
Hoy vamos a intentar caminar por una línea delgada y bastante peligrosa: reflexionar sobre Dios tratando de no ofender a nadie
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Hoy vamos a intentar caminar por una línea delgada y bastante peligrosa, la de reflexionar sobre Dios, tratando de no ofender a nadie. Y vamos a arrancar con la historia de alguien que no consiguió hacerlo. Nos vamos al 27 de julio de 1656 a Ámsterdam. Más concretamente vamos a la sinagoga Talmud Toráh, en el barrio judío de la ciudad, donde se ha reunido un buen grupo de personas. El ambiente es incómodo. A un lado hay un joven de 23 años. Al otro, todos los líderes de la comunidad con un documento que han redactado con mucho cuidado y bastante rabia. Ese documento es el Herem, la excomunión judía más dura que habían dictado jamás en aquella comunidad. Era una excomunión total, absoluta. Nadie podía hablarle, nadie podía hacer negocios con él, nadie podía acercarse a menos de dos metros de su cuerpo, nadie podía leer nada que él hubiera escrito. Y todo eso incluía a su familia. Condenaban a ese joven por haber cometido horribles herejías y actos monstruosos, pero no especificaban cuáles. No hay cargos concretos. De hecho, los historiadores llevan siglos buscándolos y siguen sin encontrarlos. Hoy, casi 400 años después, nadie sabe con exactitud qué dijo o hizo aquel joven para merecer aquello. Lo que sí sabemos es cómo respondió. No se desdijo, no pidió perdón, no se arrodilló. Salió de aquella sala y se fue a vivir a una habitación pequeña en las afueras. Y empezó a escribir. Pero no escribió contra Dios. Eso hubiera sido demasiado predecible. Lo que hizo fue algo mucho más reimaginar a Dios desde cero, construir uno propio con herramientas de filósofo y de matemático. Un Dios que no elegía a ningún pueblo, que no partía mares, que no escuchaba rezos ni castigaba pecados. Un Dios que era exactamente lo mismo que el universo entero. Las leyes de la física, el océano, el árbol que crece en el jardín. Tú, en este momento, escuchando esto. Tres siglos después, un rabino le preguntó al físico más famoso del mundo si creía en Dios. El físico se llamaba Albert Einstein, y respondió creo en el Dios de Spinoza, porque así se llamaba aquel joven de 23 años, Baruch Espinosa. Y ahora una ¿Era Spinoza creyente o ateo? Hay algo que me tiene súper contento. Este año estoy haciendo mucho deporte, que lo echaba muchísimo de menos. Claro que el deporte cansa. Y sumado al trabajo, las clases, los viajes, la familia ni te cuento. Por eso me obsesiona tanto el descanso y por eso también me apoyo en dos productos de B Levels, el patrocinador del capítulo de hoy. Chillmut y Triple Magnesio son mano de santo para conciliar y mantener el sueño, para reducir la fatiga y para mejorar la recuperación. Aunque más allá de lo bien que me funcionan a mí tanto Chillemut como Triple Magnesio, creo que el mejor consejo que te puedo dar es que le eches un vistazo a todos sus complementos en BELEVELS. Com. 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Mis abuelos sí, como muchos de su generación, eran católicos y profundamente creyentes. Y así fui creciendo, como tantos otros, imagino, dejándome arrastrar por la marea, yendo a veces a misas que no entendía, incluso haciendo la primera comunión. Pero hacia el principio de mi adolescencia y la mezcla se hizo aún más extraña. Porque a las preguntas que todos nos empezamos a hacer en esas edades se sumó que mi madre se acercó al budismo, que algunos de mis amigos se pasaron de religión a ética y que lo que yo leía, escuchaba y leía me devolvía una imagen mucho más crítica y descreída de la religión. Si es que me pasaba los días escuchando el Jesucristo García de Extremoduro y repitiendo aquel diálogo del día de la bestia. Tú eres satánico, ¿Verdad? Sí, señor. Y de Carabanchel. Así que en algún momento me hice algo así como ateo. Pero en ese algo así caben muchas cosas. Cabe la fascinación por el papel que las religiones juegan en nuestro mundo. Cabe también el respeto por quienes sí creen en una religión concreta y cabe, por supuesto, la duda de no saber bien qué pensar sobre algo que por definición debería ser inabarcable para unos monos ligeramente desarrollados como somos los humanos. El caso es que cada día me interesa mejor la pregunta de si existe o no Dios y cada día me interesan más las infinitas respuestas que podemos darle. Porque hay muchas formas de creer y muchas formas de no creer y hoy vamos a recorrer ese espectro. El humorista Ricky Gervais tiene varios vídeos en tono más o menos serio y reflexivo en los que habla abiertamente de su ateísmo y de su posición sobre la religión. Te voy a dejar varios en las notas aunque seguramente el mejor resumen de todos es lo que dijo en una entrevista pero cuando le preguntaron por qué era ateo y dijo algo así como lo a lo largo de la historia de la humanidad, los seres humanos hemos creído en aproximadamente 3.000 dioses distintos. 3.000. Tú no crees en 2.999 de ellos. Yo simplemente no creo en uno más que tú. Es una frase brillante e ingeniosa que refleja parte de mis dudas sobre lo arbitrario que es todo. Porque nacer en una familia cristiana o hindú o musulmana o sintoísta nos predispone a creer en una determinada religión e implica además que el resto de la humanidad, y eso es mucha gente, creas en lo que creas, puede estar equivocada y tú no. Pero en esa respuesta de Gervais hay algo que pasa casi desapercibido en lo que creo que merece la pena detenerse. Esos tres mil dioses no son todos la misma cosa. Muchos se parecen, sí, pero no son siempre variaciones de un mismo modelo con distinto nombre. Hay propuestas radicalmente distintas sobre qué es lo sagrado, cómo funciona y qué tiene que ver con nosotros. El Dios del cristianismo o del judaísmo es fundamentalmente una persona. Tiene voluntad, tiene planes, puede enfadarse, puede perdonar, te conoce por tu nombre. El Brahman del hinduismo no es nada de eso. Es una realidad impersonal, sin atributos que todo lo impregna pero que no tiene cara ni intenciones. El Tao del taoísmo ni siquiera es exactamente un dios. Es una fuerza, un flujo, una lógica subyacente que no se puede nombrar porque en el momento en el que lo hacemos ya lo hemos malentendido. Y el Dios de Spinoza viene a ser el propio universo. El animismo, que probablemente sea la forma más antigua de espiritualidad humana, cree que todo tiene espíritu la piedra, el río, el árbol, el rayo. El politeísmo distribuye lo sagrado en múltiples dioses con personalidades propias y bastante conflictivas entre sí, como hacían los griegos y los romanos. El monoteísmo lo concentra todo en uno solo. El panteísmo identifica a ese uno con el universo entero. El deísmo, muy popular en la Ilustración, cree en un Dios que creó el universo, pero que desde entonces se ha desentendido por completo, como un relojero que hace el reloj, le da cuerda y se larga. Hay incluso una corriente llamada teología apofática que dice que de Dios solo podemos decir lo que no es, porque es tan radicalmente distinto de todo lo que conocemos que cualquier descripción positiva es desde el principio un malentendido. Es fascinante asomarse a la historia de cómo fueron apareciendo y desapareciendo distintas formas de creer en Dios, y cómo nuestros dioses se fueron haciendo cada vez más morales y omniscientes con el paso de los siglos. Cómo pasamos de los dioses caprichosos y moralmente ambiguos de Sumeria a los jueces todopoderosos de las religiones universales. Hoy no nos vamos a meter apenas en esa historia, pero si te interesa el tema, te recomiendo el capítulo 183, que titulamos lo que quieren los dioses. Te lo dejo las notas. Hay una autora llamada Karen Armstrong que lleva décadas explorando el concepto y la historia de Dios, y viene a decir que el Dios que mucha gente rechaza hoy, esa figura de anciano con barba que interviene en los asuntos humanos hasta el punto de que pueda importarle que le pidamos cosas como que que nuestro equipo gane, es una versión bastante infantil y relativamente reciente de algo que los grandes teólogos de todas las tradiciones monoteístas reconocerían como una caricatura. El Dios de Tomás de Aquino o el de Maimónides no tienen casi nada que ver con eso. Y si algo he aprendido yo sobre este tema en las cuatro décadas ya que llevo en este mundo es que hay una profunda diferencia entre quienes dicen creer en Dios e incluso practican una cierta religión arrastrados por la inercia cultural que les rodea, y quienes han dedicado tiempo real a pelearse con la idea y con su propia fe y a desarrollar una relación real con aquello en lo que creen. Y algo parecido sucede con los ateos, por cierto, hasta el punto de que muchos de los debates entre creyentes y ateos son debates sobre el Dios equivocado, sobre un Dios que quizás ninguno de los dos reconocería. Cuando alguien te dice que cree en Dios o que no cree en Dios, lo más probable es que esa frase no signifique nada importante sobre lo que esa persona realmente piensa. Bien, volvamos al argumento de Jerk Bays porque quiero desarrollarlo un poco más y también porque quiero hablar de la otra cara de la moneda, la de que el ateísmo tampoco es una sola cosa. Existe el ateísmo militante, el de gente como Richard Dawkins, que no solo no cree, sino que considera que la religión es activamente dañina y que hay que combatirla en público con toda la energía posible. Existe el agnosticismo, que dice no sé y no puedo saber, y me parece bien quedarme ahí. Existe incluso el apateísmo, que simplemente la pregunta de si existe Dios no me parece relevante para mi vida, y paso. Y existe una categoría que en inglés llaman SBR, para la que en España creo que no tenemos un nombre claro, pero que todo el mundo gente que no se identifica con ninguna religión organizada, pero que siente que hay algo más, algo que no sabe muy bien cómo llamar. Que, por cierto, según diversos estudios, es la categoría que más ha crecido en el mundo occidental en los últimos 20 años. Y luego están los casos raros, los inclasificables, los que más me gustan. Tengo apuntada una anécdota maravillosa que no sé dónde leí eso Sí, que involucra a dos de los científicos más brillantes del siglo XX. Uno es Leo Szilard, que fue el primero en intuir que era posible una reacción nuclear en cadena. Lo hizo en 1933, cruzando una calle de Londres, en el momento exacto en el que el semáforo se puso en verde. En ese momento en el que a cualquiera de nosotros lo más que se nos ocurre es que hay que ir a comprar el pan, a este señor se le ocurrió el principio básico detrás de la bomba atómica, lo cual le persiguió el resto de su vida como una sombra enorme. El segundo personaje es Hans Bethe, premio Nobel de física en 1967 que también participó en el Proyecto Manhattan. Al parecer, un día Szilard le dijo a Béte que estaba pensando en escribir un diario. No me propongo publicarlo, le dijo. Me limitaré a registrar los hechos para que Dios se informe. B le miró extrañado Y le preguntó ¿Tú crees que Dios no conoce los hechos? Y Szila respondió sí, él conoce los hechos, pero no conoce esta versión de los hechos. Me parece una frase maravillosa que encierra una relación muy peculiar con Dios. Szilard era de origen judío pero no parece que fuera especialmente religioso en ningún sentido convencional. Al menos era un científico racionalista puro. Y sin embargo, en este chiste no usa a Dios como una fuente de verdad sino como un testigo de algo que le importa más, su perspectiva, la dimensión subjetiva de lo que vivió. ¿Es eso? ¿Creer en Dios es ateísmo? Yo no lo sé. Es algo para lo que no tenemos nombre en el menú habitual. Volviendo un momento a Gervais, lo que más me interesa de su argumento no es la conclusión sino la reacción que provoca. Porque hay gente que claro, si no creo en Zeus, ni en Odim, ni en Ra, ¿Por qué voy a creer en el Dios cristiano? Tiene lógica. Pero hay otra gente para la que el argumento simplemente no funciona. No porque sean irracionales sino porque lo que ellos llaman Dios no es comparable a Zeus. Es una experiencia, una presencia, algo que no cabe dentro del argumento. Y esa asimetría, ese malentendido de base es el corazón de casi todos los debates sobre religión que he visto en mi vida. Estamos hablando de cosas distintas usando la misma palabra. Hace unos días, alguien que ha pasado por este podcast, César Astudillo, publicó una serie de tweets sobre estos temas que me gustaron especialmente. César hablaba de lo que él llama el Dios mínimamente viable, el DMV, como el MVP de las startups pero aplicado a teología, lo cual ya es un comienzo bastante prometedor. Su propuesta es cree en un Dios que no nos ha diseñado, nos ha parido, nos ama y nos dio de mamar, pero ahora no puede hacer gran cosa por nosotros. De hecho, los seres inteligentes somos la parte más compleja de Dios. Paremos un momento aquí porque me parece que esto tiene varias capas. La imagen es poderosa. Dios no es el gran arquitecto que lo controla todo desde arriba. Tampoco un gran esquema cósmico sino algo más parecido a un origen. Una madre que ha dado lo que tenía y que ahora nos ve crecer sin poder intervenir demasiado. Pero lo que más me llama la atención es la segunda parte, lo de que somos la parte más compleja de Dios. Es decir, Dios es más simple que nosotros. No más complejo, como solemos pensar, ni más poderoso, más simple. Nosotros somos lo que salió de esa simplicidad. Para explicar cómo es eso posible, César usa una analogía matemá el conjunto de Mandelbrot. Y aquí las fricadas nos gustan mucho, así que vamos a por ella. El conjunto de Mandelbrot es una de las cosas más impresionantes que existen en las matemáticas. Es una figura de complejidad infinita. Si la amplías, aparecen nuevas estructuras dentro de estructuras, fractales dentro de fractales para siempre. Puedes pasarte la vida entera mirándola y seguir encontrando cosas nuevas. Lo extraordinario es que toda esa complejidad infinita surge de una fórmula breví cuatro operaciones. Una ecuación que cabe en una línea. La relación entre Dios y el universo, dice César, es como la relación entre esa fórmula sencilla y el conjunto infinitamente complejo que genera el origen. Es nosotros somos el conjunto de Mandelbrot. Somos una propiedad emergente de Dios. Hay algo ahí que resuena con la idea de que el origen de todo es algo que quizás no se parece en nada a la imagen que tenemos de él. Que lo que generó esta complejidad inmensa que llamamos universo podría ser, a su manera, algo mucho más sencillo y más difícil de imaginar que cualquier anciano con barba. Pero si me quedo con algo de la reflexión de César es con el final. Porque habla de la relación entre la inteligencia y la fecha. En algún momento se estableció una narrativa según la cual la gente más inteligente, la más racional, era casi por obligación atea. Ser intelectual casi equivalía a negar a Dios. Frente a esto, Javier Recuenco suele decir que la inteligencia primero te quita a Dios y luego te lo vuelve a dar. Y César dice que está de acuerdo, pero que cuando te lo devuelve no es porque hayas pensado tanto que hayas llegado a comprenderlo. Es porque después de pensar mucho, te entra la humildad de volver a abrirte al misterio. Y si llegas a tener alguna experiencia directa de lo que sea que haya ahí, esa experiencia ocurrirá por exactamente los mismos medios extracognitivos que están al alcance de alguien con un cociente intelectual de 60. Toma. Y termina diciendo que Dios se esconde muy bien, pero que las pocas veces que se deja ver, lo hace de una forma cognitivamente democrática. Toma y toma. Esto conecta con algo que decía William James a principios del siglo XX. James era psicólogo y filósofo, entrevistó a cientos de personas y llegó a la conclusión de que la experiencia mística, esa sensación de contacto con algo más grande que uno mismo, era uno de los fenómenos más consistentes y universales de la psicología humana. Aparecía en todos los grupos, en todas las culturas, en todas las épocas, con independencia de la inteligencia o la educación. Yo no sé si creo en el Dios mínimamente viable de César. No sé si creo que somos más complejos que nuestro origen, pero creo al 200% en su idea de abrirnos a la duda, al misterio. De hecho, yo creo que lo único que podemos abrazar con auténtica fe ciega es la duda. Quizás la única posición realmente intelectualmente honesta sea la del final de la excomunión, de salir de la sala sin saber bien qué que eres y ponerte a pensar desde cero, o la de mi abuelo, católico, creyente y practicante, que en sus últimos años a veces me decí yo creo en Dios. Llevo toda la vida haciéndolo, pero no puedo evitar ¿Y si no existe? Y hasta aquí el capítulo de esta semana. Kaizen y yo volveremos la que viene. Pero como siempre, te animo a suscribirte y recomendar el podcast allá donde lo escuches o veas, pero especialmente a tus amigos, que creo que es la mejor forma de que siga creciendo. Además, si quieres apoyarlo económicamente y ayudarme a que pueda hacer más y mejores contenidos, puedes unirte a la comunidad Kaizen, que tiene también un montón de ventajas. 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Y recuerda que si quieres participar en el podcast, puedes hacerlo enviando tu notas de audio por WhatsApp al siguiente nú 683 172 622 con el prefijo 34 si lo mandas desde fuera de España. Y esto es todo por hoy. Muchísimas gracias por estar ahí y hasta la semana que viene.
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Hola, soy Ash del podcast se regalan dudas. ¿Como ustedes saben a quién se regalan dudas? Nos cuestionamos todo, desde lo más complejo hasta lo más cotidiano y más. Yo siempre busco la mejor opción para todo. Por eso les pregunto, ¿Nunca se han sentido atados a contratos con su compañía de teléfono con pagos mensuales altísimos? ¿Verdad que sí? Por eso hoy les quiero hablar de Boost Mobile. Boost mobile pago solo 25 dólares al mes. Esto es un ahorro de hasta 600 dólares al año. Además, puedes llevar tu propio teléfono a Boost Mobile y contar con un plan sin contratos y con garantía de devolución de tu dinero de 30 días si por cualquier cosa no te gusta el plan. Así que ya sabes, visita, visita boostmobile. Com y empieza a ahorrar ahora mismo. Ahorros de hasta 600 dólares basado en una encuesta de Boost Mobile de enero del 2026 a 1000 estadounidenses con planes ilimitados de una sola línea, comparando el pago anual promedio de clientes de AT T Verizon T Mobile frente a 12 meses en el plan ilimitado de Boost Mobile.
Podcast Summary: Kaizen con Jaime Rodríguez de Santiago
Episode #272: "Las 1000 caras de Dios"
Date: May 26, 2026
In this thought-provoking episode, Jaime Rodríguez de Santiago delves into the complex and multifaceted topic of “Dios” (God). Rather than asking directly whether God exists, Jaime explores the infinite ways in which humanity has conceived of the divine. Through personal stories, historical anecdotes, philosophical musings, and playful analogies, he encourages listeners to appreciate the diversity of spiritual perspectives and the value of doubt and inquiry. The tone is reflective, intellectually humble, and respectuous toward all forms of belief and skepticism.
[16:20–17:30]
Memorable Moment: This joke encapsulates the ambiguity and subjectivity in humanity's relation with the divine.
[17:30–20:10]
Notable Quote:
[20:10–21:30]
William James:
Jaime's Reflection:
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