
Dedicamos el último capítulo de la temporada a hablar de una de las últimas fronteras humanas frente a las IAs: el amor
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Hace unas Semanas dedicamos la segunda newsletter de Universo 42 a una pregunta muy ¿Qué nos hace humanos? Y es que en tiempos de inteligencias artificiales esa pregunta parece más relevante que nunca. Porque curiosamente, a lo largo de la historia hemos tendido a confundir inteligencia con humanidad, a pesar de que no nos han faltado ejemplos de personas con una inteligencia desmedida y una humanidad cuestionable. Y a medida que las máquinas conquistan territorios cognitivos, esto nos obliga a pensar en qué es lo que realmente nos define, que seguramente sean otras cosas como el juicio moral, gestionar la ambigüedad, el afecto, la empatía, la intuición y la creatividad. Y por supuesto, la capacidad de resolver problemas complejos que no se nos habían planteado antes. No te voy a contar mucho más de esa newsletter porque siempre puedes leerla y para eso te la voy a dejar en las notas. ¿Pero casualmente por esas mismas fechas, el Papa sacó una encíclica que es una especie de newsletter solemne y centenaria que tituló Magnifica Humanitas y que dedicó básicamente al mismo cómo custodiamos lo que nos hace humanos? Y en esos temas andaba a mi cabeza cuando una amiga vino a decir que lo de Magnifica Humanitas está muy bien, pero que había otra mucho mejor llamada Amoris Laetitia. Confieso que como alguien que fue adolescente en los 2000, lo primero en lo que pensé fue en Laetitia Casta. Pero resulta que ese título significa la alegría del amor. Y a ese tema que no puede ser más humano, vamos a dedicar el último capítulo de esta temporada. Si te gusta Kaizen, que sepas que hay otra cosa que no te deberías nuestra newsletter. Suscribirse es gratis. 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Y en realidad solo puedo decir que hemos venido a jugar y que si hay un charco, ¿Para qué evitarlo si lo puedes pisar? Bromas aparte, lo cierto es que pienso que hay verdades humanas universales que podemos encontrar de muchas formas. Y eso, ni más ni menos, es lo que vamos a tratar de hacer hoy. A partir de ese documento nos vamos a sumergir en las profundidades de lo que difícilmente nos van a robar las máquinas nunca la capacidad humana de amar a otras personas. Porque La Amoris Laetitia fue una exhortación apostólica que publicó el Papa Francisco en abril de 2016 sobre el amor y la familia. Y pese a que obviamente es un texto cargado de pensamiento religioso, debajo de toda la teología lo que hay es un estudio casi antropológico del amor, de la moralidad y de la fragilidad humana que encaja con lo que dicen innumerables autores laicos. Así que hoy vamos a utilizar ese texto como excusa para hablar de tres grandes temas de forma que espero pueda ser útil para creyentes y no creyentes. Empezando por algo el significado del amor. Toma ya. Pero metámonos en faena. Porque en su capítulo cuarto el Papa Francisco hablaba del amor en el matrimonio. Y cita ese himno que creo que no ha habido boda católica a la que me hayan invitado en la que no se haya recitado. Es ese que dice que el amor es paciente, es servicial, no tiene envidia, no hace alarde, no es arrogante. Y muchas cosas más que seguramente habrás escuchado alguna vez. Y a partir de ahí hace algo interesante. Analiza casi palabra por palabra lo que significa eso en el día a día de una pareja. Y explica que la paciencia, por ejemplo, no es una virtud abstracta. Es lo que ocurre cuando dejas de actuar por impulso y reconoces que el otro tiene derecho a ser como es y no como me gustaría que fuera. La amabilidad no es una sonrisa de cortesía. Es saber pedir perdón, decir por favor, dejar hablar al otro hasta que te termine la frase. Cosas pequeñas, casi insignificantes, que repetidas a diario durante años, construyen o destruyen una relación. Y aquí es donde la traducción al mundo laico casi se escribe sola. Porque resulta que hay un señor llamado Erich Fromm, psicoanalista, filósofo judío alemán huido de la Alemania nazi, que en 1956 publicó un librito breve titulado El arte de amar. No llega ni a las 200 páginas, se lee bastante rápido y la tesis central es que el amor no es un sentimiento que te pasa, Es una práctica que se aprende, como tocar el piano, cocinar o como cualquier oficio. Lo que dice exactamente Fromm es que el amor maduro es una actividad, no una pasividad, y que requiere estudio, intención y entrega. Y esto, ¿Qué quieres que te diga? Creo que cualquiera que haya estado el suficiente tiempo en una relación lo ha sentido. Hemos hablado de la perspectiva religiosa y de la perspectiva laica más intelectual, pero nos falta una muy la empírica. ¿Qué pasa cuando el amor se estudia con datos, batas blancas y método científico? En los años 80, John Gottman montó un laboratorio en la Universidad de Washington al que en su entorno llamaron el Love Lab, el laboratorio del amor. El nombre es inmejorable. La idea era sencilla y un poco invasiva. Meter a parejas reales en una habitación con cámaras, sensores de ritmo cardíaco y de conductancia de la piel, pedirles que discutieran durante 15 minutos sobre algo que les preocupara y luego seguirlas durante años para ver qué pasaba con esas parejas. En mi opinión no solicitada, perdieron una oportunidad maravillosa de hacer un reality show. Por aquel laboratorio han pasado miles de parejas a lo largo de cuatro décadas. Y de todo aquel material salió uno de los hallazgos más llamativos de la psicología social del último en teoría, a partir de lo aprendido observando esas interacciones con solo ver 15 minutos de la discusión, se puede predecir si una pareja se va a separar o no con un 94 de precisión. 94 %. Lo cual, si lo piensas un momento, da un poquito de respeto. ¿Y de qué depende esa predicción? Pues sobre todo de la presencia de lo que Gottman llamó los cuatro jinetes del la crítica, el desprecio, que es el más letal de los cuatro, la actitud defensiva y la evasión, que en inglés se llama stonewalling y viene a ser apagarse y levantar un muro mientras el otro te está hablando. Pero eso no es todo. Hay aún un indicador más concreto y preciso. Las parejas que duran incluso en plena discusión, mantienen una proporción de aproximadamente cinco interacciones positivas. Una broma, un gesto de afecto, una validación, un tienes razón. Por cada interacción negativa, 5 a 1. Y fuera de las discusiones, la proporción sube hasta 20 a 1. Y aquí es donde, en el fondo, todo se une. Lo que Gottman demuestra en el laboratorio es muy similar a lo que Fromm o el Papa Francisco. El amor que dura es un trabajo cotidiano de pequeños. La paciencia, los gestos amables, las validaciones, el saber callarse a tiempo. Lo que tu abuela ya sabía, pero ahora con números. Y creo que esto es especialmente importante en una sociedad que muchas veces vive rodeada de espejismos. Como el del mito romántico, el que nos vende Hollywood, que dice casi lo contrario, que el amor verdadero te sucede y que es algo casi mágico, un encuentro cósmico con una persona que es simplemente tu otra mitad. Y que cuando aparece, todo fluye sin esfuerzo. Hay una psicóloga israelí, Eva Ious, que lleva tres décadas escribiendo sobre cómo este mito ha colonizado nuestra forma de relacionarnos. Según ella, mucho de nuestro sufrimiento amoroso contemporáneo no viene de fracasos personales, sino de haber interiorizado un modelo industrial del amor. El modelo del consumo, del intercambio, del quizás haya alguien mejor a un clic de distancia. Y Sigmund Bauman decía algo muy en nuestras sociedades, los lazos humanos se han vuelto frágiles. Porque hemos importado al mundo afectivo la lógica del producto que simplemente se descarta cuando deja de satisfacer. Claro que llegados a este punto, yo casi me siento obligado a compartir una reflexión. Porque sí, estoy de acuerdo en que hemos idealizado y hasta banalizado el amor muchas veces. Lo hemos convertido en una especie de lotería a la que tenemos que jugar hasta que salga el número premiado, sin plantearnos qué trabajo debemos hacer nosotros para que la cosa funcione. Pero a la vez, casi todo en la vida es cuestión de equilibrio. Una cosa es renunciar a un ideal que jamás sucederá, algo que creo que es sano, y otra fustigarnos en una larga penitencia por mantener una relación que no va a ningún lado. Y no sé si hay un criterio sencillo con el que saber cuándo hacer, qué no seré yo quien trate de dar consejos afectivos. Pero pienso que si dudas, hay algunas pistas. Para empezar, las de Gottman. Cuidado con la crítica, con el desprecio, con las actitudes defensivas o las evasivas. Quizás sea útil prestar atención al esfuerzo que hacemos nosotros y al que hace la otra persona, a si suceden o no esas interacciones positivas. No como una comparativa para el reproche, sino como una conversación honesta con nosotros mismos de si realmente hemos dado suficientes oportunidades para que las cosas funcionen, y si funcionan o no, y lo que todo eso signifique. He leído, no sé si es del todo verdad, que el capítulo más polémico del Amor is Laetitia es el octavo, hasta el punto de que en 2016 hubo cuatro cardenales que le mandaron al Papa una carta formal, un documento que se llama Dubia, en el que le pedían que aclarara qué demonios estaba diciendo. Al parecer Francisco nunca contestó, lo cual, como bien saben quienes hayan tenido jefes, también es una manera de contestar. ¿Y qué decía Francisco que fuera tan polémico? Pues, entre otras cosas, se apoyaba en una idea que la teología católica llama gradualidad y que básicamente es que los seres humanos no nos volvemos moralmente íntegros de golpe, que crecemos, que tropezamos, que volvemos a empezar. Y que a las instituciones, incluida la Iglesia, les toca acompañar a la gente en ese crecimiento, no condenarlas por algo que han hecho en algún punto del camino. Y esto, por ejemplo, incluía a los divorciados. En una entrevista, el propio Francisco lo explicó diciendo que veía a la Iglesia como un hospital de campaña después de la batalla, que es inútil preguntarle a un herido grave si tiene el colesterol alto o cuánto azúcar tiene en sangre, que lo que hay que hacer es curarle las heridas. Lo que nos lleva a explorar distintas formas en las que esta idea se ha abordado de una perspectiva más o menos laica, empezando por el momento en el que a un agente de bolsa neoyorquino llamado Bill Wilson, que llevaba seis meses sobrio tras décadas de alcoholismo, le da en mitad de un viaje de negocios por buscar a otro alcohólico con el que hablar. Y así llega a Bob Smith, un cirujano de la ciudad que está completamente hundido. Y esa tarde de 1935, en una simple conversación entre dos personas que se han asomado a lo más oscuro de sus propias personalidades, nació Alcohólicos Anónimos. Lo que Wilson y Smith descubrieron casi por accidente y que luego articularon en los famosos doce pasos. Es una idea muy similar a la que el Papa Francisco explica en lenguaje teológico. De hecho, aunque hay algunas referencias religiosas en esos 12 pasos, desde el principio los llenaron de guiños para quienes no fueran creyentes. Porque lo que vienen a decir es que para salir de pozos así de profundos se necesita recorrer un camino que es lento y que puede estar lleno de tropiezos. Y que el grupo no está ahí para juzgar sino para acompañar algo que desde mi humilde punto de vista tiene mucho sentido pero que a la vez parece que nos cuesta mucho hacer. Y es que quizás vivamos en un momento que no ayuda especialmente. Mira tu teléfono. Mira cómo reaccionamos cuando alguien, famoso o desconocido mete la pata moralmente en público. Encontramos ese tuit de hace 10 años, lo elevamos a pieza definitiva sobre su identidad, le aplicamos una pena social y a por el siguiente. Claro que hay cosas inaceptables, pero a veces parece que aplicamos un listón muy alto. No parece que pongamos un cartel en la puerta que aquí no entras salvo que seas perfecto. Casi no damos derecho a que alguien sea hoy distinto de quien fue hace 10 o 15 años. Justo lo que de alguna manera el Papa Francisco pedía que la Iglesia dejara de hacer. En su exhortación conviene recordar que todos nosotros, y los demás también, somos mucho más que nuestro peor momento. Hay una metáfora que la psicóloga estadounidense Alison Gopnik suele usar para referirse a la crianza que creo que viene como anillo al dedo. Ella habla de cómo aproximar la vida desde dos Una es la perspectiva del carpintero que coge un plano y trabaja la madera para ajustarla a él. Si la madera se desvía, la rectifica. Si sigue sin encajar, la descarta. El criterio del éxito es entonces cuánto se parece el resultado al plano. Mientras tanto, un jardinero no tiene plano. Tiene una planta, un suelo, un clima y una cierta cantidad de luz. Su trabajo es cuidar las condiciones para que la planta crezca según su propia naturaleza, que no es la del jardinero. A veces dará flores que no esperaba. A veces no dará ninguna durante años. El criterio del éxito es simplemente que crezca. Y aquí, creo, está otra de las la de no asumir que los hijos, los empleados, las parejas, los ciudadanos deben encajar con el plano que nosotros tenemos en la cabeza. Creo que lo que la amoris le pide a la Iglesia, lo que Alcohólicos anónimos aprendió en 1935, y lo que Gopnik dice que tendríamos que hacer con nuestros hijos, es, en el fondo, mirarlos, al menos en parte, como si fuéramos jardineros. Claro que una cosa es tratar de ser comprensivos con el camino que todos recorremos en la vida y otra renunciar a nuestros propios marcos morales. De nuevo, creo que necesitamos buscar un equilibrio, lo que nos lleva a la relación entre la moral y la compasión. Y creo que aquí llegamos al núcleo de todo lo que hemos discutido hoy. Porque debajo de toda la amoris lo que hay es una tensión muy antigua entre la norma general y el caso concreto, entre lo que dice el código y lo que pide la situación real. La posición de Francisco en el capítulo octavo, dicha en lenguaje laico, viene a ser la norma existe, sirve e importa. Pero ninguna norma cubre todos los casos posibles de la vida real. Y cuando la norma general entra en colisión con una situación concreta de carne y hueso, lo que debe decidir es la conciencia bien formada del individuo, acompañada por alguien que le quiera. Un confesor en el lenguaje religioso, un amigo sabio, un terapeuta, una madre lúcida en lenguaje laico. Esto te puede sonar a teología, y lo es, pero también es Kant. Más en concreto, es la autonomía moral kantiana. La idea de que nuestra dignidad como seres humanos consiste, entre otras cosas, en ser nuestros propios legisladores morales. En no obedecer una regla porque venga de fuera, sino porque la hayamos examinado, reconocido y hecho propia. Ninguna institución religiosa, política o social debería sustituir ese juicio íntimo. Porque cuando sucede, cuando las normas se siguen de forma irreflexiva, lo que salen no suelen ser santos. Y aquí aparece un término que muchos tenemos completamente asociado a la religión, que es la misericordia, pero que también tiene sus espejos laicos. La filósofa Martha Nussbaum habla de la idea de que ninguna sociedad decente puede sostenerse únicamente sobre normas y derechos. Dice que las sociedades necesitan además ciertas emociones pú la compasión, la simpatía, el reconocimiento de las vulnerabilidades de los demás. Y que sin esas emociones la justicia se vuelve fría y al final se puede volver hasta injusta. Y pienso que podemos entender la misericordia o la compasión como la capacidad de mirar a alguien, insisto, también a nosotros mismos, y no reducirle a sus peores momentos. Podemos mirar a quienes de alguna forma han fracasado en su matrimonio, en su trabajo, en su vida, o quienes se han desviado de nuestro código moral. Y podemos mantener nuestros valores, incluso aplicar un castigo a quienes han incumplido la ley, y a la vez respetar su dignidad y acompañarles. Al final acabamos casi donde empezamos, con aquella pregunta de qué nos hace humanos. Porque hemos hablado del amor como una práctica que se aprende y no como un sentimiento que te ocurre. Hemos hablado de cómo crecemos moralmente paso a paso, fracasando y volviendo a empezar. Y hemos hablado de juzgar el caso concreto con la compasión de quien reconoce que el otro es vulnerable igual que uno mismo. Y es que intuyo que esas tres cosas son de esas que no va a hacer bien una máquina, por mucho que aprenda. Una IA puede decirte lo que quieres oír, incluso lo que necesitas oír, pero dudo mucho que pueda hacernos sentir cuidados. Seguramente pueda calcular cuál es la decisión moralmente óptima de acuerdo a un conjunto de valores, pero difícilmente va a servirnos de apoyo cuando nuestra conciencia nos atormente. Para todas esas cosas estamos los humanos. Y para lograrlas necesitamos aprender los unos de los otros. Y hay mucho que podemos aprender, incluso aunque nuestras creencias sean completamente diferentes. Puede que, de hecho, cuanto más diferentes seamos, más podamos aprender. Y eso, al menos, es lo que hemos intentado hoy. Porque hay algo que nos une a una pequeña cosa en común llamada humanidad. Y hasta aquí el último capítulo de la temporada. Kaizen y yo volveremos en septiembre después de un no sé si muy merecido pero muy necesario descanso. Hasta entonces, te animo a suscribirte y record recomendar Kaizen en tu plataforma de podcast preferida, en YouTube, en redes sociales, o como creo que es mejor, a tus amigos. 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Date: June 30, 2026
Host: Jaime Rodríguez de Santiago
In this introspective and multidisciplinary episode, Jaime Rodríguez de Santiago explores the deep question: What makes us human? Using the Catholic document Amoris Laetitia as a starting point, Jaime reflects on the human ability to love—connecting religious, philosophical, and scientific perspectives. The conversation delves into the practice of love, the messiness of moral growth, the balance between compassion and norms, and why certain human capacities remain uniquely ours in the age of artificial intelligence.
“A medida que las máquinas conquistan territorios cognitivos, esto nos obliga a pensar en qué es lo que realmente nos define, que seguramente sean otras cosas como el juicio moral, gestionar la ambigüedad, el afecto, la empatía, la intuición y la creatividad.” (00:22)
“Debajo de toda la teología lo que hay es un estudio casi antropológico del amor, de la moralidad y de la fragilidad humana que encaja con lo que dicen innumerables autores laicos.” (03:23)
“Pienso que hay verdades humanas universales que podemos encontrar de muchas formas.” (03:42)
“La paciencia...es lo que ocurre cuando dejas de actuar por impulso y reconoces que el otro tiene derecho a ser como es y no como me gustaría que fuera.” (05:20) “La amabilidad… Es saber pedir perdón, decir por favor, dejar hablar al otro hasta que te termine la frase. Cosas pequeñas, casi insignificantes... que construyen o destruyen una relación.” (05:52)
“El amor no es un sentimiento que te pasa. Es una práctica que se aprende, como tocar el piano, cocinar o como cualquier oficio.” (06:34) “El amor maduro es una actividad, no una pasividad, y requiere estudio, intención y entrega.” (07:00)
“Con solo ver 15 minutos de la discusión, se puede predecir si una pareja se va a separar o no con un 94 % de precisión.” (08:47) “Las parejas que duran... mantienen una proporción de aproximadamente cinco interacciones positivas por cada interacción negativa. 5 a 1.” (10:12)
“Mucho de nuestro sufrimiento amoroso contemporáneo no viene de fracasos personales, sino de haber interiorizado un modelo industrial del amor.” (12:02) “Sigmund Bauman decía... los lazos humanos se han vuelto frágiles.” (12:32)
“Los seres humanos no nos volvemos moralmente íntegros de golpe, crecemos, tropezamos, volvemos a empezar. Y que a las instituciones... les toca acompañar a la gente en ese crecimiento, no condenarlas.” (15:15)
“Para salir de pozos así de profundos se necesita recorrer un camino que es lento y que puede estar lleno de tropiezos. Y que el grupo no está ahí para juzgar sino para acompañar.” (16:30)
“El criterio del éxito es simplemente que crezca.” (18:15)
“La posición de Francisco... viene a ser: la norma existe, sirve e importa. Pero ninguna norma cubre todos los casos posibles de la vida real. Y cuando... entra en colisión... lo que debe decidir es la conciencia bien formada del individuo, acompañada por alguien que le quiera.” (19:05)
“Ninguna institución… debería sustituir ese juicio íntimo. Porque cuando sucede, cuando las normas se siguen de forma irreflexiva, lo que salen no suelen ser santos.” (19:37) “La filósofa Martha Nussbaum habla de que ninguna sociedad decente puede sostenerse únicamente sobre normas y derechos... se necesitan emociones públicas: la compasión, la simpatía, el reconocimiento de las vulnerabilidades de los demás.” (20:00)
“Una IA puede decirte lo que quieres oír, incluso lo que necesitas oír, pero dudo mucho que pueda hacernos sentir cuidados.” (21:20)
“Puede que, de hecho, cuanto más diferentes seamos, más podamos aprender.” (21:45)
“Hay algo que nos une, una pequeña cosa en común llamada humanidad.” (21:50)
Jaime utiliza Amoris Laetitia como punto de partida para una reflexión que trasciende lo religioso y se convierte en un manifiesto a favor de la compasión, el crecimiento moral paso a paso y el valor del amor como práctica cotidiana. El episodio resulta útil tanto para creyentes como para escépticos, uniendo saberes religiosos, filosóficos, psicológicos y cotidianos para responder a la pregunta de qué nos mantiene humanos en la era de las máquinas.