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Ciertamente, la Eucaristía, para la fe, es un misterio de intimidad. El Señor instituyó el sacramento en el Cenáculo, rodeado por su nueva familia, por los doce Apóstoles, prefiguración y anticipación de la Iglesia de todos los tiempos. Por eso, en la liturgia de la Iglesia antigua, la distribución de la santa comunión se introducía con las palabras: Sancta sanctis, el don santo está destinado a quienes han sido santificados. De este modo, se respondía a la exhortación de san Pablo a los Corintios: "Examínese, pues, cada cual, y coma así este pan y beba de este cáliz" (1 Co 11, 28). Sin embargo, partiendo de esta intimidad, que es don personalísimo del Señor, la fuerza del sacramento de la Eucaristía va más allá de las paredes de nuestras iglesias. En este sacramento el Señor está siempre en camino hacia el mundo. Este aspecto universal de la presencia eucarística se aprecia en la procesión de nuestra fiesta. Llevamos a Cristo, presente en la figura del pan, por los calles de nuestra ciudad. Encomendamos estas calles, estas casas, nuestra vida diaria, a su bondad.

Bendecir –entendida esta palabra en su sentido más profundo- sólo puede hacerlo quien puede crear. Sólo Dios puede bendecir. Al bendecir Dios contempla su creación y la llama por su nombre. Su amor todopoderoso se dirige al corazón y al núcleo esencial de la criatura. De la mano de Dios fluye a raudales la fuerza santa y buena que hace crecer. Sólo Dios puede bendecir, pues bendecir es disponer sobre lo que es y actúa; es una palabra enérgica del Señor de la creación, aprobación y promesa del Señor de la Providencia. (...)

Siendo la Eucaristía cumbre y fuente de la vida cristiana, no es raro que los últimos Papas hayan dicho que es también “forma de la vida cristiana”. ¿Qué quiere decir esto? Que el modo de ser de Jesús Eucaristía define, de manera esencial, la existencia de sus discípulos. Que la santidad cristiana consiste en eso: parecernos, imitar, reproducir, encarnar, los sentimientos de Jesús en este Sacramento. Hemos dicho ya varias cosas, pero podemos precisar al menos una idea central.

Pero hay aún dos aspectos del misterio de María que se vinculan directamente con la Eucaristía, y los podemos relacionar ahora ya con el momento de la despedida-misión. Luego de la Encarnación, la Virgen sale, presurosa, hacia la montaña de Judá, a la casa de Isabel. Llevaba en sus entrañas el Tesoro más grandioso de la Historia, la Salvación esperada desde el inicio del mundo, la Respuesta a todas las preguntas que los hombres se han hecho por siglos. Pero nadie lo sabía. Ella caminaba rápido, dispuesta a cumplir una misión, que había intuido en las palabras del Ángel: “también tu pariente Isabel concibió un hijo...”

En los cancioneros que de nuestras parroquias hay siempre algunas secciones: entrada, ofrendas, comunión... Una de ellas dice “despedida”, y sin embargo, no es frecuente que se canten esos cantos. Es una arraigada tradición que el canto final de la Santa Misa se realice en honor de la Virgen Santísima. ¿Es bueno esto, o es una desviación popular? ¿Podemos encontrar algunas relaciones entre María y la Misa? Es evidente que Sí, por su gran y perpetuo Sí. “Sí” es, en el fondo, la pequeña Palabra que María pronunció siempre, con diferentes versiones. En ese “Sí” de María están sintetizadas todas las actitudes que los cristianos y la Iglesia en su conjunto deben intentar vivir en cada celebración eucarística.

Así suenan en latín las palabras con las que el sacerdote despide a los fieles. Estas palabras, traducidas literalmente, significan sencillamente “Vayan, ya terminó”. Parece ser que en la Antigüedad se usaban para disolver cualquier asamblea de personas reunidas. Pero en el uso cristiano, poco a poco, se fue asociando el “missa” con la “missio” de la Iglesia. Más que palabras de despedida, esta fórmula es un mandato misionero. Así como al finalizar su tiempo entre nosotros, y antes de volver al Padre, Jesús deja a la Iglesia la tarea de la Misión, así también, al finalizar la Eucaristía, el sacerdote, en nombre de Cristo, nos envía al mundo. “La misa acaba, comienza la misión”, dice un canto.

Como sacerdote, desde la sede o desde el altar, tengo oportunidad de ver algunas cosas que a los fieles se les pueden pasar desapercibidas. Una de las que no querría ver -pero está ahí, patente- es una especie de carrera eclesiástica. Y no me refiero a lo que el Papa llama “carrerismo” (el afán de ocupar puestos cada vez más importantes en la Iglesia) sino a esa especie de carrera que para muchos cristianos comienza cuando el sacerdote da la bendición, o incluso antes. Como si en lugar de decir “Los bendiga Dios...” dijera: “en sus marcas, listos... ¡ya!”.

Del corazón de Cristo, de su «oración eucarística» en la víspera de la pasión, brota el dinamismo que transforma la realidad en sus dimensiones cósmica, humana e histórica. Todo viene de Dios, de la omnipotencia de su Amor uno y trino, encarnada en Jesús. En este Amor está inmerso el corazón de Cristo; por esta razón él sabe dar gracias y alabar a Dios incluso ante la traición y la violencia, y de esta forma cambia las cosas, las personas y el mundo. (...)

El gran Dios, el que existía ayer tanto como hoy y durante cientos y miles de años, porque Él es eterno. El que gobierna esta habitación y la ciudad, el amplio mundo y el espacio estelar inconmensurablemente. Todo es ante Él como un corpúsculo. El Dios santo, puro, justo y de majestad infinita. ¡Cuán grande es!

Esas palabras escuchó, perplejo y confundido, el pequeño Zaqueo. No podía creer que Él, el taumaturgo de Galilea, de quién había oído decir tantas cosas increíbles, lo mirara y ¡le hablara! Y se invitara a entrar en esa casa depreciada por los justos de la época. Esas palabras te dice Jesús, en cada Misa: “hoy quiero alojarme en tu casa... quiero entrar en tu cuerpo... quiero ir a tu corazón” El mismo asombro y confusión, la misma inmensa alegría que Zaqueo deberían invadirte cada vez -¡cada vez- cuando se acerca el momento de la comunión. ¡Él! ¡Él! quiere alojarse en ti. Nunca lo comprenderás del todo -ni siquiera en el Cielo-, pero ¡nunca te acostumbres!, ¡nunca!