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Nieves (0:00)
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Y cuanto más jolgorios regalen a los súbditos, más simpatías despertarán Luisito y Antonieta. Aquella noche del 30 de mayo se van a cerrar los festejos de la boda y miles de espectadores abarrotan la recién remodelada Plaza Luis XV, ahora Plaza de la Concordia, donde está el obelisco, para entendernos y disfrutar toda esa gente de un espectáculo de fuegos artificiales. En estas que un cohete se desvía, se estampa contra el castillo de pirotecnia. Aquello explota lo bestia, pero de forma absolutamente descontrolada y provoca un gran incendio y una estampida humana. En total, 130 muertos. Aquel fin de fiesta nupcial acabó en tragedia. El karma quiso que veintitantos años después, esa misma plaza, que pasó a llamarse Plaza de la Revolución, fuera el escenario de la decapitación del rey Luis XVI y poco después, de su esposa, la reina María Antonieta. Parece que los franceses, comidos por la miseria, acabaron hartándose de asistir a tanta frivolidad y tanto despilfarro. Mucho tardaron en darse cuenta. La plebe rara vez se percata de que cuando sus reyes les regalan diversión, en realidad la juerga la están pagando ellos, los plebeyos. Lo mismito que les ha pasado a los británicos con los fastuosos funerales de su reinona Isabel, que les parecieron 9 días muy vistosos y muy teatrales, hasta que se enteraron de que la fiesta se la estaban sufragando ellos. Los reyes salen muy caros cuando están vivos, pero también muert. Luis XVI y María Antonieta son especialmente famosos en la historia, en el cine, la literatura, por haber sido detenidos, condenados y ejecutados durante la Revolución Francesa. Pero hoy no vamos a eso. Hoy vamos con los principios de la pareja. Por qué se casaron, dónde, cómo se lo pasaron, lo mucho que disfrutaron el reinado, la impronta que dejaron, en qué la pifiaron. Si es que da tiempo a todos, que ya les digo yo que no. Luis era el Delfín de Francia, que es lo mismo que decir heredero del trono. En Francia se llamaba Delfín, como en Reino Unido, el heredero es el Príncipe de Gales. Y en España, ojalá no llegue a rematar la faena, la Princesa de Asturias. Es decir, son títulos que siempre ostenta el siguiente en la lista para quedarse con el negocio para acceder al trono. Pero lo del Delfín no se refiere al mamífero simpático que hace piruetas para que le des un boquerón. Se refiere a una antigua provincia de Francia que se llamaba Delfinado. Y allá en el siglo XIV, se decidió que todo heredero al trono de Francia fuera distinguido con el título de Delfín, o sea, Señor del Delfinado. Y ya que estamos con esto de los títulos, meto una morcilla ejpañola. El delincuente que vive a cuerpo de rey en Abu Dhabi. Juan Carlos, aunque llegó a rey, nunca ostentó el título de Príncipe de Asturias. El titular era su padre, Juan de Borbón, al que su propio hijo le birló el trono de acuerdo con el tipo que dio un golpe de Estado para encajarse como dictador. El único título que tuvo Juan Carlos fue Príncipe de España, que se lo inventó Franco para nombrarlo su sucesor. El padre, Juan de Borbón, fue Príncipe de Asturias. Y lo fue hasta que tuvo que renunciar a sus derechos dinásticos en aquella humillante ceremonia delante de su hijo en la que terminó Majestad por España. Todo por España. Viva España. Viva el Rey. Eso no es un juego de trileros. Esta monarquía que nos ha caído. Pues sí lo es. La delantera que nos llevan los franceses es que ya ni delfines ni leches. Ellos ya han acabado con esa casposa institución. Fin de la morcilla. La boda de Luisito de la Casa de Borbón con la nena María Antonieta de la Casa de Habsburgo, venía a sellar la paz entre dinastías porque llevaban dos siglos aguantazos. María Antonieta era la más pequeña de los 16 hijos de María Teresa, la emperatriz de Austria. Se han oído bien, 16 hijos. Sólo llegaron 10 adultos, pero bueno, fueron 16. No sé cómo podían conciliar estas mujeres, sobre todo ella, María Teresa, el curro de gobernar un imperio y pariendo hijos sin parar. Bueno, sí, lo sé, que panoli soy. Ella los paría, pero los criaba, los bañaban, los vestían y los acostaban otros. Y el pediatra venía a palacio. Lo de tener el mayor número de hijos e hijas posibles lo hacían todos los coronados con un objetivo a la apañar matrimonios políticos, firmar alianzas entre Estados. Ejemplo práctico. María Teresa de Austria se empeñó en aliarse con el reino de las Dos Sicilias y como tenía hijas para regalar, no paró hasta conseguirlo. Comprometió a una hija para que se casara con el rey Fernando I. Pero la muchacha cascó antes de la boda. No importa, tenía más. Comprometió a una segunda hija con el rey Fernando y también cascó antes de casarse. Y comprometió a una tercera hija, que ésta ya sí aguantó viva. Y se casó. Y la boda de la pequeña María Antonieta con el delfín Luis sirvió para sellar el final de dos siglos de malos rollos entre Francia y Austria. Las dos monarquías llevaban 15 años firmando tratados de colaboración. Se trataba de que Francia ayudara a Austria en sus disputas con Prusia y de que Austria apoyara a Francia en sus broncas con los británicos. La boda de los nenes vino a poner la guinda al pastel de las buenas relaciones. A principios de mayo de 1770, partió de Viena una caravana de 50 carruajes y 130 cortesanos para acompañar a María Antonieta hasta la frontera con Francia y entregarla a la delegación diplomática francesa. La niña llegaba medianamente preparada, lo justito porque tuvo que hacer un máster acelerado para convertirse en delfina de Francia. Con todo, fue un máster más serio que el posgrado de Harvard. ¿Que hizo? Hizo Pablo Casado, que resultó ser un curso de 4 días en un barrio de las afueras de Madrid. María Antonieta recibió durante un año clases intensivas de un grupo de profesores franceses que llegaron desde París para prepararla. La niña no había aprovechado los estudios hasta entonces y lo único que se le daba bien era tocar el arpa. Tuvieron que enseñarle a toda leche la lengua, los modos, las modas y las costumbres de Francia. Y aprendió bien con la moda se flipó.
