Transcript
A (0:00)
Psicología al Desnudo es una producción original de Psi Mamoliti, la plataforma de psicología y bienestar en la que podés encontrar a tu psicólogo ideal. ¿Qué es ser valiente? ¿Saltar de un avión en paracaídas, enfrentarse a una multitud de personas dando una charla en un escenario gigante o valentía también es mandar un mensaje con las manos temblorosas o alejarnos de alguien que amamos porque duele? Y aunque cueste irnos, nos vamos igual porque sabemos que merecemos algo mejor. ¿Qué hace falta para ser valiente? Y si no tenemos valentía, podemos desarrollarla. Veamos qué tiene la psicología para enseñarnos. Soy Marina Mamolitti, psicóloga, y esto es Psicología al Desnudo, el podcast de salud mental de Epsima Moliti, donde navegamos juntos en las profundidades de la mente. En el episodio de la valentía, pensá en alguien valiente. Puede ser un personaje ficticio de una serie, de un libro o alguien que conozcas. No lo pienses mucho, la primera persona que se te venga a la mente. Listo. Cuando yo lo pensé antes de empezar a grabar este episodio, se me vinieron a la cabeza muchos personajes históricos o incluso de la mitología griega, como Hércules, héroes que marcaron un antes y un después en la historia. Y claro, nos enseñaron a imaginar que la valentía se parece a eso, a eventos heroicos, hazañas gigantes como tirarse en paracaídas, salvar a alguien de un incendio, hacer cosas que pocos se animan. Y sí, eso es ser valiente. Pero la valentía no siempre se ve así, muchas veces es silenciosa, se juega en lo cotidiano. Puede ser animarte a tener esa charla incómoda que venís postergando, decir no cuando siempre decís que sí, o reconocer que algo te duele aunque te dé miedo mostrarlo. A veces el mayor acto de coraje es ser honesto con lo que sentís. Empecemos por el principio. Vamos a definir qué es la valentía. La palabra valentía viene del verbo valer y del sufijo ente que significa acción. Es decir, si nos guiamos por la etimología de la palabra, la valentía sería el hacer valer una acción, qué significa que ser valiente no es algo que sentís nada más, sino que es algo que también haces. Somos valientes cuando hay algo en juego, algo que nos importa tanto que estamos dispuestos a pagar el precio que requiere la valentía. Enfrentarnos al miedo, a la incertidumbre, al dolor. La gracia está en que nos animamos a ser valientes porque detrás de ese obstáculo hay algo que es importante para nosotros. Somos valientes cuando tenemos que dar una mala noticia a alguien que amamos, pero entendemos que es necesario hacerlo. Somos valientes cuando elegimos decir lo que sentimos sin saber lo que siente el otro y nos enfrentamos a la posibilidad de que nos rechace. Somos valientes cuando finalmente podemos poner un límite y decir que no después de toda una vida dejando que nos pasaran por alto. La valentía únicamente es posible entonces cuando existe la presencia de algo valioso. Para mí nace siempre de lo mismo, de tener algo que vale más que el miedo. Algo tan importante que soy capaz de anteponerme a un miedo enorme, a la sensación de vértigo y hacerlo igual. Porque para mí lo que hay detrás de todo eso es más importante. La valentía como concepto moral y racional es una respuesta típicamente humana. Es una capacidad que nos separa de otros animales porque tiene que ver con una acción que surge como resultado de la combinación de la emoción con la cognición. Vygotsky, un psicólogo bielorruso, decía que la valentía no es algo instintivo, no es automático como el miedo o la ira. Es un proceso, una conquista de nuestra mente sobre nuestras emociones. Implica la capacidad de sentir miedo sin dejar que el miedo dirija el comportamiento. Es aprender a calmar la amígdala cerebral, que es una estructura que activa el miedo, y encender la corteza prefrontal, que es la parte del cerebro que piensa, evalúa, decide. Desde el principio de los tiempos todas las culturas admiraron la valentía porque implica ir más allá de nuestra biología instintiva. Porque para hacer algo valiente tengo que previamente haber sentido miedo, temor, inseguridad y aun así accionar. Detengámonos un poquito en este punto porque es fundamental para entender de qué hablamos cuando hablamos de valentía. La valentía no es hacer algo que para la mayoría da miedo, aunque para mí no. No. Si hay ausencia de miedo, no es valentía. La valentía aparece cuando hay miedo y se actúa igual a pesar de sentir miedo. Y acá es cuando la cognición toma protagonismo. Porque si fuera por el miedo, si solamente le hiciéramos caso a la emoción, huiríamos, nos paralizaríamos o evitaríamos cualquier situación que consideráramos amenazante o peligrosa. Pero gracias a que podemos reflexionar, gracias a que podemos poner en valor lo que la situación implica para nosotros y para nuestra vida, es que podemos regular nuestro miedo y actuar con miedo. Y todo lo que es ser valiente para vos, puede no serlo para otra persona. Y eso es porque no todos tenemos los mismos miedos ni nos enfrentamos a los mismos desafíos, así como tampoco todos tenemos los mismos deseos ni las mismas metas, o no a todos nos importan las mismas cosas. Hay personas que le tienen muchísimo miedo a volar, pero su máximo sueño es conocer el mundo. Hay otras personas que no toleran exponerse ante el público, pero les encantaría cantar o actuar en un escenario. Otras que le tienen pánico al abandono, aunque estén cansados de tolerar vínculos donde los tratan mal y los desvalorizan. Y si venís escuchando este podcast hace tiempo, ya sabés que el miedo no es un enemigo, es una emoción que, como todas, viene a decirnos algo. Pero que lo escuchemos no significa que tengamos que obedecerle ciegamente cada vez que aparece. Muchas veces el miedo salta como una alarma descompuesta. No porque la amenaza sea real hoy, sino porque en algún momento del pasado sí lo fue. Si yo de chica rompí un plato, el favorito de mi mamá, y cuando voy a pedirle perdón y a explicarle que fue sin querer, mi mamá se enoja muchísimo, me dice que soy una descuidada, que nunca más puedo tocar la vajilla de la casa. Después para mí pedir perdón probablemente sea todo un tema. Me va a dar terror. Porque el miedo no siempre habla del presente, muchas veces habla de heridas que no terminamos de cerrar allá atrás en nuestra historia. Y acá es cuando entra en juego la valentía. Cuando entendemos que por más que sintamos miedo, hay cosas que tenemos que hacer igual, pero porque no hacerlas implica perdernos de mucho, de cosas importantes para nosotros. La valentía es esa vocecita interna que nos dale, vos podés. Sí te da miedo, te tiembla todo, pero igual animate porque lo que hay del otro lado es súper importante para vos. Imaginá la siguiente Amal tiene 4 años, está en la fiesta de cumpleaños de su primo Tommy. Hay juegos, tortas, globos, están sus abuelos, sus papás. A ella le encantan los cumpleaños Ahora, de repente, hay una tía que saca una bolsa negra y empieza a repartir lo que parecen ser caras. Caras horribles de monstruos, de zombies, de hombres lobo. Todos los nenes del cumple se ponen las máscaras, empiezan a correr jugando a hacer eso que representan. Es la primera vez en su vida que Amalia ve esas máscaras de cotillón y le da mucho miedo. Se queda paralizada, siente que el corazón le va a explotar. Apenas puede, sale corriendo a buscar a su mamá para esconderse debajo de su remera. Durante los siguientes tres años, Amalia le tiene pánico, terror a las máscaras. Entonces evita los cumpleaños, evita cualquier fiesta, evita las casas de cotillón. Todo lo que pueda tener una máscara cerca de por medio, evita. Hasta que un día, cuando tiene siete, la invitan a un cumpleaños de una compañerita del cole. Ella sabe que va a haber disfraces y máscaras porque se lo dijeron. Y ahí aparece ella. Quiere ir, quiere divertirse, pero el miedo sigue estando. Me acuerdo como si fuera hoy. Me quedé paralizada frente a la puerta porque sabía lo que había del otro lado. También sabía que esas máscaras no me iban a hacer nada, pero igual me daba pánico. Ahora respiré profundo, me dije a mí misma que yo podía. Abrí la puerta. Fueron 10 segundos de adrenalina, de querer salir corriendo. Pero me quedé porque yo quería estar en ese cumpleaños, quería divertirme como todos mis amiguitos. Al final fui a ese cumpleaños, me quedé y pasado un rato la sensación de vértigo se fue. Parece una pavada hoy, pero para mi mente de niña fue súper importante. Tanto que ese momento se me quedó grabado, porque ahí me di cuenta que yo era más valiente de lo que pensaba. Traigo esta historia para ilustrar esto de que la valentía se puede ver de un montón de maneras. Ese pequeñísimo acto de valentía fue un antes y un después en la vida de Amalia. La valentía no es un superpoder con el que nacés o no nacés. No es algo que tienen unos pocos iluminados y el resto miramos desde la tribuna. A ser valiente se aprende. Es una habilidad que podemos entrenar, desarrollar y fortalecer. Y lo que vivimos en nuestra infancia tiene un montón que ver con el desarrollo de nuestra valentía hoy. Si. De chica me enseñaron a que yo era capaz de enfrentar mis miedos que sí podía, que en todo caso si tenía miedo siempre iba a haber un sostén. Si las cosas no salían tan bien, probablemente yo haya desarrollado la capacidad de ser valiente. Probablemente no me sea tan difícil enfrentarme a situaciones que me generan miedo, como rendir un examen complicado, presentarme una entrevista de trabajo o decir lo que pienso en voz alta aunque los demás no estén de acuerdo. Por el contrario, si por ejemplo tuve cuidadores súper temerosos que no me dejaban intentar absolutamente nada porque no vaya a ser cosa que me pase algo, entonces difícilmente en el presente me nazca actuar con valentía, porque el miedo es el que me guía y voy a creer que si lo enfrento, la única posibilidad que tengo es que todo me salga mal. Esto no quiere decir que la crianza sea determinante en qué tan valiente o no soy, pero sí puede influir en cómo percibo la valentía y por ende en cómo me relaciono con ella, si me animo hacerle lugar o la destierro por completo. Lo importante es que nada está grabado en piedra y que si reconozco que a mi vida le hace falta un poquito de valentía, puedo trabajar en construirla. Antes de meternos en qué podemos hacer para ser más valientes, primero definamos qué no es la valentía. La valentía no es no sentir miedo. Si no sintieras miedo estaríamos frente a un problemón muy grave. Porque si no siento miedo no puedo distinguir lo peligroso de lo no peligroso, y eso puede terminar muy mal. La persona valiente no es la que no siente nada, es la que siente todo. Sí siente miedo y aun así elige actuar, si no hay miedo, no hablamos de valentía. Ser valiente no es superar las dificultades en soledad sin pedir ayuda. No es esto de bancársela por completo sola o solo tenés que ser valiente, bancátela solito, como si una condición fundamental para ser valiente fuera tener que enfrentar todo nosotros solos. Y esto pasa porque socialmente existe ese mito de que quien pide ayuda es débil y nadie puede con todo solo. No somos máquinas. De hecho, pedir ayuda es un acto de valentía en sí mismo, porque implica reconocer que no podés con todo, que necesitás de otro. Y eso, en un mundo que te exige ser autosuficiente hasta el límite, es un acto de coraje. El ejemplo por excelencia de esto es la psicoterapia animarte a no tengo idea cómo salir de esto, pero quiero aprender. Es un acto de coraje inmenso. Y como ahí hay miedo, hay valentía. La valentía no es no sufrir ni nunca sentir malestar o dolor. No significa estar siempre bien, ni pasar por la vida sin sentir dolor. De hecho, no hay nada más lejos de la valentía que eso. Porque ser valiente no es ser inmune a las emociones desagradables. Es más, si nos ponemos a pensar en cualquier persona que para nosotros represente la valentía, seguramente en su historia atravesó momentos de dolor y justamente lo consideramos valiente. Por eso ahora la pregunta inevitable ¿Cómo hacemos para entrenarla? ¿Cómo pasamos de entenderlo a vivirlo en el cuerpo, en las decisiones que tomamos todos los días? Varias recomendaciones para empezar. En primer lugar, trabajar en tu autoconfianza. Un pájaro posado en un árbol nunca tiene miedo de que la rama se rompa, porque su confianza no está en la rama, sino en sus alas. Esta frase me parece preciosa. La confianza en nosotros mismos es ese colchoncito que sabemos que está en el piso por si nos caemos cuando damos el salto. Si no confío en mí misma, entonces cómo voy a creer que sí puedo aprobar ese examen, o cómo voy a saber que la decisión que estoy tomando es la correcta para mí. Sin la autoconfianza, ser valiente se vuelve más difícil. Y la autoconfianza se trabaja de a poquito, todos los días, empezando por tomar decisiones. Decisiones que antes quizás delegaba en otros o que no me animaba a tomar, confiando en mi criterio y en que si me equivoco, puedo aprender de eso. Te invito a que elijas una decisión chiquitita que hoy suelas delegar o postergar, y la tomes vos. Puede ser algo tan simple como elegir un lugar para comprar comida, o mandar ese mensaje que te da miedo, o animarte a levantar la mano y proponer una nueva idea en el trabajo, por ejemplo. También se construye escuchándote, conectando con vos, con lo que querés, con lo que necesitas. A veces confiamos tan poco en nosotros mismos que ponemos todo nuestro foco en el afuera. Buscamos todas las certezas y seguridades ahí, y el afuera no nos va a decir lo que nosotros necesitamos. Así que quizás podés empezar a preguntarte todos los días ¿Qué necesito yo ahora? ¿Puede ser algo tan simple la verdad es que hoy necesito descansar o hoy necesito pedir ayuda? También se construye reflexionando sobre todo lo que lograste hasta ahora, desde lo más chiquitito hasta el mayor logro. Algo tan simple Hoy me animé a decir que no a un plan que no quería. Porque ese registro es la prueba fehaciente de que sí podés. Y si podés con todo eso, ¿Por qué no podrías con todo lo demás? Segunda recomendación para entrenar la valentía Enfrentar al miedo. Esta es la verdadera condición para entrenar la valentía. ¿Cómo? De a poquito. No es cuestión de tirarse a la pileta, es primero meter un pie, después el otro. Si algo te da miedo, dividirlo en pasos mucho más chiquititos. ¿Te da pánico hablar en público? Bueno, empezá haciendo una pregunta en una reunión chiquitita. ¿Te da miedo viajar solo? Bueno, empezá con una salida de mediodía en tu ciudad. Exponete a lo que te da miedo de manera progresiva y no busques no sentir miedo, Buscá tolerarlo un poquitito más cada vez. Y cuando estés ahí, en el medio de la incomodidad y tengas ganas de salir corriendo, acordate que no necesitas hacerlo perfecto, solamente necesitas quedarte ahí unos segundos más. Cuando empieces a enfrentar al miedo te vas a incomodar un montón, pero con el tiempo vas a ver cómo la situación se va convirtiendo en algo cada vez más tolerable. Podés cambiar la narrativa interna del no puedo al lo voy a intentar. José Antonio Marina, filósofo y escritor, dice que las personas valientes no son las que no tienen miedo, sino las que aprenden a hablarse diferente cuando el miedo aparece. En lugar de decirse no puedo hacer esto, transforman el diálogo interno en lo voy a intentar, no tengo idea cómo va a salir, pero lo voy a hacer igual. Así que cada vez que notes un pensamiento de autoboicot, intentábamos reemplazarlo. Por ejemplo, si dudás en enviar un mensaje difícil pero que es importante de comunicar, en lugar de no, no lo voy a hacer, me va a salir mal, cambiá eso y voy a decirlo de la mejor manera que pueda. Y eso es suficiente. La vida está llena de momentos bisagra que nos desafían, situaciones que nos ponen a prueba, decisiones difíciles que requieren un empujoncito extra. Y la valentía no nos garantiza un final feliz. Nada lo hace. Pero la cosa acá no tiene que ver con garantías, sino con poder mirarnos después, sea cual sea el resultado. Y fui fiel a mí aposté por lo que me importaba. Y a veces eso alcanza para cambiarlo todo. Y llegamos a la parte práctica de este episodio. Para el ejercicio de hoy me inspiré en la escena de una película que vi hace unos años que me resonó porque habla de la importancia de ser valientes por lo que nos importa. Se llama Un zoológico en casa y lo que sucede es lo el protagonista lleva a sus hijos a conocer el lugar donde él conoció a su esposa, la mamá de sus dos hijos, y los hace revivir. Esa escena les dice algo así les quiero contar cómo fue el momento en el que ustedes se volvieron una posibilidad. Entonces les cuenta que el día que la vio por primera vez, sintió algo tan fuerte que casi se paraliza. Podría haberse quedado quieto, podría haberse ido, pero en ese momento se dijo algo que le cambió la solo necesito ser valiente. 20 segundos. Y con todo el miedo del mundo, le fue a hablar y le preguntó cómo se llamaba. Esos 20 segundos de valentía me quedaron resonando y por eso hoy se los traje acá, a nuestra parte práctica. Porque solo 20 segundos de coraje quizás pueden cambiar una historia entera. Vamos con un ejercicio para empezar a entrenar un poco la valentía. Paso número Identificá algo que quieras, pero que te dé miedo. Por ejemplo, decirle a alguien con ¿Cómo te sentís? Levantar la mano para hacer una pregunta en una reunión, enviar un mensaje importante que venís postergando. Elegí algo alcanzable. No lo que más quieras en el mundo, pero sí algo que te dé miedo. Paso número 2 identificá cuál es ese miedo. Paso númmero 3 visualizar el peor escenario y desdramatizarlo un montón de veces. No nos paraliza lo que pasa, sino lo que imaginamos que puede pasar. En psicología, esto se llama anticipación negativa. Así que lo que te voy a proponer es que pongas esa película mental en pausa y la mires con otra perspectiva. Pensá en cuál sería el peor escenario si hacés eso que te da miedo. Y después pensá cómo podría ser manejar esa situación si pasara. Ahora, finalmente, vamos a sumarle un poco de realidad. ¿Qué tan probable es que realmente pase lo peor? Por ejemplo, si tu miedo es hablar en público. El peor escenario. Quizás me trabo y todos me miran raro. ¿El cómo manejarlo? Respiro profundo, hago una pausa. Quizás me río de mí mismo si me animo y sigo. Esto es probable que pase. Bueno, quizás sí, pero la mayoría de las veces las personas están más preocupadas en lo suyo que en vida. Tu juzgarte. Cuando bajamos el miedo al papel, cuando lo sacamos de nuestras cabezas, cuando lo miramos con luz natural, deja de ser ese monstruo que parecía invencible en la oscuridad de nuestros pensamientos. Pierde fuerza. El paso número 4 es que tomes acción en menos de 20 segundos. Igual que el protagonista de la película, La mente sabotea las decisiones valientes cuando nos tomamos demasiado tiempo para pensarlas. No le des tiempo a tu cerebro para sabotearte. Cuando decidas hacerlo, contá mentalmente 1, 2, 3 y acción. Por ejemplo, si tu miedo es enviar, ese mensaje difícil que tenés hace mucho tiempo dando vueltas, escribilo y antes de que tu cerebro empiece a dudar, apretá enviar en los primeros 3 segundos. Si tu miedo es hablar en público, cuando sientas que querés decir algo, contá hasta tres y levantá la mano. Y si hoy no podés, si hoy el miedo te gana, no pasa nada. La valentía se entrena con paciencia y cada intento cuenta. ¿Y el paso número cinco? Este es. Registrá cómo te sentiste después. Después de hacer eso que te daba miedo, frená unos segundos. No sigas de largo. Reconocelo. Sent. A veces no nos damos cuenta del impacto de haber sido valientes porque pasamos rápido a otra cosa. Pero la clave para reforzar la valentía es detenerse y reconocer el cambio. Entonces, la próxima vez que te animes a hacer algo, regístralo en las notas de tu teléfono, en un cuaderno, en tu mente, donde sea. Pero tómate unos minutos para tomar conciencia de la importancia de haberte animado. Algunas preguntas que pueden ayudarte en este punto. ¿Fue tan terrible como me lo imaginaba? ¿Qué aprendí de animarme? ¿Qué puerta se abrió gracias a que me animé? ¿A que fui valiente? Este paso es igual de importante que el de la acción, porque es gracias a este registro que podemos generar nuevos circuitos neuronales que habiliten la valentía como parte de nuestra vida diaria. Ser valiente no se siente bien en el momento, no es cómodo, no es fácil. Y muchas veces ni siquiera se nota desde afuera. La valentía suele ser una lucha interna. Es ese instante en el que estás por callarte, por irte, por hacer lo mismo de siempre, pero decidís hacer algo diferente. Decidís hablar, quedarte, intentar. Y no se trata de que no tengas miedo, sino de hacer espacio para el miedo y avanzar igual. Porque detrás del miedo muchas veces está eso que más un vínculo que querés cuidar, algún sueño que querés perseguir, una versión de vos que todavía no conocés. Ni yo ni nadie puede prometerte que la valentía es suficiente para que todo salga como vos querés. Lo que sí puedo decirte es que cuando te animes a dar ese paso que tanto postergás, vas a descubrir algo increíble. Y es que sos capaz de mucho más de lo que imaginabas. Este episodio llegó a su fin, pero Psicología al Desnudo es solo la punta del iceberg de todo el universo de psyomamolitis. Para descubrir cada semana nuevos recursos, te invito a que te suscribas gratis a nuestro newsletter. Nos gusta decir que es como una dosis de bienestar emocional semanal. Recibí el próximo este mismo sábado suscribiéndote en Newsletter.
