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Tomás una decisión, te perjudicas Vos tomás la otra decisión, dañás al otro. Nunca vas a saber cómo va a salir. El dilema no es qué opción no duele, porque ninguna no duele. Nadie más que vos te trajo hasta el lugar en el que estás. Estás escuchando Psicología al desnudo, un podcast de Psima Moliti. La vienes Pura incertidumbre. A ver, nadie puede saber si una decisión es la correcta hasta que la toma. Nadie tiene una bola de cristal que le permita anticipar el futuro con exactitud. Por más vueltas que le demos a una misma cosa, por más variables que intentemos controlar, no podemos estar 100% seguros del resultado de nuestras decisiones. Esta es una de las reglas que tenemos que aceptar en el contrato que firmamos al nacer al viejo tiempo. La responsabilidad de tomar decisiones es una tarea a la que no podemos renunciar ni podemos delegar. Las decisiones son nuestro timón, las que nos permiten construir la vida que queremos. De hecho, tu vida es el resultado de todas las decisiones que tomás. Incluso cuando decidís no decidir, también estás decidiendo. Y en la vida vamos a caminar de la mano. De un lado con la incertidumbre y del otro con la responsabilidad de la toma de decisiones. Y eso nos puede paralizar. Y tiene sentido que lo haga. Porque elegir implica tomar un camino y dejar miles de otros caminos posibles atrás. Porque no podemos elegirlo todo. Cada decisión implica una renuncia silenciosa de lo que pudo haber sido y ya no será. La vida no nos permite vivir todas las versiones posibles de nosotros mismos. Entonces nos bloqueamos. Y detrás de ese bloqueo a decidir hay una emoción muy concreta, una emoción que todos conocemos bien y de la que hablamos muchas veces en este podcast, que es el miedo. Un miedo muy concreto, el miedo a decidir. Si sos muy indeciso y terminás agotado cuando tenés que tomar una decisión, o sos de arrepentirte, te invito a que te quedes escuchando este episodio porque hoy vamos a descubrir por qué nos cuesta tanto decidir. Y además traje muchas herramientas súper útiles para compartirte. Podemos decir que hay cuatro grandes miedos que están debajo de la inseguridad de las el miedo a elegir, el miedo a no tener control, el miedo al rechazo y el miedo a equivocarnos. Vamos a ir uno a uno. La idea es que puedas identificar cuál o cuáles son los miedos que están actuando en vos. El miedo número uno es el miedo a elegir. Elegir parece algo lindo, deseable. Solemos asociar el poder elegir con libertad, de hecho. Pero la libertad no es percibida de igual manera por todas las personas. Seguro tenés algún amigo o amiga para que la libertad es un momento de alegría, de felicidad. Siente una sensación de expansión. Son personas a las que les entusiasma mucho considerar todas las maneras de llevar a cabo una decisión. Entonces intercambia opciones con otros y siempre están pensando en que todo va a salir bien. Pero también capaz conoces o te reconoces como una persona a la cual elegir le genera vértigo, miedo o ansiedad y hasta una sensación de bloqueo o de quedarse paralizado y no poder hacer nada, lo que hace que quizás posterguemos decisiones o que directamente no decidamos nada. Cuantas más alternativas tenemos, más nos paralizamos. Cuando tenemos demasiadas opciones, el cerebro entra en un estado de sobrecarga. ¿No porque no sepamos qué queremos, sino porque cada opción activa la pregunta silenciosa de Uy, y si esta no era la mejor opción? Cuantas más alternativas hay, más futuros posibles tenemos que soltar y eso nos genera ansiedad. Hay un estudio famoso que hicieron dos investigadores en Estados Unidos, super interesante, que demostró que las personas compraban menos cuando tenían más opciones. El experimento fue así pusieron en un supermercado dos versiones del mismo puesto de mermeladas. Un día ofrecían 24 sabores de mermeladas y otro día solamente 6 sabores. El de 24 atraía a más gente, pero casi nadie compraba, y el de 6 quizás tenía menos visitantes, pero obtenía muchas más compras. A ese fenómeno le llamaron sobrecarga de elección o choice overload y nos muestra que cuando nos dan demasiadas opciones no elegimos mejor, elegimos menos o directamente no elegimos, porque el miedo a equivocarnos pesa mucho más que el deseo de decidir. Eso mismo pasa hoy con las plataformas. De hecho, Netflix observó que si tardás más de 90 segundos en decidir qué vas a ver, es muy probable que lo abandones, porque elegir agota. Y además, el proceso de decidir no solo requiere que conozcamos todas las opciones, sino que también necesita de confianza en nosotros, porque tenemos que aceptar las consecuencias que va a traer esa decisión y bancárnosla. Es decir, implica sostener un criterio personal, fundamentarlo y poder tolerar las críticas o las objeciones si las hubiera. Y eso requiere coraje. El punto número 2 es el miedo a no tener el control o a perderlo. Quienes necesitan tener todo bajo control, cuando perciben que no pueden controlar todo lo que implica esa decisión, el proceso de toma de decisiones queda bastante paralizado. ¿Por qué? Porque la persona queda bloqueada intentando ganar control sobre todos los aspectos que involucran a la decisión. Entonces revisa toda la información disponible una y otra vez de manera obsesiva. Necesita saberlo todo antes de decidir. Requiere muchísimo tiempo para pensar en la decisión, analizar, hacer un cuadro de doble entrada, ver pros y contras, así al infinito, en vez de simplemente asumir que no se puede tener el control sobre todo y elegir incluso con incertidumbre, la persona quede como loopeando e intentando ganar control sobre aspectos que muchas veces no va a poder controlar nunca, porque la vida además no funciona con variables cerradas. Muchos episodios de Black Mirror, una serie que te super recomiendo ver, giran alrededor de la fantasía del control total. Controlar emociones, recuerdos, vínculos, conductas. Y el mensaje es siempre el mismo. Más control no trae más paz, trae más rigidez y más sufrimiento. Hay episodio que se llama Arcángel que es increíble. Es una mamá que intenta eliminar la incertidumbre de la vida de su hija controlándolo todo, y el resultado es catastrófico. No te voy a spoilear nada, míralo. Pero si te sentís identificado en esto de necesitar controlar absolutamente toda la parte práctica del final, te va a servir un montón. El miedo número 3 es el miedo al rechazo social. Sentirnos queridos y aceptados por otros de nuestra manada es de las necesidades básicas del ser humano, como comer y dormir. Por eso el miedo al rechazo social es tan fuerte. Hay decisiones en las que el miedo no aparece porque falta información, sino porque no existe una opción inofensiva, es decir, que no hagas daño. Hay situaciones en las que elijas lo que elijas, alguien pierde algo, tomás una decisión, te perjudicas vos, tomás la otra decisión, dañás al otro o quedás como el malo por priorizarte. Ahí el miedo escala a niveles súper altos, no por la elección en sí, sino por el costo emocional que implica decidir. En esos casos, decidir no consiste en encontrar la opción perfecta, porque no la hay, sino en evaluar qué costo estás dispuesto a pagar. El conflicto real no es entre alternativas, sino entre valores. Cuidarte a vos o sostener la aprobación ajena, preservar un vínculo o preservarte a vos. Este tipo de lesiones, que son además bastante habituales, aunque nos incomoden, no se pueden delegar. Somos nosotros quienes definimos qué precio estamos dispuestos a pagar para ser coherentes con lo que queremos y con lo que necesitamos. Y el miedo número 4 es el miedo a equivocarnos. Este es uno de los miedos más paralizantes porque suele estar sostenido por una creencia profunda de que si me equivoco, eso dice algo malo sobre mí. Por ejemplo, imaginemos que alguien está evaluando cambiar de trabajo. La propuesta está buena, pero no es perfecta. Entonces empieza el loop. La persona investiga la empresa, lee todas las reseñas en LinkedIn, pregunta cuánto duran en promedio los empleados, cómo es el jefe, qué pasó con la persona que ocupaba ese puesto antes, cómo están financieramente, si hubo despidos el último año o no. Hace toda una lista de pros y contras, cuadros con vuelve a hablar con recursos humanos. Después de semanas le vuelven a bueno, ¿Vas a aceptar este trabajo? La persona pide más tiempo porque necesita seguir pidiendo recomendaciones o contactando a cada empleado de esa empresa para pedirle juntarse un rato y que le cuente su experiencia. Acá el problema no es la información, el problema es que la decisión queda congelada porque hay demasiadas variables que no se pueden controlar. Cómo se va a sentir en seis meses, si va a encajar con el equipo o no, si el clima laboral va a cambiar, ¿Está bueno o no? Si la economía va a empeorar. Y como no puede tener 100 de certeza sobre eso, la persona no elige. En lugar de aceptar que siempre va a haber un margen de incertidumbre y elegir igual, la persona queda atrapada intentando dominar lo que no se puede nominar. Y como garantizar el 100 de las certezas. Es imposible. La decisión nunca llega. Detrás de esto suele estar la creencia de que pensando lo suficiente, es decir, sobrepensando, racionalizando, analizando cada variable, vamos a llegar a la conclusión 100% segura que elimine todo riesgo de equivocarnos. Pero eso no existe. Porque lo único constante es el cambio. La vida es impermanente. Las personas cambian, los contextos cambian. Ninguna decisión puede garantizar resultados permanentes. Y tomar decisiones no es acertar siempre, es elegir lo más alineado posible con lo que queremos y sentimos hoy, sabiendo que mañana podemos cambiar. Lo único que realmente controlamos es la honestidad de esa elección en el presente, hoy. Después será el tiempo el que nos muestre si fue una buena decisión o si necesitamos corregir el rumbo. Y entonces, en ese momento es que vamos a tener que dar los pasos necesarios para cambiar nuestra decisión. Equivocarnos es parte de la vida y es una condición fundamental para el aprendizaje. Además, aprendemos errando, aprendemos equivocándonos. La gran clave está en ver los errores no como fallas, sino realmente como nuestros maestros para el aprendizaje. Los errores y los fracasos son información. Información súper útil para elegir a futuro diferente. Por eso equivocarme no es algo que haya que evitar a toda costa, sino que es algo que tenemos que aprender a tolerar. El error no es enemigo. Además de una buena decisión, muchas veces es su consecuencia inevitable. Es cierto que cuanto más importante sentimos que es una decisión, más miedo hay. Tiene sentido. Y ese miedo en su justa medida cumple una función valiosa porque nos hace frenar. Pensar, decidir con cuidado. Porque la decisión es importante para nosotros. Es decir que nos protege. Y está bien que lo haga. Es su función. El problema acá no es el miedo, sino cuando se vuelve desmedido y se activa con la misma intensidad frente a decisiones que son reversibles o de impacto bajo. Ahí ya deja de ser una señal de alerta y se transforma en un freno. Hay decisiones que nos angustian como si definieran una vida entera y dentro de un año vamos a recordar. Y otras que sí cambian un rumbo pero las postergamos. El problema no es decidir mal acá, sino poner el mismo nivel de alarma en todo. Por eso hay que aprender a decidir mejor. No es eliminar el miedo, sino es aprender a calibrarlo. No implica pensar más, sino aprender a darle el peso que tiene cada decisión. Distinguir qué elecciones son realmente cruciales y cuáles no. Entender que no todo define una vida. Que no toda decisión necesita el mismo nivel de control ni de certeza. No es lo mismo decidir si cambiar de carrera, separarte o tener un hijo, que decidir si aceptás una invitación a un evento, si cambiás de gimnasio o si te pedís el día libre en el trabajo. No es lo mismo la decisión que que redefine el rumbo de tu vida, que una que es reversible y ajustable. Sin embargo, un montón de veces nuestro sistema de alarma se enciende igual para todo. Bien, hasta acá. ¿Pudiste identificar algún miedo que te esté presionando a la hora de elegir? Vamos a pasar a la parte práctica. No para buscar eliminar la incertidumbre, porque eso no es posible, pero sí para aprender a decidir, incluso con ella. El punto clave número uno es que tenemos que aceptar que decidir siempre implica pagar un costo. Este es uno de los puntos más difíciles de aceptar, pero no existe la decisión sin pérdida. Toda elección abre un camino y cierra otros. Siempre. Si estoy evaluando seguir o no en una relación, tengo que asumir que si me voy, voy a tener que atravesar un duelo. Y si me quedo, quizás tenga que seguir pagando el costo de tolerar algo que me lastima. El dilema real es qué costo estoy dispuesto a pagar. Decidir mejor no implica encontrar la alternativa perfecta, sino la más coherente a largo plazo, la que aunque hoy sea difícil, mañana me acerca más a la vida que quiero. El punto N es que no todas las decisiones merecen el mismo peso. Una elección sensata requiere planificar, sí, claro, pero también requiere calibrar. Como te decía antes, no es lo mismo decidir mudarte de país que decidir si aceptás una invitación o la fiesta. No es lo mismo una decisión irreversible que una ajustable. Y solemos tratar a todas como si fueran definitivas. Y ahí aparece el desgaste, porque invertimos un montón de horas y energía mental en decisiones de bajo impacto, mientras que postergamos las que realmente importan. ¿Siempre, siempre acordate de esto me va a importar dentro de un año o dentro de cinco? Si la respuesta es no, probablemente no necesite tanto tiempo ni tanta angustia hoy. El punto número 3 es que decidir es pasar a la acción. Es decir, decidir no termina cuando lo pienso, termina cuando lo hago. Llega un momento en el que ya evaluaste, ya planificaste, ya aceptaste el costo, ya viste alternativas, hiciste todo lo que estaba a tu alcance. Bueno, ahora es momento de tomar acción. Pasar del decir al hacer, que ahí ya no falta más información, falta movimiento. Y acá va un spoiler medio incómodo, y es que nunca vas a saber cómo va a salir. Tomar decisiones implica animarte a actuar con lo que sabés hoy. La vida no se define por decisiones perfectas, sino por decisiones tomadas. El resultado te puede sorprender todo el tiempo, a veces para bien, a veces no tanto, pero sin acción no hay experiencia, y sin experiencia no hay aprendizaje. Punto número 4 Clave para tomar decisiones es revisar nuestra decisión cuando sea necesario. Es decir, decidir no significa firmar un contrato eterno, significa elegir, avanzar y si hace falta, darnos vuelta y revisar. ¿Por eso cada tanto vuelve a esto que estoy viviendo haciendo que decidí? ¿Sigue siendo coherente con quien soy hoy o solamente con quién era cuando tomé la decisión? Si esto no sale como esperaba, ¿Qué es lo peor realista que podría pasar y qué recursos tengo yo para atravesarlo? ¿Estoy sosteniendo esta decisión por convicción o porque tengo miedo de admitir que necesito cambiar de rumbo? ¿Qué ajuste chiquitito podría hacer ahora para acercarme más a la vida que quiero sin tirar todo por la borda? Intentemos, para responder estas preguntas, corrernos de los pensamientos fatalistas a otros más realistas. Y acordate siempre que las decisiones de hoy te van a llevar a la vida de mañana, aunque parezcan no tener tanta relación. Lo que te pasa hoy, de hecho, es producto de decisiones que tomaste ayer. Nadie más que vos te trajo hasta el lugar en el que estás, y por ende, las decisiones que tomes hoy son las que van a definir cómo vas a estar mañana. Si te cuesta tomar decisiones, te das cuenta que te bloqueás seguido por cosas que al final no eran tan trascendentales y querés trabajar para aprender a soltar el control, a tomar decisiones sin tanta en la regía mental, te súper invito a que inicies un proceso de psicoterapia con nosotros. Te cuento que mcmaliki somos un equipo de psicólogos matriculados y especializados con muchos años de experiencia clínica. Así que si querés hacer terapia con nosotros, encontrás toda la información para empezar dando clic en el enlace de la descripción de este episodio. Te vas a equivocar. Y no una vez, muchas veces, muchísimas. Pero también vas a acertar, vas a crecer, vas a aprender. Porque no hay aprendizaje sin error ni transformación real. Sin decisiones. Nada cambia desde la inmovilidad. El verdadero costo no es equivocarse. El costo es no elegir, quedarse quieto, repetir lo conocido, postergar indefinidamente la vida. Aunque a veces no lo veamos. No decidir es una forma de decidir. Como dice Jorge Drexler, si querés que algo muera, déjalo quieto. En el tablero de la vida, cuando intentamos algo y no sale, lo peor que puede pasar no es caer, es volver al mismo lugar, no evolucionar. Porque incluso cuando volvemos al mismo lugar, nunca volvemos iguales. Volvemos con nueva información, con más experiencia, con una versión un poco más consciente de nosotros mismos. Incluso el error más grande se aprende algo. Nada se construye desde la quietud. La vida se transforma justamente decidiendo, intentando, ajustando. No hay caminos garantizados. Elegir no elimina la incertidumbre, eso no es posible. Pero es la única manera que tenemos de avanzar. Son tus decisiones las incómodas también, las que te dan miedo, las que con el tiempo te van acercando a la vida que quieres construir. Toma esas decisiones, aunque te dé vértigo. Siempre va a haber tiempo para ajustarlas después.
Host: Marina Mammoliti (Psi Mammoliti)
Fecha: 26 de marzo de 2026
En este episodio, la psicóloga clínica Marina Mammoliti explora en profundidad el complejo proceso de la toma de decisiones y la inevitable presencia de la incertidumbre en la vida. Se abordan los temores más comunes que dificultan decidir y se proponen herramientas prácticas para tomar mejores decisiones, incluso cuando el miedo está presente. La charla mantiene un tono cálido, claro y empático, orientado a brindar recursos para la vida cotidiana.
"Incluso cuando decidís no decidir, también estás decidiendo." (01:30)
"Cada decisión implica una renuncia silenciosa de lo que pudo haber sido y ya no será." (03:37)
La conductora detalla los principales temores que dificultan la toma de decisiones.
"Cuando nos dan demasiadas opciones, no elegimos mejor, elegimos menos o directamente no elegimos." (09:00)
"Más control no trae más paz, trae más rigidez y más sufrimiento." (14:25)
"No hay una opción inofensiva... el conflicto real no es entre alternativas, sino entre valores." (17:11)
"La vida es impermanente. Las personas cambian, los contextos cambian. Ninguna decisión puede garantizar resultados permanentes." (23:57)
"Equivocarnos es parte de la vida y es una condición fundamental para el aprendizaje." (25:04)
"No existe la decisión sin pérdida... decidir mejor es elegir la más coherente a largo plazo." (30:40)
"La vida no se define por decisiones perfectas, sino por decisiones tomadas." (34:40)
Sobre el aprendizaje y el error:
"Aprendemos errando, aprendemos equivocándonos. La gran clave está en ver los errores no como fallas, sino como maestros." (25:18)
Sobre el verdadero riesgo:
"El costo no es equivocarse. El costo es no elegir, quedarse quieto, postergar indefinidamente la vida." (39:45)
Cita de Jorge Drexler:
"Si querés que algo muera, déjalo quieto." (40:05)
| Timestamp | Tema | |-----------|------------------------------------------------------------------------------------------------------| | 01:30 | La vida como suma de decisiones, decidir es inevitable | | 03:37 | El dolor y las renuncias inherentes a la decisión | | 06:35 | Presentación de los cuatro miedos clave frente a decidir | | 09:00 | Choice overload: el caso de las mermeladas y plataformas de streaming | | 12:33 | Miedo a perder el control, referencia a Black Mirror | | 16:20 | Miedo al rechazo social: decisiones sin opciones "inofensivas" | | 19:00 | Miedo a equivocarse; el bucle del análisis interminable | | 23:57 | Reflexión sobre la impermanencia de la vida y las decisiones | | 25:18 | Valor del error como parte del aprendizaje | | 30:23 | Aceptar el costo de cada decisión | | 32:00 | Calibrar y dar a cada decisión el peso correspondiente | | 33:55 | Tomar acción: la importancia de pasar de la reflexión a la ejecución | | 36:00 | Cuándo y cómo revisar las decisiones y adaptarlas a nuevos momentos de vida | | 39:45 | El verdadero costo: la parálisis por no decidir | | 40:05 | Cita de Jorge Drexler; conclusión motivadora sobre la importancia de tomar decisiones y avanzar |
En un episodio cargado de psicología aplicada y consejos prácticos, Marina Mammoliti normaliza el miedo y la incertidumbre inherentes a la toma de decisiones. Nos recuerda que es imposible elegir sin pagar un costo, y que la parálisis, el perfeccionismo y la necesidad de control solo nos alejan de una vida plena. Equivocarse es vital para aprender; la única verdadera trampa es no decidir.
Tomar decisiones incómodas, aun con miedo, es lo que nos permite transformar la vida y acercarnos a quienes queremos ser.