Transcript
A (0:00)
Si sentís miedo, sos cobarde. Si sentís tristeza, sos débil. Si te enojás, sos violento. Si sentís envidia, sos una mala persona. Y si te culpás, sos medio inmaduro. Si sentís vergüenza, sos poco suficiente. Mentira. Las emociones no son el problema. El problema es que no sabemos leerlas. No las elimines, aprendé su idioma. Porque cuando aprendemos a leerlas dejan de ser enemigas y se convierten en las mejores guías que tenemos. Psicología al desnudo es una producción original de Psi Mamoliti, la plataforma de psicología y bienestar en la que podés encontrar a tu psicólogo ideal. Hace miles de años, cuando el homo sapiens vivía en la sabana africana, no tenía psicólogos, ni podcast, ni libretas de autoconocimiento. Pero tenía emociones. Y esas emociones lo ayudaban a sobrevivir. El miedo lo hacía huir del león. La tristeza lo conectaba con la pérdida y con el grupo. La ira lo preparaba para defender su territorio. Hoy no vivimos en selvas, pero nuestro sistema emocional es exactamente el mismo. No cambió, solamente que ahora no corremos por la sabana, sino que corremos para llegar a rendir o para sostener todas las responsabilidades que nos ahogan. En este contexto tan distinto, las emociones siguen siendo señales. ¿Viste qué incómodo que es cuando se encienden las luces del tablero del auto para avisarnos que subió la temperatura o o que nos queda poco combustible? Nos informan que hay algún problema que tenemos que resolver. ¿No es lindo que algo ande mal, pero le sacarías esas alarmas al auto? Porque ese avisito molesto, esa lucecita, nos permite prevenir un mal mayor. Con las emociones pasa exactamente lo mismo. Cada emoción es una luz específica que se enciende para avisarnos que hay algo a resolver. La naturaleza, sabia maestra universal, no conserva nada que no sea esencial. Y a las emociones las mantuvo hasta hoy. Si no fueran claves, las habría eliminado como lo hace con los órganos que ya no necesitamos. No habrían perdurado a lo largo de toda la evolución si no cumplieran una función fundamental. No son cómodas, pero son muy sabias. ¿Existen emociones negativas y positivas? La respuesta es no. Absolutamente no. Cada emoción, por muy horrible que se sienta, tiene información. Por eso no las categorizamos en negativas o positivas porque en tanto útiles, son todas positivas si sabemos escucharlas y regularlas. Sí es cierto que hay emociones que nos enseñaron a aplaudir, como la alegría, el amor, la admiración y otras que nos enseñaron a esconder el miedo, la culpa, la envidia, la tristeza. Hoy te invito a pensar en las emociones en otros términos, sin dejar de entender que pueden ser agradables o desagradables, pero reconociendo que son todas igualmente válidas y necesarias para enfrentar los eventos de la vida de manera sana. Si venís escuchando hasta acá y sentís que este tema resuena con vos o se relaciona con tu vida, quédate porque tenemos parte práctica donde te comparto herramientas para efectivamente hacer algo con lo que te pasa. Ahora sí, sigamos. Mi invitación es que mientras escuchás, no te quedes en el esto ya lo sé. Porque seguramente muchas cosas de las que diga ahora ya las sepas. Te voy a proponer que hagas el ejercicio de preguntarte con curiosidad ¿Qué de todo esto estoy realmente aplicando en mi vida? Porque saber no alcanzar lo que de verdad transforma. Es cuando convertimos ese conocimiento en experiencia, cuando lo hacemos carne. Primera emoción, el miedo, nuestro protector silencioso. Últimamente veo a muchos gurús que nos no tengas miedo, no seas cobarde. Hay que vencer el miedo. Como si sentir miedo fuera el problema. Pero no, el miedo no es el problema. El miedo es la alarma que nos avisa que hay algo importante que tenemos que mirar. Es la señal de que hay una desproporción entre lo que la situación te exige y lo que sentís que podés dar. Creer que lo mejor es evitarlo o negarlo es absurdo. Como romper la lucecita del tablero del auto cuando nos avisa que me quedo sin nafta. Porque el problema no es la luz, sino lo que señala. El miedo es como un personaje que viva dentro tuyo con una linterna sin siempre alerta, siempre cuidándote. Cuando lo necesitas, se te acerca y te Ojo, no vayas por ahí. Frená un segundo. Estás por caminar sola por una calle oscura a la madrugada y algo en voz se tensa. No es paranoia, es tu antenita interna diciéndote este lugar no sé si es seguro. Antes de una entrevista te agarra un nudo en el estómago. No es para que no vayas. Quizás es el miedo diciéndote esto es importante, deberías prepararte un poco mejor. También nos protege de personas que nos generan desconfianza. Nos ayuda a decir no cuando algo se siente inseguro. Si no sintiéramos miedo, cruzaríamos la calle sin mirar, le contaríamos nuestros mayores secretos a cualquiera sin cuidarnos, nos lanzaríamos sin paracaídas. Y eso no es valentía, es imprudencia. El miedo no es el enemigo, es el freno de mano inteligente cuando el camino se vuelve riesgoso. Dale, no llores, ya fue, tenés que seguir adelante. Así vamos a presentar a la segunda emoción, que es la tristeza, la gran emoción de las pérdidas, emoción que nos enseñaron a tapar. La tristeza es la señal que aparece cuando algo se termina. Y su función es permitirnos elaborar pérdidas. Si no podemos contactar con la tristeza, no podemos hacer ningún duelo. Y hay una energía psíquica que queda congelada en esa pérdida, que no va a quedar disponible para ningún nuevo vínculo, proyecto para seguir. Es como un susurro que nos esto que antes tenías se fue, ya no está. Y eso duele. Vamos a detenernos y honrarlo antes de seguir. La tristeza aparece porque algo cambió y cuesta dejarlo ir, porque lo que esperabas no fue, porque esa persona no va a volver. Y uno de los grandes errores es creer que tenemos que callar a la tristeza para no incomodar. No digo que andes llorando a mares con cualquier persona que te cruces, de la misma manera que no mostrás todo tu repertorio emocional a todo el mundo, sin filtros. Pero la tristeza merece un lugar en la mesa. Porque además, si no sintiéramos tristeza, seguiríamos como si nada, después de una muerte, después de una separación o después de un fracaso. Y el dolor se quedaría adentro, sin nombre, hasta explotar en otro lado. Yo aprendí a amar profundamente a la tristeza. Y no porque me guste sentirla, se siente horrible, pero tiene una profundidad muy única, porque solamente cuando estamos tristes vamos muy adentro, nos ponemos muy reflexivos. Tiene una profundidad que no tienen otras emociones. Cuando. Cuando estamos súper alegres, por ejemplo, nos sentimos muy bien, sí, pero no tendemos a llegar a comprensiones tan profundas como cuando estamos tristes. Y no hay avance verdadero sin haber honrado antes lo que dolió. La tercera emoción es una que siempre es tildada de peligrosa, de poco sana, de poco espiritual. Al parecer, las personas más evolucionadas no deberían sentirla porque se la cataloga de violenta. Estoy hablando del enojo. Y el enojo, gente, es energía pura, disponible, lista para ayudarnos a resolver lo que incomoda. El tema es que si no sabemos canalizar esa energía, termina haciendo más lío que dar soluciones. El enojo es una de las emociones básicas, y tiene una función poner límites. Es la emoción que nos defiende cuando alguien traspasa una línea. La emoción que aparece para hasta acá llegás y más allá no vas a pasar. Un montón de gurúes de la autoayuda recomiendan no sentir enojo. Como si enojarse fuera un defecto. Y esto es muy peligroso, porque nos corta el acceso a una de nuestras emociones más protectoras. Cuando no nos damos permiso para enojarnos, no podemos marcar límites. Y entonces los demás hacen lo que quieren con nuestros espacios. Nos pisotean. Nos exigen más de lo que podemos dar. Y nosotros, en vez de decir basta, nos achicamos y cedemos. Nos tragamos lo que sentimos. Hasta que un día nos damos cuenta de que ya no estamos diciendo nada, que todo lo que hacemos es en función del otro. Si no sentimos enojo, perdemos acceso a nuestro guardián interno más poderoso. Llegó el turno de la emoción que peor prensa tiene. Cuarta emoción, señoras y señores, con la envidia. Decirle a alguien envidioso se convirtió en un insulto. Por eso la ocultamos como si se tratara de algo terrible. De hecho, me han criticado un montón por decir que sí existe una envidia sana. Por explicar que de todas las emociones existe una versión torturadora y una versión sana. Pocos hablan de que la envidia tiene una función súper importante. La demostrarnos qué deseos no realizados están latiendo adentro nuestro. La envidia nos empuja a mirar aquello que anhelamos y que aún no alcanzamos. El primer instante de la envidia es un dolor agudo. Alguien logra algo que yo un trabajo, una relación, un reconocimiento. Y de golpe nos enfrenta con una falta, con algo que nosotros no tenemos, con lo que no pudimos. Y eso duele, porque me confronta directamente con mi carencia. ¿Y entonces, qué solemos hacer? Atacamos. Descalificamos. Porque no sabemos cómo manejar esta emoción. Y como la envidia aparece frente a un deseo frustrado y la acompaña una sensación de impotencia, queremos eliminar el contraste que duele y entonces atacamos a la persona que envidiamos. Pero esto no tiene que ver con que la emoción sea mala, sino con que no tenemos idea cómo relacionarnos con ella sanamente. La envidia nos habla de nuestros deseos más profundos, de lo que admiramos en otros y queremos para nosotros. No es maldad, es tu deseo pendiente hablándote al oído. Así que cuando envidies algo, hacete esta ¿Qué tiene esa persona que yo quiero y no tengo? Ahí está nuestra carencia, por eso estamos envidiando. Y en vez de atacar, criticar o minimizar a esa persona que envidiamos, pongamos manos a la obra para resolver esta emoción. Hay tres modos de canalizar su energía de manera ir en busca de aquello que envidias, si es que está a tu alcance, aceptar que querés algo que no vas a poder tener y permitirte duelar esa pérdida, o ir a desarrollar las herramientas necesarias para conseguir eso que querés más adelante. Si sabemos leerla, la envidia es poderosa, puede señalarnos el norte de nuestro propio deseo. Quinta emoción que se siente la culpa. La culpa puede mantenernos despiertas a las 3 de la mañana con un nudo en el pecho repasando lo que hicimos o lo que no hicimos. Puede hacernos soy una mala persona. Pero no está ahí para castigarnos, aparece para que revisemos lo que hicimos y lo reparemos. Porque la culpa se activa cada vez que transgredimos una norma interna, nos hey, esto que hiciste no está alineado con tu brújula interna, mejor revisalo. Y puede sonar de dos formas, la culpa que tortura, la que nos hace sentir miserables sin ofrecer salida, esa voz que nos repite sos egoísta, sos mala, lastimaste a alguien, ahora aguantate las consecuencias o la culpa que repara, la que señala con firmeza pero sin destruir, la que nos esto no va con lo que querés ser, ¿Por qué no lo arreglamos mejor? Todavía estás a tiempo. La función de la culpa es ayudarnos a reparar, a volver a mirar lo que hicimos con honestidad, hacernos cargo y ajustar el rumbo. Y se rige por reglas, reglas que fuimos aprendiendo de lo que estaba bien o lo que estaba mal. El problema es que no todas esas reglas, esas normas que aprendimos en el pasado, nos siguen sirviendo hoy. Tal vez en tu niñez aprendiste que para ser una nena buena tenías que siempre decir que sí. Esa regla hoy puede estar impidiéndote poner límites sanos. El tema es que la culpa no sabe que esa regla ya no te representa, ya no te sirve. Entonces a veces aparece sonando frente a reglas obsoletas del pasado. Por eso nuestro trabajo es revisar conscientemente estas reglas internas que nos están rigiendo hoy. ¿Para qué? Para que la culpa suene solo cuando de verdad nos saltamos una regla que es importante para nosotros. Hoy llegó el turno de la sexta emoción, esa que aparece cuando nos ponemos colorados. Estoy hablando de la vergüenza. Es esa emoción que te hace agachar la mirada, querer desaparecer del mapa, que te susurra que hiciste algo ridículo. La vergüenza es la señal que nos avisa que cruzamos un límite que puede poner en juego nuestra pertenencia. Se enciende cuando algo en nosotros tiene miedo de quedar expuesto, de ser rechazado. Tiene una raíz súper antigua. Antes se si nos apartaban de la tribu, moríamos. Entonces la vergüenza se prende con el objetivo de ser aceptados por la manada. Hay dos tipos de la vergüenza funcional, que aparece cuando hicimos algo que va en contra de nuestros valores y nos ayuda a reparar, a pedir perdón, a mejorar para ser aceptados. Como cuando nos olvidamos de una fecha importante y eso nos impulsa a reparar y no repetirlo. Y la vergüenza torturadora, que no nos corrige, sino que nos paraliza. No solamente nos señala lo que hicimos, sino que ataca todo lo que somos. No te te equivocaste en esta acción, sino que te susurra sos un desastre, sos de lo peor. Imaginá lo querés cantar, bailar o hablar en público, pero justo cuando lo vas a hacer, aparece esa vocecita que te dice ¿Y si te trabás? ¿Y si todos se te ríen? A esa vocecita le llamamos avergonzador interno. Y todos tenemos uno. Lo peor es que un montón de veces esa voz ni siquiera es nuestra. Es de un padre, madre, de una maestra, de una cultura que nos enseñó que hay cosas que tienen que dar vergüenza. Pero ahora ya no está ahí afuera, ahora vive adentro nuestro. Esta segunda vergüenza torturadora tiene una habilidad perversa. Puede reducirte a una sola escena. Y de golpe, todo lo que sos se define por ese error, por ese gesto. Y todo lo demás se borra. Tus logros, tus gestos amorosos, queda solo esa imagen del fallaste. Pero esta emoción no se combate escondiéndose más. Se cura con presencia, con autoaceptación. Se disuelve cuando alguien se queda, cuando te mira vulnerable y no se va. La vergüenza es la prueba viva de que te animaste. ¿Sabés quiénes nunca pasan vergüenza? Los que miran desde la sombra. Los que no intentan. Bien, ya recorrimos juntos seis de las emociones más incómodas. Como viste, todas tienen un mensaje y una función. Pero con saber no alcanza. Hay emociones que se sienten tan intensas, tan repetitivas, tan confusas, que nos cuesta descifrar qué nos están queriendo decir. Así que si en algún momento querés ayuda profesional para entender mejor tu mundo emocional, te cuento que en simamollity somos un equipo de psicólogos y psicólogas que puede acompañarte en terapia. Encontrás toda la información sobre nosotros en Vamos a jugar a algo. Te voy a pedir que busques un lugar cómodo. Puede ser sentado en una silla, en el piso, en la cama, donde vos quieras. Si estás en el bus, en un colectivo o haciendo algo, simplemente podés mirar un punto fijo. Y si podés y te animás, cerrá tus ojos. Si no está perfecto, simplemente fijá la vista en algún punto y lo hacés así. No hace falta nada más. Ah, sí, soltá el teléfono, déjalo boca abajo, afloja los hombros y dejate llevar por mi voz. Andá siguiéndome con tu imaginación. Vamos a entrar en un espacio interno donde viven seis emociones, seis voces que muchas veces ignoramos, negamos o tratamos de tapar. Hoy las vamos a escuchar. No hace falta que entiendas todo, solo dejate guiar. Tu única tarea es responder con lo primero que se te venga a la cabeza. Sin filtros, para que sea más profundo. Podés hacer este ejercicio haciendo foco en la emoción que creas que más te cuesta. Hoy, por la razón que sea, soy la tristeza. No vengo a derrumbarte, vengo a invitarte a soltar, A llorar lo que duele, a honrar lo que fue importante. No para que te quedes conmigo para siempre, sino para que puedas seguir más liviana. ¿Qué necesitas? ¿Llorar? ¿Decir adiós? ¿Dejar ir? ¿Qué necesitas soltar? Hoy tomate un momento para decir lo primero que aparezca en tu mente y observalo. Soy el enojo. Soy la fuerza que te cuida cuando algo no está bien. Estoy acá para ayudarte a marcar un límite, no para destruir. ¿Qué límite necesitas poner hoy? ¿Dónde estás diciendo que sí cuando en realidad querés decir que no? Otra vez, Tómate un momento para notar lo primero que aparezca en tu mente. Soy el miedo. No vine a detenerte. Estoy ahí para caminar con vos cuando el camino se pone un poco incierto. Para ayudarte a elegir el mejor momento para avanzar. Soy esa vocecita que te prepárate mejor, mirá bien antes de cruzar dónde estás avanzando sin mirar bien el camino. ¿Qué decisión te está costando tomar por miedo? Nuevamente, tómate el momento para notar lo primero que aparezca en tu mente. Soy la envidia. Vengo a mostrarte algo que deseás aunque lo escondas bajo mil excusas. No estoy para compararte ni para hacerte sentir menos. Estoy para recordarte que adentro tuyo también vive la capacidad de crear eso que tanto admirás en otros. ¿Qué es lo que ves en otras personas y querés? ¿Qué deseo propio te estás negando? Soy la culpa. Estoy acá para mostrarte que todavía podés reparar. Que todavía podés hacer las cosas de otra manera. ¿De qué te arrepentís últimamente? ¿A quién sentís que lastimaste sin querer? ¿Qué error o qué herida te está pidiendo que hagas las paces con vos? Soy la vergüenza. No quiero aplastarte ni humillarte. Vine a recordarte que todos nos equivocamos a veces y que no tenés que hacer todo bien para ser valioso. ¿Hay algo que te dé vergüenza de vos y que quieras reparar? ¿Qué parte tuya necesita hoy ser vista y abrazada? Respirá una vez bien profundo y cuando estés listo, lista, podés volver a abrir los ojos. Las respuestas a estas preguntas no son casuales. Probablemente sean puertas que se abrieron hoy para vos. Y acá una recomendación. Guardá este episodio o dejate una notita que diga volver al ejercicio de las emociones. Porque quizás hoy conectaste más con el miedo. Pero la semana que viene necesites hablar más con la tristeza o quizás querés profundizar en esa palabrita o en esa respuesta que salió para el enojo, por ejemplo. Cada vez que vuelvas a hacer este ejercicio van a aparecer cosas diferentes. Porque las emociones cambian, vos cambiás y el ejercicio se va adaptando a donde estés parado en ese momento. Así que hacete ese favor y guardate este recordatorio. Volvé cada tanto a este ejercicio. Tu yo del futuro te lo va a agradecer. Que si sentís miedo, sos cobarde, si sentís tristeza sos débil, si te enojás sos violento, si sentís envidia sos una mala persona y si te culpás sos medio inmaduro. Si sentís vergüenza sos poco suficiente. Mentira. Las emociones no son el problema. El problema es que no sabemos leerlas. No las elimines, aprendé su idioma. Porque cuando aprendemos a leerlas dejan de ser enemigas y se convierten en las mejores guías que tenemos. No estás roto porque sentís, estás vivo. No le creas a nadie que te diga que tenés que eliminar tus emociones. Tu tarea es convertirte en alguien que se anima a quedarse cuando duele y que puede regular las emociones. Porque no son las emociones las que arruinan nuestra vida. Son las emociones no escuchadas, no entendidas, no habitadas. Esas sí nos arruinan la vida. Así que la próxima vez que el miedo te paralice, que la tristeza te inunde o que el enojo te queme por dentro, no te ¿Qué me pasa que siento esto? ¿Algo está mal? No. Pregúntate ¿Qué me quiere decir esta alarma? ¿Qué puerta me está queriendo abrir esta emoción? Hasta acá el episodio de hoy. Si estás listo o lista para iniciar terapia y transitar un proceso de transformación en compañía de un profesional, en Sima Moliti estamos esperando. Escuchamos lo que te pasa, qué cambio buscas y te conectamos con el terapeuta adecuado para acompañarte. Podés encontrar más información en.
