Beatriz (10:10)
Para mi registro, si es que esto sirve de algo, llego al departamento de Gaspar Marín y me está esperando. Me dice que recibió un nuevo mensaje. Un código numérico que la computadora procesó durante meses y que arrojó un texto. Una noticia. Una noticia del futuro. Una mala noticia. La gente no debe saber nada del futuro. Nada. El viajero siempre debe modificar y desaparecer. Yo lo sabía. Yo violé esa regla. Yo modifiqué todo. María Beitía. Creí haberla convencido de que nunca tomara un vuelo en el 2022. Lo juró. Por supuesto. Y le creí. Lo tomó todo tan naturalmente como Vicente. Como si se tratara de un plan natural. Pero la sombra de Pegaso en su cuerpo conformó un miedo. Ese miedo conformó un plan y ese plan conformó un movimiento. María Beitía supo del futuro y lo modificó, Sí, pero de otra manera. Gaspar me lo leyó. LA MALA noticia del futuro 12 de noviembre del 2019. Un grupo de jóvenes turistas llega al mercado mayorista de mariscos de Wanan, en Wuhan, donde trabajan unas 1.100 personas que venden verduras, carnes, pescados y todo tipo de animales vivos, domésticos y salvajes. Los turistas resultan ser activistas chinos, franceses y latinos que se amarran en uno de los puestos y gritan que los animales deben ser liberados. María Beitía, la supuesta líder del grupo animalista, muestra un letrero en chino que dice que han contaminado con antrax uno de los 600 puestos. El equipo antiterrorista chino los detiene y el mercado se cierra por un mes. Su idea estaba bien. Generar un caos y cerrar el mercado y así evitar el foco principal de Covid-19. Y tenía razón. Por miedo al ántrax, que nunca existió, por supuesto, se cerró el mercado se desalojó, se sanitizó. Todos los ojos se pusieron ahí. El gran foco de inicio de la primera pandemia se interrumpió. Eso, que debería ser una buena noticia, no lo fue en el dibujo completo. Parece ser que sin la pandemia, la humanidad siguió en la euforia predadora y contaminante que llevaba desde hace muchos años, mucho antes del 2019. Sin el freno de reflexión de la pandemia, la Tierra terminó su ciclo de desgaste y cambio climático. Mucho incendios, huracanes, sequías, migrantes, estallidos sociales, miedo. Y la solución de los líderes, la de siempre. Guerras. Y parece que alguien apretó el botón rojo más sombrío de lo habitual. Gaspar Marín me leyó la última noticia adjunta en el 6 de marzo del 2039. No existe un lugar donde esconderse en una guerra nuclear. La nube radiactiva llevada por los vientos dará la vuelta al mundo en 32 días. Las precipitaciones harán el resto. Contaminarán el suelo y el agua. Extinción masiva del Holoceno. Es paradójico que el fin del mundo siempre lo genere a la misma persona. Una persona con un solo movimiento. En este caso, María Beitía nuevamente fue el arma. Y yo, Yo apreté el gatillo. Dejé a Gaspar Marín abrumado en su departamento. Nos despedimos con un abrazo. Ambos suponemos que no volveremos a vernos. Ambos sabemos, sí, que estamos en una línea que no va a ninguna parte. Una línea moribunda. Quizás en otro lugar, Yo otra yo. Lo hacía bien. Lo hace bien. Pero no aquí. No ahora. Antes de irme, le pedí a Gaspar el pasaporte y la identificación de Emilia Sanz. Mi identidad falsa. Me la dio y deslizó en medio del pasaporte un papel que escribió a mano. Me dijo que memorizara ese número, que debía ser importante porque era parte de la información que acababa de llegar desde lejos. Y luego, como si leyera mi mente, me dijo que no fuera a ver a Vicente. No podrás escapar de tu futuro, me dijo. Aún puedes hacer un último intento. Consigue que internen a María. No dejes que tus emociones te confundan. María es la importante, no Vicente. Le respondí que no destruiría una vida. Le respondí que no tenía un plan, que solo sabía que yo amaba a ese hombre y que él me amaba también. No sé cuántas veces ha ocurrido esto, Gaspar, pero voy a ser feliz. Luego hubo un pequeño silencio y finalmente terminó por decir casi cuando ya no lo podía escuchar. Revisa esos números. Deben significar algo. Ya no tienes tiempo. No podrás escapar a tu futuro. Me detuve la escalera, miré hacia arriba y no tuve que pensar mi respuesta y mi voz tenía la fuerza de muchas voces al mismo tiempo. Claro que puedo hacerlo. Ya lo hice una vez. Si crees que le tengo miedo al futuro, no me conoces.