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El gran problema que enfrentamos en la actualidad es que muchos quieren vivir una vida firme, victoriosa y estable, con una mente descuidada. Quieren estabilidad espiritual, per sin tener profundidad en la Palabra. Pero eso no es posible. Eso es como construir un castillo de arena junto a las olas del mar: en cuanto suba la marea, todo se desmoronará.

Nadie se aparta de Dios de un día para otro. Siempre hay un proceso. Siempre hay un descenso silencioso, un camino descendente. Y por eso este versículo no es solo una advertencia para todos nosotros, sino que es una invitación. Es un llamado a cuidar lo que escuchamos, lo que permitimos en nuestra mente, lo que comenzamos a tolerar.

La historia de la fe está llena de hombres y mujeres que eligieron la fidelidad por encima de la comodidad. No porque su camino fuera fácil, sino porque entendieron que nada en este mundo es más valioso que permanecer firmes en Dios.

El mundo necesita personas que no solo hablen de paz, sino que la construyan. Personas que no solo eviten conflictos, sino que trabajen para restaurar lo que está roto. Personas que reflejen a Dios en la manera en la que aman, perdonan y buscan reconciliar.

El problema es que un corazón impuro no puede ver con claridad. Así como un vidrio sucio distorsiona lo que está del otro lado, un corazón lleno de impureza, de doble intención, de pecado no tratado, distorsiona nuestra percepción de Dios.

Recuerda esto: un corazón que no perdona, que guarda rencor, que vive endurecido, es un corazón que aún no ha comprendido la profundidad de la gracia. Te pido que no vivas así.

Si hasta el día de hoy hemos estado rindiendo nuestros deseos a cosas vanas, cosas superficiales o sin sentido, Dios nos llama a hacer un cambio de vida. Y no hay forma de empezar a sentir verdadera hambre de Dios, si primero no estamos vacíos. Es decir, tenemos que cortar el suministro de aquellas cosas que nos hacen sentir llenos.

La mansedumbre no significa que no tengas carácter, significa que tu carácter está bajo el control de Dios. No significa que no puedas hablar, sino que sabes cuándo y cómo hacerlo. No significa que no tengas sentimientos, sino que no eres gobernado por tus impulsos. Es una vida que ya no reacciona, sino que responde.

Aunque esta bienaventuranza parece una contradicción, en realidad no lo es. El quebranto, las lágrimas de arrepentimiento y búsqueda de Dios, en realidad, son el camino a la paz. El reconocer nuestra debilidad y confesar nuestros pecados ante Dios, es el camino al consuelo que viene de Dios.

El evangelio no es para los que creen que pueden, sino para los que saben que no pueden. No es para los autosuficientes, sino para los que están dispuestos a depender de Dios. No es para los que están llenos, sino para los que reconocen su vacío espiritual.