Loading summary
A
Ser podcast. Soy Nieves con costrina y estás escuchando Acontece, que no es poco. Un podcast donde no te contamos nada nuevo, pero te lo contamos de otra manera. Aquí te va otro episodio.
B
Hola, Nieves, buenas tardes.
A
Buenas tardes, Carlas. ¿Qué tal?
B
Hoy, en nuestro paseo diario por la historia, nos asomamos a un país del que me atrevo a decir, ni tú ni yo, y creo que bastante gente sabe gran cosa. Y lo que sabemos, en parte es porque el cine nos lo ha contado. Y en el cine se cuentan las cosas de aquella manera. Esta tarde hablamos de Japón, que está muy lejos. Como cantan los héroes de Pisa. Es que llevo chanclas. Bueno, hablamos del Japón de los samuráis. Porque tal día como hoy palmó el último.
A
El último.
B
Tal día como hoy, el último samurái.
A
Y yo creo que con lo que vamos a hablar va a ser inevitable que mencionando al último samurái ya hay mucha gente que va a tener en la cabeza la cara de to. Pues bórrenla. Y a él también bórrenlo. Para contar la historia del auténtico último samurái hay que partir de cero. Este hombre se llamaba Saigo Takamori. Era un poco intenso. Como todos los samuráis, no entendió que las tradiciones están para saltárselas. Y cada vez que lo contrariaban, se empeñaba en quitarse de en medio. Hasta que lo consiguió. El 22 de septiembre de 1877, Saigo Takamori se hizo el seppuku, lo que nosotros llamamos el harakiri, vulgarmente el seppuku. Y ahí cascó el último samurái. Otras fuentes dicen que fue la madrugada del 24. Pero nos da igual. Como Japón está muy lejos. Vete tú. ¿Sabes cómo apuntaron la fecha? Japón llevaba 15 años modernizándose a toda leche, aplicando un radical y un precipitado cambio político y social, abriéndose al mundo también y rompiendo un bloqueo que ya duraba dos siglos. Y bueno, al señor Takamoro, eso de que Japón estuviera traicionando los ideales tradicionales del país en nombre del progreso, o eso, le puso el cuerpo del revés, le sentó fatal. Se rebeló con unos cuantos fieles. Una revuelta que no iba a ninguna parte, porque el mundo, con Japón dentro, ya era otro. Y Takamori pues me voy. No sin antes ponerlo todo perdido. Porque eso es lo que tiene el seppuku, que mancha mucho. Primero lo hirieron, luego él se remató y después le ayudaron a completar el ritual. Porque la decapitación ya no puedes hacértela tú. Necesitas un colega.
C
Hay un amigo en mí Hay un amigo en mí. Cuando eches a volar y tal vez Añor es tu dulce hogar lo que te digo debes recordar Porque hay un.
B
Amigo en mí Ten amigos para esto, para que te corten la cabeza. A ver, Naber, en serio, necesitamos un poquito de contexto para entender por qué de ese repentino cambio social y político en Japón, ese que cabreó tanto al señor ¿Cómo era? Takamori.
A
Takamori, Saigo Takamori. Los japoneses tuvieron una transición de las que llaman modelicas. Lo que pasa es que ellos son más resolutivos y se ponen, se ponen y la hacen. No como otros que se tiran haciendo una transición 42 años y todavía la tienen ahí un poquito a medias.
B
Y no miro a nadie.
A
Y no miro a nadie. Los nipones en 15 años lo tuvieron todo listo. Para no irnos muy atrás, para no liar a la gente y no liarnos nosotros, vamos. A partir de mediados del siglo XVII, en 1600 y pico, Japón decidió aislarse del mundo totalmente. Como si hubieran puesto una cortina a todo alrededor. Cerró fronteras y de aquí no entra ni sale nadie. Aquí ni se comercia ni se intercambia. A partir de ahora somos Juan Palomo, yo me lo guiso y yo me lo como. Y en este episodio de aislamiento total tuvo algo que ver una historia que yo estaba deseando contar, pero no vamos a tardar mucho ya en hacerlo, que fue la de aquella famosa expedición de japoneses que llegó a España y muchos se acabaron quedando a vivir en Corea del Río, en Sevilla, los Japón. Bueno, pues en un par de semanas contaremos esta historia. Eso ocurrió previo al caso que estamos contando. El caso es que tenemos a Japón aislado del mundo y con su emperador en el trono imperial. Pero el emperador de Japón ni pinchaba ni cortaba. No servía para nada, salvo para vivir bien, creerse divino porque a él lo había puesto ahí el sol naciente y montar mucha parafernalia protocolaria hasta parir al váter. Es la misma chorradica que tenemos aquí que dice que el rey reina pero no gobierna. ¿Qué hace? Pues nada, gasta. Pues lo mismo. El emperador de Japón imperaba y gastaba, pero no gobernaba. Vivía en Kioto y ni Dios le echaba cuentas. Nadie le hacía caso. El emperador de Japón, nunca mejor dicho. Era un jarrón chino.
B
Oye, ¿Y por aquel entonces, ¿Quién mandaba en Japón? ¿Habría un gobierno?
A
Sí, ¿Habría un gobierno de alguien? Sí. ¿Había quien gobernaba? Por supuesto. ¿Había quIen mangoneaba todo aquello? En Japón había un gobierno militar que se llamaba shogunato. Y el mandamás era el Shogun. Se escribe así, S H O G U N. Shogun. Que era el comandante en jefe. Que decía que gobernaba en nombre del Emperador. Este shogun, este dictador militar que vivía en el actual Tokio, Que no se llamaba Tokio, se llamaba Edo. Pero bueno, lo vamos a llamar Tokio para entendernos. Bueno, pues este dictador vivía en Tokio. Tenía sometidos a todos los señores feudales de Japón. Y recordemos que cada señor feudal de Japón tenía sus propios servidores, sus samuráis. Sabemos que sus samuráis servían a cada uno a un señor. Pero si estaban sometidos los señores a al shogun, pues también lo estaban los servidores, los samuráis. Este era el plan de Japón a mediados del XIX. Aislamiento del mundo y sometimiento de los señores feudales a un dictador militar. Con el Emperador tomando sake en Kioto. Cuando llegó el hombre blanco, los británicos y los rusos empezaron a presionar ahí para que Japón se abriera al comercio. No sé si recordarás cuando hablamos de las guerras del opio en Chile. Presionando. Bueno, pues ahora toca Japón. Empezaron a presionar para que Japón abriera fronteras y se abriera el comercio. Y ahí ellos se unieron también los estadounidenses y los japoneses. Que no. Que no querían. Que nos dejéis en paz, que os vayáis. No nos vamos, nos quedamos. Que abráis. Hasta que los hombres blancos se plantaron frente a Edo, a Tokio, con cuatro buques de guerra y cañones. Y enfrente se pusieron unos cuantos miles de samuráis, muy chulos ellos. Con arcos, con flechas, con espadas y con unos viejos arcabuces. Y ahí dijeron los lo mismo hemos descuidado un poco la tecnología militar. No nos va a quedar otra que negociar. Hay que abrirse al mundo. Vamos a cambiar todo. Ojo, para que todo siga igual, que esto es un viejo truco político. También vamos a lavar la cara del país. Metemos unas cuantas reformas, pero seguimos mandando nosotros. Y vamos a traernos al Emperador a Tokio, que adorna mucho este hombre. Y así nos sirve como excusa de que nos hemos renovado. Desmantelamos la estructura social restauramos la dignidad imperial, pero seguimos mandando nosotros. A mí esto me suena muchísimo. Y mira que está lejos Japón. Como para haberles copiado los apuntes.
C
Bonito. Todo me parece bonito. Bonita mañana. Bonito lugar. Bonita la cama. Que bien se ve el mar. Bonito es el día y acaba de empezar. Bonita la vida. Respir, respira, respira, respira. El teléfono suena. Mi pana se queja. La cosa va mal. La vida le pesa. Que vivirá si ya no le interesa. Que se irá si no vale la pena. Se perdió el amor, Se acabó la fiesta. Ya no anda el moto que empuja la tierra. La vida es un chiste con triste final. Futuro no existe.
B
Pero yo le digo bonito, aunque fuera un poquito, a la fuerza. Este desmantelamiento de la estructura social japonesa. Bueno, fue. Fue la modernización del país.
A
Sí, exactamente.
B
Pero ¿En qué consistió exactamente?
A
Vamos a resumirlo al extremo. Esa modernización consistió, al menos estéticamente, en que los japoneses empezaron a ponerse bombín y a vestir de biza. Pero de un día para otro, además, prácticamente. Y las japonesas se pusieron refajo, corsé y se paseaban con sombrillas de encaje y seda. Pero también llegó a Japón el ferrocarril, el telégrafo y la máquina de vapor. Estas cosas, a nuestro protagonista, Saigo Takamori, el último samurái, le parecían inventos sorprendentes. Pero rechazaba de plano que se copiaran los modelos occidentales. Porque eso era abrir la veda a la frivolidad, a la corrupción y a la pérdida de la identidad nacional. Para colmo, con esos cambios también llegó la abolición de los feudos.
B
Eso es más serio.
A
Aquí venía el problema, claro. Se abolían los feudos. Se acabaron los señores feudales. El Estado se quedó con todo. Ojo. Pero para que los señores feudales no dieran la turra, los indemnizaron muy bien. Estupendamente. Se les perdonaron todas las deudas y se les puso una pensión vitalicia. Claro. Ya tienes a todos los señores feudales. Callaos. Estupendo. Pero si ya no había feudos. Si los señores feudales no necesitaban pegarse entre ellos por defender sus prebendas. Tampoco necesitaban samuráis. No necesitaban seguidores. Los samuráis de más alto standing se reciclaron en el ejército imperial o pillaron cargos políticos. Altos cargos. Pero ¿Qué pasaba con los samuráis más humildes, los que no tuvieron acceso a altos cargos? Esos que llevaban siglos dando la cara y la vida por sus señores y hasta suicidándose por ellos si era menester. Pues que se quedaron colgados, sin señor, sin pasta. Y encima les obligaron. Esto fue un drama. Les obligaron a cortarse el moño ese alto que les distinguía. Se ciegaban un moño a cortárselo, pues porque sí, para acabar con todas esas tradiciones. Eso para ellos fue una humillación tremenda. Y también les prohibieron llevar en público sus espadas, que era el símbolo de su clase. Como digo, un drama, un.
B
Un drama total. Oye, ¿Y el? ¿Cómo se llama? Takamori. Y el Takamori, ¿Qué clase de samurái era? ¿Era de los de alto standing, de nivel, de nivelazo, o era de los.
A
Humildes, de los aristócratas? Takamori era un aristócrata pilló, cargo.
B
También hay clases entre los samuráis.
A
Había un jefe de samurái y venían de familias aristócratas y de muchas familias que heredaban ese cargo de samurái. Y este pilló, pilló un cargo. Era mariscal y fue consejero de Estado. Lo llevaron a vivir a Tokio. Vivía en la corte y viv La sede del gobierno. Aunque en Tokio el hombre estaba más perdido que marco el día de la madre. Pero es que Takamori tenía una tremenda dignidad y tenía un altísimo sentido de la justicia. Y era poeta. Escribía fantásticamente bien. Mira una frase que dijo. No me preocupa el frío del invierno, lo que me llena de temor es el frío del corazón humano.
B
No le faltaba razón.
A
Sí, sí, sí. Era un tipo. Tenía una poesía muy bonita. Para él ver cómo Japón había dejado tirados a los samuráis más humildes, equiparados ya a cualquier campesino. Samuráis que habían estado a sus órdenes cuando fue jefazo samurái. Pues aquello le enfermó. Takamori dejó sus cargos en Tokio, volvió a su pueblo, creó una academia militar, se le sumaron muchos jóvenes nostálgicos samuráis y planeó un ataque a Tokio. Esto vamos a revertirlo. Vamos a devolverlo a su estado natural. Aquel tipo de 49 años que tenía, por cierto, para ser japonés era enorme, porque era un tío de 1.80 de estatura y muy corpulento. Practicaba sumo también. Bueno, pues aspiró durante toda su vida a la perfección moral. También esto lo dejó escrito muy bonito. Su ideal de hombre era aquel que no se preocupa de su vida, ni de la fama, ni del rango que ocupa ni del dinero que gana, o sea, para mí, un hippie. Pero un hippie de los de antes.
C
Don't worry.
B
Oye, Nieves, no es por chafar la guitarra, pero si esto ha empezado con la muerte del último samurái. Lo del ataque a Tokio muy bien, ¿No? Debió salirle fatal.
A
¿Fatal?
B
Era solo por confirmar.
A
Tuvo que replegarse, las tropas imperiales se fueron a por él y Takamori recibió un disparo en el muslo. Aquella fue la última resistencia samurái y él, el último samurái. Cuando se vio herido, decidió cometerse puku. Pero no era la primera vez que quiso quitarse de en medio. Ya hubo otra ocasión en la que saltó con un amigo a un lago para ahogarse porque su señor había muerto repentinamente. Son así intensos, ya lo he avisado. El amigo samurái cascó. Pero a Takamori lo reanimaron y se agarró un cabreo de la leche. Pero El seppuku de 1877 fue el definitivo. Viéndose herido, se apuñaló el abdomen. Pero antes se dirigió a su segundo Bepu se llamaba con estas por favor, concédeme el honor de decapitarme. Porque un japonés no pierde la forma ni muerto. Y Beppu, efectivamente, lo decapitó. Aquello fue, como lo definió muy bien un historiador, la nobleza del fracaso. Fue vencido, pero se convirtió en leyenda.
B
Pues vaya final. Nada, nieve sobre todo para él, desde luego. Un beso. Venga.
A
Para no perderte ningún episodio, síguenos en la aplicación o la web de Laser Podium Podcast o tu plataforma de audio favorita, Cadena ser. La radio.
En este episodio, Nieves Concostrina nos invita a descubrir la verdadera historia tras "el último samurái", desmitificando la imagen popular inspirada por el cine y centrando el relato en la figura de Saigo Takamori. Con muchísimo humor, crítica social y su particular mirada histórica, Nieves explora el abrupto proceso de modernización japonés en el siglo XIX, el fin de la era samurái y la dramática transición hacia una nueva sociedad.
“Pues bórrenla. Y a él también bórrenlo. Para contar la historia del auténtico último samurái hay que partir de cero.” (00:56)
“Se rebeló con unos cuantos fieles. Una revuelta que no iba a ninguna parte, porque el mundo, con Japón dentro, ya era otro.” (01:26)
“…Primero lo hirieron, luego él se remató y después le ayudaron a completar el ritual. Porque la decapitación ya no puedes hacértela tú. Necesitas un colega.” (01:45)
“Japón decidió aislarse del mundo totalmente. Como si hubieran puesto una cortina a todo alrededor. Cerró fronteras y de aquí no entra ni sale nadie.” (03:37)
“El emperador de Japón, nunca mejor dicho. Era un jarrón chino.” (04:47)
“El mandamás era el Shogun... Este dictador vivía en Tokio. Tenía sometidos a todos los señores feudales de Japón.” (05:13)
“Ahí dijeron los lo mismo hemos descuidado un poco la tecnología militar. No nos va a quedar otra que negociar.” (06:23)
“Metemos unas cuantas reformas, pero seguimos mandando nosotros. Y vamos a traernos al Emperador a Tokio, que adorna mucho este hombre.” (06:40)
“Tampoco necesitaban samuráis. No necesitaban seguidores. Los samuráis de más alto standing se reciclaron... Pero ¿Qué pasaba con los samuráis más humildes?” (09:30)
“Eso para ellos fue una humillación tremenda. Y también les prohibieron llevar en público sus espadas...” (10:15)
“Tenía una tremenda dignidad y tenía un altísimo sentido de la justicia. Y era poeta. Escribía fantásticamente bien.” (10:48)
“No me preocupa el frío del invierno, lo que me llena de temor es el frío del corazón humano.” (11:13)
“Viéndose herido, se apuñaló el abdomen. Pero antes se dirigió a su segundo Bepu se llamaba con estas por favor, concédeme el honor de decapitarme. Porque un japonés no pierde la forma ni muerto.” (12:48)
“Aquello fue, como lo definió muy bien un historiador, la nobleza del fracaso. Fue vencido, pero se convirtió en leyenda.” (13:50)
Nieves Concostrina (00:56):
“Para contar la historia del auténtico último samurái hay que partir de cero. Este hombre se llamaba Saigo Takamori… Y cada vez que lo contrariaban, se empeñaba en quitarse de en medio. Hasta que lo consiguió.”
Nieves Concostrina (04:47):
“El emperador de Japón, nunca mejor dicho. Era un jarrón chino.”
Nieves Concostrina (06:40):
“Y vamos a traernos al Emperador a Tokio, que adorna mucho este hombre. Y así nos sirve como excusa de que nos hemos renovado.”
Nieves Concostrina (11:13):
“No me preocupa el frío del invierno, lo que me llena de temor es el frío del corazón humano.” [frase de Saigo Takamori]
Nieves Concostrina (12:48):
“Antes se dirigió a su segundo, Bepu, se llamaba: ‘Con estas por favor, concédeme el honor de decapitarme.’ Porque un japonés no pierde la forma ni muerto.”
El episodio destaca por el humor agudo, comparaciones históricas modernas y la crítica irónica de Nieves, tanto sobre Japón como sobre las transiciones políticas en otras partes del mundo. La narración es ligera, directa y muy cercana al oyente, con guiños continuos a la actualidad y al (des)conocimiento occidental sobre la historia japonesa.
Nieves Concostrina desmitifica la figura cinematográfica del "último samurái" y nos regala una revisión vibrante y compasiva del ocaso de una casta que no supo (o no pudo) adaptarse al siglo XIX. El relato de Saigo Takamori sirve como excusa perfecta para entender el Japón moderno y reflexionar sobre cómo los cambios históricos pulverizan tradiciones milenarias, a veces, con gran dramatismo.