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La parábola del hijo pródigo revela el corazón del hombre, pero sobre todo revela el corazón del Padre. Un Padre que permite la libertad, que espera con paciencia, que corre con compasión y que restaura con generosidad. Un Padre cuya casa no es una prisión, sino un hogar.

La adoración familiar, el ensayar en casa las verdades de Dios, es el mejor lugar en donde nuestros hijos podrán aprender a amar a Dios. Los buenos maestros de la iglesia pueden ser de mucha ayuda en esta labor, pero la responsabilidad principal recae sobre los padres.