
Un capítulo sobre cómo casi todo el contenido, desde las redes sociales hasta los podcasts, se está convirtiendo en una nueva forma de televisión
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¿Te has fijado que las redes sociales son cada vez menos sociales? Hace unos meses, durante una investigación sobre prácticas anticompetitivas, Meta, la empresa propietaria de Instagram y Facebook, hizo una extraña confesión para justificar que no tenían una posición dominante en el mercado de las redes sociales. Dijeron que es que ya no son una red social, son una empresa de medios. Explicaron que hoy en día, más del 90% del tiempo que pasamos en Instagram y más del 80% del que pasamos en Facebook lo dedicamos a ver contenidos de gente que no es parte de nuestros contactos. En concreto, la inmensa mayoría de ese tiempo lo pasamos engullendo vídeos cortos de personas que no conocemos absolutamente de nada, elegidos por un algoritmo diseñado para que no apartemos la mirada. Las redes sociales han dejado de ser un lugar de conexión para convertirse simple y llanamente en un nuevo tipo de televisión. Esta idea no es mía, es de un artículo brillante de Derek Thompson al que llevo un tiempo dando vueltas. Y es que según él, estamos asistiendo a una convergencia inesperada. Absolutamente todo lo que no era televisión se está convirtiendo en televisión. Porque esto no está pasando solo con las redes sociales. Yo tengo un ejemplo muy cercano. Los podcast empezaron como una especie de radio en Internet, que es un formato que a muchos nos gusta porque puedes escuchar mientras haces otras cosas. Por ejemplo, mientras vas de aeropuerto en aeropuerto y de avión en avión. Que es exactamente lo que me sucedía a mí cuando decidí empezar con este podcast, porque quise hacer hacer algo parecido a aquello que tanto me gustaba. Con una ventaja, cuando solo haces audio, te puedes enfocar en la sustancia de lo que comunicas, en las palabras que eliges, en los mensajes, en contar una historia de forma más o menos profunda, sin preocuparte demasiado por cosas como la iluminación, la calidad de la cámara que tienes o incluso si estás o no peinado o las ojeras que tienes. En eso fallo siempre. Pero desde que yo empecé, hace más de siete años ya, la las cosas han cambiado mucho. Los podcast más exitosos hoy en día se están convirtiendo en programas de YouTube. Los podcasts con vídeo están creciendo 20 veces más rápido que los de audio. Más de la mitad de los más populares del mundo tienen su versión en vídeo. Yo me resistí cuanto pude, pero desde hace dos o tres años, creo. También tengo un canal de YouTube donde hago lo que puedo. Creo que no es mi medio más natural, pero es que la realidad es tozuda. Los podcasts se están convirtiendo en televisión. Y por si fuera poco, vivimos en plena explosión de la inteligencia artificial. Las herramientas para crear vídeos sobre cualquier temática que te imagines, con un aspecto absolutamente profesional avanzan a una velocidad vertiginosa. Hay quien piensa que esto va a resultar en una especie de florecimiento de la creatividad en el que cualquiera se va a dedicar a crear pequeñas obras maestras de entretenimiento adaptadas a su propio gusto. Puede que ese sea el futuro. Aunque también puede que se parezca más a lo que tradicionalmente ha tenido lugar en casi todas las actividades humanas. El 90 de los usuarios, más o menos, consumiendo contenidos que el 9% más o menos, de nuevo, ha remezclado y recomendado, pero que en realidad solo vienen del 1% de los usuarios. Pero de una forma u otra, parece que nos estamos adentrando en en tiempos de inteligencias artificiales convertidas en creadores incansables de vídeo. Porque la inteligencia artificial también se puede convertir en televisión. En matemáticas hay una palabra para describir todo esto de lo que estamos hablando. Se llama atractor. Un atractor es el estado hacia el que un sistema dinámico tiende a evolucionar con el tiempo. Imagina que lanzas una canica dentro de un bol. La canica dará vueltas y vueltas, subirá y bajará, pero si le das el tiempo suficiente, siempre acabará atraída al mismo el fondo del bol. Bueno, pues parece que el fondo del bol de nuestra cultura digital, el atractor absoluto de todo el entretenimiento y la información humana es el vídeo continuo. Y de eso precisamente vamos a hablar hoy, de qué pasa cuando todo se convierte en una televisión constante. Y lo más ¿Qué efecto tiene este atractor en nuestra forma de pensar, en nuestra capacidad de prestar atención y en una soledad que cada vez está más presente en la sociedad? Ay madre. Creo que uno de los temas que más nos agobian a todos son nuestras finanzas personales. De hecho, les dediqué unos cuantos capítulos y son de los más escuchados. Por aquel entonces yo no tenía ni patrocinadores ni nada, pero te recomendaba la empresa que usaba y que sigo usando, Indexa Capital, que ahora sí patrocina este capítulo. Yo utilizo dos productos de sus fondos indexados en los que invierto parte de lo que ahorro y sus fondos de pensiones para tratar de generar un colchón para el futuro. Y ya de paso he abierto un pequeño fondo de inversión con ellos para mi hija. Y es que tienen comisiones realmente bajas, que es muy importante. Pero además conozco a los fundadores y están constantemente pensando en cómo mejorar. Pégale un vistazo a Indexa Capital y además, usando mi enlacen que también te dejo en las notas, no tendrás comisión de gestión de Indexa durante un año en tus primeros 15.000 euros invertidos en una cartera de fondos. Venga, a invertir. Soy Jaime Rodríguez de Santiago y esto es Kaizen, el podcast para mentes inquietas en el que te acerco a personas, a ideas y a técnicas fascinantes de las que aprender cada día. Antes de seguir, hagamos una pregunta quizás ¿Qué es la televisión? Porque Derek Thompson habla de algo que va más allá de las cadenas tradicionales de televisión o incluso de Netflix, pero que curiosamente se basa en una definición algo antigua. En 1974 Raymond Williams publicó un libro llamado Technology and Cultural Form, algo así como Televisión, tecnología y forma cultural. No sé, yo lo traduciría así. En el que decía que en todos los sistemas de comunicación previos a la televisión los elementos esenciales eran discretos. Es decir, un libro está perfectamente delimitado y es finito, existe por sí mismo, mientras que según él, la televisión cambió nuestra cultura y nos hizo pasar de consumir elementos discretos individuales como libros u obras de teatro, a ponernos frente a un flujo continuo de imágenes y sonidos. Usando esa misma definición, plataformas como YouTube o TikTok son una forma aún más perfecta de televisión que la televisión tradicional. Porque en la tele tradicional, o incluso en las plataformas de streaming, uno puede conectarse a ver un programa o una serie concreta, algo delimitado y bien definido. Pero en TikTok, cada vídeo individual importa bastante poco. El atractivo de la plataforma es la promesa de un flujo inacabable que se adapta a ti a través del algoritmo. El flujo es más importante que el contenido. Claro que si todo se está convirtiendo en televisión, es probable que tengamos demasiada televisión, hasta el punto de que muchos de los contenidos se crean ya asumiendo que la audiencia va a estar siempre distraída y haciendo alguna cosa más a la vez. A los guionistas de Netflix les suelen insistir en que hagan las tramas lo más obvias posibles para asegurarse de que quienes se ponen una serie o una peli mientras miran algo en el móvil, no se pierdan. Y así, no sé si te has fijado, acabas con personajes que te anuncian lo que van a hacer, lo hacen y por si acaso no te has enterado, después te explican lo que han hecho. Y de esta manera nos hemos encontrado con cantidades ingentes de contenidos que no están realmente hechos para que les prestemos atención, sino para convertirse en una especie de flujo continuo que nos acompaña mientras saltamos de una pantalla a otra. Vale, pero ¿Y qué más da que sea así? ¿Realmente importa? Derek Thompson dice que a él le gusta la televisión, que sigue algunos canales de YouTube espectaculares y que de hecho no tiene en el fondo nada en contra de que haya medios basados en vídeo, pero que le preocupa lo que sucede cuando todo se convierte en eso. Y le preocupa porque le parece que encaja muy bien con dos grandes tendencias que él detecta en Estados Unidos y que yo creo que también suceden en muchos otros lugares del mundo. Por un lado, la epidemia de soledad y por otro, la renuncia a pensar. Sobre la relación entre la soledad y la televisión se ha escrito mucho a lo largo de los años gracias a distintos avances. Entre 1965 y 1995 el americano medio ganó unas seis horas de ocio a la semana, o lo que es lo mismo, unas 300 horas al año, que podrían haber dedicado a aprender cosas nuevas, a participar en actividades sociales o a tener más hijos, pero que dedicaron casi exclusivamente a ver más televisión. De hecho, sucedió algo que a los de mi generación nos parece lo más normal del mundo. Mientras que en 1970 solo el 6% de los adolescentes tenían una televisión en su dormitorio, para 1999 eran el 77%. Yo desde luego puedo decir que me crié pegado a la televisión. Para entonces, cuando algunos alertaban del peligro de que la televisión se cargara nuestras capacidades sociales, otros decían que aquello era era una exageración y que en realidad daba igual porque iba a venir una nueva tecnología que nos iba a conectar a todos con todos de formas que jamás lo habíamos Internet. Y a ver, no puedo ser más fan de Internet, pero creo que en eso no ha funcionado exactamente como esperábamos. Nos sumergimos día tras día en esos flujos continuos de contenidos mientras ignoramos a quienes tenemos alrededor. Tendemos a preferir comunicarnos de forma asíncrona por mensajes o por audios, antes que llamar o ir a ver a alguien. Y buena parte de la polarización política que tenemos tiene que ver con que cualquier mensaje tiene que ser compartible en fragmentos minúsculos y llamativos que fijen nuestra atención entre todo el ruido. Neil Postman escribió un libro llamado Amusing Ourselves to Death. Entreteniéndonos hasta la muerte. En él explicaba, más o menos, que cada medio tiene claves diferentes que funcionan mejor, diferentes formas de comunicación según el medio. La televisión tiene unas claves muy concretas, y que todo se convierta en televisión significa que todas las formas de comunicación empiezan a adoptar esas la inmediatez, la emoción, el espectáculo, la brevedad. Pero esto tiene consecuencias. Cuando todo es urgente, nada es realmente importante. La política se convierte en un teatro, la ciencia en storytelling, es decir, en la habilidad para contar una historia, no para ser precisos. Las noticias se convierten en un espectáculo, en un producto más diseñado para generar emociones como la indignación o el miedo, que para informar. El resultado de todo esto, según Postman, es una sociedad que se olvida de cómo pensar en párrafos y aprende a pensar en escenas. Piensa en esto en la próxima vez que analices el panorama político de tu país. Quienes triunfan tienden a ser quienes dominan la gramática de la televisión, especialmente la basada en mensajes cortos y efectistas. Aunque esto va más allá de la política, porque para mucha gente el éxito produciendo vídeos cortos es literalmente lo mismo que el éxito en la vida. Año tras año, la respuesta mayoritaria en encuestas sobre qué quiere ser de mayor la gente de la generación Z es la influencers. Justo a la vez que todo se convierte en esa televisión constante, nos enfrentamos a otro estamos renunciando a pensar. El propio Thompson tiene otro artículo llamado The end of Thinking. Y es que mientras nos ponemos serios y debatimos si las inteligencias artificiales acabarán con nuestros trabajos, estamos degradando nuestra capacidad para pensar, delegando nuestras mentes a las máquinas. Hace poco se hizo viral un artículo que decía básicamente que el sistema educativo se ha convertido en un duelo de prompts. Los estudiantes usan la IA para escribir sus trabajos y los profesores se enfrentan a una crisis ¿Cómo evaluar la capacidad de pensar de alguien que solo sabe darle instrucciones a una máquina? En ese artículo, un estudiante decía que la universidad se había convertido simplemente en ver cómo de bien podía usar ChatGPT. Pero el problema real no es el aprobado fácil. El problema, según Thompson, es que escribir es pensar. No escribimos después de tener una idea. Escribir, dice, es el proceso mismo en el que entendemos algo. Al externalizar la escritura, llenamos nuestras pantallas de palabras, pero vaciamos nuestras mentes de pensamiento. Que por cierto, él habla de escribir, pero creo que se puede extender a cualquier forma de pensamiento en la que nos enfrentamos al reto de tener que convertir las ideas difusas que tenemos en nuestras cabezas en algo tangible y revisable. Pasa algo parecido cuando dibujamos, o hacemos matemáticas o programamos. Pero bueno, lo preocupante es que este declive en la escritura viene acompañado de un abandono masivo de la lectura. Por primera vez en décadas, las puntuaciones en alfabetización están cayendo en todo Occidente. Hay incluso quien se pregunta si hemos alcanzado el pico de capacidad cerebral humana justo en el momento en el que construimos máquinas para que piensen por nosotros. Lo cierto es que la alfabetización rediseñó la manera en la que pensamos. La combinación de lectura y escritura es la base del pensamiento lógico profundo. Y ahora estamos desconectando ese cableado cognitivo. Vale, nos está quedando un capítulo de lo más intelectualmente apocalíptico. ¿Qué hacemos con todo esto? Porque la solución no es, desde luego, dejar de usar las increíbles herramientas que vamos inventando. Tenemos ejemplos de cómo, por ejemplo, para diagnosticar enfermedades raras, las IA son ya mejores que muchos médicos. Así que no vamos a hacer que los médicos no utilicen las inteligencias artificiales. Pero tendremos que repensar cómo todos lo hacemos para que sean una manera de aumentar nuestras capacidades y no de sustituirlas. Thompson recurre a un ejemplo del mundo del el tiempo bajo tensión. Imagina que tienes que hacer una sentadilla mientras agarras una pesa en tus manos. Puedes hacer la sentadilla en 2 segundos, o más lentamente, en 10 segundos. Obviamente, cuanto más tiempo pongas a tus músculos bajo tensión, más difícil es, pero también es la forma de construir más músculo. El pensamiento profundo se beneficia de algo parecido al tiempo bajo tensión. Cuando te sientas con paciencia delante de unas cuantas ideas más o menos desconectadas y te enfrentas al reto de tratar de unirlas mientras descubres nuevas fuentes, investigas o simplemente te peleas con el reto, tu razonamiento mejora. Claro que todo esto puede hacerse utilizando inteligencias artificiales. De hecho, seguramente pueda hacerse mejor que nunca. Igual que se pueden hacer películas o series increíbles y podemos incluso prestarles atención. Pero para que eso suceda, tenemos que poner de nuestra parte. Y supongo que esa es un poco la clave de todo lo que estamos discutiendo hoy. Mis conclusiones son algo diferentes de las de Thompson. Soy menos pesimista que él. Pienso que tenemos una larga trayectoria de usar la tecnología para ser cada vez más inteligentes y más capaces. Y creo que con todos los retos que trae tener Internet es mucho mejor que no tenerlo. Y que al final, como en casi todo lo que hagamos con el mundo que vivamos, depende de nosotros. Cuando todo se convierte en televisión, lo que desaparece no es algo tan amplio como la inteligencia, sino más bien la capacidad para tener una vida interior rica. De la misma manera, lo que sucede no es una soledad estricta. Seguimos estando conectados los unos con los otros, pero de una forma muy débil. Lo que nos dejamos por el camino cuando nos abandonamos a un flujo continuo de contenidos o delegamos nuestro pensamiento a una inteligencia artificial es la profundidad. Nuestras conexiones con los demás se vuelven superficiales, muchas veces basadas en una utilidad inmediata. Nuestro pensamiento también se vuelve superficial. Nos quedamos con la apariencia de conocimiento de quien es capaz de producir algo sin entenderlo. Así que lo que nos toca a cada uno de nosotros es entender cómo recuperar esa profundidad sin perder todo lo demás. Y no tengo todas las respuestas, pero sospecho que tiene que ver con ser deliberados en lo que hacemos. Con asumir la ligera incomodidad de tomar el camino difícil, al menos de vez en cuando. Con esforzarnos mientras todo nos invita a no hacerlo. Y hasta aquí el capítulo de esta semana. Kaizen y yo volveremos la que viene, pero como siempre, te animo a suscribirte y recomendar el podcast allá donde lo escuches o veas, pero especialmente a tus amigos, que creo que es la mejor forma de que siga creciendo. Además, si quieres apoyarlo económicamente y ayudarme a que pueda hacer más y mejores contenidos. Puedes unirte a la comunidad Kaizen, que tiene también un montón de ventajas. Tendrás acceso a un foro en el que encontrarás a otros curiosos compulsivos, recomendaciones de cientos de libros y películas. Tendrás acceso a contenidos exclusivos como los guiones del podcast y a un feed privado para escucharlo sin publicidad. Y antes que nadie, también podrás reservar sesiones de mentoría conmigo, participar en los encuentros virtuales que hacemos cada mes y tener acceso prioritario a las grabaciones en directo. Vamos, que aunque pienso que el principal valor de verdad es ayudar a que el podcast siga adelante, he intentado que tengas muchos motivos para unirte. Si quieres hacerlo, solo tienes que entrar en mi web jaimerodrodíguezdesantiago. Com y hacer clic en el banner rojo. Y desde esa misma web o desde mi Twitter Aime RDS, puedes hacerme llegar tus comentarios, tus sugerencias, lo que tú quieras. Siempre contesto, aunque a veces tardo un poco, y a veces mucho, y a veces muchísimo, pero acabo contestando. Y recuerda que si quieres participar en el podcast, puedes hacerlo enviando tus notas de audio por WhatsApp al ser siguiente número 683 172 622 con el prefijo 34 si lo mandas desde fuera de España. Y esto es todo por hoy. Muchísimas gracias por estar ahí y hasta la semana que viene.
B
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Episode #268: Todo es televisión
Release Date: April 28, 2026
En este episodio de Kaizen, Jaime Rodríguez de Santiago explora la tendencia contemporánea donde casi todos los medios digitales —redes sociales, podcasts, inteligencia artificial— evolucionan hacia formatos audiovisuales cada vez más parecidos a la televisión. Inspirándose en ideas del periodista Derek Thompson, Jaime plantea preguntas sobre cómo esta transformación afecta nuestra atención, nuestra soledad y la profundidad de nuestro pensamiento en la sociedad actual. El episodio es una reflexión crítica, salpicada de anécdotas y referencias culturales, sobre el impacto de la "televisión continua" en la vida moderna.
"Parece que el fondo del bol de nuestra cultura digital, el atractor absoluto de todo el entretenimiento y la información humana es el vídeo continuo."
— Jaime ([07:40])
“Acabas con personajes que te anuncian lo que van a hacer, lo hacen y por si acaso no te has enterado, después te explican lo que han hecho.”
— Jaime ([11:50])
"Tendemos a preferir comunicarnos de forma asíncrona por mensajes o por audios, antes que llamar o ir a ver a alguien."
— Jaime ([14:40])
“Cuando todo es urgente, nada es realmente importante. La política se convierte en un teatro, la ciencia en storytelling, las noticias en espectáculo.”
— Jaime ([16:10])
“Escribir es pensar. Al externalizar la escritura, llenamos nuestras pantallas de palabras, pero vaciamos nuestras mentes de pensamiento.”
— Jaime parafraseando a Thompson ([17:50])
“El pensamiento profundo se beneficia de algo parecido al tiempo bajo tensión.”
— Jaime ([20:45])
"Cuando todo se convierte en televisión, lo que desaparece no es algo tan amplio como la inteligencia, sino más bien la capacidad para tener una vida interior rica."
— Jaime ([22:40])
Jaime Rodríguez de Santiago presenta una reflexión perspicaz y matizada sobre la transformación del consumo digital hacia formatos de “televisión continua”. A través de ejemplos personales, análisis cultural e ideas de expertos como Derek Thompson y Neil Postman, advierte sobre los riesgos de una cultura de la inmediatez, la superficialidad y la soledad, pero también ofrece esperanza, sugiriendo que el futuro depende de cómo elijamos interactuar consciente y deliberadamente con la tecnología.
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