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A
La sociedad española de radiodifusión presenta ser podcast siempre.
B
Hola, Nieves, buenas tardes.
A
Hola, Carlas, ¿Qué tal? Buenas tardes.
B
Jueves. Sabes que mañana es viernes, ¿Verdad?
A
Sí, ayer fue miércoles.
B
Exacto. Te lo digo porque el viernes de la semana pasada, en nuestra ventana filosófica, en el Más Platón y menos WhatsApp, estuvimos charlando con José Carlos Ruiz de Ciencia y Filosofía, que hablamos así entre otros personajes. Hablamos de Oppenheimer y de las dudas éticas que tan a menudo asaltan a los científicos, como en su caso. Hoy proponemos otro maridaje, en este caso entre ciencia y periodismo, y con un grande como protagonista, Einstein, que murió tal día como hoy de 1955.
A
Es verdad, digo que lo hemos tenido muy presente a través de la película Oppenheimer Albert Einstein, porque aparece poquito, tiene ahí unos papelitos, tiene unas intervenciones cortas, pero tiene un papel clave en la historia que, bueno, que no se conoce hasta el final de la peli. Y como hoy, 18 de abril de 1955, murió Albert Einstein, pues también es un buen momento para recordarlo. La muerte de Einstein estuvo rodeada de muchas incógnitas. No de misterios, no, simplemente incógnitas, porque le exigió absoluta discreción, lo manifestó de palabra y por escrito en sus últimas voluntades. Dejó instrucciones precisas para que se incinerará su cuerpo, para que no quedase rastro alguno de él y que no se le erigiera ningún mausoleo. Nada de tumba, nada de monumento, nada de nada. Olvidaos de fetichismos conmigo debió decir, quedaos con mis ecuaciones, mis teorías, a ver si las entendéis y dejadme en paz. Si durante muchos años y todavía hoy, hemos seguido teniendo noticias suyas bastante morbosas, es porque alguien se ocupó de no respetar su decisión. Lamentablemente fueron dos médicos, que esto ya lo contamos hace tiempo, dos médicos que asistieron a su autopsia, buitres. Fue su oftalmólogo, que se quedó con sus globos oculares, y otro médico, el Dr. Thomas Harvey, que extrajo el cerebro y se lo llevó a su casa a escondidos. Por eso ahora el cerebro está más loncheado que un salchichón de guijuelo. Porque es que cuando salió a la luz, año después que el cerebro de Einstein andaba por ahí, todo el mundo quería una rodajita para estudiar el cerebro. Hay 200 y pico por ahí. Aquellos dos médicos fueron unos irresponsables. Pero sorpresas te da la vida. Un editor de prensa y un reportero, que por lo general somos los bocachanclas, mantuvieron su palabra y durante 55 años se guardó en un cajón la gran exclusiva conseguida el mismo día que murió Einstein.
B
Imagínate lo que sería escribir a máquina a esta velocidad a la que lleva música sería. Oye, a ver, ¿Quién era el reportero, de qué medio bueno, y a quién le dio su palabra como para que estuviera tanto tiempo manteniéndola en pie?
A
Esta historia me encanta. Era un fotógrafo de la revista Life. Se llamaba Ralph Morse. Morse. Pero él no fue el quien dio su palabra. Él obedeció las órdenes del editor jefe de Live, que fue el que dio su palabra y que la revista ha respetado hasta abril de 2010, porque ya no hacía falta mantener escondida la exclusiva. Y esta es la historia que vamos a contar. Una de las muchas que rodearon la muerte de Albert Einstein. Ralph Morse fue el reportero que fotografió en exclusiva la mesa de trabajo de Einstein, tal y como estaba el día que murió. El que tuvo la única foto del féretro que existe e imágenes de la familia llegando al crematorio, se pegó un curro tremendo, tremendo, para conseguir la exclusiva. Y la consiguió. Nada más entrar en la redacción de Live en Nueva York, con su exclusiva, con los carretes ahí, como si le fuera la vida en ello, se encontró nada más entrar en la redacción, se encontró por todas partes cartelitos, notas que decían entre Ralph, ve a ver a Ed. Era el editor jefe. Ralph, ve a ver a Edith. ¿Qué pasa aquí? Bueno, pues el reportero se fue directo al despacho y Ed Thompson le ralph, he oído que tienes una exclusiva increíble. Y el reportero, un poquito perplejo, le sí, creo que sí. Pero sin entender cómo se ha enterado. Y le dice su jefe bueno, pues no la vamos a publicar, vamos a matar la historia. Esa exclusiva se guardó en un cajón Y tanto el editor como el fotógrafo dieron su palabra de no sacar aquellas imágenes.
B
Yo quiero saber cómo se enteró el editor y por qué se guardó la exclusiva. Pero por seguir un orden, la primera pregunta sería, este hombre, el reportero, ¿Cómo llegó a conseguir lo que en el periodismo anglosajón se conoce como scoop?
A
Porque en toda regla, vamos, esto era la leche de scoop. Ralph Morse era un fotógrafo de muchísimo prestigio. Hemos visto muchas fotos suyas sin saber que son suyas.
B
Como las estatuas de ayer.
A
Sí, como las estatuas de ayer. Efectivamente. Están ahí, pero no sabías de dónde venían. Por cierto, este hombre murió con 97 años. Murió en 2014. Y él mismo contó en Live en 2010, cuando ya se contó todo. Él mismo contó la peripecia de la exclusiva. Este hombre cubrió en la Segunda Guerra Mundial el desembarco en Guadalcanal. Este hombre cubrió la liberación de París. Fue el único fotógrafo civil presente cuando los alemanes se rindieron ante Eisenhower. Una de las más famosas fotos del momento del despegue del Apolo 11. En su histórico viaje a la Luna, la hizo él. Era un pedazo de reportero. Y como tenía mucho olfato, pues se hizo con la primicia. Ralph Morse. Aquel día, cuando se supo la muerte de Einstein, agarró su cámara, sus cámaras, y agarró una caja de botellas de whisky. Esto es fundamental. Lo agarró a que todo. Lo cogió aquel 18 de abril de 1955. Y se plantó en el hospital de Princeton, en Nueva Jersey, Que es a donde llevaron el cuerpo de Einstein. La noticia de la muerte ya había saltado. Y en las afueras del hospital había una nube de redactores y fotógrafos. Y cuando vio todo aquello, dijo. Ésto no interesa. Esto lo va a tener todo el mundo. Aquí está todo Dios. Así que se fue al edificio donde Einstein tenía su despacho. Le soltó una botella de whisky al portero para que le abriera la puerta. Y así fotografió la mesa de trabajo. De allí volvió al hospital y le soltó a un sanitario otra botella de whisky para que le esto era mejor que los dólares. Para que le contara A ver, cuéntame qué está pasando aquí. Y este sanitario le cuenta que ya le han hecho la autopsia. Y le dice el nombre de la funeraria a la que han enviado el cuerpo. Él se va corriendo para allá. Y justo cuando llega, ve que ya están sacando el féretro de la funeraria Y cargándolo en un coche funerario. Coño, qué rápido va esto. Dispara unas fotos y piensa. Esto es que el entierro va a ser ya mismo. Así que se adelanta y se va al sitio lógico, al cementerio de Princeton.
B
Pero todo iba tan rápido. Todo se hizo en el mismo día.
A
Todo, todo. Es que murió en la madrugada del 18. Y todo se hizo en horas para cumplir estrictamente con los deseos de Einstein. Le horrorizaban los funerales y los peregrinajes a las sepulturas de famosos, los velatorios, los duelos. La prensa no quería nada. Por eso pidió estricta intimidad, incineración, todo rapidito, y que sus cenizas se esparcieran en un lugar que nunca fuera revelado. Se llevó todo lo que rodeó la muerte tan en secreto que nadie, ni un solo medio, ni un solo periodista, ha logrado enterarse de adónde fueron a parar las cenizas de Einstein. Bueno, sigo con el. Sigo con el intrépido reportero Ralph Morse, igualmente sorprendido de lo rápido que iba todo, por eso iba corriendo. Cuando la funeraria ve que no hay prensa y hace las fotos del féretro. Se percata de que el único tiene la foto del féretro es él, pero también quiere pillar el momento del entierro. Y se va, como digo, al único sitio posible que parecía el cementerio. Y venga a dar vueltas por el cementerio. Venga a dar vueltas. Vio que había ocho o diez fosas preparadas para recibir entierros, pero a saber en cuál de ellas, claro. Así que se acerca a unos sepultureros, les suelta otras botellas de whisky, y a cambio le averiguan que Einstein no va a ser enterrado, sino incinerado dentro de 20 minutos. Y en el crematorio No está allí, está en Trenton. Está a 20 kilómetros, otra vez a toda leche para llegar al crematorio. Y llegó. Llegó a tiempo para fotografiar a las únicas seis personas que acompañaron a Einstein. La llegada del féretro al crematorio también lo pudo fotografiar. Y la salida de esas seis personas, tras la ceremonia, en la que, esto sí se supo, se leyeron unos versos de Goethe. Einstein, como científico serio que era, también era ateo. Fotografió también la llegada de las seis personas a la casa de Einstein. Y ya está. Ralph Morse, tras emborrachar a media ciudad, se fue directo a la redacción de Life en Nueva York, sabiendo que tenía una exclusiva mundial porque no se había cruzado con ningún periodista. No se cruzó con ninguno.
C
¿He says son Can you play me a memory? I'm not really sure how it goes But it's sad And it's sweet And I knew it complete When I wore a younger man's clothes La La Landing.
B
Volvamos al comienzo. Nieves, el editor jefe de Live, ¿Cómo se enteró de esta primicia antes de que llegara el reportero la redacción, porque eso es muy raro?
A
Sí, es que fue todo muy rápido. El fotógrafo cometió un pequeño error. Lo cometió por ser educado, porque el hijo de Albert Einstein era listo y digno hijo de su padre. Hans Einstein vio al fotógrafo en el crematorio y en un momento determinado se acercó a saludarle, a darle las gracias, y se presentó. Por cortesía, el fotógrafo también le dio su nombre. Mientras el reportero tiraba millas a Nueva York, el hijo de Einstein localizó a la primera el medio en el que trabajaba el fotógrafo. Porque si algún reportero había podido seguir la pista y enterarse de todo, solo podía ser de Life. Ese era el prestigio que tenía. Y así fue. Hans Hainstein llamó al editor jefe y le pidió que, por favor, por favor, al igual que habían hecho todos, respetara la decisión del físico de que su muerte no tuviera repercusión alguna. Ed Thompson dio su palabra y mató la exclusiva.
B
Nos falta algo para terminar. Nos falta saber cómo se tomó el fotógrafo que guardara en su trabajo su exclusiva en un cajón y durante tanto tiempo. Claro.
A
A ver, aquí está la versión que él da y la que tengo yo. En 2010, cuando tenía 92 años, Ralph Morse contó cómo se lo tomó. Pero yo no me lo creo. Yo creo que contó lo correcto, no la verdad. Porque tenía un tremendo respeto por su editor jefe y dijo, así era, que era un grandísimo periodista. Dijo, no se puede dirigir una revista sin un editor que tome esas decisiones. Y Ed tomó había tomado las suyas. Y sigue contando el fotógrafo. Entonces pensé bueno, eso es todo. Y pasé a mi siguiente tarea. Pensé que las fotografías nunca verían la luz del día. Y me olvidé por completo de ellas. A ver, yo creo que el cabreo debió ser monumental. Que discutieron, que lo defendió, que dijo. No, yo creo que no fue tan pacífico como contó. Pero sí es cierto que esa fue la decisión que se tomó aquel mismo 18 de abril en el que pasaron tantas cosas en tan poco tiempo. 55 años después, en 2010, cuando ya habían muerto todos los hijos y el último nieto de Albert Einstein, que murió en 2008, consideraron que aquellas fotos ya no molestaban a nadie. Y fue cuando se publicaron. Yo recomiendo a la gente que lo busque y las vea, porque ver la mesa de trabajo de Einstein tal y como la dejó, confirma la teoría del científico loco. Vaya caos de papeles y de notas. No se ve la madera. Está todo un follón ahí. Y encima de todas ellas está su pipa y el tabaco tal y como lo dejó. Y ya está. Bueno, la verdad es que ha sido más una historia de periodismo que de Einstein. Es verdad, pero es tan agradable conocer a profesionales íntegros entre tanto burdo. Yo ya hablando de burdos, voy a terminar con una frase atribuida a Albert Einstein, que no sé si es cierto que la dijo, pero se la atribuyen. Cuando te mueres no sabes que estás muerto, no sufres por ello, pero es duro para el resto. Lo mismo pasa cuando eres imbécil.
B
Te diré una cosa, si solo la mitad de las frases que se le atribuyen a Einstein las dijo de verdad, creo que ha pasado más tiempo hablando que haciendo números. Pero bueno, está buenísima, está buenísima.
A
Le pasa como a Oscar Wilde, también.
B
Son los grandes citados de la historia. Bono, Nieves, a descansar. El lunes más.
A
Muchas gracias.
B
Hasta pronto. Adiós.
A
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Podcast: Todo Concostrina (SER Podcast)
Host: Nieves Concostrina
Date: April 18, 2024
In this engaging episode, Nieves Concostrina explores the fascinating events surrounding the death of Albert Einstein—specifically, the remarkable discretion with which his final wishes were (and weren't) respected, and the extraordinary journalistic integrity involved in keeping exclusive photos of his last moments secret for 55 years. Blending history with sharp wit, Concostrina navigates the intersection of science, privacy, and journalism, using the peculiar story of a Life magazine photographer, Ralph Morse, who captured the most exclusive images relating to Einstein's death—and then kept his word never to publish them, as per the wishes of Einstein’s family.
"Olvidaos de fetichismos conmigo debió decir, quedaos con mis ecuaciones, mis teorías, a ver si las entendéis y dejadme en paz."
"Por eso ahora el cerebro está más loncheado que un salchichón de guijuelo."
"Bueno, pues no la vamos a publicar, vamos a matar la historia."
"Ver la mesa de trabajo de Einstein tal y como la dejó, confirma la teoría del científico loco. Vaya caos de papeles y de notas..."
"Cuando te mueres no sabes que estás muerto, no sufres por ello, pero es duro para el resto. Lo mismo pasa cuando eres imbécil."
“Si solo la mitad de las frases que se le atribuyen a Einstein las dijo de verdad, creo que ha pasado más tiempo hablando que haciendo números.”
Nieves Concostrina delivers the historical narrative with her signature mix of sharp humor, skepticism, and candid appraisal of both the great and the ordinary. The tone is conversational, lively, and peppered with colloquial, slightly irreverent observations (especially regarding professional ethics), which adds flavor and depth to the storytelling.
This episode offers a dual lens: a touching look at Einstein's desire to avoid posthumous idolatry and a celebration of rare journalistic integrity. Through a brisk, engaging narrative, Nieves Concostrina walks listeners through the little-known but extraordinary restraint shown by journalists who, for once, placed principle above headlines. The story, witty commentary, and select quotes together craft an episode both enlightening for history enthusiasts and inspiring for anyone who values ethical conduct—closing, aptly, with Einsteinian humor befitting the theme.