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Se estima que al menos una de cada diez personas va a desarrollar algún tipo de adicción comportamental a lo largo de su vida. Las más comunes incluyen adicción al juego, redes sociales, compras compulsivas, consumo compulsivo de pornografía y uso excesivo de pantallas. Entre el 1 % y el 3 % de la población adulta mundial sufre de ludopatía o juego patológico. El 40 % de los apostadores online son jóvenes y adolescentes de entre 15 y 28 años. Ocho de cada diez adolescentes accedieron alguna vez a jugar en apps o casinos virtuales. El 45 % de los ludópatas comenzó a jugar antes de los 18 años. El 70 % de los jugadores patológicos reconoce haber mentido a su familia sobre cuánto juega. Y solo el 8% de las personas con ludopatía busca ayuda profesional. Salir de una adicción es difícil, pero no imposible. Y nunca, nunca tenés que hacerlo solo. Si vos, un familiar o amigo, están atravesando problemas con alguna adicción comportamental, podés recibir ayuda gratuita y confidencial contactando con los centros de tratamiento de adicciones de tu localidad o pedir orientación a profesionales de la salud mental. Dostoievski, el genio que escribió Crimen y castigo, una de las obras más grandes de la narrativa universal, tuvo una experiencia como adicto al juego tan intensa que terminó escribiendo una novela sobre eso. El jugador la escribió apenas en tres semanas y es una novela brutalmente honesta que refleja el tormento de un jugador atrapado en sus emociones. Hay un pasaje en el que relata una de sus mayores pérdidas y él en el momento en el que hacía girar la ruleta, no existía nada más en el mundo. Era como si mi vida entera estuviera en esa pequeña esfera, girando. En unos cinco minutos había reunido casi 400 federicos de oro. Era el momento de irme. Pero una extraña sensación se apoderó de mí. Hice la Máxima apuesta permitida. 4.000 florines. Los perdí. Mientras lo leía, podía sentir en mi propia piel el sufrimiento de perderlo todo. Las emociones extremas del juego, la euforia de ganar, la ruina al perder, lo atraparon en un ciclo del que no pudo escapar. La tragedia de Dostoievski no fue solamente económica. Cada área de su vida se desmoronó y en sus últimos años sintió mucho el peso de su adicción. Lo interesante es que su historia no es un simple cuento del pasado. Y no es única, ni es rara. Es el espejo de lo que viven muchas personas hoy. Aunque los casinos físicos hayan sido reemplazados por aplicaciones, por apuestas online y videojuegos, el ciclo sigue siendo el euforia, derrota, desesperación. ¿Por qué nos enganchamos así? ¿Qué pasa en nuestro cerebro que nos hace creer que la próxima apuesta va a ser la que lo resuelva todo? ¿Por qué seguimos apostando aun cuando sabemos que el precio que pagamos no es solamente en dinero, sino en salud, en relaciones y en paz mental? Soy Marina Mamolitti, psicóloga, y esto es Psicología al Desnudo, el podcast de salud mental de Psy Mamolitti, donde navegamos juntos en las profundidades de la mente. Hoy presentamos Adicción al juego. El juego no es algo nuevo ni exclusivo de nuestros días. En realidad, es tan antiguo como la humanidad misma. Si retrocedemos en el tiempo, encontramos evidencias arqueológicas que nos muestran que el ser humano juega desde siempre. En algún rinconcito del mundo, hace miles de años, una persona tiró unos huesos tallados con seis caras. Quizás lo hizo por simple diversión. Quizás fue un reto entre amigos. Sin saberlo, ese dado empezaría a gestar lo que hoy conocemos como juegos de azar. Desde los griegos hasta los romanos, el juego de azar forma parte del corazón de un montón de culturas. Los romanos, por ejemplo, eran fanáticos de un juego llamado Teserae, que era una especie de dados con los que apostaban en todo tipo de situaciones, desde batallas, carreras de carruajes, hasta los resultados de disputas legales. Los griegos, por su parte, jugaban al kotabos, que era un juego de azar muy popular en los banquetes, en el que se apostaban por lanzamientos de discos. Y aunque estas versiones primitivas eran pasatiempos divertidos y parecen hasta inocentes, el concepto de apostar, de jugársela, de poner en riesgo lo que uno tiene con la esperanza de ganar algo mejor, ya estaba presente desde ahí. Y no es que el juego siempre estuvo ligado al lujo, No, También estaba en las calles y en las tabernas. Cualquier cosa podía ser una apuesta. Monedas, baratijas, incluso la última ronda de cerveza. Porque el juego tiene algo que atrapa, ese cosquilleo que nos ¿Y si gano qué? A lo largo de la historia, el juego fue evolucionando, pero la esencia siempre fue la emoción, riesgo y recompensa. Y con el tiempo, esa tradición se adaptó a los tiempos modernos. Llegaron los casinos con sus luces brillantes y su promesa de riquezas instantáneas. Más tarde, las maquinitas tragamonedas introdujeron el concepto de recompensa rápida. Una palanca, una vuelta, el sonido de las monedas cayendo. Y después llegó la revolución digital a poner todo patas arriba. Hoy no necesitás viajar a Las Vegas para jugar. Tenés un casino en el bolsillo, en el teléfono, en la compu, en todas partes. Cada aplicación, cada videojuego, cada página de apuestas está diseñada para que dale solamente una más. Una más qué puede pasar. Los videojuegos, por su parte, crearon mundos donde podés ser el héroe que siempre soñaste. Conquistar reinos, salvar civilizaciones, ganar campeonatos. Todo sin moverte de tu sillón. Pero ojo, que estos mundos pueden no ser tan inocentes como parecen. Están diseñados con una precisión quirúrgica para engancharnos. Cada victoria, cada animación, cada nivel completado activa una recompensa en nuestros cerebros. Y nosotros, sin darnos cuenta decimos una partidita más y lo dejo. Pero no, no lo dejamos. Pero si todos jugamos, ¿Dónde está el problema? Quizás pienses a ver, jugar no es malo. Todo lo contrario, de hecho. Algo que siempre me decía una profesora de la facultad ¿Querés saber si un niño se siente bien? Bueno, fíjate si juega. Si juega. Esa es una señal de que hay algo que está bien ahí. Quiero decir que jugar es de las actividades más importantes para los seres humanos. Interviene en los procesos de maduración y de aprendizaje. Por ejemplo, jugar nos permite aprender a respetar reglas, a tener en cuenta las habilidades del oponente, a poner a prueba nuestras habilidades y a superarnos. Es el lugar donde la creatividad se encuentra con la diversión. ¿Quién nos emocionó alguna vez al ganar? ¿Aunque sea el piedra, papel o tijera? Jugar nos permite pasar un buen rato, aprender, incluso madurar. Y aunque tiene ese poder maravilloso, hay un límite invisible. Ese límite que cuando se cruza, transforma la diversión en algo mucho más oscuro. En algún punto, esa línea tan finita entre placer y compulsión se empieza a borrar. Y ahí tenemos un problema. Porque es ahí cuando el juego cruza la línea de lo recreativo y se transforma en una adicción. Ludopatía. Palabra que proviene del latín ludus, que significa juego y patia, que significa trastorno o sufrimiento. Es literalmente el trastorno por juego. Hoy en día, esta es una de las adicciones comportamentales que a más personas afecta. No importa si sos joven, adulto, rico o pobre, o cuántos títulos tengas, esta adicción no discrimina. Según la Organización Mundial de la Salud, hasta el 5 % de las personas a nivel global muestra señales de juego problemático. Y dentro de ese grupo hay un 2,2 % que cumple con todos los criterios para ser diagnosticado con juego patológico. Lo que asusta es que hay un porcentaje más de personas que están al borde de esa línea, que tienen comportamientos preocupantes, aunque quizás todavía no cumplan con el tiempo necesario para que se haga oficial ese diagnóstico. La realidad es que no sabemos exactamente cuántas personas son, pero sí que el problema es mucho más grande de lo que parece. El DCM-5 o Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales es una herramienta clave que usamos los profesionales de la salud mental para identificar y para entender padecimientos psicológicos. Es como una guía que define y organiza los distintos problemas de salud mental para que todos hablemos el mismo idioma. En esta guía, la ludopatía se clasifica como un trastorno del control de impulsos. ¿Qué significa esto? Básicamente, que no podés parar aunque sepas que está destruyendo cosas importantes en tu vida. Es lo que pasa cuando tu cerebro decide que girar una ruleta o apostar al rojo tiene más prioridad que pagar el alquiler o arreglar tus relaciones rotas. Sí, así de loco suena. La ludopatía no es simplemente falta de autocontrol o una actitud irresponsable, como dirían muchos. Es bastante más complicado eso, porque el problema no está en el juego en sí, sino en la relación que tenemos con ese juego. No tenemos que demonizar a ningún juego porque nada es tóxico o adictivo por sí mismo. Lo que lo convierte en un problema es cómo interactuamos con eso y por qué. La ludopatía toca fibras muy el deseo de conectar, el deseo de ganar, el deseo de escapar un rato de la realidad. Y todo eso es súper válido. No se trata de rechazar los juegos ni de convertirlos en algo prohibido. Se trata de aprender a jugar de una forma que nos haga bien. Por ende, el verdadero desafío nunca es prohibir, sino aprender. Y como el primer paso para recuperar el control es entender cómo funciona esta trampa adictiva. Vamos a eso. ¿Dónde está la línea que diferencia al juego que es todo diversión, de la adicción al juego o ludopatía? Es una línea finita, casi invisible. De un lado está la diversión sana, un espacio donde los juegos nos conectan con amigos, nos inspiran. Del otro lado está la compulsión, ese momento en el que ya no jugás porque querés, sino porque sentís que si no lo haces, algo está mal. Un spoiler. Ahí es justo cuando ya dejaste de tener el control. Dentro del universo de los juegos con potencial adictivo podemos encontrar los juegos de azar, desde las ruletas hasta las tragamonedas. Los videojuegos online, esos que te invitan a mundos llenos de desafíos donde competís y formás equipos. Los juegos del teléfono, del celular, que parecen inofensivos pero son extremadamente accesibles. Son esos en los que quizás pensás es un ratito y ese ratito se convierte en horas. Y por último tenemos las apuestas online, que están disponibles 24 7 y sin necesidad de poner dinero físico. Solamente con una tarjeta de crédito ya podés apostar cantidades estratosféricas. Te voy a contar la historia de una persona que acompañé. Paula tenía 25 años en aquel momento. Ella apareció en una videollamada con la mirada perdida. No sabía ni por dónde empezar. Se sentía como alguien que se había caído a un pozo tan profundo que ni siquiera podía ver la luz. Después de varias sesiones se animó a contarme su historia. Todo empezó en un almuerzo con amigos. Uno de ellos le recomendó una app de apuestas deportivas. Es re fácil, ponés solamente 5 dólares y si acertás ganás el triple. Yo siempre saco algo, es plata muy fácil. Y claro, Paula, como cualquier persona que tiene algo de curiosidad y ganas de probar algo nuevo, la descargó sin pensarlo mucho. La primera apuesta que hizo, me dice ella que fue como un golpe de adrenalina pura. Ganó. No ganó mucho, pero lo suficiente para sentir ese subidón de uf, esto ya está, soy imparable. Me lo contó como quien recuerda a su primer amor. Era tan fácil. Sentí que había encontrado la manera perfecta de hacer dinero sin mover un dedo. Lo que no sabía era que ese primer triunfo era el anzuelo y ella ya lo estaba mordiendo. Lo que empezó como un juego se transformó en una obsesión más rápido de lo que ella imaginaba. Cuando las apuestas dejaron de salirle bien, no lo vio como una señal para parar, sino como un desafí si apuesto un poco más, seguro que recupero lo que perdí. Y ese pensamiento tan seductor y tan tramposo a la vez la llevó directo al pozo. Primero fue parte del sueldo, después los ahorros, y finalmente dinero que ni siquiera tenía ella, que pedía prestada a amigos y a familiares y que nunca podía devolver. Le decía que era para cubrir algún gasto inesperado, pero todo iba directo a las apuestas. Y ahí la trampa se hizo cada vez más profunda. Lo que la atormentaba ahora no era solamente el dinero, era el peso de saber que había perdido el control. Y ese peso empezó a aplastar todo lo demás. Paula había dejado de salir, había dejado de responder mensajes, dejó de ser ella, dejó de ser Paula. Cuando alguien le preguntaba por qué ella no aparecía, mentía. Estoy con un montón de trabajo, o bueno, me estoy enfocando en mis estudios. Pero en realidad pasaba horas frente a la pantalla buscando la apuesta que la salvara, que la sacara del desastre que ella misma había creado. Tenía que saldar un montón de deudas que en vez de decrecer, se seguían acumulando. El peor enemigo de Paula no eran las aplicaciones ni las apuestas, era la vergüenza. Esa sensación de mirarse al espejo y ¿Cómo llegué hasta acá? ¿Quería parar? Claro que sí, pero ¿Cómo parás algo que ya no controlas? Ella me decí no entiendo por qué no puedo simplemente desinstalar la app o no entrar a esa página y dejarlo. Pero no era tan simple, porque las apuestas no eran solamente un juego. Ahora ya eran un escape, un intento desesperado de llenar un vacío, de calmar la ansiedad, de recuperar algo que ni siquiera sabía que había perdido. Y ahí estaba el verdadero problema. No era la app, no era el dinero, era la herida invisible que esa adicción había dejado al descubierto. Pero acá hay algo importante. A pesar de todo el dolor, de toda la vergüenza, Paula estaba en esa videollamada conmigo. Me estaba contando todo. Y eso era un triunfo enorme. Porque buscar ayuda no es fácil. Decir en voz alta que estás perdido, perdida, es como abrir una puerta que lleva cerrada hace mucho. Duele, pero es el primer paso para encontrar el camino de vuelta. Paula no lo sabía todavía, pero ese momento fue el inicio de algo grande. Porque sí, había caído y sí, le costaba levantarse, pero estaba ahí, lista para intentarlo. Y a veces eso es todo lo que necesitamos para salir. El tema con las apuestas es que no es solamente un detrás de cada clic, de cada giro de la ruleta, de cada mano de póker, hay algo más profundo pasando en el cerebro. Los diseñadores de estos sistemas lo saben bien y lo construyen de manera muy quirúrgica para engancharnos. Cada detalle está pensado para que no podamos parar, incluso cuando queremos hacerlo. El motor de esta adicción está en el sistema de recompensa de nuestro cerebro, esa máquina biológica que regula nuestras emociones, nuestros deseos y nuestras conductas cuando jugamos puntualmente. Cuando logramos algo como pasar un nivel o ganar una partida, o simplemente estar cerca de ganar, nuestro cerebro libera dopamina, que es una sustancia que nos da una sensación de placer, la misma que se activa cuando comemos algo rico o cuando estamos enamorados. Y acá viene el truco sucio. En la ludopatía, ni siquiera es necesario ganar para liberar dopamina. Basta con la anticipación. El saber que quizás puedo ganar es suficiente para generar el subidón. Es como una especie de adicción a la expectativa de ganar, incluso más que al ganar en sí mismo, claro. El problema es que el cerebro, con el tiempo se va acostumbrando a esa estimulación constante. Y como en cualquier adicción, se necesita más para sentir lo mismo. Y entonces las apuestas se van haciendo cada vez más grandes y el riesgo aumenta y el control sobre la necesidad de jugar va desapareciendo. Y a eso se le suma un truco. En el caso de los juegos, especialmente los juegos de azar y los videojuegos, las recompensas son impredecibles. Y eso es lo que más nos engancha. Nos engancha nunca saber si vamos a ganar o cuándo va a pasar. Y esa incertidumbre aumenta nuestra anticipación y, por supuesto, nuestro deseo de jugar. Por eso el casi gano es tan poderoso, porque aunque técnicamente no obtuvimos nada, como nuestro cerebro lo interpreta como una señal de que estuvimos muy cerquita, muy cerca, libera dopamina igual y nos empuja a intentarlo de nuevo, con la promesa de que quizás la próxima vez sí lo vamos a lograr. Esa sensación de estar cerca es lo que nos deja con ganas de intentarlo otra vez y otra vez y otra vez. ¿Te acordás de Dostoievski? En su libro el jugador describió esto a la perfecció aposté todo como un loco. No podía detenerme porque en mi mente no cabía la posibilidad de perder. Y cuando lo perdí todo, lo único en lo que podía pensar era en conseguir más dinero para volver a jugar, porque estaba convencido de que la próxima vez sí iba a ganar. Siempre la próxima vez. Mientras más jugás, más atrapado quedás. Lo que empezó como un ratito para desconectar termina siendo un agujero negro que chupa todo a su tus relaciones, tu trabajo, tu salud emocional y también, por supuesto, tus finanzas. Ahora que entendemos la magnitud del problema, veamos cómo se manifiesta en la vida diaria. Esto puede servirnos para identificar algunas señales. En lo personal, el aislamiento es de las primeras señales. Tus amigos te escriben y no contestás, tu pareja se cansa de la última partida. Ni hablar de papá o mamá que ya sienten que no saben qué hacer y cómo comunicarse con vos. La persona empieza a descuidar relaciones y responsabilidades por el juego y prioriza el momento de jugar por encima de todo. Y no es solamente el aislamiento, es también la mentira constante, no solo a los demás, sino también a uno mismo. Te mentís a vos incluso de cuánto jugás, cuánto gastás y cuánto te importa realmente. Qué quizás te decís que podés parar cuando quieras, pero sabés que eso no es cierto. Y eso, esa desconexión entre lo que querés creer pero lo que realmente está pasando, alimenta un poco más la culpa y el vacío en lo emocional. La frustración se va haciendo cada vez más grande porque aunque el juego promete felicidad, al final del día lo que queda es culpa, ansiedad o esa necesidad de reparar lo que perdiste jugando cada vez más. Y un spoiler acá nada se repara. Probablemente se siente incluso algo así como una necesidad compulsiva de jugar para escapar de los problemas emocionales como el estrés o la ansiedad. Y entonces aumentan las pérdidas y también crece el sentimiento de desesperación y la irritabilidad. Y entonces el juego se convierte en el único medio para aliviar el vacío emocional. El tema es que en vez de sentirte mejor, empeora. En lo financiero, las consecuencias pueden ser devastadoras, brutales. Desde gastar los ahorros de toda una vida hasta endeudarse por completo. El costo económico de esta adicción no es menor. Y ni hablar de cuando empezás a pedir dinero prestado a amigos, a familiares, y empezás a perder su confianza. Y en los casos más extremos, empezás a considerar cosas que nunca habías pensado que harías, como robar o mentir sobre tus gastos, o usar plata destinada para otra cosa. Es una pendiente resbaladiza que nunca tiene final feliz. En lo físico, el cuerpo también paga la cuenta. La falta de sueño, el sedentarismo y el estrés empiezan a pasar factura. Si una persona está jugando en exceso, probablemente le falte tiempo para dormir o el sueño se interrumpa por la ansiedad. Si pasa noches enteras jugando, el cansancio destroza. La persona se vuelve irritable, desconectada, incapaz de disfrutar de las cosas más simples. Y acá viene la parte más preocupante. Porque a diferencia de otras adicciones, como a sustancias, el juego no deja marcas visibles. No hay una botella vacía, ni un cigarro apagado. Todo ocurre en un mundo virtual, detrás de una pantalla o en el silencio de un casino. Entonces, muchas veces ni siquiera nos damos cuenta de que hay un problema. ¿Qué es lo que nos lleva a caer en una adicción al juego? Hablemos. Nadie empieza a jugar con la intención de volverse adicto. Pero hay razones profundas, casi universales, que hacen que un juego se convierta en algo más. Tienen que alinearse muchos factores, desde cómo estamos emocionalmente, nuestra situación social y económica, hasta nuestra predisposición genética. Es una combinación bien compleja. Vamos a hablar de las principales causas. En primer lugar, esto es un refugio emocional. Seamos honestos. ¿Quién no jugó alguna vez para desconectarse del caos emocional del día? Tu jefe te grita, ¿Te peleaste con tu pareja o toda tu vida es caos? Entonces el juego se siente como un refugio temporal donde la tristeza o la ansiedad desaparecen, se van. Y ahí está la trampa. Cuando apagas la pantalla, todo lo que intentabas evitar en realidad sigue ahí. Es como barrer la mugre debajo de la alfombra. En segundo lugar, las recompensas son como caramelos para el cerebro. Los juegos te tiran recompensas impredecibles porque saben que la incertidumbre puede ser adictiva. No sabés si vas a ganar, pero ¿Y si esta es la que es buena? Y ahí estás, atrapado en la promesa de que la próxima vez seguro me sale. Es algo así como un Tinder eterno deslizando hacia la derecha con la esperanza de encontrar el match perfecto. La diferencia es que acá el match está manipulado para mantenerte jugando. En tercer lugar, la baja autoestima. Para algunas personas, el juego se convierte en una fuente de validación que no encuentran en otros lados. Ganar, o incluso imaginar que podrías ganar, te hace sentir poderoso, especial, como si por un momento la vida estuviera bajo tu control. ¿Estás mal en el trabajo? ¿Te sentís invisible en tu grupo de amigos? No importa. El juego te hace creer que sos un campeón, o al menos hasta que perdés. Y por último, la trampa de recuperar lo perdido. Este es el clásico doble o nada. Perdés, te frustrás y pensá bueno, pero si juego un poco más, lo recupero. Y ahí vas apostando más y perdiendo más y diciéndote que la próxima lo vas a arreglar. Pero no lo arreglás, solamente cavás un pozo más profundo. Es como intentar apagar un incendio con nafta, pero convencido de que esta vez sí va a funcionar. Decidí hacer estos capítulos sobre adicciones porque realmente me preocupa. Estamos en un contexto donde los jueces son más accesibles que nunca antes en la historia. Todos tenemos un casino en el bolsillo. Ahora, ¿Cómo sabemos exactamente cuándo es que sí estamos hablando de una adicción al juego? Bien, existen señales, los nueve criterios claros para identificar que estamos frente a una adicción al juego. Y con cumplir al menos dos de estos nueve criterios en un periodo de unos 12 meses, puede que estemos hablando de un problema serio. Vamos a ver cuáles son y a desmenuzarlos. El criterio número uno es el uso peligroso. El juego te pone en riesgo a vos o a otros. Por ejemplo, apostar dinero destinado al alquiler pensando que lo vas a recuperar, pero cuando lo perdés, no tiene tenés ni idea cómo vas a cubrir esos gastos. El criterio número 2 son los problemas que podés tener con tus vínculos cuando jugar empieza a generar conflicto con tus seres queridos. Por ejemplo, empezás a evitar a tus amigos, a tu pareja o a tu familia porque preferís pasar horas jugando, lo que empieza a causar peleas o un distanciamiento, un aislamiento. El criterio 3 es la incapacidad de cumplir roles importantes. El juego se empieza a meter en nuestras responsabilidades, como en el trabajo, en los estudios o incluso en tareas simples como pagar algún servicio o cocinarte. El criterio 4 es el síndrome de abstinencia. Cuando no jugás, estás súper ansioso, irritable o tenés insomnio. De la misma manera que una persona que tiene adicción a la heroína o a la cocaína se pone extremadamente ansioso cuando no puede conseguir consumir, de la misma manera la persona con adicción al juego siente esa misma abstinencia cuando no puede jugar. El criterio número 5 es la tolerancia. Imagina que antes jugabas una hora y era suficiente, pero ahora necesitas jugar tres veces más para sentir la misma emoción. El poquito ya no alcanza, tu cerebro va pidiendo más y más para sentir la misma satisfacción. Es exactamente lo mismo que cuando una persona con adicción al alcohol empieza por un par de cervecitas, pero después de un tiempo necesita beber toda la noche para sentir lo mismo que sentía antes. El criterio 6 para considerarlo adicción son los intentos repetidos de dejarlo o de controlarlo. Esto de intentar dejar o reducirlo pero no poder. Siempre volvés con frases esta es la última vez, desinstalás todas las aplicaciones pero terminás descargándolas de nuevo. Acá pasa lo mismo que en la adicción al tabaco, por ejemplo, personas que intentan varias veces dejar de fumar, pero cada vez que se sienten estresadas vuelven a encender un cigarrillo. El criterio número 7 es mucho tiempo dedicado a pensar o hacer el comportamiento. Entonces acá pasás horas y horas, no solamente jugando, sino pensando, planificando el próximo juego. Por ejemplo, alguien que pasa mucho tiempo viendo tutoriales, estrategias para ganar en algún videojuego competitivo. Todo ese tiempo dedicado al juego en vez de trabajando en algo que es importante para uno. El criterio 8 es el impacto que tiene el juego en nuestra vida diaria. Empieza a reemplazar actividades importantes como salir con amigos, estudiar, hacer ejercicio o incluso dormir. Todo empieza a girar en torno a jugar. Y el 9 es el seguir jugando a pesar de las consecuencias. Ya sabés que el juego te está haciendo mal, pero ya no podés frenar. Tenés deudas acumuladas que crecen cada vez más. Tenés discusiones constantes con las personas que querés por estar todo el día jugando. Tu rendimiento laboral baja porque llegas tarde o ya no podés casi dormir y tu salud se empieza a ver afectada. Es fácil caer en extremos, señalar con el dedito a quien juega o del otro lado declarar que todos los juegos son malos y deberían desaparecer. Pero si vamos un poquito más profundo, nos damos cuenta de que ninguno de estos dos es extremos ayuda de verdad. Primero, no se trata de culpar a quien juega. Las personas que desarrollan una adicción no lo hacen porque quieren ni porque sean irresponsables, menos que menos porque sean débiles. ¿Entonces, en vez de juzgar, es mucho más útil preguntarnos qué está pasando ahí? ¿Qué llevó a esa persona a quedarse atrapado? Y si es en primera persona y tiene que ver con vos, preguntarte qué te está llevando a vos y qué te está haciendo quedarte ahí. Por eso, antes de pasar a la parte práctica, quiero tomarme un momentito para que hablemos del proceso de salir de una adicción. El camino hacia la recuperación de la ludopatía es un proceso que es súper desafiante, pero es completamente posible. Y lo primero que necesitamos entender es que salir de esta adicción no es algo que vamos a poder hacer solos o de manera improvisada. Requiere un proceso de rehabilitación. Y la rehabilitación se basa en dos principios. Uno, en recibir ayuda, desde profesionales especializados hasta el acompañamiento de familiares, grupos de ayuda y asociaciones. Es decir, contar con una red de apoyo es indispensable. Y número dos, el compromiso personal, la decisión y el deseo genuino de abandonar el juego son fundamentales para que cualquier tratamiento o estrategia funcione. Es decir, que no tenés que recorrer el camino solo, pero nadie puede hacerlo por vos. Bueno, ahora sí, llegó el momento de la acción. Como siempre digo, aunque el conocimiento pueda nutrirnos, lo que más hace la diferencia es pasar a la práctica. Así que no te preocupes que no quiero dejarte flotando en la teoría. Acá viene la parte más aterrizada, más bajada a tierra, la que podés empezar a aplicar desde hoy mismo, ya. Y una recomendación. Imaginemos que durante este episodio se te vino alguien a la cabeza a quien pueda servirle, por la razón que sea. Mandáselo, porque esta parte práctica le puede servir un montón. El ejercicio número uno tiene que ver, como siempre, con reconocer el problema. Nadie puede resolver un problema que no sabe que tiene, que no sabe que existe. Así que Necesitamos entender si el juego está afectando tu vida. ¿Cómo vamos a hacer esto? Bueno, para ayudarte diseñé este mini test lúdico, que no es un diagnóstico profesional, pero sí una herramienta muy simple que puede darte una idea de cómo está tu relación con el juego. Voy a leerte nueve afirmaciones, una por cada criterio de adicción y por cada una con la que te identifiques vas a levantar un dedo. 1. El juego te ha llevado a situaciones de riesgo para vos o para otros. 2. Te generó conflictos con tus seres queridos. 3. Ha interferido con tus responsabilidades laborales, educativas o del hogar. No jugar te ha hecho sentir ansiedad, irritabilidad o insomnio. Necesitás jugar cada vez más tiempo o apostar más dinero para sentir la misma emoción. Intentaste reducir el tiempo que pasás jugando o dejarlo por completo, pero no podés. Siempre volvés. Pasás horas y horas no solamente jugando, sino pensando o planificando tu próximo juego. El juego desplazó otras actividades importantes de tu vida. Entonces ahora dejaste de hacer ejercicio, de estudiar o de compartir tiempo con personas importantes con tal de jugar. Sabes que el juego te está afectando negativamente, pero no podés frenar. Ahora bien, si levantaste más de dos dedos, esto podría ser un indicador de que necesitas revisar tu conducta. Si te reconoces en alguno de estos puntos, más que asustarte, transformá esta inquietud en una invitación a hacer algo con esto, a consultar con un profesional o buscar ayuda de algún modo. Esto nos lleva al ejercicio número 2, que es la ayuda profesional. Las adicciones no desaparecen solas ni se resuelven con pura fuerza de voluntad. No basta con hoy quiero dejar de jugar y listo. La ludopatía es un problema complejo que necesita un abordaje integral, estructurado y sobre todo, profesional. No podemos tratarla solos. Sé que para muchas personas la idea de ir a un psicólogo o a un psiquiatra puede generar dudas o hasta miedo, pero quisiera desarmar este mito y decirte que un buen profesional no está ahí para juzgarte ni criticarte, tampoco para decirte qué hacer. Su rol es acompañarte, ayudarte a entender qué hay detrás del juego, que lo alimenta y cómo construir una vida más equilibrada y más plena para salir de la adicción. Entonces, ¿Por dónde empezar? Bueno, podés empezar buscando especialistas. No todos los psicólogos son iguales, así que asegúrate de buscar profesionales que tengan experiencia en adicciones o específicamente en ludopatía. Hay un montón de plataformas online, asociaciones o centros de salud que se dedican a esto. También podés buscar grupos de apoyo. Estoy segura de que hay algún grupo de jugadores anónimos cerca de donde vivís. Son grupos que trabajan con el método de los 12 pasos, similar a Alcohólicos Anónimos, y brindan un espacio de contención libre de juicios, en donde se aprende a reconstruir hábitos y relaciones. No tiene inscripción, ni costos, ni requisitos. Solamente nuclea a personas con un mismo objetivo, que es el de recuperar su vida. La potencia de los grupos es inmensa, así que si identificás que tenés este problema, animate a pedir una consulta inicial, ya sea una primera sesión con un psicólogo o ir a un primer encuentro de grupo de apoyo. Y otra recomendación, Hablá con quienes ya hayan pasado por esto. Si conocés a alguien que buscó ayuda profesional por una adicción, podés pedirle recomendaciones. A veces las mejores opiniones vienen de la experiencia de otros. Y si quisieras dar ese paso y no sabes cómo, te cuento que en Psimamolitis somos un equipo de profesionales psicólogos. Trabajamos con herramientas basadas en evidencia y podemos ayudarte. Así que si querés conocer más, podés visitarnos en. Y el ejercicio número 3 hablá, hablá y seguí hablando. Contalo. Involucrá a quienes te quieren. Si estás lidiando con algo tan pesado como la ludopatía, no lo hagas en silencio. Hablar es súper clave para soltar la carga y empezar a recibir el apoyo que necesitas. No tenés que enfrentarlo solo. Podés arrancar de manera muy sencilla y muy honesta, diciéndole a alguien de confianza algo mirá, me parece que estoy pasando por un problema con el juego y la verdad no sé cómo salir de esto. Hace un tiempo vi una entrevista de Cayetano, que es un periodista argentino que habló sobre su experiencia con la ludopatía, y él contó algo que me quedó grabado. Él perdió un departamento que su abuela le había regalado para pagar sus deudas de las apuestas. Imaginate ver desaparecer un regalo tan significativo. Esa situación a él lo llevó a buscar ayuda. Si sentís que te reconoces en las historias, si esa sensación de estar atrapado te pesa, más de lo que podés manejar. Si sentís que el juego está ocupando más espacio del que debería en tu vida, quiero que sepas algo. No estás solo. Y esto no tiene que ser el final de tu historia. Siempre es posible recuperar el control. Hay caminos, hay herramientas validadas que sabemos que funcionan. Hay personas que están dispuestas a ayudarte. Imaginá por un momento cómo sería tu vida sin el peso de esa adicción, sin las mentiras, sin la. Sin la ansiedad constante de tener que recuperar lo perdido. Imaginá un día en el que podés disfrutar de cosas una charla con un amigo, un paseíto al aire libre, una noche tranquila, sin ese ruido mental que no te deja en paz. Esa vida no solamente es posible, es súper alcanzable. ¿Va a ser difícil? Puede ser difícil. Sí, Van a haber días en los que te quieras rendir, pero también van a haber un montón de días de avances en los que te sorprendas de lo lejos que llegaste. Y no creas que el camino empieza con una revolución épica. Empieza con un paso, no chiquitito. Quizás hoy sea hablar con alguien, mandar un mensaje o simplemente admitir que querés algo diferente para vos. Yo sé que suena básico, pero ese paso, por más chiquitito que parezca, tiene el poder de cambiarlo todo. Hoy puede ser el día en el que digas basta. El día en que empieces a salir de esa trampita silenciosa y que recuperes algo que vale más que cualquier apuesta. Vos mismo. Gracias por quedarte hasta el final de este episodio y sobre todo por abrirte a esta reflexión. Si este capítulo resonó con vos o con alguien que conocés, no dudes en compartirlo. Juntos podemos crear conciencia sobre esto. Hasta acá el episodio de hoy. Si estás listo o lista para iniciar terapia y transitar un proceso de transformación en compañía de un profesional, en Cima Moliti te estamos esperando. Escuchamos lo que te pasa, qué cambio buscás y te conectamos con el terapeuta adecuado para acompañarte. Podés encontrar más información en pmaliti.com.
