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La depresión no tiene por qué aplastarnos ni dominarnos. Si estamos sumidos en la oscuridad de la desesperación o al borde del agotamiento, escuchemos con atención: puede que oigamos a Dios llamándonos con un susurro para rescatarnos del pozo; no estamos condenados a quedarnos allí. Necesitamos abrir nuestro corazón para experimentar otra vez Su Presencia y permitir que Su Palabra renueve nuestra alma cansada. Recordemos que el Señor nos ama y le fascina restaurar a quienes tienen la mente quebrantada.

Nínive es el lugar al que Dios nos llama y al que no queremos ir. Es una asignación difícil en la que el Señor tratará con nuestro carácter. Podemos ir directamente a Nínive, o podemos dejar que sea Él quien nos lleve hasta allí, pagando un precio. Recuerda que Jonás eligió ir a Tarsis y fue tragado por una ballena que lo regresó a su camino a Nínive. Nuestra rebeldía nunca hará que Dios modifique Su plan para nosotros. Él quiere ahorrarnos el precio del pasaje, el millaje extra. Procuremos entonces obedecerle de inmediato, sin reservas, para no alejarnos de Su favor ni de Su cobertura.

La doctrina externa no altera lo interno; nuevos hábitos no hacen nueva al alma. No se puede hacer de un gato un camarero. Si queremos cambiar de verdad, debemos nacer de nuevo, fortalecidos en el extraordinario amor de ‘cisne negro’ de Jesús. Dejemos de comportarnos, ante los abatares de la vida, como torpes colibríes que revolotean y chocan contra el cristal de una ventana buscando escapar, ignorando que Dios solo quiere guiarnos hacia la salida. ¡Un mensaje para atesorar!


El centro de la vida cristiana debe ser el hogar, no nuestras organizaciones religiosas ni los sistemas eclesiásticos. Sin embargo, la mayoría de los cristianos aprende sólo de los libros de la Biblia, olvidando que conocer al Jesús “del burrito”, no es conocer a Cristo. Los evangelios son apenas el punto de partida de una relación dinámica y orgánica con el Señor. Hoy necesitamos una nueva generación de cristianos que entienda que la Iglesia gira alrededor de una Persona: un Cristo vivo. ¡Él vive dentro de nosotros! Un mensaje confrontador.

Hoy en día, nuestra cultura evangélica se ha vuelto colérica e intolerante. Con frecuencia nos herimos unos a otros y, en nuestro celo desmedido, caemos en discusiones infantiles cargadas de amargura y odio hacia nuestros semejantes. La realidad es que, si no somos capaces de escuchar una idea contraria sin ofendernos, sin juzgar, y sin recurrir a etiquetas fáciles para defendernos, es porque aún somos como niños inmaduros, incapaces de tener ideas y convicciones espirituales propias. Recordemos que Dios nos ha llamado a aborrecer el pecado, pero nunca a dejar de amar al pecador.

La presencia de Dios ya no habita en un tabernáculo en el Sinaí ni en un templo en Jerusalén. En lugar de eso, Dios ha elegido morar en una famlia común, en personas tercas y fallidas; en gente como tú y como yo. Recordemos que Él prefirió escribir la misión de su evangelio sobre la arena, y por eso optó por confiar en nosotros para propagar el mensaje de las buenas nuevas. El Señor nos escogió, no por nuestra perfección, sino a pesar de nuestras limitaciones. Y cuando no tengamos todas las respuestas, cuando la duda nos alcance y las palabras no sean suficientes, bastará con decir: “No sé, sólo puedo decir que era ciego y ahora veo”.

En lugar de ser “la sal de la Tierra y la luz del mundo”, en ocasiones terminamos viviendo como en un “invernadero controlado”, movidos por el temor a contaminarnos con quienes no comparten nuestra fe. Sin darnos cuenta, nos apartamos del mundo y nos aislamos en nuestro refugio del miedo. Sin embargo, si no somos capaces de amar a todas las personas, debemos preguntarnos si en realidad hemos comprendido el evangelio de Jesús, quien no dudó en acercarse a los pecadores. Recordemos que hemos sido llamados a usar las «armas de la gracia» para tratar con amor y respeto incluso a quienes piensan distinto o se oponen a nosotros.

Pocas personas en la historia han tenido éxito al llevar la búsqueda de satisfacción personal hasta sus últimas consecuencias. La realidad es que ni la fama, ni las riquezas, ni las adicciones, ni el sexo conducen a una vida verdaderamente feliz. Recordemos que sólo tenemos una oportunidad en esta vida, no hay ensayos. Estamos de paso, y algún día nos iremos. Construyamos nuestros castillos de arena con corazón de niño, para que, cuando la marea suba y se los lleve, podamos tomar la mano de nuestro Padre e irnos felices a casa.

A veces, caminamos de prisa rumbo a la iglesia para asistir a la reunión, cumplir con el ritual, recitar nuestro credo y dar nuestra ofrenda; pero nos olvidamos de aquel al que vimos sufrir en el camino. Nuestros ojos dejan de ver al necesitado porque están ocupados contando hierbitas. Recordemos que la misericordia es el epicentro del mensaje divino. Unas manos sucias por ayudar al prójimo son la mejor ofrenda para el Señor. ¡El verdadero servicio a Dios ocurre al borde del camino y no dentro de las paredes de la iglesia!