
Loading summary
A
Psicología al Desnudo es una producción original de PSI Mamoliti, la plataforma de psicología y bienestar en la que podés encontrar a tu psicólogo ideal. ¿Viste que hay personas que viven sintiendo que el mundo está en su contra? Que creen que cada palabra, cada gesto, cada mirada viene con una intención oculta y malvada de hacerles daño. Y entonces están siempre como en guardia, cubriéndose con una capa explosiva de defensa, siempre listos para la guerra, listos para defenderse, para ganar la batalla, aunque no haya guerra en realidad. ¿Por qué reaccionamos así, como si nos vivieran atacando? ¿Por qué sentimos a veces que todo es una amenaza? ¿Qué es lo que nos lleva a querer defendernos todo el tiempo de lo que nos dicen los otros? Soy Marina Mamolitti, psicóloga, y esto es Psicología al Desnudo, el podcast de salud mental de Psimamoliti, donde navegamos juntos en las profundidades de la mente. Hoy presentamos Vivir a la defensiva. Ay, qué susceptible, che. Solo te preguntaba si ya terminaste con el proyecto. ¿Por qué me respondes así? Bueno, no era para tanto. Quería saber si seguías con Juli, nada más. Que exagerado. Listo, está bien. ¿Sabés qué? No te pregunto más nada. Ya fue. Comentarios Así recibe habitualmente una persona que vive en una postura defensiva. Y los recibe porque seguramente antes haya respondido con un ataque, con un enojo explosivo, como si cualquier cosa le molestara al extremo. Hablamos de personas malhumoradas que responden así porque viven enojadas con la vida. No, no es tan así. Aunque parezca que viene por ese lado, la postura defensiva es un gran iceberg del cual solamente vemos una parte muy chiquitita. Para conocerlo en profundidad, empecemos por entender qué es esto de estar a la defensiva. Ser una persona defensiva no es un rasgo de personalidad, es un mecanismo de defensa, una reacción automática que se dispara cuando sentimos que nos están atacando. La trampa es que a veces la amenaza no es real, sino percibida. Veamos qué solemos proteger cuando estamos reaccionando así. En primer lugar, nuestra autoestima. Por ejemplo, si alguien te hace un comentario sobre cómo te vestís o algo que hiciste, y sentís que te están criticando de manera personal, ahí tu reacción defensiva surge porque querés proteger cómo te sentís con vos mismo. En segundo lugar, hacia nuestra identidad. Si alguien cuestiona algo que es parte de quién sospecha, como tus valores, tu trabajo, tu estilo de vida. Por ejemplo, alguien te dice que ser artista no es una profesión seria y sentís la necesidad de defenderte porque eso toca una parte fundamental de tu identidad. Y en tercer lugar, percibimos como amenaza cuando atentan contra nuestras creencias. Si alguien contradice algo en lo que creés profundamente, como tus ideales políticos o tus ideas sobre cómo a tus hijos, ahí reaccionas a la defensiva porque sentís que están atacando tus convicciones. Y hablamos de reacción porque la respuesta defensiva se caracteriza principalmente por ser automática. Es más bien impulsiva. No se piensa, simplemente se lanza como un proyectil. Pensémoslo así todos los animales tienen actitudes defensivas para protegerse y nosotros no somos la excepción. La actitud defensiva es un mecanismo evolutivo profundamente arraigado en la naturaleza humana y animal. No es que un día nos levantamos y che, qué divertido reaccionar con bronca cuando nos critican. No, no, esto viene de fábrica. Steven Porges, psicólogo estadounidense y creador de la teoría polivagal, nos explica que nuestro sistema nervioso autónomo está evaluando constantemente el entorno en busca de señales de seguridad o amenaza. Y enseguida que percibe una amenaza, activa respuestas defensivas. Ese proceso garantiza nuestra supervivencia. Y esto tiene sentido. Los primeros humanos vivían en un mundo hostil. No podían darse el lujo de quedarse analizando si un depredador tenía buenas intenciones o si otro humano los estaba mirando raro por cómo se vestía. Si algo parecía peligroso, atacaban o huían. Y así sobrevivimos miles de años. Así que tenemos que agradecer la posibilidad de reaccionar y de estar a la defensiva. El tema es cuando esto se vuelve excesivo o aparece frente a amenazas que son imaginadas, ¿Qué pasa? A nivel biológico cerebral, nuestro cerebro entra en modo defensivo y esto activa toda una serie de señales que hace que actuemos en modo lucha o modo huida. Para entenderlo de manera simple, lo que pasa es lo En primer lugar, nuestra amígdala, que es el detector del peligro del cerebro, prende todas las alarmas. Nos hey, algo está pasando, prepárate. En segundo lugar, liberamos adrenalina, que es el neurotransmisor que se encarga de que aumente el estado de tensión y de alerta. Y en tercer lugar, la corteza prefrontal, que es la parte racional del cerebro se apaga, o sea que perdemos la capacidad de pensar con claridad. ¿Y por qué pasa esto? Porque a la hora de sobrevivir no necesitamos pensar tanto. Tenemos que actuar rápido. Por eso tendemos a responder de manera reactiva, como dominados por la emoción. Atacamos, nos defendemos y por eso respondemos impulsivamente. Peleamos o huimos sin detenernos a evaluar si realmente hay peligro o no. Y acá viene lo loco. Cuando reaccionamos así, el cerebro nos premia con dopamina, una sensación de Uy, me defendí bien. Y encima el hipocampo, que es nuestra memoria del cerebro, guarda todo, lo almacena para que la próxima vez que estemos en una situación similar, reaccionemos igual. ¿Cuál es el problema? Que hoy en día las amenazas no son depredadores ni tribus enemigas. Ahora la amenaza puede ser una crítica, una mirada de desaprobación, un comentario en redes, algo que nos toca la autoestima, nos hace sentir juzgados o nos expone. Y aunque ya no estemos en la selva, nuestro cerebro no lo distingue. Activa el mismo mecanismo de supervivencia. Las nuevas formas de amenazas dejaron de ser solamente físicas. Ahora existen también en el plano social y en el emocional. Por eso nos ponemos a la defensiva con un jefe, con nuestra pareja o incluso con alguien que nos hace una pregunta sin mala intención, porque para nuestro cerebro eso también se siente como una amenaza. Dijimos que la actitud defensiva es un mecanismo de defensa psicológico, una estrategia mental que empleamos para protegernos de lo que percibimos como un ataque. Siempre que reaccionamos a la defensiva es porque sentimos que estamos frente al ataque de otra persona o de una situación. Sentimos que estamos en peligro, nos sentimos inseguros y por eso atacamos. La cuestión es entender por qué nos sentimos amenazados cuando hay situaciones en las que no estamos frente a una amenaza real. Y ahí es donde todo se pone un poco más complicado. Ahora dejamos de ver la superficie, la punta del iceberg, y nos adentramos hacia lo profundo, a los orígenes. A veces reaccionamos como si todo fuera una amenaza. Alguien nos hace una pregunta y saltamos como si nos estuvieran atacando. Nos corrigen un detallito en el trabajo y sentimos que nos están criticando como persona. Pero ¿Por qué? ¿Por qué nos sentimos en peligro cuando en realidad no lo estamos? La respuesta no está en en la superficie. No es solamente que somos sensibles o tenemos mal humor, es algo más profundo. En el fondo, ponernos a la defensiva es un mecanismo para reducir la incomodidad interna. Cuando alguien dice algo que desafía la forma en la que nos vemos a nosotros mismos o choca con nuestras creencias, nos sentimos amenazados y reaccionamos. Ahora, la gran pregunta es ¿Por qué algunas personas son más propensas a ponerse a la defensiva que otras? Vamos a ver tres disparadores claves. En primer lugar, las experiencias traumáticas o difíciles del pasado. Si creciste en un entorno donde te criticaban todo el tiempo, donde tus opiniones eran invalidadas o te hicieron sentir quizás que nunca eras suficiente, tu cerebro aprendió algo. Cualquier comentario puede ser un ataque. Entonces, cada vez que alguien te corrige o te da una opinión, tu sistema de alerta se dispara. No importa si la intención de la otra persona es buena, tu reacción es la misma. Me están atacando. Por ejemplo, si en tu infancia te señalaron cada error como si fuera un desastre, hoy puede que vivas cualquier corrección como una amenaza a tu valor personal. En segundo lugar, tener un estilo de apego inseguro. Las personas con apego evitativo o ansioso van a tender a interpretar las interacciones humanas como potencialmente peligrosas. Y voy a hacer una pausa acá. Y es que si no tenés ni idea de qué son los estilos de apego, no te preocupes. Podés familiarizarte con esta teoría escuchando el episodio 48 de la primera temporada. Las personas evitativas van a protegerse de los comentarios siendo fríos y distantes. Pensando en cosas me preguntó cómo me había ido en el examen. Yo no le pienso contar más nada, seguro que me quiero humillar. Mientras que los ansiosos quizás perciban estos comentarios como gestos de rechazo hacia ellos. Pensando en cosas seguro que me dijo que preste más atención porque cree que soy una inútil. Y acá un pequeño paréntesis. Si querés saber cuál es tu estilo de apego y qué impacto tiene en tus relaciones, crea un curso en donde los vemos todos uno a uno, que está súper pensado para que te conozcas y empieces a trabajar. Si querés más información, la vas a encontrar en la descripción de este episodio. Tercer nuestras creencias. Lo que creemos moldea la forma en la que interpretamos la realidad. Si tenés una creencia del tipo nadie me entiende o las personas siempre intentan lastimarme, eso va a actuar como un filtro que distorsiona cómo percibís los comentarios o las acciones de los otros. Por ejemplo, tu mamá te qué linda que estás hoy. Y vos pensás lo dice porque normalmente piensa que me he visto mal o que estoy fea y te enojás. No importa que ella te haya hecho ese comentario con amor, tu filtro mental hizo que sonara como una crítica. Y ojo, ponerse a la defensiva no siempre es malo. A veces protegernos es lo más saludable. Hay situaciones en las que defendernos es necesario porque hay personas que realmente nos quieren hacer daño. Pero hay una diferencia entre tener una actitud defensiva en momentos puntuales y vivir en modo defensivo 24 7. Si cada conversación se siente como una batalla, si cualquier momento o comentario lo tomás como una crítica, si sentís que el mundo está constantemente en tu contra, ahí es cuando la defensa deja de ser una protección y se convierte en una cárcel. Porque no solamente te defendés del daño, también te alejás del cariño, de las oportunidades reales de conectar con los demás. Vamos a dividir la cuestión en una cosa es tener una actitud defensiva y la otra es tener la postura defensiva frente a la vida. La actitud defensiva es una respuesta emocional intensa frente a una situación que es percibida como amenazante, pero tiene un principio y un fin y una duración lógica acorde a la situación. Y es adaptativa porque se activa en situaciones de peligro real, nos ayuda a sobrevivir. Un claro ejemplo de esto son los casos de personas que lograron hacer cosas increíbles, como levantar autos u objetos muy pesados en situaciones extremas para salvar la vida de otra persona. Por ejemplo, en el 2012, Lauren Cornacchi, de 22 años, levantó un un auto para salvar a su papá, que se había quedado atrapado debajo. Ese estado adrenalínico, impulsivo, donde no hubo lugar para el razonamiento, le permitió salvar a alguien que ama. Claro que la actitud defensiva no solamente está presente en casos extraordinarios como estos, sino que también aparece cuando percibimos que nos atacan de otras formas, como cuando nos insultan, nos critican, nos acusan. Ahí también respondemos en defensa propia, ponemos límites, nos protegemos. Por ejemplo, un amigo te dice que desde que te pusiste en pareja desapareciste, que no estás nunca, que sos un gobernado y eso te molesta. Porque sí está. Sí seguís juntándote con tu grupo, pero quizás un poco menos que antes, hacés todo el esfuerzo que podés para dividir tu tiempo y por eso ese reclamo te molesta. Entonces pones el límite. Cortala con eso. Estoy haciendo todo lo que puedo para verlos a ustedes, pero también a mi pareja. Obvio. Bueno, no salgo todos los fines de semana como lo hacía antes, pero eso no quiere decir que desaparecí o que no esté. A ver, muchas veces puede que nuestra percepción falle y que percibamos una amenaza donde no la hay. Pero mientras eso no pase siempre y no estemos en una constante posición de defensa, esa actitud es funcional, es necesaria para protegernos. Y en su medida justa, la actitud defensiva es saludable, nos ayuda a protegernos y a marcar territorio cuando es necesario. Ahora, ¿Cuándo es que la actitud defensiva deja de servirnos y se transforma en problemática? Cuando estar a la defensiva se transforma en nuestro mecanismo por excelencia, en nuestra única estrategia para responder, nuestro modo de responder siempre, siempre frente a cada situación, aunque no haya una amenaza real. Acá estamos hablando de una postura defensiva ante la vida. Y entonces la cosa se complejiza un poco. Primero porque cuando hablamos de postura ante la vida ya no hablamos de una conducta puntual, sino de un patrón de comportamiento generalizado. Es decir, repito una y otra vez la misma manera de actuar. Es como vivir en estado de guerra, viendo amenazas en todos lados. Las personas que viven en modo defensivo reaccionan ante todo como si fuera un ataque, incluso cuando no lo es. No importa el contexto, no importa la persona, siempre sienten que tienen que protegerse. Esto me va a traer más problemas que soluciones. ¿Por qué? Porque no todo lo que percibo como un ataque es necesariamente amenazante ni requiere que yo adopte esa postura. Por ejemplo, una consultante me decía que estaba cansada de su jefe. Estaban hace meses trabajando en un proyecto para entregar a un cliente gigante y había mucha presión en el equipo para que todo saliera perfecto. Entonces su jefe la llamaba varias veces al día para corregirle algunas cositas. Y le decía cosas mirá, ¿Por qué no te fijás como lo hace Juanita, que ella sabe del tema, capaz te puede ayudar a hacerlo más rápido? Y mandaste el informe, ¿Viste? Ya tenemos que avisarle al cliente. Comentarios así hicieron que mi consultante colapsara que no pudiera ni ver a su jefe. Entregaron el proyecto, salió todo excelente y su jefe dejó de llamarla. Pero para ella no quedó todo ahí. Cada vez que llegaba a su oficina y su jefe la saludaba con Hola, ¿Cómo estás? Ella le respondía de muy mala manera ¿Te importa saber cómo estoy o estás tanteando si hago o no hago mi trabajo? Te cuento que lo hago bastante bien. En realidad él estaba centrado en cumplir los objetivos y entregar el proyecto en tiempo y forma. No era algo personal con ella ni tenía la intención de ponerla a prueba. Pero para los ojos de mi consultante la cosa era diferente. Y acá hay una cuestión, y es que nuestra percepción de qué cosas sí son amenazantes y cuáles no, se maneja con nuestros propios filtros. Es decir, está teñido de nuestra personalidad y de nuestra historia. Lo que para mí puede ser amenazante, para vos no, porque tiene que ver con mi historia personal de aprendizaje, con las situaciones que a mí me tocó ir atravesando, en las que yo me sentí amenazada o en las que me sentí desprotegida y vulnerable. Y entonces cada persona se va a defender de algo diferente. Mi paciente había tenido padres muy críticos que muy rara vez le recordaban sus logros y todo el tiempo le exigían que fuera mejoren todo. Al mínimo error se encargaban de marcárselo. Y eso para ella dejó una marca, un recordatorio de lo mal que le hacía sentir que no importa cuánto se esforzara, nada nunca era suficiente. Ella adoptó una postura defensiva en su vida para no volver a sentirse así, para protegerse. El problema con vivir la vida a la defensiva es que la persona nunca descansa del conflicto y sufre un montón. A quienes están todo el tiempo a la defensiva le pasan varias cosas. En primer lugar, tienen muchos conflictos interpersonales. Imagínate que cada vez que te sentás con tu familia a almorzar y te preguntan sobre tu trabajo, por ejemplo, vos respondés enojado, harto de que siempre te pregunten lo mismo, pensando que lo hacen para molestarte. Y entonces respondés insult o mostrando que no te bancás la pregunta. El lado B de todo esto es que quizás te estén preguntando por tu trabajo para saber si finalmente te sentís a gusto. Quizás se preocupan por vos, por tu bienestar. No tiene nada que ver con atacarte o hacerte sentir mal. Atacás porque la postura defensiva no te permite correrte de ese lugar de pensar que todos te están atacando. No podés ver las cosas desde otro punto de vista. Y al final terminas enojado, sintiendo bronca y también impotencia porque nadie te entiende, nadie entiende lo difícil que es cargar esa armadura tan pesada. Entonces cuesta conectar genuinamente con los demás. Cuando estás siempre a la defensiva es difícil construir vínculos calmos, te volvés difícil de tratar. Las personas que te rodean pueden empezar a evitar ciertos temas quizás, o incluso a alejarse por miedo a cómo vas a reaccionar. Y esto crea como una sensación de aislamiento que a su vez refuerza la idea de que nadie te entiende o que todo el mundo está en tu contra. Es algo así como un círculo vicioso que te desconecta de quienes realmente se preocupan por vos. Lo que nos lleva a la segunda consecuencia que es el agotamiento físico y emocional. Quiero que hagas un ejercicio. Pensá en la última vez que te pusiste a la defensiva. Pensá dónde estabas, con quién, qué pasó. Y ahora pensá en cómo te sentiste después. ¿Te quedaste con energía o terminaste agotado? Agotada. Exacto. Vivir en modo defensivo cansa. Estar en estado de alerta es agotador porque tu cuerpo y tu mente están en constante tensión. Es como estar en un campo de batalla que en realidad no existe. Y la tercera consecuencia de estar siempre a la defensiva es ver todo de manera negativa, todo catastrófico. Es como si tuvieras puesto unos lentes que deforman la realidad, pero no de cualquier manera. Los lentes están muy configurados para exagerar todo y volverlo terrible. Todo lo que alguien dice o hace a tu alrededor te parece un ataque, aunque no tenga mala intención. Por ejemplo, estás en el trabajo y un compañero te señala un pequeño error chiquito en algo que hiciste, pero de buena manera. Capaz lo hace porque quiere que la cosa mejore o porque de verdad le importa que todo salga bien. No tiene que ver con vos, pero vos con tus lentes puestos, lo escuchás como una crítica tremenda para dejarte mal parado, mal parada o para hacerte quedar como incapaz o inútil. Lo peor de todo es que esta manera de interpretar el mundo no solo nos genera conflictos innecesarios con los demás, sino que también nos desgasta mucho por dentro. Nos hace sentir resentimiento, nos pone tristes. Es como estar en una pelea constante, incluso cuando nadie está peleando con vos. ¿Y sabes qué pasa? A largo plazo, te terminás encerrando en un estado como de sospecha permanente, donde todo parece una amenaza y nadie es confiable. Te mantenés como en alerta máxima, gastando mucha energía que podrías usar para algo mucho más lindo, más liviano. Bien, dijimos que la actitud defensiva y la postura defensiva ante la vida no son lo mismo. Así que si tenés dudas sobre en cuál de estos dos polos estás parado, vamos ahora a descubrirlo. La actitud defensiva es bastante difícil de reconocer en uno mismo. Nos cuesta reconocerla. Entonces vamos a hacer un mini test para verlo con más claro. La cosa es así te voy a presentar cuatro situaciones y vos, a medida que yo las vaya nombrando, evalúa qué tanto te identificas o no con cada una. Cuando alguien tiene una opinión diferente a la tuya, dejás de escuchar. Por ejemplo, tenés que exponer un proyecto con un compañero de trabajo, pero tienen puntos de vista totalmente distintos. Desde ese momento, cada vez que él habla en la reunión, vos te pones con el teléfono, te distraes y ni le prestás atención, no podés escucharlo. Número 2 En general, crees que las personas tienen siempre dobles intenciones, malas intenciones ocultas. Cuando alguien te ¿Por qué hiciste eso? Así automáticamente pensás que se viene la crítica. ¿Por ejemplo, tu hermano te pregunta cómo te fue en un examen? Y pensás seguro que lo hace para dejarme mal en frente de mamá y de papá y sobresalir. Él o un compañero de trabajo te qué buen trabajo que hiciste en el proyecto. Y vos enseguida pensá ¿Lo dice en serio? ¿Qué me quiere pedir? Número tres, buscás justificar tus acciones todo el tiempo. Entonces, por ejemplo, llegás tarde al trabajo y sin que nadie te pregunte, empezás a justificar el hola, no, no sabés el tráfico que había, Salí de casa más temprano, mucho más temprano que nunca, pero no hay forma de llegar a horario en esta ciudad. Y cuatro, en discusiones, sentís que siempre tenés que defender tu punto de vista, porque si no, te pasan por arriba. Por ejemplo, estás debatiendo sobre política con un amigo, y aunque él no te esté atacando, levantás la voz y le decís siempre querés tener razón, vos no lo sabés todo, o por ejemplo, tu pareja te dice que deberías mejorar cómo decís las cosas, pero le respondes Ah, claro, y vos te olvidaste de la vez que en el teatro me contestaste re mal porque estabas de mal humor. Es decir, en vez de responder sobre lo que te dice, quizás sacás en cara errores del pasado para desviar la conversación, siempre sintiéndote atacado. OK, hasta acá con este mini test. Si te sentiste identificado con más de dos situaciones, probablemente algo de esta postura defensiva estés adoptando en tu vida. Si ese es tu caso, calma. Llegó el momento de ver qué podemos hacer para empezar a corrernos de esta postura defensiva tan rígida. Número reconocer nuestra postura defensiva. Probablemente este sea el paso de más importante y también el más difícil. Y si no, pensá en esto cuándo, si alguna vez te dijeron no te lo tomes así, respondiste con un Ay, sí, tenés razón, estoy reaccionando a la defensiva. Nunca, nunca nadie hizo eso. Porque cuando nos marcan que estamos a la defensiva, nos ponemos más a la defensiva. Como se trata de una reacción, la toma de conciencia es difícil. Por eso lo primero es aceptar que efectivamente tengo una postura defensiva ante la vida. Aunque cueste, mejor decir sí, la verdad que sí, creo que a veces suelo reaccionar bastante mal. Suelo responder medio atacando a la gente. A veces puede ser. Reconocerlo en nosotros, aunque no nos guste, nos va a permitir estar más atentos a esas situaciones en las que reaccionamos sin darnos cuenta. Si quiero cambiar algo, primero tengo que ser consciente de qué es eso que quiero cambiar. Tengo que aceptarlo en mí. Segundo, revisar mi historia personal. Si ya reconociste que vivís en modo defensivo, el siguiente paso es buscar el origen, la raíz del mecanismo. ¿De qué me estoy defendiendo? ¿Por qué me vivo sintiendo amenazado por los demás? Me acuerdo de una paciente con la que trabajamos bien profundo este tema. Ella había crecido en una casa donde todo se juzgaba hasta lo más mínimo. Si llegaba con una nota baja, sus papás automáticamente le preguntaban si había estudiado lo suficiente, si había prestado atención, si estaba siendo irresponsable. Con el tiempo se acostumbró a sentir que cualquier comentario podía ser una crítica oculta y desarrolló una actitud defensiva constante. Se justificaba antes de que alguien hablara y asumía siempre que los demás querían hacerla quedar mal. Cuando su actual pareja le preguntaba por qué tenía esa cara de preocupación, ella respondí ¿Qué cara? Es mi cara normal, No entiendo de qué Me estás hablando. ¿Enojada? ¿Molesta? Entonces, ejercicio simple. Cada vez que reacciones a la defensiva, frená y pregúntate ¿De qué me estoy defendiendo? Revisá tu historia, intentá recordar si hubo momentos en tu infancia, en tu pasado, en los que te sentiste atacado, atacada. Muchas veces no nos estamos defendiendo del otro ahora, sino de una historia vieja que seguimos repitiendo. Número 3 Autocompasión. La toma de conciencia muchas veces cae como un balde de agua fría, porque significa aceptar una parte nuestra que probablemente no nos guste, no nos gusta asumir que a veces reaccionamos mal, que somos susceptibles. Por eso nuestra gran aliada acá es la autocompasión, es decir, ser compasivos con nosotros mismos. ¿Por qué? Porque es más fácil aceptar mi postura defensiva si entiendo que la adopté, porque esa fue la manera que encontré en su momento, durante mi infancia, hace mucho tiempo, para defenderme, para protegerme de algo que me dolía. Y la tomé como una herramienta que fui arrastrando y me traje a la vida adulta, aunque ahora quizás ya no me sirva más. Cuarto Tomar perspectiva. Bien, OK. Una vez que acepto que hay mucho de mi historia que puede estar afectando mi estado defensivo, entonces puedo empezar a tomar perspectiva de lo que dice el otro. Porque no necesariamente esa corrección, ese comentario, esa pregunta, es un ataque directo hacia mi persona. Y ahí lo puedo ver. A veces la gente simplemente habla nos están atacando. En este paso podemos hacernos preguntas como ¿Por qué quiere lograr esta persona con esa pregunta que me acaba de hacer? ¿Busca molestarme? ¿De verdad me quiere molestar? Quizás no quiere molestarme, quizás solamente quiere saber de mí porque. ¿Porque le intereso? ¿Porque me quiere? ¿Esto que me dijeron es cierto o es solamente una interpretación mía? ¿Podría haber otro motivo por el cual lo dijo? Podría haber dicho esto con buena intención y quizás yo lo estoy interpretando mal. Esta persona que me está diciendo esto suele atacarme o simplemente estoy sintiendo su palabra como un ataque personal, pero es más mío. ¿Estoy reaccionando así porque me recuerda a algo de mi pasado? Y Mi pregunta favorita ¿Qué tan importante va a ser esto en un mes o en un año? ¿De verdad vale la pena atacar así? Número 5 Trabajar la comunicación asertiva Para hacer algo diferente vamos a tener que aprender a usar nuevas herramientas. Si yo solamente sé responder desde el ataque y esa es mi única herramienta, seguramente cuando quiera responder de otra forma, no voy a saber cómo. Comunicar asertivamente significa poder decir lo que quiero, lo que siento, pero teniendo en cuenta al otro. Poder expresarme en el momento indicado, de la manera adecuada, la mayor parte del tiempo. A veces se nos puede soltar la cadena. Digo, no somos perfectos. ¿Y cómo aprendemos a comunicarnos asertivamente? Bueno, de muchas maneras. Existen, por ejemplo, miles de libros que hablan del tema. Ahora se me viene a la mente Inteligencia Afectiva de Javiera de la Plaza, pero en realidad hay un montón. También podés escuchar el episodio 27 de la tercera temporada, que es sobre comunicación asertiva. Y si sentís que todo esto no es suficiente, en un proceso de psicoterapia podés trabajar en mucha mayor profundidad para adquirir estabilidad. Bueno, bueno, muy bien. Ya con todo este conocimiento en mente, vamos a pasar a la parte práctica. La invitación acá es que después de este episodio estés muy atento, muy atenta, y que la próxima vez que sientas el impulso de mostrarte a la defensiva, sigas los siguientes Paso número Notá las señales de tu cuerpo. Como se trata de un impulso, de una reacción instintiva, quizás no la reconozcas al principio. Y una manera de hacerlo es prestando atención a las señales de tu cuerpo. Algunas señales comunes es que notás que tu temperatura corporal aumenta, tenés más calor de lo normal, o te tensionás, o tu respiración se agita como si estuvieras a punto de ser atacado en la vida real. Paso número 2 respira. Le tenés que avisar a tu mente que no hay ninguna amenaza real que esté atentando contra tu vida. Y la forma más rápida de hacer eso es a través de la respiración. Simplemente tomá conciencia de cómo estás respirando y empezá a hacerlo de manera más lenta y más pausada. Eso te va a ayudar a calmarte muy rápido. Está comprobado que la respiración tiene el poder de cambiar la química cerebral. Paso número 3 tomá distancia. Ya, más tranquilo, más tranquila. Tómate tu tiempo para responder. No respondas enseguida. Primero pensá en que te dijo esa persona y pregúntate ¿Puede ser que esta persona tenga otra intención para decirme esto que me dice? ¿Puede ser que la intención no sea atacarme, sino tal vez se está preocupando por mí, o quizás le importa cómo estoy y nada más? Permitite abrir el abanico de posibilidades. Este ejercicio, esta pausa, es súper valiosa para manejar la postura defensiva. Podés repetirlo en cada situación en la que sientas que estás a punto de atacar. Estar a la defensiva es como vivir con una armadura puesta todo el tiempo. Te protege, sí, pero también te pesa, te aísla. No deja que las cosas buenas lleguen a vos qué estás tratando de proteger. ¿Cuando te pones a la defensiva? Es miedo, orgullo, una herida que nunca terminó de sanar. Porque muchas veces esa coraza no te está cuidando, te está encarcelando. No te confundas, Defenderse no está mal, es un reflejo natural. Pero vivir en estado de guerra permanente te aleja de lo que podría hacerte bien. La verdadera fortaleza no es responder con un escudo en alto, es saber cuándo bajarlo. Es animarte a escuchar sin sentir que todo es un ataque. Es entender que no tenés que ganar todas las discusiones, que no todo es una amenaza. Así que la próxima vez que te encuentres reaccionando sin pensar pausa. ¿Qué es lo que realmente me incomoda? ¿Vale la pena gastar mi energía en eso? ¿Estoy reaccionando a lo que pasa ahora o algo que pasó hace mucho tiempo? Nadie te pide que te saques la armadura de golpe, pero tal vez sea hora de aflojar algunas partes. Porque la liviandad que buscas no está en pelear menos está en dejar de vivir a la defensiva. Este episodio llegó a su fin. Pero psicología el desnudo es solo la punta del iceberg de todo el universo de Psyomamolity. Para descubrir cada semana nuevos recursos, te invito a que te suscribas gratis a nuestro newsletter. Nos gusta decir que es como una dosis de bienestar emocional semanal. Recibí el próximo este mismo sábado suscribiéndote en.
Host: Psi (Marina) Mammoliti
Fecha: 18 de septiembre de 2025
En este episodio, la psicóloga Marina Mammoliti explora de manera clara y cercana por qué muchas personas viven a la defensiva, sintiendo que el mundo está constantemente en su contra o que todo comentario es una crítica personal. Se profundiza en los mecanismos psicológicos y biológicos que explican estas reacciones, se diferencian los tipos y causas de la actitud defensiva y se brindan herramientas prácticas para salir de ese patrón y recuperar una vida más ligera y abierta a los vínculos genuinos.
“Aunque ya no estemos en la selva, nuestro cerebro no distingue: activa el mismo mecanismo de supervivencia”
— Marina Mammoliti [07:36]
“Reconocerlo en nosotros, aunque no nos guste, nos va a permitir estar más atentos a esas situaciones en las que reaccionamos sin darnos cuenta.” — Marina Mammoliti [29:04]
“¿Esto que me dijeron es cierto o es solo una interpretación mía? […] ¿Qué tan importante va a ser esto en un mes o en un año?” — [33:37]
“Estar a la defensiva es como vivir con una armadura puesta todo el tiempo. Te protege, sí, pero también te pesa, te aísla. No deja que las cosas buenas lleguen a vos.” — Marina Mammoliti [39:15]
“La verdadera fortaleza no es responder con un escudo en alto, es saber cuándo bajarlo.” — [39:35]
“Nadie te pide que te saques la armadura de golpe, pero tal vez sea hora de aflojar algunas partes. Porque la liviandad que buscas no está en pelear menos, está en dejar de vivir a la defensiva.” — [39:50]
Este episodio de “Psicología al Desnudo” ofrece un marco claro y compasivo sobre las razones detrás de la actitud defensiva, profundizando tanto en los mecanismos automáticos de nuestro cerebro como en los patrones que arrastramos de nuestra historia personal. Marina Mammoliti invita, con calidez y ejemplos cotidianos, a reconocer el peso de vivir siempre a la defensiva y anima a dar pequeños pasos hacia una vida con menos armadura, más apertura y conexiones auténticas.
Para profundizar:
Este resumen captura los principales conceptos y consejos del episodio, usando las palabras de la autora y el tono directo y empático característico de Marina Mammoliti.