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A
La sociedad española de radiodifusión presenta ser. Aquí va la radio podcast siempre.
B
Mira, Nieves, yo no sé qué. Buenas tardes.
A
Hola, hola, Hola, Buenas tardes.
B
Yo no sé qué te pasaba. A lo mejor estoy equivocado. Igual es sólo una impresión, pero me da que en esta nueva temporada de Radio de Ventana no se han asomado de momento muchos reyes ni reinas a este acontece, que no es poco. Puede ser.
A
Ves que me corto.
B
A veces no se han asomado como protagonistas, quiero decir. Bueno, pues hoy rompemos la tendencia para hablar de la vida y la muerte del Rey Planeta. Porque le llamaban así a Felipe IV, no me lo invento. El Rey Planeta, para que la gente se ponga en contexto. Este era de los Austrias, no era de los Borbones, para que vayamos situándonos. Venga, a ver el planeta, que de.
A
Adhesivo a esto se le lleva muy bien la cuenta. Felipe II, Felipe III, Felipe IV. Esto lo pusieron fácil. Esto lo pusieron fácil.
B
Pero sí a partir de Felipe V.
A
Ya a Felipe V ya es otra cosa. Ahí es donde la gente se lía.
B
Ya es otra cosa. Ya es otra cosa.
A
Por eso es mejor conocerlos por los motes. El Pertur, el Más Tuerzo, el Tal, porque es el. Y este Rey Planeta es un rey que da mucho juego.
B
Murió tal día como hoy.
A
Sí, efectivamente, murió el 17 de septiembre. Por eso lo hemos traído hasta aquí. Es un rey que da mucho juego y al que hemos prestado relativa poca atención, aunque vamos contando cosas de él asaltos hemos contado Felipe IV, que era el hijo del tercer Felipe, era el lerdo y padre de otro lerdo que era Carlos II. Digamos que Felipe IV se salvó de la leerdez porque más bien salió un espabilado, que es muy distinto. El 17 de septiembre de 1665 murió el rey Felipe IV. Como a todos los reyes les ponían algún sobrenombre, aunque insisto en que los míos se ajustan más a la realidad. ¿Y como a Felipe IV no sabían qué ponerle, lo llamaron el Rey Planeta, como has dicho? Es cierto. ¿Por qué? Pues porque él era el cuarto de los felipes. Y puesto que en las cuentas que hacían entonces, muy malamente hechas, porque estaban todavía en el modelo geocentrista, el de que la Tierra era el centro del universo, pues en aquellas cuentas el Sol era el cuarto. Era el cuarto de los planetas, que giraba en torno a la Tierra, el orden era Luna, Mercurio, Venus, Sol, decían. Pues ya está, Felipe es el cuarto, es un solete, el Sol es el cuarto planeta, Enrique cuarto, el riplaneta. Ya está de la gilipollar. Esto era así. No le podían poner además el rey Sol porque es que ya estaba pillado por el francés Luis XIV, que además era su yerno. Con este hombre sabemos por dónde empezar. Con Felipe IV, puesto que hemos tomado como excusa el día que cascó, pero de verdad que no tengo ni idea de por dónde vamos a acabar.
C
De tres cuartos de hora.
B
Bueno, yo intento ayudarte. Ya que estamos en el día de su muerte, danos algún detalle de cómo fue. Bueno, cómo fue, Si pasó algo especial. No morimos todos, pero pasó.
A
Y por lo mismo de todo, parada cardiorrespiratoria, ahí murió como todo quisque. Pero sí es cierto que inauguró. Felipe IV inauguró una nueva manera de morirse. Porque Felipe IV era enemigo de la discreción. Hasta Felipe III, incluido él Felipe III, la costumbre era que reyes, infantes y nobles que presumían de piadosos se fueran a la tumba sin embalsamar y con el hábito franciscano nunca nuevo. Sí, sí, ese hábito tenía que haberlo llevado puesto precisamente un franciscano sano. Era nuevo, no, no, tenía que estar sudadito, era señal de devoción. También algunos elegían el hábito dominico, pero sobre todo el franciscano. Les gustaba a los franciscanos por ser los aparentemente más austeros, porque se trataba de pegarse a Dios cuando llamara a reyes y demás gente de alto standing a capítulo. Y claro, como Dios es idiota, veía a un rey vestido como un franciscano y ya se creía que era piadoso, austero y humilde. Esto del hábito franciscano sudado lo pidió Isabel la Católica y así lo hicieron varios miembros de las posteriores familias real, aunque con excepciones. Por ejemplo, Felipe II pidió que lo amortajasen, al igual que a su papaíto, igual que al emperador Carlos, a quien lo del hábito sudado no le convenció y sólo pidió un camisón. Me vais a perdonar, pero yo soy emperador, a mí no me ponéis un hábito sudado ni en broma. Felipe III fue el último que siguió este rito. Pero Felipe IV. Mira, esto del hábito sudado a mí me parece una gilipollez. Y yo soy de los de antes muerto que se muerto.
B
¿Que sencillo, o sea, imagino que se llevaría la tumba sus mejores galas, cómo le prepararon?
A
Pues lo prepararon con mucho cuidado para que estuviera de buen ver durante los tres días de exposición, que eso también se hizo. El cadáver estuvo expuesto, era nuevo, lo embalsamaron para que no apestara antes de tiempo. Y en el féretro estaba. Oye, que no le faltaba un perejil. Y te leo. Con la cabeza en una almohada, sobre ella un sombrero de castor blanco, el pelo peinado, la barba arreglada, el rostro y las manos pintados. Estaba vestido con un traje de seda de color moscado, bordado de oro, una golilla, vueltas las manos que se juntan sobre su pecho, asiendo un globo y una cruz dentro. Y el Toisón de Oro con su collar, cierra la comilla con lo que había sido él, que era el rey de la noche, que era el gigoló de los Austrias. Se iba a morir él con un hábito franciscano. Es posible que algunos recuerden la novela de Gonzalo Torrente Ballester, Crónica del rey pasmado. Yo siempre, cada vez que pienso en esto, veo la cara de Gabino Diego no se me va.
B
No me extraña.
A
Sí, sí, qué genial. Y puede que se crean que Felipe IV era un pasmado, pero no, ni muchísimo menos. Torrente Ballester hace una caricatura del rey y de la época en su libro y refleja que pese a tanto cura y tanta Inquisición y tanta represión, la corte de Madrid era la que más se fornicaba de toda Europa. Esto era un puticluz prácticamente. Despiporre en la corte y despiporrado el rey. Esto le traía muchos problemas de conciencia, Suele pasar a Felipe IV. Y eso le llevó a cartearse. A cartearse con una monja del convento de Ágreda en Soria. Se llamaba María Jesús. Ella. Qué raro. En. En realidad era la abadesa que tenía fama de devota de santa, una tía muy preparada intelectualmente. Se carteaba con ella para que intercediera por él y Dios dejara de enviarle castigos por sus pecados.
B
Pero eso es muy relativo a qué llamaba el castigos, porque lo mismo los castigos eran producto de su mala gestión o de su mala política.
A
Ya ves tú que va a estar ahí Dios castigándole. Su castigo fue tener al lado al Conde Duque de Olivares, que la lió. Usted la lió en Cataluña, Usted la lió en Portugal. Abría la boca y subía el pan. El conde duque fue el que le metió en la cabeza el ser no rey de Portugal, no rey de Aragón, no rey de Valencia y no conde de Barcelona. Tenía que ser un verdadero rey de España. Y para conseguir una España uniforme había que ir introduciendo las leyes de Castilla en los demás reinos peninsulares.
B
Ahí seguimos.
A
Sí, claro, ahí está. Y la liaron muy parda. Pero Dios no tenía nada que ver. Dios no es que estuviera otras cosas, es que no está. A ver si nos enteramos. Pero Felipe IV no hacía más que ver en sus desgracias políticas y personales el castigo divino. Como encima se le morían casi todos los hijos legítimos, que de 13 se le murieron 10, pues igual eso era castigo de Dios. Pero vamos a ver, si te sobreviven los tropecientos bastardos con tus novias y se te mueren los oficiales, será porque te estás casando con tu sobrina o porque estás exigiendo una niña de 14 años que se ponga a parir sin parar. Pero él estaba convencido de que su castigador era Dios, no la genética. Con lo que sí tenía mucho cuidado Felipe IV es con que las cartas que escribía a su monja colega María Jesús, no las pudiera ver nadie más. Y además lo conseguía con un truco ingenioso. Las cartas del rey eran una especie de confesión de algunas de sus infidelidades. No todas, ojo. Pues si la monja llega a leer las que liaba el rey cuando salía a quemar la noche de Madrid, destacaba.
C
Infartada Y ante ti vuelvo al fin a llorar y a suplicar. Perdóname, he sido ingrato, perdóname, te quiero tanto.
B
Oye, yo. No te rías, yo tengo una duda. No, pero yo creo que es una duda importante. ¿Cómo podía asegurarse este hombre, Felipe IV, de que las cartas no las viera nadie más?
A
Pues es curioso, Si tú coges una cuartilla, el rey escribía en la mitad de la izquierda y le exigía a la monja que respondiera en la mitad de la derecha, que le había dejado en blanco. De esa manera la monja tenía que mandar la respuesta en la carta, en la misma carta, y así la carta volvía a Felipe IV. No es este el único episodio extravagante que Felipe tuvo con una monja. Me refiero a lo de cartearse. Lo que pasa es que lo apunto, pero me da pena contarlo porque es un peliculón tremendo. Por el caprichito del rey de enrollarse con una monja.
B
Eso es otra cosa.
A
Se montó un buen pollo. Tremendo. Acabó interviniendo la iniciativa Inquisición. Es una historia muy divertida, pero necesitamos un acontece entero para no tardes. No tardaremos. El convento, además, donde ocurrió todo esto es uno que está muy cerquita de aquí, de la SER. Está en pleno barrio de Malasaña. Es el convento de San Plácido, gigantesco y vacío. Es un convento que cerraron el año pasado porque ya no había monjas. Otros conventos están rellenándolos como pueden, con sudamericanas, con filipinas, Pero como las doñas de San Plácido eran racistas y clasistas, no aceptaban monjas que no fueran españolas de pura cepa. Y como no encontraban ninguna, porque las mujeres ya son más listas, pues han cerrado el año pasado. Algo estará maquinando la multinacional con el convento para hacer dinero, Ya te digo yo, porque como no pagan impuestos, pisos turísticos, un hotel, algo harán. Pero ahí, en ese convento montó una buena Felipe IV con la monja Margarita.
B
Oye, pues a la espera de que nos cuentes la historia de la monja Margarita. ¿Qué le decía la otra monja, la de Ágreda, en las cartas estas que se intercambiaban?
A
Pues le daba buenos consejos, pero claro, viendo los toros desde la barrera, Sí cualquiera. Y unos consejos un poquito generales. Cuando el conde duque de Olivares por fin cayó en desgracia, Felipe IV encontró apoyo y consuelo en María Jesús y no daba un paso sin consultarla. También te digo que yo no sé qué sabría una monja encerrada en un pueblo de Soria de cómo tenía que manejar el rey su imperio, que se le estaba yendo al garete. Por momentos, además. Pues le decía generalidades. Que gobernara por sí mismo, que se fiara de su buen hacer, que apartara a los aduladores, que no tomara favoritos como ya tuvo al conde duque, que atendiera las reclamaciones de sus vasallos, que pusiera fin a las guerras en las que estaba metido. Que hiciera algo para acabar con las costumbres tan relajadas de la corte. Porque andaba todo el mundo liado con todo el mundo. Decir esto es fácil, hazlo tú. En lo que no hizo ni puñetero caso a la monja es en lo de abandonar el vicio y el fornicio. Soy tan frágil, escribía él, que nunca soy tan frágil que nunca saldré de los embarazos del pecado. Hombre, hablando de embarazos.
B
Exacto, iba a decir hablando de embarazos.
A
Él cuando dejó embarazado a media Madrid.
B
Oye, ¿Y cuánto tiempo estuvieron escribiéndose estos dos?
A
La monja 22 años. No, no, estaban enganchados para hacer unas.
B
Cartagrafías de Laura Piñero que pille.
A
Que p. Que pille de esto. Tiene 600 cartas donde elegir. Menos mal que no había WhatsApp entonces y que tenían que esperar que las cartas fueran y volvieran, si no. Estos estaban enganchados al chat.
B
¿Veintidós años?
A
Sí, sí, veintidós años se cruzaron, ya te digo, 600 cartas. Que Laura pilla alguna que son jugosas. Por eso está tan documentada toda la angustia del rey, porque se sentía abandonado por Dios, atrapado por el demonio y creyendo que todos los males del país, las penurias de sus súbditos y el imperio yendo de culo y cuesta arriba que era por sus pecados. Y la monja se desgañitaba por carta diciéndole que sí, que vale, pero estate quieto ya con las chicas. Y no, ni caso, ella se enteraba. Además de todo, en plena crisis de Portugal y Cataluña, con todo patas arriba, supo que el rey había instalado en el Alcázar a una actriz. La eufrasia es que las actrices le pirraban, le pirraban. Y las monjas también, Era incorregible. Así que total, pasó totalmente de ponerse el hábito franciscano porque no iba a colar con Dios nunca. Supo además que el peor cas castigo para España nos lo dejó él, que era su hijo, Carlos II, el Piltrafa.
B
Me dejo aquí apuntado al nombre de la monja Margarita. Monja Margarita, No tardes, no tardes, que luego las cosas se nos olvidan y nos liamos.
A
Tengo ya mucha tarea. La memoria frágil, los balleneros vascos, la monja Margarita.
B
Eso, tenemos dos deberes pendientes por lo menos. Venga, Hasta mañana, nieve.
A
Hasta mañana. Gracias, Carlos. Para no perderte ningún episodio, síguenos en la aplicación o la web de Láser Podium Podcast o tu plataforma de audio favorita.
Podcast: Todo Concostrina
Host: Nieves Concostrina (SER Podcast)
Episodio: “Acontece que no es poco | 17 de septiembre de 1665: Muere Felipe IV, el rey de la noche... el gigoló de los Austrias”
Fecha: 17 de septiembre de 2024
Este episodio marca el regreso de la realeza como protagonista al pódcast, para sumergirse, con el característico humor ácido y mirada irreverente de Nieves Concostrina, en la vida y muerte de Felipe IV. El episodio explora tanto la dimensión pública como la privada de este rey apodado “El Rey Planeta”, subrayando sus excesos, contradicciones, obsesiones religiosas y especialmente sus notorias aventuras amorosas. También se destaca la modernización de los rituales funerarios reales y la influencia de mujeres en la vida espiritual y política del monarca.
“Pues en aquellas cuentas el Sol era el cuarto. Era el cuarto de los planetas, que giraba en torno a la Tierra... Felipe es el cuarto, es un solete, el Sol es el cuarto planeta, Enrique cuarto, el riplaneta.” —Nieves Concostrina [02:15]
“Felipe IV inauguró una nueva manera de morirse. Porque Felipe IV era enemigo de la discreción... esto del hábito sudado a mí me parece una gilipollez. Y yo soy de los de antes muerto que sencillo.” —Nieves Concostrina [03:27]
“Con la cabeza en una almohada, sobre ella un sombrero de castor blanco... vestido con un traje de seda de color moscado, bordado de oro... el rostro y las manos pintados... el Toisón de Oro con su collar...” [05:08]
“La corte de Madrid era la que más se fornicaba de toda Europa. Esto era un puticluz prácticamente. Despiporre en la corte y despiporrado el rey.” —Nieves Concostrina [05:58]
“Suele pasar a Felipe IV. Y eso le llevó a cartearse con una monja del convento de Ágreda en Soria. Se llamaba María Jesús... Se carteaba con ella para que intercediera por él y Dios dejara de enviarle castigos por sus pecados.” [06:07]
“El rey escribía en la mitad de la izquierda y le exigía a la monja que respondiera en la mitad de la derecha... así la carta volvía a Felipe IV.” [09:10]
“Pero vamos a ver, si te sobreviven los tropecientos bastardos con tus novias y se te mueren los oficiales, será porque te estás casando con tu sobrina o porque estás exigiendo una niña de 14 años que se ponga a parir sin parar. Pero él estaba convencido de que su castigador era Dios, no la genética.” —Nieves [07:39]
“En lo que no hizo ni puñetero caso a la monja es en lo de abandonar el vicio y el fornicio. Soy tan frágil, escribía él, que nunca soy tan frágil que nunca saldré de los embarazos del pecado.” [11:37]
“Por el caprichito del rey de enrollarse con una monja. Se montó un buen pollo. Tremendo. Acabó interviniendo la Santa Inquisición. Es una historia muy divertida, pero necesitamos un acontece entero.” [09:42]
“Supo además que el peor castigo para España nos lo dejó él, que era su hijo, Carlos II, el Piltrafa.” [13:35]
El episodio mantiene el tono sarcástico, irónico y directo típico de Nieves Concostrina, que alterna sin perder el ritmo entre la crítica histórica, la anécdota jugosa y la divulgación. El lenguaje desenfadado y coloquial, sin filtros, hace que el contenido resulte entretenido y salpicado de guiños contemporáneos.
Un episodio imprescindible para entender no sólo la figura de Felipe IV -más allá de los tópicos-, sino también la cultura, supersticiones y paradojas de la España barroca. Entre lo picaresco y lo trágico, Concostrina disecciona la vida pública y privada de un rey que fue “de todo menos piadoso y discreto”: el rey que transformó la corte en un gigantesco vodevil, dejó un imperio a la deriva y, aun así, buscó la redención por carta con una monja visionaria.
Deberes pendientes:
Un episodio que, fiel al sello de Todo Concostrina, combina historia “canalla”, datos sorprendentes y mucho humor mordaz para devolvernos a la España del Siglo de Oro.