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El rock sabemos que lo inventó una mujer negra y religiosa con el nombre de Rosetta Tharpe, mientras hacía giras por las hostiles zonas rurales de los Estados Unidos de América. Olga Iglesias Serrano es también una destructora de mitos y prejuicios así que hoy hablamos con ella sobre la escena cultural en Algeciras, el sexismo en el heavy metal de los 80 y otras odiseas de la escena rockera de Madrid. El rock definitivamente no es cosa de tíos, la iglesia no es tan enemiga del arte como se suele creer y definitivamente hay vida más allá de las grandes ciudades.

Crecí en una época en la que se decía que la ciencia era maravillosa [-hellip;] pero la contaminación se convirtió en un problema social. Tuvimos el caos del petróleo y a partir de ahí la gente comenzó a decir cosas diferentes dice Hideaki Anno (Prefectura de Yamaguchi, 1960) en una entrevista para la edición nipona de Popular Science. Y es esta misma ambivalencia del artista japonés frente al desarrollo científico la que guía su gran obra, Neon Genesis Evangelion (Gainax, 1995), la popular serie de anime que Netflix ha vuelto a emitir este verano tras duras negociaciones. Por medio de tópicos tan dispares como robots gigantes, sexualidad adolescente e imaginería judeocristiana, Anno y su equipo de otakus vuelve a plantearnos de forma extravagante la ambigua relación entre el hombre y la tecnología para hablarnos de relaciones rotas, la soledad y el sueño imposible de un nuevo comienzo.

Las teorías conspiratorias nos atraen porque nos hacen sentir importantes. Si los problemas que tenemos no son prueba de nuestra fragilidad e impotencia ante la vida, sino que somos víctimas de una trama oculta de grandes proporciones, no sólo nos sentimos menos solos, sino que en nuestra vanidad queremos encontrar significado a la banalidad del mal. La verdad es que este mundo caído no se mueve por la inteligencia del mal, sino por la necedad y el egoísmo de una sociedad fragmentada en que todos buscan su propio interés, como John Todd (1949–2007).

Cuarenta años después de la masacre de Jonestown es tiempo de sacar algunas conclusiones, para aprender de la Historia y no tener que repetirla. Eso decía irónicamente, la frase mal transcrita del filósofo madrileño Santayana, que tenía Jim Jones sobre su silla en la plataforma que había en Guyana, como vemos en las fotos de los más de novecientos cadáveres que rodeaban el pabellón. Tras esta extensa serie de artículos -ndash;la más larga que haya hecho hasta ahora, que comenzó con la recuperación de mi última operación y concluyo ahora con el preámbulo de la siguiente-ndash;, es hora de apuntar algunas lecciones de la historia del Templo del Pueblo.

¿Quién no se ha sentido alguna vez tan cansado de la vida, que quisiera morirse? Jim Jones repite una y otra vez estas palabras en la llamada cinta de la muerte, la grabación de la masacre ocurrida hace cuarenta años en Guyana. Aquel 18 de noviembre de 1978 no sólo murió el dirigente del Templo del Pueblo, sino novecientas personas con él. Se calcula que fue la mayor pérdida civil americana de vidas humanas por un acto deliberado, hasta los ataques del 11 de septiembre del 2001.

Amsterdam ha estado particularmente lluvioso este verano. Desde que estudié en este país, no había visto caer tanta agua a todas horas. Las masas de turistas que normalmente recorren la ciudad en estas fechas, buscan ahora refugio en los cafés alrededor de los canales y museos, que invitan a pasar Un verano con Rembrandt. Las celebraciones de su aniversario incluyen exposiciones en Ámsterdam y La Haya,

El hambre de poder que tenía Jim Jones le llevó a una inteligente política de adulación a las autoridades, por la que presentaba al Templo del Pueblo como una causa humanitaria independiente de cualquier partido. Si los cristianos hoy son conocidos por su agenda partidista de queja continua por una y otra cosa, Jones los felicitaba a todos, a pesar de tener una orientación política tan definida. La astucia y sutileza de este dirigente sectario contrasta con la torpeza que la mayoría de los evangélicos siguen mostrando frente al poder establecido.

¿Quién no ha tenido el deseo de huir a un lugar mejor? La historia del Templo del Pueblo es la búsqueda de la Tierra Prometida en este mundo. El itinerario que lleva a Jim Jones de Indiana a la Guayana pasa por dos lugares que conformaron su iglesia y personalidad, Brasil y California. Al primero llegó en medio de una crisis y en el segundo vivirá la expansión de su visión con el verano del amor en San Francisco, pero de eso hablaremos en el siguiente artículo. En esta entrega vemos su anhelo de un mundo mejor, pero también su duda en cómo llegar a él, por la entrega del sacrificio o la estrategia de la manipulación.

Hace cuarenta años de la masacre de Jonestown. El Templo del Pueblo fue una iglesia evangélica que se hizo conocida en San Francisco por unir la espiritualidad pentecostal con la integración racial y el compromiso social con los menos favorecidos. La pregunta de cómo Jim Jones (1931–1978) la logró convertir en una secta tan peligrosa ha intrigado a muchos desde entonces.

¿Qué hacemos cuando ocurre lo que más tememos? Todos tenemos miedos con los que convivimos, pero confiamos en que esas pesadillas nunca se hagan realidad. A veces, sin embargo, la vida te golpea con una realidad inesperada. Estos días no paro de pensar en una familia que ha perdido a su hija. Intento ponerme en su lugar e imaginar cómo se enfrenta uno a algo así. Las palabras de consuelo te suenan vacías. Y cualquier expresión de condolencia, inútil, ante un sufrimiento que parece intransferible.