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Nos pasamos la vida protegiéndonos, aprendiendo a medir nuestras palabras, a disimular lo que sentimos, a guardar ciertas partecitas nuestras porque creemos que mostrarlas es peligroso. ¿Cuántas veces no te extraño, me lastimaste, tengo miedo solamente por miedo a que te juzguen? ¿Cuántas veces dejaste pasar la posibilidad de un vínculo real por no querer ser la primera en mostrar lo que sentís? Nos aferramos a la idea de que ser vulnerables es exponernos al peligro. Pero lo que realmente nos hace daño no es mostrarnos, sino escondernos. Todo lo que hace que la vida tenga sentido nace cuando nos animamos a ser vistos. La vulnerabilidad no es una falla en el sistema, no es un defecto de fábrica, es una puerta, una rendija por donde pueda entrar la luz. Psicología al desnudo es una producción original de Psi Mamoliti, la plataforma de psicología y bienestar en la que podés encontrar a tu psicólogo ideal. Vamos a googlear la palabra bulear. Vulnerabilidad viene del latín vulnerabilis, formada por el prefijo vulnus, que significa herida y el prefijo bilis que quiere decir posibilidad, es decir, la posibilidad de salir herido. Fíjate que ya desde su etimología tiene una connotación que da miedo. Si nos mostramos vulnerables podemos salir lastimados. En general usamos esta palabra para hablar de lo físico. Una persona con las defensas bajas es vulnerable a los virus. Un bebé, un perro, un gato, cachorrito, son vulnerables porque no pueden cuidarse solos, necesitan de alguien que los proteja. Pero la vulnerabilidad no es solamente física, ni puede leerse solo desde la perspectiva de riesgo. También existe la vulnerabilidad emocional. Y ahí ya no hablamos de algunos, sino de todos los seres humanos. Porque todos, vos, yo, todos nosotros, estamos expuestos al dolor y solo por eso ya somos vulnerables. El problema es que aceptar el dolor, lo rotó, en la sociedad moderna occidental en la que vivimos, no está muy bien visto. Nos enseñaron a hacernos los fuertes, a bien, todo bien, aunque se nos esté cayendo el mundo. ¿Te diste cuenta que no importa si tuvimos el peor de los días, si nos echaron del trabajo o si nos pasó algo realmente malo? La famosísima y trillada respuesta a la pregunta de ¿Cómo estás? Siempre es todo bien. ¿Qué pasa si algún día alguien la verdad que me siento bastante mal? Uff, es como que se rompe la Matrix, se nos desconfigura la psiquis. Hay un libro que me encanta, ya lo he nombrado muchas veces, se llama Amor Líquido, del sociólogo británico Sigmund Bauman. Y lo que plantea él es tremendo. Dice que nosotros, vos, yo, todos, somos parte de una sociedad donde cada vez nos cuesta más vincularnos de verdad. Y él nos llama el hombre sin vínculos. ¿Y qué dice este hombre? Es decir, de estas personas, de todos nosotros, que vamos a aprender a relacionarnos de una forma que nos permita irnos rápido si la cosa se pone un poco incómoda. Vincularnos con otros, sí, pero con una salida de emergencia, siempre a mano. Como si el lema conéctate, pero no demasiado, encariñate, pero no tanto. Y ahí está lo loco, porque queremos cercanía, queremos amor, queremos intimidad, pero sin pagar el precio de exponernos el vínculos rápidos, superficiales, que empiezan y terminan sin dejar rastro. Y ese es el gran costo de evitar la vulnerabilidad, el vacío, esa sensación de no sé qué me pasa, cuando en realidad lo que te pasa es que no estás pudiendo conectar de verdad con nadie. Aprender qué es la vulnerabilidad es necesario justamente porque nos libera del peso del perfeccionismo, del impulso de escondernos cada vez que sentimos miedo o tristeza cuando nos vinculamos con otros. Es nada más ni nada menos que el primer paso para vivir con autenticidad, para construir relaciones reales y profundas con otras personas. Si venís escuchando hasta acá y sentís que este tema resuena con vos o se relaciona con tu vida, quédate porque tenemos parte práctica donde te comparto herramientas para efectivamente hacer algo con lo que te pasa. Ahora sí, sigamos. Hay una charla TED que fue furor en Internet hace algunos años. La dio una investigadora que nos hizo temblar a todos. Se llama Brené Brown y lo que vino a decir fue tan simple como revolucionario. Y es que ser vulnerable no es ser débil. De hecho, es ser valiente. La vulnerabilidad para ella es incertidumbre, riesgo y exposición emocional. Ser vulnerable es sinónimo de estar vivo, punto de estar abierto a lo que la vida trae sin garantías. Es permitirnos ser vistos, incluso cuando no sabemos si nos van a aceptar o si nos van a rechazar. Es compartir lo que sentimos, aunque eso implique arriesgarnos a que el otro nos critique o nos rechace. Ella dice que si somos seres humanos, no extraterrestres, sentimos emociones. Y si sentimos emociones, entonces somos vulnerables. Y también dice que si evitamos sentir para no mostrarnos frágiles, en realidad nos estamos cerrando a lo que nos hace humanos. Nos cerramos al amor, a la conexión, a la alegría. Porque todo eso, todo lo lindo de la vida implica incertidumbre, riesgo y exposición emocional. Ella fue pionera en cuestionar la idea que teníamos sobre ser vulnerable. En su libro Que es una joven, se mete de lleno con todos esos mitos que venimos arrastrando sobre la vulnerabilidad. Vamos a verlos. El mito número uno es que la vulnerabilidad es sinónimo de debilidad. Cuando pensamos en la palabra vulnerable, lo primero que viene a nuestra mente es la idea de debilidad. La asociamos con lo frágil, un vidrio finito, una florcita chiquitita que tiene las hojitas frágiles, algo fácil de romper. Brené le pidió a miles de personas que completaran la frase. Para mí, ser vulnerable es. ¿Y querés saber qué respondieron? Dijeron ser vulnerable. Decir no pedir ayuda, compartir una opinión poco popular o políticamente incorrecta, montar mi propio negocio, ayudar a mi esposa de 37 años que tiene un cáncer de mama en fase 4 a tomar decisiones sobre qué desea hacer, tomar la iniciativa para tener sexo con mi pareja, llamar a un amigo cuyo hijo acaba de morir, la primera cita después de un divorcio. ¿Te parece que eso es debilidad? A mí me suena a coraje, a decisiones difíciles donde te la jugás de lleno sin saber qué va a pasar. No le tenemos miedo a la vulnerabilidad. Le tenemos miedo a lo que despierta en nosotros, a la incertidumbre, al riesgo, al no tener el control de todo. El mito número 2 es que ser vulnerable significa exponerse demasiado. Ahora, ser vulnerables no significa que tengamos que serlo con todo el mundo. No invitás a tu casa a un desconocido que recién te cruzaste en la calle. No le prestás tu auto a un compañero de trabajo con el que apenas te cruzás. Ni le contás un secreto a una persona que recién conocés. Esas son cosas que hacés cuando sentís la confianza de hacerlo. Bueno, con la vulnerabilidad pasa lo mismo. No se trata de mostrarte vulnerable con cualquiera. No todos tienen el derecho de conocer lo que pasa en nuestro interior. Dice Brené que la vulnerabilidad es compartir nuestros sentimientos, nuestras experiencias con las personas que se ganaron el derecho a escucharlas. Este punto es clave. No tenemos que ser vulnerables con todos, sino con las personas que se lo ganan. El mito número 3 es que la vulnerabilidad nos puede hacer perder el control. Gran error. Pensamos que mostrar lo que sentimos nos vuelve más débiles frente a los demás. Como si abrirnos emocionalmente fuera igual a perder fuerza, como si llorar fuera perder el partido. Quizás te pasó alguna vez algo así, por tenés una reunión importante en el trabajo y algo no salió como esperabas. Entonces sentís angustia, frustración, pero te lo tragás todo, sonreís, hablás como si nada y hasta hacés algún chiste para desviar la atención. ¿Por qué hacemos eso? Porque pensamos que si mostramos lo que sentimos, si nos tiembla la voz, si estoy un poco angustiado, si se nos caen algunas lágrimas, vamos a parecer débiles, vamos a perder autoridad, vamos a dejar de tener el control. A mí me encanta que Brené lo da vuelta. Ella dice que la vulnerabilidad no nos saca el control, nos lo devuelve. Porque cuando nos mostramos reales, nos hacemos cargo de lo que sentimos, de lo que somos, de lo que queremos decir y de lo que no. No es resignar el mando, todo lo contrario, es tomar el timón y dejar de remar con la careta puesta. Mientras más vulnerables nos mostremos, más control vamos a tener sobre nuestras erecciones. El mito número 4 es que si nos mostramos vulnerables nos van a juzgar. Y la verdad es que no nos culpo por tener ese mito. Lo tenemos metido en la piel. Porque es cierto, las personas incomodan con lo emocional. Nos incomoda ver llorar a otra persona o llorar nosotros adelante de otros. De hecho, la gente que llora suele Ay, perdón, que estoy llorando. No se disculpan. Estamos acostumbrados a que el miedo se oculta, a que la tristeza se maquilla un poquito, porque no vaya a ser cosa que el otro me rechace si le cuento que me siento mal. Brené Brown dice que el miedo al juicio es una de las principales barreras para mostrarnos vulnerables. Y la verdad es que sí, siempre hay un riesgo. Puede pasar que del otro lado te encuentres con alguien que no sepa bien sostener lo que compartís, que se ponga incómodo, que cambie de tema. Eso puede pasar. Pero también puede pasar otra que el otro se vea reflejado y Guau, yo también me sentí así. Y que baje la guardia y suelte su propia coraza porque vos soltaste la tuya primero. Mostrar lo que sentís puede abrir una puerta donde antes había una pared. Y ahí, en ese espacio nuevo, aparece lo más lindo, que es la conexión real. El mito número 5 es que ser vulnerable no es para todos. Y esto es un error, porque la vulnerabilidad no es opcional, es una condición de existencia. La única diferencia es que algunos la reconocemos y otros la escondemos. Pero sentir no se elige. Lo que se elige es si lo vamos a negar o si lo vamos a habitar. Pero nadie está exento de vulnerabilidad porque la vida es vulnerable. No podemos elegir excluirnos de la incertidumbre, del riesgo. El problema está en creer que sí podemos no ser vulnerables. René Brown lo dice muy la vulnerabilidad no es algo de lo que puedas escapar. Lo único que puedes decidir es cómo vas a responder cuando te encuentres con ella. Muy bien, ya sabemos entonces que todos somos vulnerables, que serlo no es sinónimo de debilidad y que mientras más conectemos con ella, más control sobre nuestra historia y sobre nuestras decisiones vamos a tener. Y lo más importante es que la vulnerabilidad es una condición necesaria para conectar profundo con los demás. Ahora vamos a pasar a la parte práctica de todo este asunto. La parte donde llevamos todo este conocimiento clave a nuestra vida, a la acción. Brené Brown dice que la vulnerabilidad es algo que se cultiva, no es algo aislado, es una práctica, una forma de vivir. Así que ahora te voy a proponer bajarlo a tierra. Cuatro pasos muy simples que nos regala Brené para que empecemos desde hoy, sin vueltas. En primer lugar, aprender a estar cómodos en la incomodidad. No podemos pretender mostrarnos vulnerables y sentirnos súper cómodos. Tenemos que aceptar que un poquito incómodos nos vamos a sentir. Aceptar esa incomodidad es aceptar el riesgo y la incertidumbre que implica abrirme emocionalmente frente a otro. Y esto es así siempre. No hay vulnerabilidad sin incomodidad y punto. Porque abrirte frente al otro no es muy cómodo. Decirte extraño cuando no sabés si el otro te extraña, no es cómodo. Admitir que algo te dolió no es cómodo. Pero lo que importa acá es que tolerar esa incomodidad me va a permitir a mí conectar desde lo profundo con alguien o con algo más. Me va a permitir ir atrás de mi lado más genuino, más real. Y eso hace que estar un poco incómodo valga la pena. Así que la próxima vez que estés en una conversación difícil y sientas esa incomodidad aparecer, en lugar de salir corriendo o evitar la situación, respira hondo y permitite sentir estoy incómodo porque esto es importante para mí. El paso número 2 es que no te escondas detrás de la perfección. Somos seres humanos y nos equivocamos. Es así. Y además, en general nadie conecta con las personas perfectas, con las que parecen tener todo resuelto. Conectamos con las personas que muestran miedo, con las que dudan, con las que se animan a decir ni idea, no sé. Cuando alguien te cuenta que metió la pata en una charla importante, que se le quebró la voz en una reunión o que lloró en el colectivo sin saber por qué, ¿Qué pensás? ¿Ay, qué débil esta persona, no? Pensá qué bueno que puedas decirlo, a mí también me pasa, me pasó. La próxima vez que te equivoques y esa vocecita empiece con el látigo, freinala. No necesito ser impecable para ser valioso. Pensá en la gente que amás, en la gente que admirás de tu entorno, en todas las veces que seguramente ellos se hayan equivocado también. No son perfectos y no por eso dejan de ser valiosos para vos. Entonces, ¿Por qué nos vivimos exigiendo serlo? El paso número 3 es que detectes tu máscara favorita. Esto es porque no todos nos protegemos igual. Algunos usamos la risa, otros usamos la ironía, otros usamos la máscara del yo puedo con todo sola, otros el control. Cada uno tiene su disfraz. Puede ser la máscara del yo puedo con todo aunque por dentro necesites ayuda a gritos, o la máscara del no me importa tanto cuando en realidad te está quemando por dentro sí te importa, o la del no te quiero tanto no me importás, cuando en verdad te estás protegiendo del rechazo o esa otra que ay, yo me río de todo. Aunque estés usando la risa para tapar el miedo o la tristeza. Entonces, la próxima vez que sientas incomodidad, un rechazo, un miedo, una tristeza que se asoma, frená un segundo y pregúntate ¿Qué máscara me estoy poniendo ahora? Ese solo gesto de identificarla, de ponerle nombre, de verla, ya es vulnerabilidad, porque nos corre del automático, nos devuelve presencia. Y número 4 crear relaciones basadas en en la autenticidad. Te tiro un según investigaciones de la Universidad de Harvard, el mayor factor para una vida larga y feliz no es la alimentación, ni el ejercicio, ni la genética. Es la calidad de tus vínculos emocionales. Lo que más nos protege en la vida no es lo que comemos, sino con quién podemos hablar cuando algo nos duele. Pero ojo, no estoy hablando de cualquier vínculo, hablo de personas con las que podés ser ser vos sin corregirte, sin medir cada palabra, sin tener que explicar tus emociones como si fuera un PowerPoint. Mostrarle a alguien lo que sentís, lo que te pasa, lo que te sacude, es una forma de confío en vos para sostener esto conmigo. Y eso, aunque no lo parezca, fortalece el vínculo como nada más puede hacerlo. Y otro dato curioso que me encanta que en estudios sobre conexión emocional se observó que cuando alguien se abre emocionalmente con vos, tu ritmo cardíaco se sincroniza con el del otro. Es decir que no es solamente una metáfora. Sentir juntos literalmente nos conecta con el otro. Así que la próxima vez que alguien valioso te pregunte ¿Cómo estás? En vez de responder en automático, probá con algo simple pero sincero. ¿Sabés que? Hoy estoy un poco rara, me siento un poco apagada, no sé, pero hay algo adentro que me incomoda. Te aseguro que después de compartirlo, lo que llevás dentro se va a sentir más liviano. Y del otro lado, quizás alguien también se anime a dejar caer su máscara. Nos pasamos la vida protegiéndonos, aprendiendo a medir nuestras palabras, a disimular lo que sentimos, a guardar ciertas partecitas nuestras porque creemos que mostrarlas es peligroso, que somos intensos y lo hacemos. Nos dijeron que la independencia era sinónimo de éxito y que la fragilidad tenía que esconderse. ¿Cuántas veces no te extraño, me lastimaste, tengo miedo, solamente por miedo a que te juzguen? ¿Cuántas veces dejaste pasar la posibilidad de un vínculo real por no querer ser la primera en mostrar lo que sentís? Nos aferramos a la idea de que ser vulnerables es exponernos al peligro. Pero lo que realmente nos hace daño no es mostrarnos, sino escondernos. Porque el amor, la amistad, la confianza, la creatividad, todo lo que hace que la vida tenga sentido, nace cuando nos animamos a ser vistos. La vulnerabilidad no es una falla en el sistema, no es un defecto de fábrica. Es una puerta, una rendija por donde puede entrar la luz. Así que no esperes a que sea 100% seguro para abrirte, porque quizás nunca lo seas del todo. No esperes el momento perfecto para sentir. No busques certezas. Arriesgate. La vulnerabilidad es incómoda, sí, pero también da libertad. La próxima vez que tengas miedo de decir lo que sentís, pensá en El riesgo de ser visto es grande, pero el riesgo de vivir ocultándote es mil veces mayor. Elegí ser real, ser auténtico, ser vulnerable, porque ahí, justo ahí, es donde empieza lo que realmente importa. Hasta acá el episodio de hoy. Si estás listo, lista para iniciar terapia y transitar un proceso de transformación en compañía de un profesional, McMamoliti, te estamos esperando. 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