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Hoy en día, nuestra cultura evangélica se ha vuelto colérica e intolerante. Con frecuencia nos herimos unos a otros y, en nuestro celo desmedido, caemos en discusiones infantiles cargadas de amargura y odio hacia nuestros semejantes. La realidad es que, si no somos capaces de escuchar una idea contraria sin ofendernos, sin juzgar, y sin recurrir a etiquetas fáciles para defendernos, es porque aún somos como niños inmaduros, incapaces de tener ideas y convicciones espirituales propias. Recordemos que Dios nos ha llamado a aborrecer el pecado, pero nunca a dejar de amar al pecador.

La presencia de Dios ya no habita en un tabernáculo en el Sinaí ni en un templo en Jerusalén. En lugar de eso, Dios ha elegido morar en una famlia común, en personas tercas y fallidas; en gente como tú y como yo. Recordemos que Él prefirió escribir la misión de su evangelio sobre la arena, y por eso optó por confiar en nosotros para propagar el mensaje de las buenas nuevas. El Señor nos escogió, no por nuestra perfección, sino a pesar de nuestras limitaciones. Y cuando no tengamos todas las respuestas, cuando la duda nos alcance y las palabras no sean suficientes, bastará con decir: “No sé, sólo puedo decir que era ciego y ahora veo”.

En lugar de ser “la sal de la Tierra y la luz del mundo”, en ocasiones terminamos viviendo como en un “invernadero controlado”, movidos por el temor a contaminarnos con quienes no comparten nuestra fe. Sin darnos cuenta, nos apartamos del mundo y nos aislamos en nuestro refugio del miedo. Sin embargo, si no somos capaces de amar a todas las personas, debemos preguntarnos si en realidad hemos comprendido el evangelio de Jesús, quien no dudó en acercarse a los pecadores. Recordemos que hemos sido llamados a usar las «armas de la gracia» para tratar con amor y respeto incluso a quienes piensan distinto o se oponen a nosotros.

Pocas personas en la historia han tenido éxito al llevar la búsqueda de satisfacción personal hasta sus últimas consecuencias. La realidad es que ni la fama, ni las riquezas, ni las adicciones, ni el sexo conducen a una vida verdaderamente feliz. Recordemos que sólo tenemos una oportunidad en esta vida, no hay ensayos. Estamos de paso, y algún día nos iremos. Construyamos nuestros castillos de arena con corazón de niño, para que, cuando la marea suba y se los lleve, podamos tomar la mano de nuestro Padre e irnos felices a casa.

A veces, caminamos de prisa rumbo a la iglesia para asistir a la reunión, cumplir con el ritual, recitar nuestro credo y dar nuestra ofrenda; pero nos olvidamos de aquel al que vimos sufrir en el camino. Nuestros ojos dejan de ver al necesitado porque están ocupados contando hierbitas. Recordemos que la misericordia es el epicentro del mensaje divino. Unas manos sucias por ayudar al prójimo son la mejor ofrenda para el Señor. ¡El verdadero servicio a Dios ocurre al borde del camino y no dentro de las paredes de la iglesia!

Nuestro Padre busca adoradores que le adoren en espíritu y verdad; sin embargo, en ocasiones no le damos atención al espíritu porque estamos distraídos con nuestras emociones y sentimientos. Con frecuencia somos presa del cansancio, las preocupaciones, los temores, o las costumbres religiosas y culturales. Pero un espíritu bien alimentado, le da órdenes al cuerpo y al alma. Recuerda que el Señor es paciente y quiere acercarse a nosotros. Seamos creyentes dirigidos no por el cuerpo ni por el alma, sino por el espíritu en comunión con el Espíritu Santo.

Tu domingo de resurrección está más cerca de lo que imaginas. Mientras tanto, permanece fiel en tu sábado, recordando cuál fue tu “última orden”. Aférrate a esa palabra y no te muevas de ahí. Haz tuya la declaración del rey Leónidas y sus espartanos: “Aquí morimos, obedientes a una última orden". No importa la incertidumbre. Dios no siempre nos revela el proceso, pero siempre cumple Su propósito. Tú sólo tienes que resistir en fe, sabiendo que, a Su tiempo, llegará tu domingo de resurrección.

¿Te imaginas qué habrías hecho si hubieras formado parte de la multitud que clamaba y adoraba a Jesús el Domingo de Ramos? Todos, en algún momento, podemos ser como esos “fanáticos de un solo día”: personas que arrojaron palmas al paso de Jesús, esperando que Él hiciera lo que ellos querían, cuando y como ellos querían, y que, una semana después, desearon su muerte en la cruz. Un mensaje para reflexionar y tomar la decisión de llevar nuestra cruz y seguir al Señor, incluso en los momentos difíciles, cuando aún no hemos recibido Su respuesta.

Tanto en la iglesia como en la vida, podemos tener una gran actividad, pero poco crecimiento y movimiento espiritual. Sin una visión clara, terminamos a la deriva y nuestra motivación disminuye. El querer hacer todo, termina sofocando y estrangulando nuestro tiempo. Por eso, es fundamental reconocer que no todo tiene la misma importancia y enfocarnos en lo que realmente importa. Debemos aprender a simplificar nuestra vida, para dirigir nuestro corazón, nuestras energías, nuestro tiempo y nuestros recursos hacia quienes aún no tienen a Cristo. Esa es la mejor manera de alinear lo que hacemos con aquello que Dios quiere que hagamos.

Nuestra vida suele avanzar en la dirección de nuestros pensamientos más dominantes, ya sean positivos o negativos. Cuando nuestro diálogo interior se llena de negatividad, poco a poco puede convertirse en la raíz de conflictos emocionales, sociales y hasta conductuales. Pero Dios nos ha dado una herramienta poderosa para enfrentar esa negatividad: la capacidad de elegir lo que pensamos. Si llenamos nuestra mente con pensamientos que nos acerquen al Señor, podremos formar nuevos patrones mentales que transformen nuestro diálogo interior y renueven nuestra manera de vivir. ¡Un mensaje poderoso!