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A
Ser podcast.
B
En la ventana Acontece, que no es poco. Un relato personal de la historia con Nieves con costrina. Cadena SER.
A
Hola, Nieves, buenas tardes.
B
Buenas tardes, Carlas. ¿Cómo estás?
A
¿Tú sabías todo esto de los semáforos que comentaba Aymar? Me ha parecido apasionante, de verdad. Apasionante porque pasión por los semáforos.
B
Pero tiene que ser muy bonito, incluso vengarte y montar un caos.
A
Eso no está mal pensado. No está mal pensado. Bueno, ya sabía yo que hoy es día de difuntos. Yo sabía que nos iba a caer alguna.
B
El día de los fieles difuntos ya.
A
Sabía que nos iba a caer alguna historia de muertos. Bueno, la verdad que en este caso plural lo de muertos viene más al pelo que nunca. Porque tal día como hoy de 1755 tuvo lugar el muy conocido terremoto de Portugal que provocó miles de víctimas, no se sabe cuántas exactamente, y bastantes de esas víctimas, por cierto, en la costa andaluza, en Cádiz y Huelva. Decía yo lo de que el muy conocido terremoto Lisboa, porque efectivamente es uno de los desastres naturales que más se recuerda.
B
Sí, es además de los que te viene a la cabeza en cuanto hace recuento, enseguida te vienen a ver los grandes catástrofes. El Vesubio, la erupción, el tsunami de Indonesia, el terremoto de San Francisco, el huracán Katrina, el terremoto de Haití, el terremoto de Lisboa. Lo con. Con ese apellido de Lisboa, porque fue allí donde se instaló el infierno. Porque si el infierno existiera sería exactamente lo que vivió Lisboa el 1 de noviembre de 1755. Aunque el epicentro estuvo en el Atlántico, en el Cabo de San Vicente, aquel terremoto se sintió en toda la península, en el norte de África, en el sur de Francia, en el norte de Italia. Lo notaron levemente en Hamburgo incluso. Y hubo efectos no devastadores, pero llegaron en Azores, Cabo Verde, en Canarias, en Madeira. Como has dicho, es dificilísimo conocer el número de víctimas. Miles, muchos miles en todo Portugal, en Marruecos, en Huelva y Cádiz. Pero Dios se cebó con Lisboa, desde luego. Mandó a todos los elementos contra la ciudad. Y precisamente mientras esas piadosas gentes abarrotaban las iglesias en las misas de difuntos del 1 de noviembre, día de Todos los Santos, primero Dios hizo que la tierra temblara y sepultara a su rebaño. Luego desató incendios por toda la ciudad para que se achicharrara otra parte del rebaño y después mandó una ola gigante, un tsunami, para que ahogara a las ovejas que habían escapado de los escombros y del fuego, como ellos dicen, porque Dios lo.
A
Estaba pensando. Que si alguna vez se ha demostrado falsa esa frase hecha que dice que Dios aprieta pero no ahoga. Bueno, el terremoto de Lisboa. El terremoto apretó y ahogó de verdad.
B
Hizo todo ahí. Dios perdió muchísima clientela a raíz de ese terremoto. Aquel día muchas víctimas decidieron que ya valía de cuentos. El terremoto de Lisboa, al margen de la catástrofe en sí, trajo a la larga varias bondades, muchas consecuencias que nadie pudo sospechar en su momento. Portugal sufrió una convulsión política y religiosa que fue dando forma a un nuevo país en el siguiente siglo y pico. Fue poquito a poco, pero que Portugal se convirtiera en una república laica. Si tiramos del hilo, se comprueba que el inicio del cambio se sitúa aquel 1 de noviembre de 1755. Decía que es imposible saber el número exacto de muertos. Y bueno, ya no te cuento. Damnificados, esos incalculables. Antes no se hacían recuentos como ahora. La población no estaba tan controlada. Los muertos se enterraban a paladas y a toda leche. En toda Portugal se calcularon los muertos a ojo. 30.000 decían unos, a 70.000 subían otros. En Lisboa hubo unos 12.000 muertos, según los cálculos más fiables, entre 5.000 y 10.000. En Marruecos unos 5.000. En España 2.000 de ellos, fíjate, Huelva y Cádiz. La mayoría de ellos además ahogados porque era una cosa que no habían visto nunca. Era tan espectacular ver como el mar se retiraba que se acercaron todos a verlo. Cuando volvió la ola de 20 metros arrastró a muchos que no tuvieron tiempo de huir.
A
Y eso que has comentado antes, que el hecho de que mucha gente estuviera en las iglesias porque era fiesta. Bueno, pues eso incrementó el número de víctimas.
B
Eso fue tremendo. Podríamos decir que con el derrumbe de las iglesias y la cantidad de muertos que provocaron también se derrumbó la fe de los fieles. Nadie se explicaba que tantas iglesias se fueron abajo sepultando a tantísima gente mientras, por ejemplo, y esto no es ninguna tontería porque está estudiado, los burdeles se mantuvieron todos en pie y por supuesto, a la familia real no le cayó ni un cascote porque aquel 1 de noviembre, aprovechando el día de fiesta, en vez de irse a misa, que era lo que tenían que haber hecho, salieron todos de madrugada de excursión fuera de Lisboa. Por eso no les pilló. Una prueba más de que Dios sólo protege a los suyos. Los Lisboet se preguntaban por qué habían merecido aquel desastre. Encadenado, terremoto, fuego, el mar arrasando la ciudad. Y los curas respondían ah, hijo mío, la cólera divina. Sois todos unos pecadores de la pradera.
A
No me extraña que se cabrearan después.
B
Claro. Sí, pero claro, es que las víctimas decían pero qué pecadores ni hostias en vinagre, si estamos en misa. ¿Cómo que qué pecadores? La verdad es que había una explicación, por supuesto. Una explicación que daba la ciencia y la razón, no la ira divina. El subsuelo de Lisboa en el centro urbano era blandito y los cimientos bastante inestables, porque está cerca del mar y está la desembocadura del Tajo. En ese centro urbano es donde se concentraban las iglesias, mientras que los burdeles estaban en las afueras, estaban alejados del terreno blandengue, con un subsuelo más firme. Por eso Dios no le hizo ningún daño a las putas. Y de paso también se libró de morir algún obispo que estaría con ella, seguro.
A
He estado consultando mientras hablabas ahora y en la escala de Richter, que va de 0 a 10, a veces algunas llevan hasta 12, pero de 0 a 10, el terremoto Lisboa tuvo una intensidad de 10 que no había visto nunca yo. Una barbaridad.
B
Fue impresionante.
A
Hoy has dicho que la familia real salió indemne, ¿No?
B
Sí, totalmente.
A
¿Pero quién reinaba entonces?
B
Pues reinaba un cagueta directamente. José I, de la dinastía de los Braganza, que además, a partir de ese momento se negó a pisar Lisboa. Nada, nada. Ni fue a ver los daños, ni consoló a los súbditos, nada. Estos salen por pie, los primeros. Su primer ministro llegó a el rey de Portugal ha sido el único europeo que no ha conseguido saber el alcance real de lo sucedido en la capital de su reino. No fue desarrolló tal pánico José I a vivir en un edificio que ordenó que se levantara un campamento a todo lujo en una colina de las afueras, en la colina de ayuda, pabellones y tiendas que albergaran a la corte, la servidumbre, a toda la familia. Nunca más. José I vivió bajo techo, de ladrillo, y de hecho murió 22 años después en ese campamento, como a todos los reyes, hay que ponerles un sobrenombre. Luis XIV, el Rey Sol. Felipe II, el Prudente. Fernando VII, el Deseado. Más tuerzo. Juan Carlos I, el Corrupto, cómo no. A José I de Portugal lo llamaron el Reformador. Pero este hombre no reformó. No reformó un mojón. No hizo nada. Lo único que hizo el día del terremoto fue preguntar a su primer ministro, al marqués de Pombal, famoso marqués, aún no era marqués, pero lo conocemos como el Marqués de Pombal. Dijo Sebastián, ¿Qué hacemos? Dijo. ¿Cómo que qué hacemos? Tolay. Bueno, de Tolay lo digo yo. Enterraros muertos y cuidar dos vivos, me dijo. Esa es la famosa frase que ha pasado a la historia como respuesta al rey. Enterrar a los muertos y cuidar de los vivos. Este hombre hizo un trabajo de 10, el de Pombal, sin que esto se quede solo en alabanza, porque sacó de paseo todo su absolutismo. Hizo cosas mal, pero puso en orden Lisboa en tiempo récord y aprovechó para ir a degüello contra la Iglesia. Vais a enterar. Luchó a brazo partido para separar todo aquel desastre de las supersticiones religiosas. Porque durante el año y pico que estuvo reconstruyendo la ciudad, los curas, los obispos, el propio Papa Benedicto XIV, no paraban de dar la turra con lo de la ira de Dios y los pecadores. Por favor. Decían que es que no había nada que hacer salvo rezar, que de nada serviría reconstruir porque Dios volvería a tumbarlo. Lo tenían frito al Marqués de Pombal. Pero bueno, los cayó a todos. A todos. Y a los jesuitas ya de paso los expulsó por plastas. Y fue decretarse la expulsión de los jesuitas de Portugal. Y el resto de países fueron detrás. Parece que les tenían todos ganas.
A
Oye, y la reconstrucción de Lisboa, ¿Cómo la gestionó este hombre?
B
Es que eso fue. Es que están los manuales. Lo hizo muy bien, fue muy resolutivo. Lo primero organizó brigadas para apagar todos los fuegos e inmediatamente después se puso a rescatar a todos los muertos lo más rápidamente posible para enterrarlos cuanto antes y evitar epidemias, que es el mayor riesgo. Y digo enterrar, pero en realidad la mayoría fueron cargados en barcos y arrojados mar adentro porque no daban abasto a enterrar. También esto lo protestó la Iglesia, claro, porque no era forma esa de dar cristiana sepultura. El primer ministro volvió a mandar a los curas a pasear. Que te calles y te acuestes. Les voy a hacer lo que tengo que hacer. A los supervivientes, el marqués de Pombal no les dejó tiempo ni para lamentarse. Los alimentó para que estuvieran fuertes y los puso a currar a todos. A todos. Todo el mundo tenía que trabajar en desescombrar, en cuidar heridos, en llevar ayuda. Y tenía todo tan previsto que para que nadie se escaqueara de currar, rodeó Lisboa con soldados para evitar que los lisboetas huyeran. Tomó medidas contra el pillaje y contra la especulación. Porque esta es otra. En las desgracias, en los desastres, los primeros en querer aprovecharse suelen ser los propios vecinos, los propios ciudadanos. Esos que ayer y hoy, porque sigue pasando, despotrican contra los gobernantes, pero son ellos los primeros que especulan, defraudan y se aprovechan del prójimo. Y en Lisboa, los que tenían casa en pie se frotaron las manos y lo que hacían era alquilar a unos precios abusivos a los que habían perdido la suya. Esa especulación la frenó el marqués de Pomba.
A
Está muy claro que el terremoto de Lisboa no sólo fue devastador, que lo fue, sino revolucionario. Muchos aspectos.
B
Mucho, muchísimos. Es que fue el principio de muchos avances en arquitectura, en sismología, en prevención, en protección civil, en ateísmo, en republicanismo. Hasta cambiaron el nombre de las calles del nuevo Lisboa que reconstruyó el primer ministro. La calle del Crucifijo pasó a ser la calle del Oro. Viene a ser lo mismo. Pero bueno, el terremoto tuvo tal incidencia social que marcó el inicio de la sismología moderna. Los lisboetas comprobaron que la monarquía no sólo no sirve para nada, sino que encima estorba. Que la Iglesia pone inconvenientes a todo, pero no ayuda en nada. Portugal, con el tiempo, eso ya lo sabemos, se cargó la monarquía y expulsó a todas las órdenes religiosas. Porque es que tiene muchas narices. Pero es que hasta en Madrid, los dos únicos muertos que hubo en la capital por el terremoto de Lisboa fueron dos niños a los que aplastó la cruz que se cayó de la iglesia del Buen Suceso en plena Puerta del Sol. Hombre, si eso lo había querido Dios. Por lo más racional es y razonable. Mandaron a Dios a tomar vientos. Morir aplastado por una cruz. Por favor, ¿Dónde se ha visto eso?
A
Nada, Nieves, Adeus, Adeus, el próximo lunes más descanso y cuídate.
B
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In this episode, Nieves Concostrina revisits the catastrophic 1755 Lisbon earthquake, which struck during All Saints' Day and profoundly impacted not only Portugal but also portions of southern Spain and Morocco. With her characteristic irreverent and lucid style, Concostrina explores the disaster’s devastating consequences, its religious and societal implications, and how it catalyzed political, architectural, and ideological changes in Portugal and beyond.
Quote [01:11]:
“Porque si el infierno existiera sería exactamente lo que vivió Lisboa el 1 de noviembre de 1755.” – Nieves Concostrina
Quote [04:21]:
“En Lisboa hubo unos 12.000 muertos, según los cálculos más fiables, entre 5.000 y 10.000. En Marruecos unos 5.000. En España 2.000 de ellos, fíjate, Huelva y Cádiz. La mayoría ahogados porque era una cosa que no habían visto nunca.” – Nieves Concostrina
Quote [04:57]:
"Podríamos decir que con el derrumbe de las iglesias y la cantidad de muertos que provocaron también se derrumbó la fe de los fieles." – Nieves Concostrina
Quote [05:49]:
"Había una explicación... el subsuelo de Lisboa en el centro urbano era blandito y los cimientos bastante inestables... Por eso Dios no le hizo ningún daño a las putas." – Nieves Concostrina
Quote [07:13]:
“Reinaba un cagueta directamente. José I… se negó a pisar Lisboa. Ni fue a ver los daños, ni consoló a los súbditos, nada.” – Nieves Concostrina
Quote [08:05]:
“Enterrar a los muertos y cuidar de los vivos.” – Marquês de Pombal, citada por Nieves Concostrina
Quote [11:11]:
“Fue el principio de muchos avances en arquitectura, en sismología, en prevención, en protección civil, en ateísmo, en republicanismo.” – Nieves Concostrina
"Si alguna vez se ha demostrado falsa esa frase hecha que dice que Dios aprieta pero no ahoga. Bueno, el terremoto de Lisboa. El terremoto apretó y ahogó de verdad." – Carlos
"Las víctimas decían pero qué pecadores ni hostias en vinagre, si estamos en misa." – Nieves Concostrina
"A los jesuitas ya de paso los expulsó por plastas. Y fue decretarse la expulsión de los jesuitas de Portugal. Y el resto de países fueron detrás. Parece que les tenían todos ganas." – Nieves Concostrina
This episode masterfully blends sharp wit, rigorous history, and social critique. The 1755 Lisbon earthquake, under Concostrina’s lens, emerges not merely as a tragic event, but as a catalyst for Portugal’s modernization, secularization, and social rebirth—propelled, ironically, by both the indifferent forces of nature and the failings of church and monarchy.
Nieves Concostrina’s unmistakable tone—irreverent, incisive, and laced with dark humor—makes historical reflection on disaster both enlightening and entertaining for listeners. The episode stands as a reminder that often in history, it takes catastrophe to shake the very foundations of faith and society.