintético y caucho también natural. Cada año se consumen 14 millones de toneladas de caucho sintético y 12 millones del natural. El mundo ahora mismo se pararía sin el caucho. Y puede que Hoffman nunca llegara a ser consciente de las miles y miles de vidas que salvó.
A
Vaya historión, Nieves. Terrible, pero historión.
B
Hay que conocerlo.
A
Sí, sí, sí. Hay que contarlo. Tienes toda la razón.
B
Lo que hemos hecho.
A
Tienes toda la razón. Son las siete y veinte. Mañana más.
B
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Podcast Summary: "Acontece que no es poco | Hoffmann y el bendito invento del caucho artificial"
Host: Nieves Concostrina (SER Podcast)
Date: September 12, 2023
This episode of "Acontece que no es poco," hosted by Nieves Concostrina, delves into the history of rubber—specifically, the shift from natural rubber, linked to immense violence and exploitation, to the lifesaving invention of synthetic rubber by German chemist Fritz Hoffmann in 1909. The episode combines a historical narrative with Concostrina’s signature sharp wit, denouncing the brutality behind industrial progress and celebrating pivotal scientific discovery as a force for good.
On economic interests overpowering ethics:
"Cuando se ponen por delante los intereses económicos, ahí estamos jodidos. Pero del todo." (Nieves, 00:34)
On the scale of the Amazonian massacre:
"Se calcula que los capataces... asesinaron a 40,000 indígenas." (Nieves, 02:54)
Walter Hardenburg’s firsthand account:
"Toman a sus hijos por los pies y estampan sus cabezas contra árboles y paredes hasta que sus cerebros salen volando." (08:52)
On judicial impunity:
"No lo juzgó por sus crímenes, no lo condenó. Y gracias a su inmensa fortuna llegó a ser senador en Perú. Ahí lo tienes. Es alucinante." (Nieves, 11:41)
On the transformative impact of synthetic rubber:
"El mundo ahora mismo se pararía sin el caucho. Y puede que Hoffmann nunca llegara a ser consciente de las miles y miles de vidas que salvó." (14:17)
The episode is rich in historical context and social critique, marked by Nieves Concostrina’s characteristic blend of indignation, irony, and accessible storytelling. She alternates between sharp denunciations of colonial and corporate brutality and moments of dry humor ("Que se sepa que antes de ser una rueda fue un señor."). The tone is direct and unflinching, especially when recounting acts of violence, but always in service of opening listeners’ eyes to the hidden costs behind everyday conveniences.
Summary Conclusion
This episode lays bare the blood-soaked origins of one of modern industry’s most essential materials, condemns the impunity of those who profited, and ultimately celebrates the scientific breakthrough that helped end a human tragedy. It’s a powerful, necessary listen for anyone seeking to understand the true history behind something as mundane—as indispensable—as rubber.