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A
Ser podcast.
B
Soy Nieves con costrina y estás escuchando Acontece, que no es poco, un podcast donde no te contamos nada nuevo, pero te lo contamos de otra manera. Aquí te va otro episodio.
C
Hola, Nieves, buenas tardes.
B
Buenas tardes, Carlas.
C
¿Cómo va el calor por el cabo de gata? ¿Qué tal se lleva?
B
Pues mucho mejor que por allí. Aquí hay 30 grados.
C
Y el mar, y el mar, y.
B
El levantito que siempre refresca.
C
Venga, pues con el levantito a cuestas, hoy Nieves nos regala un episodio, yo creo que esto a los oyentes les va a hacer mucha ilusión, les hace siempre, pero un episodio de la apasionante lista de inventos que han servido para mejorar la vida del ser humano, que lo damos todo por hecho, pero en cada uno de esos hitos, de esos avances, alguien se lo tuvo que ocurrir, o no, o sí. Bueno, pues esta tarde en la ventana, en Acontece que no es poco, el descubrimiento del pararrayos.
D
Toma.
B
Sí, qué oportuno. Porque habéis estado hablando en 1144 rayos en una noche. En una noche, sí, sí. A mí me gusta mucho esta historia porque es un asunto que me gusta, porque va contra la superstición, va a favor de la ciencia, porque es un aniversario además un poco redondito y porque me cae bien el tipo. Me gusta el asunto por muchas cosas. Hemos hablado en varias ocasiones de él, porque era masón este hombre, porque participó en la declaración de Independencia de Estados Unidos, porque tenía un cerebro fantástico y porque, oye, tendría sus defectos, pero es que ya lo decía Billy Bilder, que nadie es perfecto. Benjamin Franklin, aunque en realidad la verdadera protagonista del asunto de hoy, más que Benjamin Franklin, es la tormenta que se produjo en Filadelfia. Por eso decía que era un tema muy oportuno, es la tormenta que se produjo en Filadelfia el 15 de junio de 1752, hace exactamente 270 años. Una tormenta muy bestia, que es lo que estaba esperando el Sr. Franklin para hacer un experimento y regalarle al mundo un descubrimiento que iba a salvar miles de vidas, decenas de miles de vidas. Empiezo por dar datos, además son datos de la NASA, que estas cosas las cuenta muy bien. En el rato que vamos a estar hablando van a caer sobre la tierra alrededor de 85 mil rayos, unos 6 mil por minuto, unos 100 por segundo en la Tierra cada día en este planeta que nos estamos cargando. Poquito a poco y con mucho arte, se producen unas 40.000 tormentas que provocan 8 millones y medio de rayos. Es alucinante. Son fenómenos naturales absolutamente inevitables, pero contra los que sí existe defensa. Al menos una parte de defensa. En eso se empeñó Benjamin Franklin, en dominar el rayo. Y lo consiguió, por supuesto, teniendo siempre en contra a los gerifaltes cristianos y a muchos de sus fieles ignorantes que decían que si Dios o el diablo mandaban rayos para castigar al hombre por sus pecados, pues oye, qué ajo y.
C
Agua que se pongan ellos.
B
Pues sí, exactamente. De verdad que no se puede tener menos luces.
D
Un rayo no cae nunca en el mismo lugar dos veces. Pero si quiero te espero en el mismo lugar otra vez. Una bomba no cae nunca en el mismo lugar de nuevo. Pero te debo un beso. En el mismo lugar.
C
Oye, Nieves, la de Filadelfia de aquel 15 de junio debe ser de las pocas tormentas que han pasado la historia por algo bueno, ¿No?
B
Es una tormenta, además, recogida en todas partes, en todas las enciclopedias, en todos los sitios. Porque, por lo general, si una tormenta merece ser destacada suele ser porque va unida a una catástrofe. Pero esta no. Esta fue la tormenta perfecta. No estaba George Clooney en la peli, pero fue la tormenta perfecta. No trajo muerte, trajo vida. Gracias a que ahí estaba Benjamin Franklin y su famosa cometa. Para hacer su famoso experimento. Él había fabricado una cometa con una estructura de metal puntiaguda y la hizo volar. Tenía que hacerla volar en mitad de una tormenta. Agarró un hilo de seda que ató al metal del contorno de la cometa y a su vez ató a ese hilo que colgaba de la cometa una llave grande de metal. La cometa empezó a recibir rayos y Benjamin Franklin acercaba su mano a la llave que colgaba del hilo de seda. Y claro, al tocar la llave saltaban chispas. Le daba calambre. Ya estaba claro para una mente analítica como la suya lo que pasaba con ese fenómeno natural de los rayos y los truenos. Del cielo venían descargas eléctricas que se veían atraídas por el metal de la cometa. Que esa electricidad se conducía por el hilo de seda y llegaba la llave. Y más claro aún era que si el rayo que salía de las nubes encontraba en su camino hacia la Tierra, un conducto metálico en el que meterse. Oye, pues ahí se quedaba. Con lo cual, pues mira, no caía descontroladamente en cualquier sitio provocando fuegos o matando gente. Lo llamaba Benjamin Fuego eléctrico. Se podía dirigir, se podía controlar, se podía dominar. Lo siguiente ya fue idear algo, algún artilugio que se pudiera colocar en distintos sitios para atrapar esos rayos.
C
Para rayos, como su nombre indica, que tiene pintanieves de ser, no sé si el que más, pero uno de los inventos más simples y al mismo tiempo más efectivos del mundo.
B
La típica cosa es como lo de la fregona. Dice ¿Por qué no se lo ha ocurrido a nadie antes? Pues ya tiene que venir un tío listo a hacerlo. Benjamin Franklin. Lo llamó Punta Franklin porque. Bueno, la verdad, este tío lo ha visto, pero poniendo nombres era más simple que el asa un cu. Punta Franklin. Tras el experimento de la cometa, él continuó ensayando y vio que los objetos puntiagudos atraían. Por eso llamó Punta Franklin a su punta de hierro. Una vez descubierto el pararrayos, lo lógico sería. Hay que ver cómo no se le ocurrió a nadie, que estamos hablando de la mitad del siglo XVIII y que no paraba de morir gente por culpa de los rayos. En España mueren al año entre 10 y 15 personas por los rayos.
C
¿Todavía?
B
Sí, unas 24.000 en el mundo. Y eso estando rodeados de pararrayos por todas partes. Pues cuesta poco imaginar cuántos morían antes del invento. Lo del pararrayos es como lo de poner ruedas a las maletas. No sé si te ha pasado alguna vez que no entiendes por qué tardaron.
C
Tanto en poner la rueda.
B
Lleva inventada 6.000 años por lo menos, y nadie se las pone a las maletas. El caso es que el gran invento de Franklin, uno de sus grandes inventos, porque inventó un montón de grandes cosas, también inventó las gafas bifocales, cuentan. Bueno, pues el invento fue una simple vara de hierro colocada en lo alto de un edificio, a la que iría unido un cable que bajaría por la fachada hasta la tierra húmeda, donde el rayo descargaría toda su energía eléctrica. Hay que imaginar la enorme cantidad de incendios que provocaban los rayos en una época en la que los tejados de los edificios eran de madera. Aquel invento no sólo iba a salvar la vida de personas, sino también iba a salvar sus hogares. ¿Alguien cree que las religiones estaban de acuerdo con ese invento diabólico del pararrayos que sólo servía para salvar vida? Lo que tendrían que decir pues claro que no, guapi. Porque si el deseo de Dios es freír a gente con rayos, hay que dejar que Dios los fría y ya está. Y si era el diablo el que mandaba los rayos, había que espantarlos haciendo sonar las campanas de la fe. El caso era que los mandara Dios o los mandara el diablo. Los rayos eran decisiones divinas en los que el hombre no debía intervenir. Resignación, hermano.
C
Entonces no parece que tuvieran claro siquiera ni quién mandaba los rayos. Si lo mandaba Dios, lo mandaba el diablo.
B
No sabían nada. Unos se inventaban que era la ira de Dios por los pecados de los hombres, otros que no, que era el diablo. Porque claro, casualmente las iglesias eran los edificios más castigados porque eran los más altos. Luego era el maligno el que quería destruirlas. Hasta Tomás de Aquino, que un tío que parecía listo escribió en su célebre Suma Teológica que era, y abro comillas, dogma de fe, que los demonios pueden producir vientos, tormentas y lluvia de fuego desde el cielo. ¿Esto lo decía el listo? Pues claro que sí. Esto es lo que tienen clarísimo la Agencia Estatal de Meteorológicos. Deberían contratar exorcistas en vez de físicos en la EMED. Por supuesto, los cazurros no empleaban la cabeza en pensar que si las iglesias eran los edificios más castigados era porque eran los más altos. Claro, los que atraían los rayos y encima ponían cruces de hierro arriba para decir venid a mí o eran iglesias que las hacían con torres terminadas en punta. Y eso, lo de que las puntas sí lo atraían, lo dedujeron, dijeron que algo tendría que ver, aunque no sabían cómo evitarlo. Voy a poner como ejemplo un edificio muy conocido por todo el mundo, el Monasterio del Escorial. Voy a invitar a que todo el que vaya a visitarlo que cuando entre a la basílica por el patio de los Reyes, pues se paren ahí, en mitad de ese patio, miren de frente y miren arriba del todo. Ahí se ve un pingurucho. Es una aguja hecha de piedra. Esa aguja de piedra está sobre el cupulín del cimborrio. Y el cimborrio es lo que está sobre el crucero. Pues si, llevan prismáticos porque a simple vista es difícil verlo. En ese pingurucho que está hecho todo de bloques de piedra, hay un bloque, una especie de ladrillo, que en vez de piedra es de oro. Ese ladrillo es una especie de cajón que guarda un devocionario de Santa Teresa y una reliquia de Santa Bárbara, patrona de los mineros y los artilleros, de la que se acuerda mucho solo cuando truena.
C
Cuando truena, efectivamente. Oye, y el pararrayos tardó mucho en implantarse. De manera general empezaría en Estados Unidos y luego en el resto del mundo.
B
Empezaron en Filadelfia, en el pueblo de Benjamin Franklin, y luego ya se fue corriendo la voz. Las iglesias se resistieron. Se negaban a poner artilugios de hierro puntiagudos que pretendieran enmendarle la plana a Dios. Pero cómo vamos a permitir. No podemos llevarle lo contrario. Llegaron a contabilizarse en Filadelfia 400 edificios con pararrayos, pero ninguno de ellos era una iglesia. Al principio ni uno más de un templo ardió porque no les daba la gana entender que los rayos los enviaba a la física, no Dios, e insistían en que los rayos era por cuestiones divinas en los que el hombre no debía intervenir, porque entonces sería peor tener que hacer frente a la ira divina. Los rayos podían espantarse haciendo eso, como decía antes, sonar las campanas de la fe. Finalmente fueron tragando porque la evidencia estaba ahí. Han ido aprendiendo con el tiempo. También ahora los obispos reclaman quimioterapia cuando pillan un cáncer, en vez de irse a rezar o se cuelan para recibir su vacuna. Algunos no se fían ni un pelo de Dios. Dice a mí que me vacunen por si acaso. 40 años después del invento del pararrayos, antes de entrar en el siglo XIX, había miles y miles de puntas Franklin salpicados por las colonias americanas en Europa. Hubo resistencia, pero poquito a poco fue entrando en España. Fíjate, el primer pararrayos se instaló en Barcelona en 1786, en unos almacenes de pólvora que había en Montjuic. Pero menos mal que había también aquí otro tío listo, un científico que se llamaba Antonio Inglaifón, que había oído hablar de Franklin y dijo, vamos a ver, o ponemos una de las puntas estas que ha inventado este pollo, o nos cae un rayo y nos vuela Barcelona.
C
Entero, que es lo que podía haber pasado perfectamente, además. Oye, Nieves, damos por hecho que hoy ya no habrá casi ningún lugar en el mundo que no entienda que los pararrayos salvan vidas. Me imagino.
B
Prácticamente todo el mundo lo entiende. Los que no tienen pararrayos es por desconocimiento. Por ejemplo, en el África subsahariana, el 90 % de los edificios no tienen pararrayos. Y algunas comunidades anabaptistas, Esto es muy grande. Algunos de ellos son. ¿Te acuerdas que hablábamos de los anabaptistas el otro día? ¿Que son estos fundamentalistas? Bueno, pues por ejemplo, los amish. Algunos amish, no todos, no los ponen porque instalar pararrayos significa desconfiar de la protección de Dios. Y si Dios quiere que te parta un rayo, te aguantas por nada.
D
La lluvia cae sobre suelo Viv. El tiempo pasa, no puedo reír, la.
A
Noche es larga, mi voz amarga. Hoy he visto despertar el sol y tus pupilas brillarán.
D
Pero espera, descuida, que ya verás, los buenos tiempos volverán.
A
Pero espera, descuida, que ya vendrá, la lluvia los devolverá.
C
Hasta mañana, Nieves. Un beso.
B
Un beso, Carla. Chao.
A
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Podcast: Todo Concostrina
Host: Nieves Concostrina
Date: June 15, 2022
SER Podcast
En este episodio, Nieves Concostrina nos transporta al descubrimiento del pararrayos de Benjamin Franklin, una historia crucial que une ciencia, superstición y el afán humano de proteger la vida. Con su característico estilo ameno y crítico, Nieves explora cómo una “tormenta perfecta” en Filadelfia en 1752 posibilitó un adelanto que, aunque parece evidente hoy, tuvo que superar la resistencia de la superstición religiosa y la simpleza humana. El episodio es tanto un tributo a la genialidad de Franklin como una sátira a la obstinación de las iglesias y la lenta adopción de la ciencia en la vida cotidiana.
“Hoy Nieves nos regala un episodio... de la apasionante lista de inventos que han servido para mejorar la vida del ser humano... el descubrimiento del pararrayos.” – Carlos (00:38)
“En el rato que vamos a estar hablando van a caer sobre la tierra alrededor de 85 mil rayos, unos 6 mil por minuto, unos 100 por segundo...” – Nieves (01:38)
“...los gerifaltes cristianos y a muchos de sus fieles ignorantes que decían que si Dios o el diablo mandaban rayos para castigar al hombre por sus pecados, pues oye, qué ajo y agua que se pongan ellos.” – Nieves (02:45)
"Hasta Tomás de Aquino, que un tío que parecía listo escribió en su célebre Suma Teológica que era, y abro comillas, dogma de fe, que los demonios pueden producir vientos, tormentas y lluvia de fuego desde el cielo. ¿Esto lo decía el listo? Pues claro que sí.” – Nieves (08:13)
“Agarró un hilo de seda que ató al metal del contorno de la cometa y a su vez ató a ese hilo una llave grande de metal... Al tocar la llave saltaban chispas. Le daba calambre.” – Nieves (04:19)
“Lo llamó Punta Franklin porque. Bueno, la verdad, este tío lo ha visto, pero poniendo nombres era más simple que el asa un cu. Punta Franklin.” – Nieves (05:36)
“Las iglesias se resistieron. Se negaban a poner artilugios de hierro puntiagudos que pretendieran enmendarle la plana a Dios... Llegaron a contabilizarse en Filadelfia 400 edificios con pararrayos, pero ninguno de ellos era una iglesia.” – Nieves (10:17)
“En el África subsahariana, el 90% de los edificios no tienen pararrayos. ...algunos amish... no los ponen porque instalar pararrayos significa desconfiar de la protección de Dios.” – Nieves (12:01)
| Tema | Timestamps | |--------------------------------------------------------|--------------| | Introducción y contexto climático | 00:20–01:00 | | Impacto de los rayos en la tierra (datos de la NASA) | 01:38–02:45 | | Ciencia vs. Religión y supersticiones | 02:45–04:00 | | El experimento de Franklin | 04:00–05:26 | | Simplicidad e impacto del pararrayos | 05:26–06:35 | | Resistencia religiosa y aceptación del invento | 08:07–10:17 | | Difusión e implantación internacional | 10:17–11:49 | | Lagunas y superstición actual | 12:01–12:33 |
Un episodio que repasa de forma amena y contundente cómo Benjamin Franklin y la ciencia cambiaron la historia enfrentando creencias profundamente arraigadas. La conquista del rayo no solo salvó vidas, sino que evidenció el lento (pero inevitable) avance de la razón sobre el dogma.