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Ser podcast.
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Más de uno estará esbozando una sonrisa, yo el primero, al escuchar esta risa infantil con esta música de fondo, una música muy optimista. Queremos hablar en este programa, aquí en SER Historia, en la Cadena SER, en los próximos minutos, de la felicidad, de la historia de la felicidad, de cómo el ser humano ha sido capaz de abrirse camino ante circunstancias adversas. Siempre, yo creo, el propio espíritu del ser humano marca esa identidad. Siempre buscamos lo positivo, lo que nos hace crecer, la sonrisa, la felicidad en definitiva. Tiene que haber tristeza también para compensar, porque si no sería todo muy anodino, muy aburrido. Pero bueno, esa combinación en donde la felicidad quizá esté un poco por encima, yo creo que ha marcado la vida de millones y millones de personas a lo largo de la historia. Rafael Narbona, bienvenido a Ser Historia.
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Hola Nacho, encantado de saludarte.
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Rafael Narbona acaba de publicar con Roca Editorial un libro fantástico que queremos recomendar desde aquí, que maestros de la felicidad. Y lo decíamos, lo comentábamos él y yo antes a micrófono cerrado, no es un libro de autoayuda, olvídense, nada que ver. Es un libro casi de historia de la felicidad. Rafael es profesor de filosofía, ha sido profesor de filosofía, algunos de ustedes la van a conocer también porque su voz les va a sonar. Es miembro del gabinete de nuestra compañera Julia Otero en Onda Cero, en esos programas de la tarde, y nos viene a hablar precisamente de su libro Maestros de la Felicidad. Rafael, La primera pregunta ¿Conservamos, desde el punto de vista histórico, el primer vestigio de felicidad manifestada por un ser humano?
C
Yo creo que la literatura, la filosofía en general, ya es una manifestación del anhelo de felicidad. Incluso lo encontramos en La Ilíada, en La Odisea, a pesar de los hechos trágicos que narran, también hay una exaltación de la vida a partir de que surge la civilización. El objetivo de todos los grandes pensadores ha sido enseñarnos a vivir mejor. Y junto con la filosofía aparece el arte, aparece la música, aparecen las fiestas. Así que yo creo que la felicidad no es algo que surja en un momento determinado, sino que es inherente al mismo hecho de ser una especie que tiene una conciencia de su existir, de sus límites también, pero que también intenta aprovechar el momento, hacer planes de futuro y afrontar la adversidad con entereza.
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Si tuviéramos que definir felicidad, a mí a veces me han preguntado en muchas ocasiones en entrevistas de esto, que te hacen un. Una pregunta traición a última hora te nacho, ¿Para ti qué es la libertad? Y joder, yo me pier como fuera de juego. A ti seguro que te lo han hecho muchas veces. Si tuvieras que definir felicidad, ¿Cómo la definirías?
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Pues yo no, como una especie de optimismo desbordante, porque eso también, no puedes ser optimista ni sentirte muy dichoso si pierdes el trabajo, si pierdes a un ser querido, si te enfrentas a algún tipo de calamidad. Pero sí puedes buscar la paz interior. En una columnita que ha escrito Fernando Aranburu en El País sobre mi libro, definía la felicidad como la conciencia satisfecha, que es una expresión que aparece tanto en Aristóteles como en Hegel. Entonces la felicidad es, incluso en momentos muy trágicos, poder mirarte al espejo y pensar que has hecho lo correcto. Esa paz interior es lo que yo considero una felicidad razonable. A mí el optimismo, cuando simplemente es el fruto de unas circunstancias favorables, es una reacción primaria sin mucho interés. Lo verdaderamente complejo es cuando luchamos contra el infortunio y logramos encontrar una paz interior que nos permite estar a gusto con nosotros mismos.
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Lo comentaba yo ahora hablando un poco de esos primeros orígenes de la felicidad, lo decía Rafael en el arte, por ejemplo, en el. En el antiguo Egipto, en Mesopotamia, vemos escenas bélicas, escenas de destrucción, de guerra, de aniquilación, pero también se recrean momentos de verdadera felicidad. Por ejemplo, los antiguos egipcios gustaban mucho de representarse en las tumbas, navegando en una barca de papiro, en los marjales, rodeado de ánades, de patos, de felinos, recreando más allá del significado mágico que seguro que tienen esas pinturas, un momento desolado de tranquilidad, en definitiva, de felicidad. La felicidad no sería tal si no hubiera al mismo tiempo algo que contraviniera algo como la maldad o el desasosiego.
C
Por ejemplo, las fiestas dionisiacas, o incluso en las fiestas que se organizaban en la Edad Media, cuando estaba Europa sufriendo el azote de la peste, pues había una felicidad trágica. Realmente las fiestas dionisíacas deslumbraron a Nietzsche porque expresan una sabiduría trágica. Sabemos que somos frágiles, sabemos que somos vulnerables, sabemos que estamos expuestos a muchas cosas negativas, pero al mismo tiempo celebramos la vida. Entonces ese impulso no sería posible si no existiera el contraste con la desgracia. Verdaderamente la vida es un juego de luces y sombras, un teatro donde hay penumbra y también mucha luz. Y expresiones culturales como las fiestas dionisiacas reflejan ese conocimiento, que además es casi popular, de que la vida tiene muchas zonas en sombra, pero al mismo tiempo siempre despunta y renace. En las fiestas dionisíacas también se celebraba el renacer de la vida, el hecho de que la vida es un ciclo, que sí cada cierto tiempo los individuos acaban, pero la vida continúa. Entonces el contraste entre felicidad e infortunio es necesario para llegar a una sabiduría trágica y no simplemente un optimismo banal.
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Además, yo creo que queda muy marcado en todas las culturas del mundo antiguo, en la Edad Media, en la Edad Moderna, en la Edad Contemporánea. Siempre, siempre ha habido festividades, como decías ahora, Rafael Narbón, autor de este libro, Maestros de la felicidad, en donde esas festividades lo que intentaban era, no solamente desde un punto de vista quizás más trascendental, la recuperación de la vida, el renacer, tiene un trasfondo mágico, un trasf religioso, y nosotros las hemos heredado como algo más frívolo, algo más relacionado con el divertimento gratuito, y al final lo que conlleva es lo contrario. Me estaba acordando ahora, por ejemplo, de las Navidades. Las Navidades en origen, esa festividad del Sol Invicto o ese momento del solsticio de invierno, que tiene un carácter festivo en el mundo antiguo, pues ahora se ha convertido que tienes que estar contento por narices. Y mucha gente genera todo lo contrario. En vez de la felicidad, pues tristeza y desasosiego.
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Como decía antes, siempre hay una especie de dictadura de la felicidad que está en los libros de autoayuda. Yo no he querido escribir en ningún caso un libro de autoayuda, que me parece un género que no me atrae nada. Entonces, la felicidad no es algo que se puede imponer, ni puedes estar todo el día sonriendo. Tendrías que ser un imbécil, porque ¿Quién no conoce reveses a lo largo del día o a lo largo de la vida? Pero la felicidad es un objetivo razonable, incluso en circunstancias muy trágicas. Yo estoy pensando, Nettie Hill es un superviviente. Bueno, superviviente murió en Auschwitz, que era una judía holandesa de 28 años, que escribió un diario parecido al de Anne Fran, pero con más profundidad, porque lo escribe en un momento en que ya tiene más edad, ha leído a Rilke, escucha la música de Schubert, y en vísperas de ser deportada a Auschwitz y sabiendo que iba a morir, dice yo sigo celebrando la vida, sigo diciendo que la vida merece la pena, creo en el hombre, creo en Dios. Y en el caso de las Navidades que citabas, las Navidades lo que están asociadas es a un mensaje de esperanza. Realmente el cristianismo, tengas creencias o no, pues nos muestra por un lado lo que es el sufrimiento extremo, la muerte de Cristo en la cruz, que es como una especie de metáfora de de la muerte que todos vamos a pasar, pero al mismo tiempo encierra una promesa de vida. Yo creo que hay que tener una perspectiva optimista, que puede ser muchas veces de carácter sobrenatural y que yo no descartaría. Vivimos en un tiempo donde hablar de religión se ha convertido casi en una especie de tabú, a pesar de que Llevamos más de 2.000 años de cristianismo, o si no hay que llegar a una especie de filosofía como la de Nietzsche, donde se celebra el simple hecho de estar en el mundo, e incluso Nietzsche recupera la doctrina estoica del amor fati, según la cual hay que mirar hacia atrás y celebrar hasta lo que nos ha hecho daño, porque lo que nos ha hecho sufrir también nos ha convertido en lo que somos, con lo cual no debemos repudiar nada de lo que hemos vivido. Entonces el desafío, estar todo el día con una perspectiva, con perdón de Shakespeare, de que la vida sólo es ruido y furia, al final lleva al hastío, a la depresión y también la euforia, cuando muchas veces se identifica la felicidad con estados de enajenación provocados por el alcohol o por excesos de otro tipo, siempre desemboca también en un sentimiento de fracaso, de tedio. Entonces la esperanza tiene que ser inteligente, no simplemente una reacción muy primaria.
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Hay por ejemplo las máximas de los textos de IPU en el antiguo Egipto, digo todo esto porque yo soy egiptólogo y lo conozco bastante bien, el 2000 antes de Cristo, más o menos, donde cuenta todas las desgracias que están sucediendo a Egipto, en aquel país donde las tumbas están siendo saqueadas, en donde el que tenía dinero ahora no tiene absolutamente nada. Es decir, una serie de elementos que están caracterizando un poco, como decía Shakespeare luego ya en el siglo XVI, toda aquella tristeza que debía de marcar en Londres del momento. Rafael, tú eres profesor, has sido profesor de filosofía y escuchándote, yo creo, corrígeme si me equivoco, los filósofos yo creo que cuando intentan ahondar, profundizar en el espíritu del ser humano, lo que están haciendo también es un poco sacar a la luz, yo creo que eso es innato en el hombre y en la mujer, en el ser humano, lo mejor. Es decir, la filosofía también busca de alguna forma la felicidad o dar una explicación de la felicidad.
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Sí, busca la virtud, busca la excelencia. Cuando hablábamos del mundo antiguo, yo me acordaba de la entereza con la que asumió Sócrates la muerte, según nos cuenta Platón en el Fedón, aunque no fue testigo presencial, pero por los testimonios de otros que sí acompañaron a Sócrates en los últimos momentos, él afrontó la muerte con muchísima tranquilidad y con muchísima esperanza. Él tenía la convicción de la inmortalidad del alma, pero al mismo tiempo le daba mucha importancia a la dignidad, al pudor, a la contención. Y siempre la filosofía ha tenido el objetivo de enseñarnos a vivir mejor. También lo dice Aristóteles en la Ética a Nicómaco. Realmente la vida es una escuela, es un aprendizaje interminable donde se trata de vivir bien. Entonces que esto lo encontramos en Séneca, lo encontramos en Montaigne, lo encontramos en Pascal, cada uno escoge un camino diferente. Afortunadamente la filosofía es una galaxia muy amplia donde hay muchas constelaciones y cada uno escoge la que le atrae más. Pero la filosofía no es simplemente un saber teórico que especula sobre los límites del conocimiento, sino que intenta conocer para vivir mejor. Lo primero que dice Sócrates conócete a ti mismo, averigua cuáles son tus posibilidades y cuáles son tus limitaciones, sólo así podrás ser un hombre virtuoso. Y la virtud, según Sócrates, es lo que proporciona la felicidad. Una conciencia satisfecha es la forma más perfecta de felicidad. La felicidad no es simplemente la acumulación de bienes, y de hecho los grandes tiranos que acumulan muchas propiedades luego han tenido desenlaces trágicos o eran terriblemente infelices. Entonces lo que hay que invertir es en crecimiento interior y es en que muchas veces la felicidad se obtiene, por ejemplo, cuidando a los demás, o haciendo un esfuerzo porque los demás sean felices. Estas lecciones las encontramos en San Agustín, las encontramos en Espinosa, por ejemplo, cuando dice que no hay nada más útil a un hombre que otro hombre. Yo creo que cualquiera que haya pasado por dificultades reales se da cuenta de que los bienes materiales, una vez obtenidas las cosas necesarias para una vida digna, no proporciona la felicidad. La felicidad se encuentra en tener un proyecto personal, en tener relaciones afectivas y sobre todo la conciencia tranquila, pensando que se ha hecho en cada caso lo que mandaba la virtud.
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Claro, ahí estamos en una disyuntiva. Yo recuerdo una compañera muy amiga todavía de Valladolid, de la carrera Natalia, que seguro nos está escuchando, que me decí nacho, el dinero no te da la felicidad, pero ayuda a conseguirla. Que seguro que no es una frase.
C
Suya, pero hasta ciertos límites. Yo, por ejemplo, he visto con mucha perplejidad lo que ha sucedido con Rafael Nadal y Arabia Saudita. No puedes ser feliz, lo decía Aristóteles en la Ética Nicómaco, si no tienes una casa, si no tienes bienes, si no tienes familia, Pues evidentemente todos necesitamos una vivienda digna, unos ingresos dignos, pero cuando ya se llega a unos niveles de bienestar razonables, la ambición desmedida yo creo que lo único que produce es insatisfacción. Y de hecho eso se encuentra en El gran Gatsby, por ejemplo, en la novela de Scott Fitzgerald, pues ya cuando simplemente es acumular, poder, acumular dinero, siempre vas a experimentar tedio, porque todo te va a parecer insuficiente. Entonces yo creo que esto es una especie de patología cultural provocada por la sociedad del consumo, donde se identifica la felicidad con consumir y con acumular. Evidentemente no se trata de reivindicar la miseria, pero todos los filósofos, los estoicos, que ahora están tan de moda, insisten en que la felicidad consiste en necesitar poco. Cuanto menos necesitas de las cosas, más feliz eres. Yo recuerdo el cuento este que escribe julio Cortázar en Historias de cronopios y famas, a un personaje que le regalan un reloj carísimo y al final vive atormentado porque le roben el reloj, porque se estropee. Entonces no hay nada tan. A mí me Parece absurdo gastarse 300.000 euros en un coche, aunque los tengas, luego vives atormentado porque no lo puedes dejar aparcado en cualquier sitio. Y esto ya es algo que, por ejemplo, en Boecio también lo encontramos en todos los grandes pensadores, la idea de que los bienes materiales, una vez satisfechas las necesidades básicas, no son una fuente de felicidad, e incluso algunos filósofos como Diógenes, escogieron deliberadamente la pobreza porque se sentían así más libres y más dichosos.
B
Desde luego apruebo y asiento todas las palabras que dice Rafael Narbón, autor de este libro Maestros de la felicidad, en el sentido de que lo comentaba yo en un congreso del Mundo del Misterio en Canarias hace unos años, donde se hablaba de una forma apocalíptica de lo que estaba sucediendo y que todavía no había llegado a la pandemia. Imagínate si lo hubieran dicho viniendo la pandemia. Y en muchas ocasiones vemos los males del mundo, nosotros que vivimos en Occidente, en este caso hacemos este programa desde España, desde Madrid, desde Europa, y nos olvidamos, creemos que el mundo gira a nuestro alrededor y nos olvidamos de lo que sucede en otros lugares de África, de Asia, de América, en donde el que no tiene nada no va a perder nada, da igual que tenga cero y que haya una crisis del copón, porque si no tiene nada va a seguir teniendo nada. Y muchas veces buscamos esos problemas y en vez de intentar ayudar a los que no tienen nada para dejarles hacerles avanzar un poquito, nos fustigamos lo mal que estamos, lo mal que vivimos. Dato con una pared, dato con un cantón, los dientes, mejor dicho, que tienes más de lo que tienen muchos.
C
Yo creo que una de las patologías de nuestra cultura es que vivimos mirándonos el ombligo, muy pendientes de nosotros mismos y reivindicando el derecho a ser felices. Kant decía que no es un derecho, sino que es algo que nos debemos ganar. Esto suena a lo mejor como un poco provocador, pero yo estoy completamente de acuerdo. Yo pasé por una depresión y una de las cosas que me ayudó fue cuidar a mi madre y a mi hermana enferma, me hizo descentrarme y volcarme en los demás. Cuando en Occidente se te estropea el coche o el equipo de música y lo vives como un drama, o el ordenador, pero en Gaza, por ejemplo, ahora mismo, o en Sudán, se están viviendo situaciones terriblemente dramáticas Entonces yo otra de las lecciones que he aprendido de los filósofos y que intento transmitir en mi libro, es que hay que salir de uno mismo, no estar todo el día pendiente de mi bienestar, mi felicidad, mi tranquilidad, sino buscar incluso implicarse en cosas que pueden ser duras y dolorosas. Yo imagino que los médicos que están en Gaza están sufriendo, pero al mismo tiempo están experimentando una enorme satisfacción interior. Un médico que salva una vida, yo creo que es más feliz que un millonario que se pasea con un Lamborghini. Entonces hay que un poco, y esta es una lección que se encuentra también en el cristianismo, pensar en el otro, o en un filósofo judío del que hablo muy poco en este libro, pero sí en otro que se llama Manuel Levinas, y dice que la felicidad comienza cuando nos convertimos en rehenes de los otros, cuándo apreciamos la fragilidad, el malestar de una persona en una situación de vulnerabilidad y acudimos a su ayuda. Ahí se crea un vínculo que además produce un bienestar mutuo. El próximo libro que quiero escribir va a ser precisamente sobre los vínculos afectivos, la importancia que tienen. Y uno de los grandes problemas de nuestro tiempo es cómo esos vínculos se están debilitando en la familia, en los amigos, y yo creo que urge rehumanizar la sociedad, y eso sólo se conseguirá volviéndole a darle trascendencia y profundidad a los vínculos con los padres, con los hijos, con los amigos, con los compañeros de trabajo, y un poco trascendiendo este individualismo estéril en el que estamos atrapados.
B
Desde luego que sí, comparto todo lo que estás diciendo. Yo tengo una amiga que compartir es vivir, y desde luego que es una realidad el gesto de compartir algo con una persona, ya sea una persona cercana o alguien desconocido a mí, por ejemplo, es algo que siempre me ha llenado y me me satisface. Estamos en una sociedad, yo creo que perdiendo un poco el norte, en donde incluso lo tengo que decir como mea culpa, el hecho de que yo apenas tengo relación con la inmensa mayoría de mis vecinos, porque no estoy en casa, y cuando estoy en casa estoy trabajando. Solamente me hablo casi con Elena, mi vecina del cuarto, que era compañera mía en televisión, y cuando ella no está, yo le cuido la casa, y cuando yo no estoy, ella me cuida la casa. Y aún así a veces ni nos cruzamos. Y es un poco triste esa vida en comunidad, que poco a poco la estamos diluyendo y la estamos perdiendo. No es así.
C
Yo a veces siento nostalgia de los pueblos que también tenían muchos problemas, los cotilleos, los prejuicios, etc. Pero yo creo que el ser humano es un animal comunitario. Necesitamos tener marcos de referencia, estar insertados en una comunidad. Y además somos como una serie de comunidades sucesivas. Lo primero la familia, los amigos, los vecinos. Yo tengo mucha amistad con los farmacéuticos del pueblo en el que vivo. Vivo en un pueblo de las afueras de Madrid, con 8.000 habitantes. Y ahora que por desgracia mi mujer ha pasado por una operación, nos han ayudado mucho. También nos han ayudado mucho antiguos alumnos a los que di clases hace 20 años y que ahora son amigos íntimos. Yo cuando era profesor me atraía más el aspecto humano que el académico. Me atraía más la labor muchas veces social, que la puramente intelectual. Porque además he dado clases de instituto y en institutos zonas muy conflictivas, institutos calificados como de especial dificultad. Y entonces tenía un alumno que estuvo a punto de convertirse en un delincuente. Yo le escribí una carta pidiéndole que no desaprovechara su vida. Y esa carta él la ha conservado 15 años, ahora mismo es abogado, se alejó, estuvo a punto de entrar en los Miami, que es una organización criminal. Y entonces verle convertido en una persona de bien, en un amigo, en alguien que se preocupa por nosotros, pues no hay mayor felicidad, creo yo, no hay mayor satisfacción. Y eso no se obtiene con dinero, eso se obtiene invirtiendo en afectos. Y como dices muy bien, lo que hay que volver es a reconstruir los afectos y no vivir en colmenas donde cada uno vive en un apartamento, no saluda al vecino, no conoce a nadie, te mueres, pasan dos años y si no desprendes mal olor, ni siquiera se entera, nadie se acuerda de ti. Yo creo que eso es un fracaso de sociedad. Entonces yo creo que es el principal reto moral que tenemos, vincularnos a los otros. Y eso es algo que han destacado casi todos los filósofos, hasta Freud. Lo que da felicidad es amar y ser amado. No tener un reloj de 300.000 euros es un objeto estúpido.
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Todas estas reflexiones y muchas más, con un trasfondo histórico enorme, las podemos ver, descubrir en este libro Maestros de la Felicidad, que acaba de publicar Roca Editorial, cuyo autor Rafael Narbona nos ha atendido en los últimos minutos aquí en Ser Historia. Rafael, como siempre, muchísimas gracias por habernos ayudado a hacer un poquito más de historia.
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Muchísimas gracias a ti, Nacho, por esta conversación que ha sido tan fructífera.
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Podcast: SER Historia
Host: Nacho Ares
Guest: Rafael Narbona (autor de “Maestros de la felicidad”, filósofo, divulgador)
Fecha: 17 de abril, 2024
En este episodio, Nacho Ares conversa con el filósofo y divulgador Rafael Narbona sobre el concepto de la felicidad a lo largo de la historia, especialmente desde el prisma filosófico. Abordan cómo ha evolucionado su significado, las maneras en que diferentes culturas y épocas la han entendido y buscado, así como la importancia de los vínculos afectivos y la dimensión social y personal de la felicidad.
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La conversación entre Nacho Ares y Rafael Narbona explora con profundidad cómo la felicidad ha sido entendida, buscada y vivida a lo largo de la historia, mostrando que no es un estado continuo ni una imposición, sino una búsqueda compleja, relacionada con la virtud, la aceptación de la adversidad, el desapego de lo material y, sobre todo, los lazos afectivos y la vida comunitaria.
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