
Loading summary
A
Ser podcast.
B
Hola, Nieves, buenas tardes.
A
Buenas tardes, Carlos.
B
¿Qué tal estás? Bien. ¿Forma todo?
A
Todo estupendo. Todo muy bien, muy contenta.
B
Yo no sé si aquí tendríamos que pedirle ayuda a Isaías, no lo sé. Pero bueno, es verdad que las palabras pueden adquirir significados muy distintos según cuál sea el contexto. Hoy, por ejemplo. Hoy conjugamos el verbo levantar. ¿Qué dices? Pues vale. Poca sorpresa, ¿No? Bueno, pues no, no. Lo que para algunos, bueno, para la mayoría, no pasa de ser un movimiento físico de abajo arriba, levantar para un rey, para uno en concreto, se convirtió en sinónimo de exhibicionismo, de ceremonial y de cursilería. Bueno, no en vano a Luis XIV, y los oyentes ya lo sabían, Neves le bautizó hace tiempo como el Rey Repollo.
A
Y.
B
Hoy tendremos, creo, algún argumento más para pensarlo. Rey Repollo.
A
Es que me hace mucha gracia oírtelo decir antes. A mí me sale, pero bueno, tirada. Sí. Mira, lo de hoy además es una recogida de miguitas que dejé con Rafa. Panadero.
B
¿Con Rafa?
A
Sí, sí. ¿No pudiste estar tú ese día en la sección por un viaje o algo? Creo que fuisteis a Canarias, creo recordar. Fue hace poco más de un mes cuando estuvimos hablando de la muerte de Carlos III y de cómo la costumbre en Borbonia era nacer, comer, vivir y morir en público. Así tenía que ser, porque era como contemplar la evolución de un ser divino que era el rey. Dije que algún día teníamos que contar cómo era un día en la vida de Carlos III, aunque era absolutamente vulgar, si lo compara con una jornada en la vida del repollo de Luis XIV. Porque lo de Luis XIV, eso no era un día, eso era un circo de tres pistas. La evolución de este hombre cada día por allí. Los Borbones españoles, aunque son más cutres que los franceses, se trajeron las mismas costumbres de Francia, e hiciera lo que hiciera el rey, siempre tenía que haber gente mirando, exceptuando. No, no, espérate. A veces, no siempre esos momentos en los que estamos pensando, en los que todos estamos pensando y exceptuando también en otros momentos, como por ejemplo cuando operaron de hemorroides a Luis XIV. Esto ya lo contamos hace mucho, en 2019, pero incluso en aquel incómodo momento, 10 personas, incluida su amante favorita, contemplaron al rículo en pompa. La verdad es que es una historia muy divertida, ya la contamos hace mucho, con todo lujo de detalles. Estuvo muy graciosa porque gracias a la Almorrana de Luis XIV nació el Real Colegio de Cirujanos de París. Esa almorra, lugar a todo eso, lo mismo otro día lo recordamos, ya lo veremos. Pero hoy, lo que vamos a contar hoy es cómo era al detalle una jornada en la vida del Borbón más esplendoroso y pijo que recuerdan los tiempos que es Luis XIV. El repollo de Versalles.
C
De tres cuartos de hora. He merecido la pena. Entra el sol por la ventana, camillado en el aire, algunas notas de polo.
B
Venga, vamos al lío. ¿A ver cuándo empezaba exactamente la exposición pública del rey recién levantado? Verbo levantar.
A
Sí, sí, sí, de ahí lo que has dicho. Empezaba a las ocho y media de la mañana en punto. El primer ayuda de cámara, porque había varios, el primer ayuda se acercaba a la cama del repollo y le decía siempre lo señor, es la hora. Esta ceremonia tenía un nombre que era Lebert Diroy, dicho finamente que la levanta como la Macarena al cielo con ella le veremos. El levantamiento del rey duraba una hora. Lo aseaban, lo peinaban, le colocaban bien la peluca, lo vestían. Hay que tener en cuenta que llevaba su tiempo con tanta puntillita, tanto lazo y tanto encaje, e inmediatamente después de tenerlo preparadico, a rezar. Las primeras plegarias del día eran en su habitación. Siempre y mientras, en las antesalas del dormitorio real había ya decenas de cortesanos, podían ser 40, 60, 70, dependiendo del día, que éstos tendrían que haberse levantado, calculo yo, pues a las 7 por lo menos, para estar allí haciendo antesala. Esperaban apelotonados, a la espera de ser recibidos en la habitación del rey cuando terminara la levantá. Entraban por riguroso orden de categoría, primero los príncipes, los amigos íntimos, los nobles, luego los cortesanos más vulgarcitos. Entraban, además de seis tacadas cada mañana, o seis entradas, que se llamaba. Si había mala suerte, te quedabas fuera y ese día no te recibía, o podías tener un permiso especial del rey para poder entrar antes que los demás. Mientras el rey estaba sentado en el váter, esto es muy grande, entonces no se llamaba váter, ni se llamaba retrete, se llamaba la ches percé, silla cómoda, porque en realidad era un sillón tú veías al rey sentado en un sillón con un agujero en el centro del.
B
Asiento, y ahí sentado en la daza, el váter, mientras tal, él recibía a la gente y despachaba.
A
Sí, sí, despachaba, despachaba.
B
Al margen de esta absurda recepción en el váter, lo del ceremonial este que estás contando venía de antes o foidia del rey Repollo.
A
Ceremoniales de los reyes es que ha habido siempre, pero tanto siempre, pero este no era especialito, pero es que los hay incluso hoy, pese a que se han relajado a mínimos, mantienen algunos protocolos muy ridículos. En audiencias, en recepciones y hasta en encuentros un poco informales, te encuentras con unos detalles, quien los haya vivido supongo que estará de acuerdo, absolutamente ridículos, de verdad. Pero el absurdo ceremonial de Versalles lo impuso Luis XIV, medido al minuto y sin que nadie se lo saltara, ni familia ni príncipes. Es que la disciplina era estricta, porque se trataba de dejar clara la distinción del rey. Luis XIV era divino, y eso se tenía que notar a cada paso y se tenía que acatar. El duque de Saint Simon definió de forma exacta cómo era un día en la vida del rey. Y con un almanaque y un reloj, podríamos decir, a 300 leguas de distancia, con exactitud lo que está haciendo el rey, porque se sabía hacía exactamente lo mismo. Todo medidísimo, todo controladísimo. Hasta cuando el rey estaba sentado en su silla váter, tú tenías que sentirte honrado de que te atendiera mucho más en ese momento en el que te estaba concediendo el privilegio de recibirte mientras estaba en el su porrón pompón pompero. Este momento de recepción en el váter, según cuenta Alexandre Maral, que es el conservador jefe de los palacios de Versalles, actualmente, tiene publicado un libro muy chulo sobre los ceremoniales del repollo, No sé si está traducido, se llama El rey, la corte y Versalles. No sé si está traducido. Este ceremonial, digo, duraba media hora. Este del asentado en el váter, me refiero. Pero no es que el rey necesitara media hora para su porrón pompero, ¿O sí? No lo sé, porque ya hemos dicho que sufría de hemorroides. Esa media hora empleada en recibir Chespers. El rey lo hacía más por ceremonia que por necesidad, escribió el cronista.
C
Je ne veux pas travailler Je ne veux pas déjeuner. Je veux seulement oublier. Et puis je fume. Déjà j' ai connu le parfum de l'.
A
Amour.
C
Un million de roses N' en bâmerait pas autant maintenant Une seule fleur dans mes entourages Me rend malade. Je ne veux.
B
A ver, Nieves, tenemos que espabilar porque hemos consumido casi a la mitad de nuestro tiempo y Luis XIV lleva una hora despierto.
A
Es un poco, ¿Verdad? Sí. Bueno, ya salimos de la habitación con el rey. Vestido, peinado, emplumado, tuneado, todo perfecto. De allí iba directo a la capilla a oír misa. Todo el mundo tenía que tener muy presente que ese pecador, fornicador, adúltero, mal samaritano, déspota y gran soberbio, ese rey Luis XIV, era cristianísimo. Y este hombre oía misa todas las mañanas en su camino de la habitación a la capilla. Se permitía que los cortesanos, cientos de ellos, admiraran el recorrido de Luis XIV. Media horita de misa diaria en la capilla real, pero sin comulgar, sin comerse la carne ni beberse la sangre del líder. Pero había cinco días al año, en festividades especiales en los que el rey sí comulgaba. Y esos días también se producía la ceremonia de, atento, tocar las escrófulas. ¿Escrófulas? Sí, escrófulas. Vamos a quedar con esto porque hoy no lo contamos. Lo tengo guardado para unir lo de las escrófulas con la ceremonia del lavado de pies de los reyes a los pobres. Es tan ridículo, son tan payasos los protocolos de esta institución tan casposa y que en este país, ojo, se ha mantenido hasta el siglo pasado, que hay que contarlo despacito. Sigo con el repollo de Versalles. Terminada la misa mañanera, se iba a trabajar con los ministros de su gobierno. Sólo hay que imaginar, esto es sencillo de ver. Solo hay un consejo de ministros de los que vemos por la tele, en torno a una mesa grande. Pero todos estaban con pelucones. Cada uno hablaba de su asunto. Y después de escuchar a todos, el rey hablaba y decidía. Después, a mediodía, volvía a su habitación a comer él solo, pero con las puertas abiertas de su estancia para que todo el mundo lo viera y lo admirara. Había que verlo.
B
¿Y el desayuno, ¿Qué pasa, que se lo saltaba o estaba incluido en la ceremonia de levantamiento que has comentado antes.
A
Es que desayunaba apenas desayunaba? Este a lo mejor era el de los intermitentes, el ayuno intermitente, muy poquito, tomaba unas infusiones de salvia o verónica, no comía nada entre horas y el almuerzo era pelín más abundante, pero ligero si lo comparamos con lo que iba a ser la cena, que ahí estaba el festival del derroche. El almuerzo en su habitación era un ritual que se llamaba le petit couvert, el pequeño cubierto, que sólo consistía en primero, segundo y postre. Pero lo que pasa es que cada primero eran seis platos, cada segundo otros seis y cada postre otros seis. Si, ese era el almuerzo flojo, es un almuerzo flojo comparado con lo que venía por la noche, que era le grand couvert. A mediodía, decía, el rey se iba a su habitación a almorzar, pero con las puertas abiertas, insisto, para que lo vieran. Si quedaban asuntos por tratar, el consejo de Ministros se reanudaba después del almuerzo, si no, bueno, pues se daba un paseíto por los jardines de Versalles para ver las esculturas que había mandado instalar por había casi 200. Le flipaban las esculturas y además ordenaba cambiarlas de sitio cada dos por tres, Cámbiame Apolo, ponme allá, Diana no sé qué, muéveme, o en vez de darse un paseo, si estaba de humor, se iba de caza con unos cuantos elegidos, dependiendo del humor que tuviera también su almorrana. Si decidía no salir, se quedaba en palacio admirando obras de arte. Le gustaba la Gioconda, estaba. Estaba por. Ahora que tiene actualidad, la tenía por allí, la tenía en Versalles en aquella época, o bien se encerraba en su sala de pelucas a probárselas, que le gustaban también mucho, o visitaba a algún amante, o iba a la sala de billar, o se organizaba algún baile, o se jugaba a las cartas, el juego de cartas estaba prohibidísimo en París, pero no en Versalles, o también se organizaba un concierto, una representación teatral. A él le gustaba mucho el teatro. Las tardes eran muy variadas y muy divertidas. Y todo esto con mogollón de gente alrededor, Venga, cientos, cientos de cortesanos. Menos cuando estaba con la amante de turno, claro. Je t'. Aime. Je t'. Aime. Oui, je t'. Aime.
B
Estoy viendo con el pelucón al son de esta canción de la música estoy viendo, ¿Verdad?
A
Sí, sí, sí. Pues es que ni se lo quitaba.
B
Para esas cosas, oye. Por cierto, ¿A qué hora era la cena? En Versalles cenaban pronto, tarde, tarde, tarde.
A
A las diez de la noche. Sí. En la mesa Luis XIV se sentaba solo, solo. A veces invitaba a que lo acompañara algún miembro de su familia cercana o algún privilegiado. La cena era a base de varias sopas, varias ensaladas, le flipaban las ensaladas, varias clases de asados, varios postres dulces y frutas muy variadas. Era un festival, así que ¿Cómo no iba a tener hemorroides este hombre? En Versalles había 324 personas cocinando solo para el rey, o sea que eso era diariamente un despliegue alucinante. Durante la cena, que nunca duraba más de una hora, podía haber varias mesas auxiliares para los cortesanos que el rey había autorizado que cenaran al lado, lo miraran y lo admiraran, y decenas de criados, decenas cambiando platos, cubiertos, recolocando la decoración de las mesas, probando todo para que nada estuviera envenenado. Y de ahí a la siguiente ceremonia, que era la de la acosta, el coucher du lo desvestían, le ponían el camisón, lo sentaban otra vez en el retrete de terciopelo y también aquí daba el privilegio a algún cortesano de acompañarlo, por ejemplo, sujetando el candelabro mientras lo desvestían o el rey Repollo se metía en la cama. Y esa era la dura vida de un rey. ¿Ya no son así? Ya no. Ahora han suprimido toda exposición pública porque cuanto más desapercibidos pasen, mucho mejor para ellos. Y cuando enseñan a la plebe lo que comen, se hacen vídeos tomando sopa turbia de acelgas con un vasito de agua al lado. Ese es el postureo de la austeridad.
B
Oro. Pues nada, Nieves, más, mañana más.
A
Vive le gua.
B
Un beso.
A
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Podcast: Todo Concostrina
Host: Nieves Concostrina (SER Podcast)
Date: January 29, 2024
In this engaging and characteristically irreverent episode, Nieves Concostrina and co-host Carlos explore the day-to-day ceremonial life of Louis XIV, the “Sun King,” nicknamed here as “el rey repollo” (the cabbage king) for his ostentation and flair for spectacle. Through rich anecdotes and playful banter, they dissect not only the absurdities of royal protocol in Versailles but also reflect on the persistence of such rituals among monarchies, highlighting both their historical significance and their comic excesses.
Ceremony of Le Lever du Roi (The King’s Rising)
The King’s “Meeting Room”: The Throne, The Toilet, The Ches Percée
Comparison with Modern Protocols
Daily Mass: After dressing, Louis XIV would proceed to the chapel, followed by courtiers, for a daily mass (08:35).
Work and Lunch (Le Petit Couvert):
Leisure and Excess in the Afternoon:
Dinner (Le Grand Couvert):
The "Coucher du Roi" (The King's Bedtime):
On Royal Protocol:
“El absurdo ceremonial de Versalles lo impuso Luis XIV... medido al minuto y sin que nadie se lo saltara, ni familia ni príncipes.” (Nieves, 06:16)
On Public Privacy:
“Mientras el rey estaba sentado en el váter... él recibía a la gente y despachaba.” (Carlos, 05:44)
On Royal Meals:
“Si, ese era el almuerzo flojo, es un almuerzo flojo comparado con lo que venía por la noche, que era le grand couvert.” (Nieves, 10:52)
On Monarchical Absurdity:
“Hay que contarlo despacito...” (Nieves, 09:28, referring to the ritual of touching the scrofula)
Final Reflection:
“Y esa era la dura vida de un rey. ¿Ya no son así? Ya no...” (Nieves, 14:29)
Consistent with Nieves Concostrina’s witty, colloquial style, the episode blends historical detail with a humorous, sometimes irreverent tone. The banter between Carlos and Nieves, references to contemporary “postureo,” and analogies to modern monarchy make the podcast both informative and entertaining.
Perfect for listeners fascinated by history's eccentricities, the quirks of monarchy, or anyone who enjoys a good story told with wit, rigor, and a healthy dose of skepticism.