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A
Ser podcast. Estás escuchando Acontece, que no es poco. Y yo soy Nieves con Costrina, la que te lo cuenta. Un podcast de historia para conocer, para entretenerse, para criticar, para cotillear y para lo que se tercie. Que disfrutes del episodio.
B
Hola, Nieves.
A
Hola, ¿Qué tal, francino? Buenas tardes.
B
¿Qué tal tu periplo por el norte?
A
Ah, muy bien. Fantástico, fantástico. En Donosti, en Neivar. He recalado en Burgos viendo un concurso de órgano. Sí, una cosa que yo no había visto nunca y me ha fascinado. Un concurso para jóvenes organistas y menores de 30 años. Y oye, es muy curioso, muy curioso, nunca lo había visto. Así que ha sido un fin de semana muy fructífero, he aprendido muchas cosas.
B
Me alegro mucho. Eso es lo más importante, aprender. Mira, aprendamos más hoy, porque, por ejemplo, hay muchas definiciones sobre lo que es la diplomacia. Winston Churchill, por ejemplo, decía que la diplomacia es el arte de mandar a alguien al infierno. Ella decía algo más feo, pero alguien al infierno y que ese alguien pregunte incluso la dirección. Eso no está mal, o conseguir que los demás hagan con gusto precisamente lo que uno desea que hagan. ¿Bueno, sea como sea, la diplomacia la identificamos con qué? Con el tacto, con la sutileza, con la negociación. Pero siempre funciona por. No, no siempre. Y ejemplos ahora mismo los tenemos, por desgracia, apuñados, pero bueno, que los mismos diplomáticos sean los que la líen, eso ya es de nota. Pero de eso va la historia de hoy. Una historia que estuvo a puntito de acabar como Rosario de la aurora.
A
Sí, con una guerra directamente. Es una historia muy absurda, pero también muy grave. Es un estúpido conflicto de protocolo que desembocó en un incidente diplomático y casi llevó a otra guerra entre España y Francia. Primero lo vamos a plantear y luego vamos viendo la que se lió, por qué se lió y las tiranteces para solucionarlo. Ocurrió el 10 de octubre de 1661 en Londres. El embajador español en Inglaterra acudió con su séquito a un acto oficial junto con las otras delegaciones porque se iba a dar la bienvenida al nuevo embajador sueco allí en Londres. La tradición en el protocolo de embajadores marcaba que la delegación de la monarquía hispánica tenía preferencia siempre. Es decir, el embajador español entraba primero, salía primero, era el primero en ser recibido era el primero que saludaba, el primero en todo. La ceremonia transcurrió sin incidentes, pero de milagro, porque en la corte inglesa sabían que había tensión de glúteos entre los embajadores español y francés, porque los dos tenían orden precisa de sus reyes. Sus reyes eran Felipe IV y Luis XIV, de no dejar pasar al otro por delante. Pero a la hora de irse parecen críos. Sí, sí, sí. Bueno, pues aquella ceremonia se mantuvo, pero es que a la hora de ir, la comitiva de carruajes se puso en marcha y el primero en salir, pues el que tocaba fue el español. En estas que hace una maniobra el carruaje francés y en un adelantamiento antirreglamentario se coloca delante los españoles. Bueno, aquello se detiene, los españoles desenvainan las espadas, los franceses desenvainan las suyas, sería una tangana de órdago. Y aquello acaba con varios muertos. Muertos, pero varios y heridos. Al final hubo un follón tremendo. Al final pasó primero el carruaje español. Cuando El rey Luis XIV tuvo noticias del incidente diplomático, se le puso el pelucón de punta, montó en cólera, expulsó al embajador español de París y amenazó con declarar la guerra a España si no se reparaba la afrenta y se castigaba a los culpables. En Europa no se hablaba de otra cosa.
B
Está buena música de fondo para una ensalada de hostias. Oye, pero escucha una cosa, esto tiene que tener algún precedente. ¿Cómo se llega a una situación tan tensa?
A
Sí, sí, tiene un precedente. Lo vamos a ir contando despacio, cronológicamente, para no perdernos. Todo esto se lió en poco más de un año, un año antes de lo que contamos. Y empezó con una cosa que sí hemos contado en esta sección de la boda de la infanta Maritere, la hija de Felipe IV, con el rey de Francia, con Luis XIV. La coliflor de Versalles. Aquella boda fue uno de los acuerdos incluidos en la Paz de los Pirineos, que puso fin a una guerra que duró 25 años entre las monarquías francesa e hispánica. La boda y la firma de la Paz de los Pirineos se hicieron en la isla de los Faisanes, la isla.
B
Famosa donde no hay faisanes, no pisa.
A
Un faisan en su vida ni nada, que está plantada ahí en mit del río Bidasoa, su paso por Irún y que hace de frontera natural entre los dos estados, la isla es un condominio, es territorio neutral, durante seis meses es propiedad de Francia y durante los otros seis, propiedad de España. En estos momentos y hasta el 31 de enero, está bajo la tutela francesa. Esa firma de La Paz en 1660 en realidad llevaba implícita una bajada de pantalones de la monarquía hispánica, que ya tenía el imperio en decadencia, las arcas tiritando, en fin, El rey Felipe IV tuvo que ceder varios territorios y lo que era peor, reconocer implícitamente la pérdida de la hegemonía en Europa. Ahora el rey del mambo en Europa era Luis XIV, sin ninguna duda, que inmediatamente además empieza a exigir que se note en los protocolos el primer puesto de Francia en la escena internacional, o sea, el orden de precedencia había que cambiar.
B
¿Pero no eran parientes estos? ¿El rey Luis XIV no pasó a ser el yerno del rey de España?
A
Estamos hablando de monarquía. Ya sabes que en las familias reales se arrean puñaladas traperas y miramientos. Antes y ahora ahora más incluso. Son negocios. Esto eran negocios, aquí no conocían ni a su padre. Tras la firma de la paz, tras la boda, tras la vigilancia de que los acuerdos, aquellos firmados, se fueran cumpliendo, llegó el momento de restablecer relaciones diplomáticas, porque claro, durante la guerra entre Francia y España se habían retirado los embajadores, estaban embroncados, pues fuera embajadores. Ahora, con la paz establecida, había que nombrar a los nuevos, y Francia nombra embajador en España a un arzobispo, al arzobispo de Embrum, que llega con instrucciones precisas y por escrito de que su principal misión en Madrid, y esto era puro postureo, era mantener la paz, que tanto esfuerzo ha costado conseguir, y evitar alterar la amistad establecida entre las dos primeras coronas de la cristiandad, de las cuales depende en parte la agitación o quietud de todos los otros estados.
B
¿Está bien explicado?
A
Sí, está muy bien explicado, o sea que vamos estar bien porque de nosotros dependen los demás. En resumen, se le dice al nuevo embajador que venga de buen rollo, pero de buen rollo aparente, porque la orden que también trae el arzobispo es entrar mandando. El arzobispo anuncia su llegada el 24 de julio de 1661 y exige un recibimiento con honores y cochazo para su entrada en la corte. Pero claro, es que ese no era el protocolo habitual cuando llegaba un embajador ordinario no un embajador en misión especial, sino un embajador normal y corriente. Pues llegaba discretamente, se iba a la embajada, le decía al ministro que correspondiera. Oye, tú, que ya estoy aquí, que ya he venido. Pídeme audiencia con el rey para presentar credenciales. Pero este no. El arzobispo quería fuegos artificiales y banda de música para entrar en Madrid.
B
Esta música no hubiera estado mal para la ocasión. Oye, ¿Y eso en Madrid cómo se lo toman? ¿Lo aceptan? ¿No lo aceptan? ¿Se lo piensan? ¿Qué hacen?
A
Bueno, se lo tomaron como buen talante. La verdad es que la petición era tan extravagante que se reunió hasta el Consejo de Estado porque la decisión era grave. Y dijeron, bueno, venga, no es la costumbre, pero hemos estado en guerra 25 años. El arzobispo ya sabemos que es un borde y un poquito insoportable y no tenemos ganas de discutir más. Y dijo el hombre de confianza del rey español en la mano derecha del rey, que era un tipo que se llamaba Luis de Haro, vamos a mandar un cochazo a recoger al embajador francés ahí en Alcobendas. Pero no lo hacemos en nombre del rey, lo hacemos como deferencia mía, a título personal. Pero un pedazo de cochazo. Lo que faltaba era el recibimiento con honores que también exigía el embajador francés. Y también tragaron. Al final el arzobispo borde y el rey coliflor se salieron con la suya. El embajador francés fue recibido en Madrid como si fuera un primer ministro. Ese era el objetivo. Francia ya es lo más de lo más de lo más en Europa. Y como tal exige ser tratada. Nada de aplicar el protocolo acostumbrado. Esto no sentó bien en la corte española, pero tragaron. Todo esto, por supuesto, corrió de cotillo en cotillo por Europa y se conocían las tensiones diplomáticas entre las delegaciones por ver quién tenía ahora orden de precedencia, que se llamaba. Hasta entonces estaba asumido en todas partes que la precedente era la monarquía hispánica y nadie quería entrar a modificar ese orden. Por eso tomaron una determinación en Londres, en Viena, en todas las demás capitales, en donde fuera. Evitaban invitar a los embajadores español y francés juntos para que no hubiera bronca. Decían, si no vienen, no discutimos. Pero en Londres acabó habiendo bronca.
B
Vale, pues entonces, a ver, has dicho la llegada de un embajador francés a Madrid fue en julio, esta bronca de Londres. En octubre.
A
En octubre.
B
Pero aquí falta saber el nuevo embajador español en París cuando llegó, si es que llegó.
A
Este fue el que pagó el pato, porque éste le pilla la mitad. El embajador español ya había llegado aquí y su llegada a París estaba prevista tras el incidente de Londres. Cuando pretende entrar tan contento en París, le dicen al marqués de la Fuente, que era el nuevo embajador español, le dicen en las afueras de París que quieto parao. Dice Luis XIV que el embajador español no entra en París mientras su suegro, el rey de España, no pida excusas públicamente por el incidente de Londres. Meses estuvo el embajador español retenido en las afueras de París mientras las delegaciones negociaban un texto de disculpas satisfactorio para Francia, pero que no fuera demasiado lesivo para España. No hacer demasiado el ridículo la diplomacia. Sí, sí, tremendo. Por fin dejaron entrar al embajador español, que fue recibido discretamente, pero con los honores normales que se daba a un embajador ordinario. Se permitió acceder a palacio, conocer a la reina, el Delfín, todo bien. Incluso le invitaron a una fiesta en Palacio de Lesas, que duraban tres días, como las bodas gitanas. Pero aún quedaba la audiencia pública de Luis XIV al embajador español, en la que se leerían las excusas por ese incidente de Londres. Cuando llegó el embajador español a la audiencia, ahí ya se temió lo peor. Ahí estaba toda la corte, todos los consejeros del rey, todos los ministros, los representantes de todos los príncipes europeos. Allí no faltaba un perejil para que.
B
Todo el mundo escuchara las disculpas públicas del rey de España, el rey de Francia.
A
Claro, esa humillación tenía que ser pública. Además, en un escenario alucinante, en el Louvre, unas salas del Louvre que se inauguraron para la ocasión, antes de que fuera un museo, evidentemente, y además con una teatralidad vistosísima, el embajador español, delante de aquella muchedumbre diplomática, leyó las disculpas, el rey le dio las gracias, lo despidió amablemente, lo echó de allí, y Cuando salió Luis XIV dijo delante de todos ustedes lo han oído. Les pido que escriban a sus amos con el fin de que sepan que el rey católico ha dado orden a todos sus embajadores de ceder el rango a los míos en todas las ocasiones. Mentira, mentira. El texto de Felipe IV no decía eso decía que los ministros y embajadores españoles no concurrirían a los actos donde estuvieran los franceses para no entrar en conflicto de precedencia, pero no que cediera la precedencia, pero dio absolutamente igual. Luis XIV acababa de proclamar delante de todo el mundo la la hegemonía de Francia. Así que a la porra la procedencia española. Perdóname.
B
O no, o no, o no. Bien pescado en costrina. Hasta mañana.
A
Hasta mañana. Cuídate mucho para no perderte ningún episodio. Síguenos en la aplicación o la web de la serie Podium Podcast o tu plataforma de audio favorita, Cadena ser, la radio.
En este episodio, Nieves Concostrina relata el insólito y violento incidente diplomático entre España y Francia ocurrido en 1661 en Londres —un conflicto que casi deriva en guerra por una cuestión de protocolo y precedencia en la corte. Con su habitual tono irónico y agudo, Concostrina no solo narra los hechos, sino que expone la absurdidad y gravedad de las querellas de honor entre monarquías europeas.
“Aquello se detiene, los españoles desenvainan las espadas, los franceses desenvainan las suyas, sería una tangana de órdago. Y aquello acaba con varios muertos. Muertos, pero varios y heridos.”
— Nieves Concostrina (02:53)
“En realidad llevaba implícita una bajada de pantalones de la monarquía hispánica... el rey Felipe IV tuvo que ceder varios territorios y lo que era peor, reconocer implícitamente la pérdida de la hegemonía en Europa.”
— Nieves Concostrina (05:35)
“La petición era tan extravagante que se reunió hasta el Consejo de Estado porque la decisión era grave... hemos estado en guerra 25 años... no tenemos ganas de discutir más.”
— Nieves Concostrina (08:30)
“Les pido que escriban a sus amos con el fin de que sepan que el rey católico ha dado orden a todos sus embajadores de ceder el rango a los míos en todas las ocasiones. Mentira, mentira.”
— Nieves Concostrina (12:28)
Nieves Concostrina narra el episodio con su característico humor sarcástico, expresiones coloquiales (“se le puso el pelucón de punta”, “el rey coliflor”, “una tangana de órdago”) y comparaciones actuales, haciéndolo ameno y accesible, sin perder el rigor histórico.
El incidente hispano-francés de 1661 no solo revela la importancia que los grandes imperios daban al protocolo y la imagen, sino también cómo la diplomacia puede desembocar en situaciones casi tragicómicas o sangrientas. A través de este relato, Concostrina muestra la fragilidad y teatralidad de la política europea del siglo XVII, su egolatría y la forma en que la hegemonía se dirimía a veces a espadazos... o a base de humillaciones públicas.