Nieves (3:49)
Y aunque lo parezca, el programa de hoy resulta que no va de ballenas. Todo esto ha sido la intro, porque hoy vamos de los monstruos que nos inventamos los humanos para meternos miedo entre nosotros. A este cualquier tiempo pasado fue anterior. No viene un monstruo a vernos. Vienen varios, todos de mentira menos uno. Y precisamente el único cierto, el único que de verdad existió, guardaba bajo su aspecto monstruoso un ser humano que salía a borbotones cada vez que abría la boca. A lo largo del programa pasará por aquí y les va a encantar conocerlo. Ahora vamos a los monstruos que nos gustan, los que dan miedito y fascinan a partes iguales, pero que no existen. Porque los monstruos, queridos niños, no existen. Sirven para entretener, para engañar, para ganar, fieles a una causa, para meter miedo. Y traemos a uno que sirvió para todo eso a la al dragón. Pero no un dragón cualquiera, que hay muchos y nos perderíamos. Nos centramos en el más conocido de Españ en el dragón de San Jorge. ¿Cómo llegó el dragón a la vida de San Jorge o San Jorge a la vida del dragón? Porque aquí pasa como con lo del huevo y la gallina. De entrada se complica un poco saber que fue primero, puesto que los dos son ficción. Pero si nos vamos al principio, a lo mejor nos aclaramos un poco. Y el principio hace mucho. Necesitamos una época, necesitamos a un malvado y necesitamos una víctima. Y lo tenemos todo. El momento es el siglo cuarto, muy al principio, recién estrenado. El malvado, por supuesto. Un emperador romano, Diocleciano. Y la víctima, un mártir cristiano. Jorge, George, Georgius, Jordi. Vamos a ello. Al emperador Diocleciano dicen que se le fue la cabeza martirizando y matando cristianos que se negaban a renunciar a su fe. Uno de aquellos asesinados fue un tribuno romano, un aristócrata que atendía por Georgius Jorge. Hasta aquí lo normal de acuerdo a la cuando trincaban a un cristiano, lo martirizaban y se lo cargaban. Y eso hicieron con Georgius. Lo dejaron en calzoncillos, lo torturaron, lo decapitaron y lo enterraron en una ciudad de Israel donde ahora enseñan una tumba que se inventaron muchos siglos después. Pero bueno, da igual, aceptemos pulpo de momento. Lo importante es que ya tenemos un cristiano menos y un mártir más. Y a partir de aquí se fue liando la pelota. Los detalles de su martirio empezaron a correr. Cada uno que lo contaba añadía un detallito más. A cada paso se aumentaban los suplicios. Cada cual que lo contaba lo hacía a su manera, hasta convertir a Georgius en un megalomártir. Un gran mártir. Un mártir del copor. Lo más de lo más en mártires. Estaba claro que a este hombre había que declararlo santo. Y así se hizo. En el siglo V, San Jorge pasó a engrosar el santoral y ya nadie le hizo el mayor caso, entre otras cosas porque se desconocían sus méritos. No tenía ninguna historia apasionante que respaldara su presunta santidad, salvo un vulgar martirio. No le habían sacado los ojos como a Santa Lucía, ni lo habían hecho a la parrilla como a San Lorenzo, ni le habían sacado los dientes como a Santa Apolonia, ni le habían cortado las tetas como a Santa Ana. Para Águeda faltaba chicha martirizadora. Pero en estas que llegaron los cruzados a dar la bronca por Tierra Santa, siglo XI, y un grupito de ellos empezó a correr la voz de que habían encontrado la tumba de San Jorge. Pasados un par de siglos más, la noticia del supuesto hallazgo de la presunta tumba del apócrifo mártir ya se había instalado en la vieja Europa y había empezado a mezclarse con leyendas populares medievales. Y así empezó a extenderse el bonito cuento que viene a continuación. Érase una vez un reino en el que había un lago muy grande donde vivía un dragón apestoso que tenía atemorizados a los lugareños. La única forma de mantenerlo contento era alimentarle con ovejas. Menuda novedad. A mí me dan una paletilla de cabrito al horno y también me tienen ganada. Pero las ovejas se acabaron. Y para que el dragón no se mosqueara, tuvieron que empezar a echarle humanos elegidos por sorteo. Hasta que un mal día salió la papeleta de la hija del rey. Sí, ya sabemos que es raro que la hija del rey entrara en el sorteo para dar de comer al dragón. ¿Pero qué quieren? Esto es un cuento. Y si no existen los dragones, tampoco existen los reyes demócratas. El caso es que allá que te fue la princesa como solomill para el dragón. Cuando aquel bicho verde con fauces terroríficas, alas de murciélago, garras mortíferas, ojos amarillos y un aliento que echaba para atrás estaba a punto de zamparse a la muchacha, apareció un tipo muy guapo, con brillante armadura y montado en un caballo blanco. Aquel tipo a caballo, según unos redujo al dragón con una lanza, según otros con una espada. Da igual si fue con un tirachinas. Lo que cuenta es que dominó al monstruo, pero sin matarlo. Le dijo entonces el caballero a la princesa que se quitara el cinturón, que lo atara al cuello del dragón a modo de correa, sin olvidar las bolsitas para las cacas por si al dragón le entraban ganas en el camino, y que así, sometido, como si fuera un caniche, lo condujera hasta el pueblo. Los habitantes del pueblo, absolutamente cuajados, vieron llegar a un tipo encima de un caballo blanco, a la princesa tirando del dragón y al dragón tan contento moviendo la colita. El caballero tranquilizó a los aterrorizados vecinos. No pasa nada, no temáis. Dios me ha traído hasta aquí para libraros de este monstruo. Creed en Cristo y en cuanto estéis todos bautizados me lo cargo. Por supuesto, todos se bautizaron porque ahí no había nada que negociar. Y entonces el tipo mató al dragón, a la chica la dejó plantada y se largó. Si se hubieran negado, el caballero habría soltado al dragón para que se merendara todo el pueblo. El asunto podría haberse quedado en uno de los muchos cuentos medievales cristianos que corrían por centro Europa, si no llega a fijarse en esta fábula el famoso obispo de Génova llamado Jacobo della Vorágine, que escribió un libro llamado La Leyenda Áurea. Seguro que han oído hablar de él. Era una recopilación de vidas de santos. Y como hemos quedado en que San Jorge carecía de una vida apasionante que contar, el obispo cogió el cuento del dragón, la princesa, el caballero con espada y el caballo blanco y lo encajó todo en la biografía del santo.