
¿Alguna vez has sentido que sabes lo que quieres decir pero no encuentras las palabras adecuadas? Hoy hablamos de por qué nos pasa, de cómo construimos nuestra identidad verbal y de herramientas para comunicar mejor
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Atenas, siglo IV a. C. Un joven de unos 20 años acaba de bajar de la tribuna. Bueno, podríamos decir que acaba de salir huyendo de la tribuna. El público lleva unos minutos riéndose de él y abucheándole, y ha tenido que cruzar la asamblea entera y atravesar cientos de ciudadanos para salir. Cada paso ha sido una pequeña eternidad. Unos meses antes, había decidido que tenía algo importante que decirle al mundo. Y la asamblea ateniense era el sitio. Allí se debatían los asuntos de Estado, las guerras, las leyes que moverían ejércitos, el sitio donde un hombre podía cambiar el curso de las cosas. Si, sabía hablar. Él creía que sabía. No, no sabía. Tenía un problema con la r. Tartamudeaba. Se quedaba sin aliento a mitad de las frases, como si el aire se le escapara por algún agujero invisible. Y su público no era precisamente compasivo, cuando cualquiera en su lugar habría tirado la toalla y se habría buscado otra vocación. Ser mercader, por ejemplo. Pero este joven tomó una decisión que cambiaría no solo su vida, sino la historia de la retórica occidental. Decidió que si no podía hablar bien de forma natural, aprendería a hablar bien a la fuerza. Lo que vino después es de esas historias que, si las cuentas hoy, la gente piensa que te las estás inventando. Se construyó un estudio subterráneo para trabajar sin distracciones. Se afeitó medio cráneo, literalmente medio cráneo, para no poder salir a la calle, porque la vergüenza de que le vieran así le mantendría estudiando. Iba a las playas y practicaba discursos compitiendo con el rugido de las olas. Subía colinas recitando versos mientras corría para desarrollar la capacidad pulmonar. Y se llenaba la boca de pequeñas piedrecitas para obligar a su lengua a trabajar el doble que de costumbre. No sé tú, pero yo me imagino todo esto con la música de Rocky de fondo. Y no sé si todas estas cosas tenían alguna base fisiológica real, pero sí, parece que funcionaron. Ese joven se llamaba Demóstenes y acabó siendo el mayor orador de la Grecia clásica. Sus discursos movieron ejércitos, cambiaron alianzas y sacudieron imperios. Cicerón, el gran orador romano, le consideraba el modelo supremo de la elocuencia. Me gusta la historia de Demóstenes por una razón muy concreta. Porque destruye un mito que casi todo el mundo lleva interiorizado sin darse cuenta. El mito de que saber comunicar es un don. Algo con lo que algunos nacen y otros no. Una especie de gracia divina que te toca o no te toca. Y a ver, como dice mi buena amiga Itziar García, lo que natura non da, Salamanca non presta. Por supuesto que hay cosas que traemos de serie que nos hacen más fácil o más difícil comunicar, pero hablar bien es una habilidad. Y como cualquier habilidad, se puede aprender, practicar y mejorar, aunque lleves años convencido de que eres un caso perdido. A mí me ha sucedido algo curioso con esto. En la adolescencia me daba pánico hablar en público, y como ya he dicho alguna vez, tiendo a ser introvertido, por lo que tampoco me ha gustado mucho nunca ser el centro de atención estando con gente. Pero también es cierto que a partir de la carrera decidí obligarme a exponerme, y cuanto más lo hacía, más cómodo me sentía. Hasta que acabé como hoy, con un podcast, dando clases y encadenando varios puestos de trabajo en los que la comunicación es fundamental y no me considero en absoluto un experto. De hecho, como con casi todo en esta vida, con la perspectiva del tiempo te das cuenta de lo mucho que has aprendido y de lo mucho que te queda por aprender. Así que quiero contarte algunas de las cosas que yo he aprendido sobre estos temas y también algunas de las que aún estoy aprendiendo. Hoy vamos a hablar de cómo construyes tu identidad verbal, cómo ordenas lo que dices, qué palabras eliges y por último, cómo usas la voz que tienes. Vamos a por ello. A lo tonto, detrás de cada capítulo de Kaizen hay un montón de horas de trabajo entre la investigación previa, la escritura del guión y la grabación. Especialmente si, como yo, te equivocas unos 300 millones de veces por capítulo. Y luego además hay que editarlo en audio y en vídeo y publicarlo y todas esas cosas. Por eso no puedo estar más agradecido a quienes formáis parte de la comunidad Kaizen y me echáis una mano apoyando el podcast económicamente. Si aún no te has apuntado, que sepas que es también una manera de acceder al pequeño universo que hay detrás de Kaizen, a un foro lleno de curiosos compulsivos, con recomendaciones de cientos de libros y películas, a un feed sin publicidad, a sesiones de mentoría conmigo y a encuentros digitales cada mes. Si quieres unirte y echarme tú también una mano. Y de paso acceder a todo esto puedes hacerlo desde mi web jaimerodrodídezdesantiago. Com haciendo clic en el banner rojo que hay arriba del todo. Soy Jaime Rodríguez de Santiago y esto es Kaizen, el podcast para mentes inquietas en el que te acerco a personas, a ideas y a técnicas fascinantes de las que aprender cada día. Hay una pregunta que pocas veces nos hacemos sobre nuestra propia comunicación. Y no es tanto si decimos lo correcto o lo decimos con claridad, sino una pregunta más de ¿Eres reconocible por cómo hablas? ¿Tienes una forma de comunicar propia, una identidad? La mayoría tomamos las decisiones del vocabulario que utilizamos de forma instintiva, situación a situación, sin pensar demasiado en el conjunto. Pero esas decisiones no son independientes entre sí, se acumulan con el tiempo. Construyen algo tanto si somos conscientes de ello como si no. No, ese algo es lo que podríamos llamar tu marca verbal. Hay personas cuya forma de hablar reconocerías en el acto aunque no supieras quiénes son. Y les cambiaran la voz. No necesariamente gente famosa. Puede ser un compañero de trabajo, un profesor que tuviste, alguien de tu familia. Hay algo en su vocabulario, en sus expresiones habituales, en lo que dicen y en lo que nunca dicen que los hace inconfundibles. Esa coherencia es el resultado de años de decisiones de lenguaje que han ido acumulándose en eso, en algo reconocible. Seguramente todos tenemos una marca verbal, algunas más diferenciadas que otras, pero en la infinita mayoría de los casos esas marcas se construyen sin intención. Y hay dos ideas que creo que son interesantes para al menos pensar sobre ello. La primera es la idea de las disonancias verbales, palabras o expresiones que no encajan y que generan en quien te oye una pequeña fricción, casi imperceptible, pero real. Piensa en un ejecutivo muy formal que de repente suelta una macarrada en mitad de una presentación, o al revés, que hay gente que habla a su pareja de sinergias, de alinear expectativas o de estar en la misma página. Esas disonancias se sienten en quien las oye como algo que chirría, lo que no tiene por qué ser siempre malo, un taco que nadie ve venir o una expresión inesperada. Son formas estupendas de captar la atención. Pero lo ideal es que esos chirridos sean ejercicios deliberados no cosas que suceden sin que seamos conscientes. Si se repiten mucho, y no necesariamente cuando nosotros queremos, acaban erosionando nuestra credibilidad. La segunda de estas ideas es que existen brechas léxicas. Es decir, momentos en los que sabes exactamente lo que quieres decir, pero no tienes la palabra o la expresión adecuada para decirlo y entonces empiezas a dar vueltas. Es como viene a ser no sé explicarlo. Me habrá soizo hacerlo muchas veces en el podcast, de hecho, Y lo que debería ser una sola frase acaba siendo un pequeño monólogo. Y de nuevo, no es necesariamente malo. Hay momentos en los que puede incluso servir para despertar el interés de quien te escucha. Pero como casi todo, es un ejercicio de equilibrio. Porque también hay quien dice que la inteligencia es compresión. Es la capacidad de decir algo de forma simple y precisa en menos palabras de las que cualquier otro necesitaría. Hablar bien no es expandirnos al hablar. Vale, ¿Y esto para qué sirve? Yo he leído dos ejercicios muy concretos sobre estos temas. Primero, empieza a observar tus disonancias al hablar. Trata de fijarte en las expresiones que usas, o escucha alguna grabación tuya que tengas, o presta atención a quien te diga algo sobre tu forma de hablar y pregúntate si hay algún elemento que chirría y cuándo quieres usar esas expresiones y cuándo no. El segundo es llevar un registro de tus brechas léxicas. Cuando notes que has dado muchas vueltas con una idea porque no tenías la palabra exacta, apúntalo y búscala después. No para sonar más intelectual, sino para tapar un agujero específico en tu vocabulario. Así es como crece el vocabulario útil, no leyendo el diccionario, sino rellenando los huecos propios. Esto puede sonar tan artificial como seguramente te esté sonando, o tan natural como muchos lo vivimos, porque es algo que nos sucede habitualmente a quienes hablamos con frecuencia de un mismo tema. Siempre digo que dar clases se parece a ser monologuista. Si das muchas veces la misma sesión, te vuelves poco a poco consciente de qué expresiones funcionan cuando y de qué explicaciones no son precisas o no se entienden, y vas poco a poco corrigiendo. Lo mismo sucede cuando respondes preguntas similares a la prensa una y otra vez, o cuando escribes, repasas y grabas un guión de un podcast, por ejemplo. Sobre todo si, como yo, te confundes y repites varias veces. Así que mi forma de verlo en el día a día no es tanto que se trate de vigilar obsesivamente cómo hablamos, sino de tener el reflejo, de prestar atención a lo que repetimos habitualmente y también de hacer experimentos. En 1963, Barbara Minto fue la primera mujer con un MBA que McKinsey contrató en toda su historia. Había sido una de las únicamente ocho mujeres de entre los 700 alumnos de su promoción en Harvard. Así que estaba acostumbrada a rodearse de gente brillante, analítica y formada en las mejores universidades. Y tras unos años en McKinsey, llegó a una conclusión quizás sorprendente. Toda esa gente escribía y hablaba fatal. No porque no supieran, sabían de sobra. El problema era el orden. Presentaban sus ideas en el mismo orden en el que las habían primero el contexto, luego el análisis, luego las implicaciones. Y al final, si quedaba tiempo y el oyente no se había dormido, la conclusió ¿Qué es exactamente lo que hace casi todo el mundo y qué es exactamente lo que, según ella, no funciona? Minto desarrolló lo que acabaría llamándose el pyramid principle, el principio de la pirámide, que básicamente significa que estructuras tu comunicación al revés. Empieza por la conclusión, luego argumenta. No te ganes el derecho a la conclusión pasando por todo el razonamiento previo. Di primero lo que tienes que decir y después justifícalo. Es contraintuitivo porque cuando hablas sientes que si lanzas la conclusión en frío, sin contexto, sin haber construido nada, el oyente no te va a creer que tienes que ganártelo. Pero según Minto, el cerebro del oyente funciona exactamente al revés. Si no sabe a dónde va, se pierde por el camino. La conclusión, entonces, no es la llegada, es el mapa. Aquí, sin embargo, hay un matiz que me parece importantísimo, porque nos pasamos la vida hablando de, cómo dicen autores casi siempre estadounidenses, que hay que hacer las cosas. Y nos olvidamos de que no todo el mundo es igual y que algunos países acumulamos unos cuantos milenios de cultura a nuestras espaldas que influyen mucho en estos temas. Porque Minto estaba describiendo una preferencia cultural muy concreta, la americana, que en mi experiencia reciente es bastante cierta, pero que no funciona igual en otros países. Hablamos hace tiempo de The Culture Map, el mapa de las culturas, el libro de Erin Meyer en él ella explica cómo. Mientras que en los países anglosajones en general y en Estados Unidos en particular funciona este esquema de llegar a una reunión, decir lo que hay que hacer y luego justificarlo, en otros lo que funciona es todo lo contrario. En culturas como Francia, Italia, Alemania y también España, tendemos a preferir que las conclusiones se construyan desde los cimientos. De alguna forma esperamos que la conclusión sea una conclusión lógica y no una afirmación que se va a demostrar. Yo, como te decía, vivo esto en mis propias carnes muy a menudo ahora porque trabajo para una empresa americana y hay veces que me parece casi antinatural la forma en la que tengo que presentar mis ideas. Pero creo que esa es la mejor prueba que he tenido de que la estructura de un discurso es absolutamente contextual y cultural. No existe una estructura óptima así en abstracto. Depende de tu audiencia. Si hablas con los anglosajones, pues sí pirámide. Si hablas con españoles. No empieces por la conclusión en frío. Vas a generar rechazo antes de haber dicho nada. Pero tampoco les hagas esperar hasta el final para saber a dónde vas, que no somos tampoco alemanes, Si lo piensas. Hasta ahora hemos hablado de cosas que tienen que ver con la marca y la arquitectura de nuestra comunicación. Ahora nos vamos a meter con los ladrillos, con las palabras concretas que elegimos en cada momento. Las palabras que elegimos dicen mucho más de nosotros de lo que pensamos y tienen un impacto mucho mayor del que suponemos en cómo nos perciben quienes nos escuchan, como también lo tienen en cómo interiorizamos nosotros lo que pensamos. No es lo mismo responder no sé que es una buena pregunta, lo tengo que pensar. No es lo mismo decir que algo es un problema que un reto. Ni decir tengo que hablar con mi jefe o voy a hablar con mi jefe. Mismas situaciones, palabras diferentes y percepciones radicalmente distintas. En su día ya dedicamos un capítulo que titulamos, creo recordar, Hablar bien para pensar mejor algunas de estas ideas. Pero si lo llevamos al día a día, hay tres hábitos concretos en el lenguaje que marcan una diferencia enorme. El primero es la precisión. Hay quien quiere tener un vocabulario amplio para hacerse el intelectual y presumir, pero en realidad el vocabulario es una herramienta de pensamiento y de comunicación. Si tienes más palabras, tienes más matices disponibles. Otra cosa es cómo las uses, porque quien tiene más matices normalmente puede comunicar ideas más complejas con más claridad. Pero no se trata de usar palabras rebuscadas para impresionar a nadie. Se trata de elegir siempre la palabra que describe exactamente lo que quieres decir, y no una aproximación vaga y que la otra persona pueda entender que es en el fondo. Lo mismo que decíamos antes cuando hablábamos de brechas léxicas. Cada hueco en el vocabulario es una fuente potencial de imprecisión. Lo segundo es lo concreto frente a lo abstracto. Tenemos que mejorar la comunicación del equipo. Es una frase abstracta. A partir del lunes tendremos una reunión de 15 minutos cada mañana para que todo el mundo sepa en qué está trabajando. El resto es bastante concreta. Las frases abstractas suenan bien, pero no anclan nada en la mente de quien las escucha y no suelen traducirse en acciones. Las concretas sí. Siempre que puedas, usa ejemplos, cifras y situaciones específicas. Y el tercero, que es seguramente el más difícil, es eliminar el ruido. No solo las muletillas o los sonidos que hacemos al pensar el típico e, sino las frases vacías que usamos como relleno, que además son muchas veces esas disonancias verbales de las que hablábamos antes. Eliminarlas no solo te da claridad, sino que proyecta seguridad. Todo lo que hemos visto hasta ahora tiene que ver con qué dices y cómo lo ordenas. Pero hay otra dimensión. La voz. El instrumento físico con el que normalmente dices todo. Un buen punto de referencia es el trabajo de Julian Treasure, un experto en sonido y comunicación que lleva décadas estudiando exactamente esto. Tiene una charla en TED con decenas de millones de visualizaciones que te recomiendo encarecidamente si no la has visto. Solemos pensar que la voz que tenemos es la que nos ha tocado. Grave, aguda, ronca, fina. Y que podemos hacer muy poco al respecto. Mentira. Aunque hay cosas que no podemos cambiar, nuestra voz es enormemente flexible. La voz es un instrumento. Y como cualquier instrumento, tiene múltiples registros y posibilidades que podemos desarrollar conscientemente. Y según Julian Treasure, hay seis palancas sobre las que trabajar. La primera es el ¿Qué parte de tu cuerpo resuena cuando hablas? Las voces que resuenan en el pecho tienden a ser más graves. Proyectan autoridad y confianza. Las que resuenan en la garganta o la cabeza tienden a percibirse como más ansiosas o inseguras. Puedes practicarlo ahora. Pon la mano sobre el pecho mientras hablas. Vete variando tu voz y nota cuando vibra. Es rarísimo cuando lo haces por primera vez. Eso sí. Tal vez recuerdes del capítulo que dedicamos la temporada pasada al carisma que Margaret Thatcher entrenó su voz para sonar más grave a lo largo de los años. La segunda palanca es el timbre. Esa calidad casi indefinible que hace que digamos de una voz qué ¿Agradable? Todo lo contrario. Y aunque hay cosas de nuestro timbre que no podemos cambiar, hay otras que mejoran con la práctica y sobre todo, con la relajación. Una voz tensa rara vez suena bien. Muchas veces la clave no es esforzarse más, sino tensarse menos. La tercera es la prosodia, el patrón melódico de cómo hablas, la música de tus frases. Lo contrario de la prosodia es la monotonía, ese tono plano que hace que cualquier cosa suene igual de aburrida. Independientemente de lo interesante que sea el contenido. Tu voz debería subir y bajar de tono para dar emoción a lo que estás diciendo. Como una pieza de música. La cuarta es el ritmo, es decir, la velocidad. Hablar demasiado rápido transmite nerviosismo y hace que el oyente se pierda. Hablar demasiado lento puede resultar tedioso. Lo ideal no es un punto fijo, sino saber más rápido para crear urgencia. Más lento para dar peso a lo que importa. La quinta es el volumen. Los grandes comunicadores saben que un susurro puede ser más poderoso que un grito. Bajar el volumen obliga al oyente a prestar más atención y genera un entorno íntimo. Subir el volumen puede reforzar la emoción. Y la sexta que Treasure destaca especialmente es el silencio. El silencio es el primo pobre de la comunicación. Nos da pánico. Lo llenamos compulsivamente. Básicamente, o sea, es que todos lo hacemos. Y todas esas muletillas hacen exactamente lo contrario de lo que queremos. Nos hacen parecer más inseguros, no menos. Una pausa bien colocada permite al oyente procesar lo que acaba de escuchar. Crea expectativa, añade peso. Y muchas veces es la diferencia entre hablar y comunicar. Te he contado muchas cosas hoy. Hemos hablado de cuatro dimensiones sobre las que podemos trabajar. Y sé que puede sonar demasiado complicado y puede parecer que es imposible lograr cambios profundos. Pero son cuatro dimensiones con las que yo me he peleado durante los 7 años que llevo con este podcast y los que me quedan, he cometido todos los errores que te puedas imaginar y sigo cometiendo muchos. Si quieres, haz un experimento, ponte alguno de los primeros capítulos de Kaizen y luego uno de la segunda temporada y otro de la tercera o la cuarta, o la que quieras, y oirás cuánto han ido cambiando las cosas. Yo no lo voy a hacer porque me da una grima enorme, pero ojalá te sirva de ejemplo. Y hasta aquí el capítulo de esta semana. Kaizen y yo volveremos la que viene, pero como siempre, te animo a suscribirte y recomendar el podcast allá donde lo escuches o veas, pero especialmente a tus amigos, que creo que es la mejor forma de que siga creciendo. Además, si quieres apoyarlo económicamente y ayudarme a que pueda hacer más y mejores contenidos, puedes unirte a la comunidad Kaizen, que tiene también un montón de ventajas. Tendrás acceso a un foro en el que encontrarás a otros curiosos compulsivos, recomendaciones de cientos de libros y películas, tendrás acceso a contenidos exclusivos como los guiones del podcast y a un feed privado para escucharlo sin publicidad. Y antes que nadie, también podrás reservar sesiones de mentoría conmigo, participar en los encuentros virtuales que hacemos cada mes y tener acceso prioritario a las grabaciones en directo. Vamos, que aunque pienso que el principal valor de verdad es ayudar a que el podcast siga adelante, he intentado que tengas muchos motivos para unirte. Si quieres hacerlo, solo tienes que entrar en mi web jaimerodrodrícesantiago. Com y hacer clic en el banner rojo. Y desde esa misma web o desde mi Twitter aime rdes, puedes hacerme llegar tus comentarios, tus sugerencias, lo que tú quieras. Siempre contesto, aunque a veces tardo un poco, y a veces mucho, y a veces muchísimo, pero al cabo contestar. Y recuerda que si quieres participar en el podcast, puedes hacerlo enviando tus notas de audio por WhatsApp al siguiente nú 683 172622, con el prefijo 34 si lo mandas desde fuera de España. Y esto es todo por hoy. Muchísimas gracias por estar ahí y hasta la semana que viene.
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Con Jaime Rodríguez de Santiago
Fecha: 5 de mayo de 2026
En este episodio, Jaime Rodríguez de Santiago continúa su serie sobre comunicación efectiva, abordando cómo mejorar la manera en que hablamos. Explora la construcción de nuestra identidad verbal, el orden en la presentación de ideas, la elección de palabras y el uso consciente de la voz. A través de ejemplos históricos, anécdotas personales y referencias a expertos, Jaime desmitifica la idea de que comunicar bien es solo un don innato y ofrece ejercicios concretos para desarrollar esta habilidad.
En conclusión:
El episodio desmonta mitos, aporta una visión práctica sobre la mejora continua en la comunicación y motiva a la experimentación consciente, mostrando que hablar mejor es cuestión de atención, práctica y apertura a corregir errores.