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El increíble misterio del Castillo de CristalHay un lugar que casi nadie visita.No está escondido en una montaña ni detrás de una puerta antigua. Está dentro de ti.Las antiguas tradiciones cristianas enseñaban que el alma es como un castillo. Un lugar inmenso, lleno de habitaciones, donde en el centro arde una luz que nunca nació de nosotros. Esa luz es Dios, quien puso en nuestro corazón el deseo de toda belleza, toda verdad y toda bondad.En esta serie descubrirás que tu alma fue creada para responder a las mercedes de Dios: la música, la amistad, la belleza, el descanso, el amor, el trabajo, la alegría... Todo apunta hacia Él.Pero existe una ciudad que compite por tu corazón.La Biblia la llama Babilonia.Su mayor engaño no consiste en hacerte dejar de creer en Dios, sino en convencerte de que puedes encontrar fuera de Él aquello para lo que tu alma fue creada. Que la música puede sustituir la adoración. Que las fiestas pueden sustituir el gozo. Que el dinero puede sustituir la paz. Que el éxito puede sustituir el propósito. Que los placeres pueden sustituir la presencia de Dios.Cuando el alma comienza a buscar en la creación lo que sólo puede recibir del Creador, el castillo empieza a oscurecerse.Este podcast es una invitación a regresar al centro del castillo, donde sigue brillando la luz de Dios, esperando ser contemplada una vez más.Bienvenido a El increíble misterio del Castillo de Cristal.

Creer en Cristo no es aceptar una idea aislada ni abrazar una emoción momentánea; es someterse a una historia completa, a un Cristo que actúa, que irrumpe, que obra. El Credo no nos presenta a un Jesús estático, sino a un Cristo en movimiento, revelado a través de verbos que sostienen nuestra fe: concebido, nacido, padeció, fue crucificado, muerto, sepultado, descendió, resucitó, ascendió, está sentado, vendrá. Cada verbo es una puerta, y no puedes tomar uno sin atravesarlos todos. Porque si negamos su sufrimiento, vaciamos su amor; si negamos su resurrección, anulamos nuestra esperanza; si negamos su venida, deshacemos nuestro futuro.Creer en Cristo, entonces, no es elegir fragmentos convenientes, es rendirse ante la totalidad de su obra. Es creer que Él realmente entró en la historia, tocó la muerte, la venció y ahora reina. Es afirmar que nuestra fe no descansa en metáforas, sino en acontecimientos. Y es en esa cadena inquebrantable de verbos donde nuestra salvación encuentra forma, peso y eternidad.

Creer en Cristo no es aceptar una idea aislada ni abrazar una emoción momentánea; es someterse a una historia completa, a un Cristo que actúa, que irrumpe, que obra. El Credo no nos presenta a un Jesús estático, sino a un Cristo en movimiento, revelado a través de verbos que sostienen nuestra fe: concebido, nacido, padeció, fue crucificado, muerto, sepultado, descendió, resucitó, ascendió, está sentado, vendrá. Cada verbo es una puerta, y no puedes tomar uno sin atravesarlos todos. Porque si negamos su sufrimiento, vaciamos su amor; si negamos su resurrección, anulamos nuestra esperanza; si negamos su venida, deshacemos nuestro futuro.Creer en Cristo, entonces, no es elegir fragmentos convenientes, es rendirse ante la totalidad de su obra. Es creer que Él realmente entró en la historia, tocó la muerte, la venció y ahora reina. Es afirmar que nuestra fe no descansa en metáforas, sino en acontecimientos. Y es en esa cadena inquebrantable de verbos donde nuestra salvación encuentra forma, peso y eternidad.

Creer en Cristo no es aceptar una idea aislada ni abrazar una emoción momentánea; es someterse a una historia completa, a un Cristo que actúa, que irrumpe, que obra. El Credo no nos presenta a un Jesús estático, sino a un Cristo en movimiento, revelado a través de verbos que sostienen nuestra fe: concebido, nacido, padeció, fue crucificado, muerto, sepultado, descendió, resucitó, ascendió, está sentado, vendrá. Cada verbo es una puerta, y no puedes tomar uno sin atravesarlos todos. Porque si negamos su sufrimiento, vaciamos su amor; si negamos su resurrección, anulamos nuestra esperanza; si negamos su venida, deshacemos nuestro futuro.Creer en Cristo, entonces, no es elegir fragmentos convenientes, es rendirse ante la totalidad de su obra. Es creer que Él realmente entró en la historia, tocó la muerte, la venció y ahora reina. Es afirmar que nuestra fe no descansa en metáforas, sino en acontecimientos. Y es en esa cadena inquebrantable de verbos donde nuestra salvación encuentra forma, peso y eternidad.

El Credo no es solo un conjunto de palabras antiguas; es el eco vivo de una fe que ha atravesado siglos, imperios, persecuciones y generaciones enteras. Cuando lo confesamos, no hablamos solos: nos unimos a la voz de mártires, monjes, padres de la Iglesia y comunidades que, en medio de la oscuridad, se aferraron a estas verdades como a una llama que no se apaga. Creer el Credo es entrar en una corriente que no comenzó con nosotros y que no terminará en nosotros. Es reconocer que nuestra fe no es una invención moderna, sino una herencia eterna. Y aún más: es anticipar el día en que esa misma confesión será proclamada no por fe, sino por vista, junto a una multitud incontable, de toda lengua y nación, que por los siglos de los siglos seguirá diciendo: creemos.

El ego humano es una tragedia antigua.Los griegos la contaron en sus mitos.Los filósofos la describieron en sus libros.Y el apóstol Pablo la expuso con una palabra extraña: inflado.En este episodio exploramos la verdadera condición del ego humano:vacío, doloroso, ocupado y frágil.Desde las tragedias de Icarus, Narcissus y Oedipus, hasta la profunda reflexión de Augustine of Hippo sobre el alma curvada sobre sí misma, descubrimos algo inquietante:El ego no es la señal de un corazón fuerte.Es la reacción de un corazón vacío.Pero el evangelio propone algo radical:no inflar el ego, ni destruirlo… sino liberarnos de él.Una conversación sobre orgullo, identidad, tragedia humana y la libertad que nace cuando el corazón deja de girar alrededor de sí mismo.

El ego humano es una tragedia antigua.Los griegos la contaron en sus mitos.Los filósofos la describieron en sus libros.Y el apóstol Pablo la expuso con una palabra extraña: inflado.En este episodio exploramos la verdadera condición del ego humano:vacío, doloroso, ocupado y frágil.Desde las tragedias de Icarus, Narcissus y Oedipus, hasta la profunda reflexión de Augustine of Hippo sobre el alma curvada sobre sí misma, descubrimos algo inquietante:El ego no es la señal de un corazón fuerte.Es la reacción de un corazón vacío.Pero el evangelio propone algo radical:no inflar el ego, ni destruirlo… sino liberarnos de él.Una conversación sobre orgullo, identidad, tragedia humana y la libertad que nace cuando el corazón deja de girar alrededor de sí mismo.

El ego humano es una tragedia antigua.Los griegos la contaron en sus mitos.Los filósofos la describieron en sus libros.Y el apóstol Pablo la expuso con una palabra extraña: inflado.En este episodio exploramos la verdadera condición del ego humano:vacío, doloroso, ocupado y frágil.Desde las tragedias de Icarus, Narcissus y Oedipus, hasta la profunda reflexión de Augustine of Hippo sobre el alma curvada sobre sí misma, descubrimos algo inquietante:El ego no es la señal de un corazón fuerte.Es la reacción de un corazón vacío.Pero el evangelio propone algo radical:no inflar el ego, ni destruirlo… sino liberarnos de él.Una conversación sobre orgullo, identidad, tragedia humana y la libertad que nace cuando el corazón deja de girar alrededor de sí mismo.

“El Amén Verdadero” es un podcast donde exploramos una verdad poderosa: Jesús no es solo a quien decimos “Amén” a nuestras oraciones, sino el Amén mismo, el cumplimiento perfecto de todas las promesas de Dios. Aquí descubrirás que creer en Cristo no es aferrarse a ilusiones, sino descansar en la certeza de que en Él todo lo prometido encuentra su sí y su plenitud.Un espacio para profundizar en la fe, confrontar falsas ideas y confesar con convicción que en Cristo no hay tal vez, no hay duda, sino un sí eterno que transforma nuestra manera de orar, vivir y esperar.

Dios no solo salva, reordena.Pone cada cosa en su lugar: las prioridades, los afectos, los deseos, los caminos.Y aunque duele ver cómo desarma tus planes, es ahí donde empieza el verdadero orden del alma.Porque cuando te entregas a Él, tu caos se convierte en su lienzo.Y el Creador vuelve a hacer lo que ama hacer desde el principio: ordenar el desorden y llamar a la luz en medio de la oscuridad.